tema: Una luz

Diario de la crisis I


¿Cómo atravesar un tractor
o cualquier otro animal de compañía
si no es con el GPS que ahora anuncian?
Los arpones de tierra vendrán luego
junto a las medias tintas
las mentiras oficiales
y las medias hasta el muslo
en promoción hoy a $20.

A cada tema, su femme fatale;
su metanfetamina de ruido y aridez.
Así se acumula riqueza
y la belleza
es cosa de ahorro por generaciones.
Después hay que ir posponiendo.
Están la hidratación y la espera:
un cambio tecnológico vendrá
que haga inútil su propia revolución.

O al menos otras serán las armas.
De otros colores y diseños:
otra colonización subcutánea.
Más acorde con la tristeza en los espejos
el vecino se pasará a saludar
y contarnos lo preventiva que es su cárcel
aquella última receta
la conversión del viento en conversación
la movilidad social de las fotos en blanco.

Mañana, otro día se presentará a las elecciones.
O al mismo cabaret congelado y anulado antes.
No habrá transporte sin espermicida.

Una luz

El pasillo—de agua.
Para que flote la bola roja de lo que nos diremos
con los años, risas.
A veces la rabia de algo que se quiebra
y no vuelve.
También el enjambre tenso
que se abre cada día como una granada madura.

Luego flota en un círculo de luz
que flota como nosotros
y es lo que somos:
una luz entre los dos.

Lo que somos y flota
como la luz que flota en el agua
que corre por su pasillo, bajando.

Libra las ausencias
como un caballo de tormenta
de aguacero abierto
de agua que corre
diámetro nuestro que palpita de reírnos
de hablarnos poco a poco:
luz del tacto, pisadas en el río
respiración que se gusta
que se huele y se alegra.

Baja hasta que se pierde, ese agua
en el agua, en el aire, la tierra
y sigue siendo eso, una esfera de luz
en la luz.

Igual que el agua, vista o no
de perfil, viene a crear
en nosotros
ese regalo de no saber: finito.

Exterior desde afuera


Selección: el kiosco de las especies:
un sapo venenoso en cada esquina, cada mano
cada signo de un signo de una señal
que indique hasta dónde y punto.

Más tarde, el agua sacia donde no hay sed
ahora que la sed es otra, como llanos
que se respiran despacio y suave
en pulmones de terciopelo, día incoloro.

Tan útil como dividir el alma en frascos
y olvidarlos años en la alacena
es la satisfacción de la enfermedad:
su burbuja, la que se banque.

Llega el aire y la mañana ayuda.
Ahora sé que cualquier edén es posible
y permanecerá, como un nicho de alegría
cerrado sin costura, de alquiler.

El artista


Hubo un miércoles en lo habitual
de una habitación que trabajaba, pero lenta.
De los primeros,
quedé varios minutos con la vista abierta
mintiendo en voces casi de sangre.

Estaba escrito el tiempo que pasó:
quise que vinieran otros
y encontramos como debajo de la alfombra
esa dificultad de fijar el metro cuadrado
en su vibración sin pulso ante la luz.

Meses después, pregunté:
¿Existe verdaderamente la constelación:
ese pacto secreto con lo primero del día?
Cualquier mirada al mundo importa
para dejar de reconocerme.

Los ejercicios:
escribir mi nombre hasta dar con el posible.
Copiar la ausencia y el aire libre que deja.
Hilar la línea continua que recorre—
una mancha para cada mancha.

Cabestrillo


Primer amor.
El brazo roto de recuerdo que interrumpe
el trabajo de vivir
con su hueso de arrepentimiento
por lo dicho y no dicho
lo hecho y no hecho
que rompe músculo y piel y se muestra
blanco y sangriento
como la sonrisa después de un puñetazo.

Segundo amor.
Ese placer en el miedo
con que me levanto cada mañana
para mostrarme a quien quiera ver
y pedirle… ¿qué?
¿Algo así como el perdón?
¿Y luego arrepentirme de haberlo pedido?
¿Qué más queda por romper, dentro?
¿Qué otra gratitud?

La lucidez que me nubla el sentimiento
cuando con sólo saber que algo es así
lo cambia:
decir cualquier cosa
la desdice en el momento de decirla.

Ahora veo a un vendedor ambulante:
vende más por piedad
y por miedo a ser como él
que por lo que vende.
Y el precio, sí, eso importa poco.

La estafa


Ese perro que ves ahí
¿llegará a olisquear el árbol de la paz?
La primavera se ha secado, pronto lo sabremos.
Después, todo sueño será el ensayo de un desastre.
De la querella que a lo lejos
muestra sus manos vacías
y deja que una hija de la ira
se envuelva en los pliegues del hielo
como si fuera tiempo, lugar vivido.

¿Cuánto falta?
Para que no haya nada más que decir.
O venga encapsulado, en pastillas discretas
aunque del mismo color
todo eso que tiene un aire a nosotros mismos.
A mí mismo.

Pero todo estará presente, dijiste.
Y claro, nadie levantó la mirada.
Ni siquiera para echar un vistazo al reloj;
como si todavía quedaran lágrimas de humo
para recoger del suelo—
cada una con su idea, reconcentrada en sal
de lo que el mundo fue, o es o hubiera sido.

El coleccionista de pañuelos
sabe que su día ahora empieza.
El banquero, su amigo
debajo del reloj y malcogido
espera financiar la próxima esperanza:
una pirámide helada, en blanco
triste pero brillante.

La institución


En el museo de la fiebre, cerca del mar
me muestras un bastón de hielo y nostalgia
partido por la mitad
y la furia de alguien que huyó por pura esperanza:
años de carretera y pulso inmóvil
de vida allá a lo lejos, papel neutral y secretos.
En otro tiempo el bastón fue también estoque.

Más allá
en el fragor de una lotería espesa de lugares
quicios de lugares
y lugares que no sé a qué esperan
para llegar a serlo
existe la posibilidad de divertirnos
con la idea de arrendar miércoles de fatiga
jueves bajo la lluvia, lunes a campo abierto
llave en mano.

Resulta común envidiar el sueño que te mete mano
de vez en cuando por debajo de cierta envidia.
Como si predijera climas interiores aún por conocer.

El museo contiene en vitrinas
otros elementos de la vida errante:
brújulas, barómetros, ya avanzada su putrefacción
mapas, diarios, correajes varios, pitos y flautas;
rastros de una selección de migraciones;
ese lápiz que a la vez era puñal;
viajes que no hallarán término.

Hay fotografías de individuos o grupos
con otros cúmulos en lo alto
e ilusiones de responsabilidad que agotan
—incluso amablemente—
la mitad inferior de sus miradas.

Al final, en la sala blanca
se pueden ver peleas de perros en la calle.
Intestinos regados por el suelo.
Un gris oscuro llamado sangre
manchando un gris más claro
llamado pavimento.
Hay maquetas de barricadas
y trenes a velocidad bajo la luna
buques fríos y montañas
cada una de valijas o zapatos, de dientes
y, más adentro, de oro.

Conversaciones


Como cualquiera sin un pelo de estar mirando por la ventana
entra una embarazada y yo le cedo el asiento.
Igual si te acaban de atropellar o ayer llorabas a escondidas
—el café ya frío—
y de reojo alcanzaste una rata de recuerdo
escabulléndose escaleras arriba
con la firme intención, cruda en circunstancias idóneas
de subir hasta el pasado y barrerlo un poco.

Qué maravilla esto de poder escribirlo todo
letra por letra con las manos llenas
y esas tetas grandes que no dejan de pasar por aquí
no sé si por casualidad o porque no llueve.

Y dicen que para escribir hace falta dolor:
una espuela que no rasgue la piel
y sí se aloje debajo con su veneno
su sueño sin agua, pero lleno de ríos y cataratas.
La tragedia facilita que nos da de comer a diario:
un día infinito de hambre de otra cosa
de mentiras que se van descongelando
al sol de mediodía de la vergüenza
como la que aparece en un escalofrío de otros tiempos
irrumpiendo en el ensayo de unas palabras muertas
y la alianza con lo que nunca se cura.

(texto completo...)

Industria nacional


Todos se habían ido a la ciudad
a encontrar un desayuno más barato.
Las piedras fueron con ellos, dejando un rastro
una pequeña comunidad engastada en las ruinas
y un riachuelo de recuerdo: Rdo. de nuestro pueblo
de las manzanas que nos habíamos prohibido
y dejamos caer, descubriendo algo con el tiempo
que no tenía nada que ver con que se pudrieran ahí.
Algunos libros quedaron también
ocupando el sitio de la pata de algún mueble:
los libros siempre aportando algún equilibro
algún alivio contra la gravedad que estrella lo presente
y lo va desdiciendo poco a poco.

Hay quien afirma que la gravedad y el tiempo
son exactamente lo contrario de las palabras;
no se sabe si a partes iguales.

En todo caso, el campanario sumergido sigue atrayendo:
los turistas lo desmontan con su columna de humo
para volverlo a montar por la noche
y que a la mañana se note lo menos posible.
Tienen esas cosas los turistas.
Otros, en su lugar
se dedicarían primordialmente a dejar el día a un lado
para sentarse mejor a la mesa
—cuarta pata de libros—
y que en su desequilibrio se lleva mejor
con las campanas de los demás.

Pero el asunto de los sombreros aún está por decidir.
Habían venido unos señores a cambiárnoslos
por otros de otros colores.
Algo brillaba en ellos, vistos de perfil
y nos recordaba que ya estuvimos aquí
viendo caer las manzanas, deshojando libros
cazando liebres de hambre en las afueras.

Pausa

a modo de examen de conciencia

Las nubes enrojecieron como si fuera de vergüenza:
un timo que había que cobrar
—una venganza más—
por haberme olvidado, haber cubierto la deuda
un día de lluvia, de nada.
No habría consuelo para las nubes de otra manera.
Tampoco un instante alegre, ya frío.

Y así como nosotros les perdonamos sus nudos
el aumento de todo se va hundiendo.

Los precios elegantes rodeaban a cualquiera en su desdicha.
Predecían lo que en otro momento llegamos a saber.
A saber: que todo aquello carecía.
El tiempo estaba en falta, por consenso
con su rizo y huracán y palabras de verano—
hasta que nos fuimos quedando sin casa, por el momento
y agarramos lo que pudimos al huir:
una lata de voces, llena y abierta en la mano abierta
y en la otra, un puño, un filo, una llave de silencio
del que se irá coagulando esta hora, hoy
mejor que mañana.

Bicho abandonado


Se quejan de la frecuencia, del suelo escaso
de lo bonita que eres, o ibas a ser, todavía.
No piensan que el club de ajedrez
tuvo que desviar la mirada in situ
escalando a su carril exclusivo
para levitar contra el viento.

Cada mañana invita a tomarse en serio
la pastilla de un solo nombre.

Y fuimos. Apetecía un café, un rechazo
con ese tráfico tan del amanecer, tan de aquí.
Así, cuanto más densa la captura, mejor.
Cuanto más abstracta
más entregada al roce incierto…
igual nos escapábamos al otro finde
con su nube de enlaces bien al sol
y un poco amarga.

Esa coyuntura enferma, el futuro—
llena de fruta sin comprar.

Pero fue al girar que hallamos las opciones:
alguna hacía justicia, la derogaba
como si en la molienda ver que algo caduca
afirmara nuestra leve leyenda
y varias terminaciones:

su falta de amigos, el beso fino
como de un perro muerto;
lo que a mí me decía la hora
y a ti el color del día.

El resto del espacio
rayado, o en tubos de plomo
queda libre y marcarlo es inútil:
la marea no teme su propia invención
su mentira desencajada en espuma.

Nos deja esperar en la punta del muelle
la tormenta que viene a martillo.

Cajón de sastre, vacío


El traje, hasta hoy, me quedaba como un informe de fiebre
sin temperatura; la corbata menos:
hay que darse unos días para ayunar en sueños
y decapitar cada accidente.
De otra forma, cuánta elegancia se fija en la niebla
y el mudar alegre de una camisa cancelada, convertida
brevemente, en el dije de nuestro saber de pago.
Ahora hay alteraciones que ondean su invisibilidad.
Varias nos han caducado en busca de algún lujo
y su discordia.

Lo que voy cambiando son los límites del entusiasmo
por invitaciones a vestir en fallos del futuro.
Cualquier cosa en lugar de evitar el descanso
y los espejos que me cierra la agenda.
Las horas, lejos de sus costuras más fieles
instan a pensar así, en eso tan serio de tiza
que cada mañana frente a la ciudad sin sombrero y soluble
pone de cara al abrigo que me ama.

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