tema: Poemas

Diario de la crisis III


Otra superstición hubiera sido un susto menos—
felicidad que implica un brillo frente al mar
y arena en los zapatos.
El calzado es fundamental aquí, ahora
que hay que postularse para el olvido.
Si no, cada uno será siempre el mismo:
calvicie, agruras, pie de atleta
falta de firmeza moral, buen culo.
De todo habrá memoria, y falsa.
En el delta de lo posible
habrá para vencerse y no mirar.

Ahí esperamos todos, a veces de la mano
a que vuelva el agua.
La sequía es de tiempo también
y la alegría de un lunes
se confunde con la del martes, etc.
Cualquier cifra abre ya un abismo:
continúan progreso y desfile
por muros, esquinas, camisetas
lenguas antiguas y modernas, grititos
mesas de certidumbre
y colecciones de objetos disecados.
El deseo será siempre su repetición.

Pero esa canción ya no da guita.
Pronto llegará el invierno;
amanecerá igual que ayer
—con el mismo ventilador encendido—
y justo después
alguien decidirá la estrategia a seguir.
Con la sonrisa coagulada
sabremos agradecerlo
y volver al principio:
a cualquier comienzo que se le parezca.
Los jueves habrá puchero.

Diario de la crisis II


La invitación a jugar viene completa
pero sin la otra historia:
esa hecha de huesos al sol
que parece otra persiana de lamentos
y más batalla por la sonrisa
que el plomo en cualquier novedad.

O aquella del país casi desierto
pero animado y poco dúctil
que íbamos a ocupar tranquilos
ayunando con una mano, y con otra
leyendo el mapa de algunas promesas.

Para declararnos útiles
obtendríamos el carnet más magro
—nos asegurábamos a diario—
hasta que en la punta de la lengua
nos quedó un mal de ojo
cuya mirada siempre engañará.

También íbamos a pedir una ronda más
de extrañamiento y luz.
Su misión consistiría en dar de baja
nuestro camino al despido
como si fuera sólo tiempo.

Y como si el tiempo fuera nuestro
aquí al lado, ahora mismo
un perro gruñe en sueños.
La verdad que amábamos se desliza
y pierde por el agua limpia
siempre más que otros comienzos.

El agua, sí:
limpia como un orgullo en soledad.
Como una distancia.

Conocer esta playa


¿Qué poema puedo escribir
si no es este de tinta helada
y paisajes que nadie limpia hace mucho?
Tengo frío, la cabeza me duele
del sol en la cara que no me deja ver.
¿Qué latido encuentro en esta ceguera
de cobrador que al fin ha dado con su presa?

Entre toda esa trinchera sin guerra
(y a veces, comilona sin bebida
o paseo con 80 kilos de mochila
o retrato propio ante el espejo
con la cara desaparecida por el flash)
algo le ha pasado a mi manera de hablar.
Sigo siendo un extranjero en mi propia lengua.
Sigo mi propia voz y no llego más que a otra frontera
otro eslabón de las aduanas, otro acento
que se instalará en mí, dejándome de nuevo lejos
de lo que se pueda alcanzar a decir.

Pensar es fácil.
Caminar por cualquier calle de cualquier ciudad
ayuda, pero también es fácil.
Decir es lo que nunca o apenas encaja:
lo que se atora entre las piedras
o palabras que son piedras para mano escondida.
Pero hay que decir, eso no se niega.
Luego hay que dejarlo oxidarse, pudrirse
como basura atrapada en las rocas junto al mar.

Con el ángulo anónimo de esta mañana
las palabras llegan hasta la orilla.
Para algunos son piernas amputadas en la explosión
y hundimiento de otro barco de contenedores
cada uno lleno de una variedad de esperanza.
Pero esa ya es flor de otro peligro:

Ahora miro y voy hacia el este, hacia el agua
que cierra por un lado esta capital infinita
de una provincia sin fin
donde el tiempo mismo parece caducar
de cualquier instante a otro.

Diario de la crisis I


¿Cómo atravesar un tractor
o cualquier otro animal de compañía
si no es con el GPS que ahora anuncian?
Los arpones de tierra vendrán luego
junto a las medias tintas
las mentiras oficiales
y las medias hasta el muslo
en promoción hoy a $20.

A cada tema, su femme fatale;
su metanfetamina de ruido y aridez.
Así se acumula riqueza
y la belleza
es cosa de ahorro por generaciones.
Después hay que ir posponiendo.
Están la hidratación y la espera:
un cambio tecnológico vendrá
que haga inútil su propia revolución.

O al menos otras serán las armas.
De otros colores y diseños:
otra colonización subcutánea.
Más acorde con la tristeza en los espejos
el vecino se pasará a saludar
y contarnos lo preventiva que es su cárcel
aquella última receta
la conversión del viento en conversación
la movilidad social de las fotos en blanco.

Mañana, otro día se presentará a las elecciones.
O al mismo cabaret congelado y anulado antes.
No habrá transporte sin espermicida.

Una luz

El pasillo—de agua.
Para que flote la bola roja de lo que nos diremos
con los años, risas.
A veces la rabia de algo que se quiebra
y no vuelve.
También el enjambre tenso
que se abre cada día como una granada madura.

Luego flota en un círculo de luz
que flota como nosotros
y es lo que somos:
una luz entre los dos.

Lo que somos y flota
como la luz que flota en el agua
que corre por su pasillo, bajando.

Libra las ausencias
como un caballo de tormenta
de aguacero abierto
de agua que corre
diámetro nuestro que palpita de reírnos
de hablarnos poco a poco:
luz del tacto, pisadas en el río
respiración que se gusta
que se huele y se alegra.

Baja hasta que se pierde, ese agua
en el agua, en el aire, la tierra
y sigue siendo eso, una esfera de luz
en la luz.

Igual que el agua, vista o no
de perfil, viene a crear
en nosotros
ese regalo de no saber: finito.

Plomo de soldadito


I
El bastón de mando muerto y enterrado
las facilidades de pago van desapareciendo.
Es una mueblería en el desierto.
Y los ríos, ya desviados
multiplican sus peces al morir.

II
Cada arritmia es ocasión de plenitud
y se incluye en el más barato de los almanaques.
¿Dije que yo también los leo?
Me gusta como huelen a calmo día de otoño:
a premio obligatorio
y regocijo en la felicidad de otros.

III
Objetos perdidos:
un zapato, unas llaves, un paraguas, una bala.
Señales por descifrar.
¿Vidas enteras en un solo objeto?
No, sólo señales con el sentido ya frío
que marcan un bulto sospechoso
bajo la piel de la ciudad.

IV
Llego al autobús con dos euros en la mano.
Al entrar en la ciudad registran a los ciegos.
Les dan perro nuevo y palmaditas en la espalda.
¿Soy yo quién para negárselo?
¿Es usted quien cree que soy?

V
Pero no.
Sólo hemos quedado a recoger envoltorios:
papeles tirados en la calle con otras vidas;
y a fundir soldados de plomo
para fabricar las balas que nos quedan.

Exterior desde afuera


Selección: el kiosco de las especies:
un sapo venenoso en cada esquina, cada mano
cada signo de un signo de una señal
que indique hasta dónde y punto.

Más tarde, el agua sacia donde no hay sed
ahora que la sed es otra, como llanos
que se respiran despacio y suave
en pulmones de terciopelo, día incoloro.

Tan útil como dividir el alma en frascos
y olvidarlos años en la alacena
es la satisfacción de la enfermedad:
su burbuja, la que se banque.

Llega el aire y la mañana ayuda.
Ahora sé que cualquier edén es posible
y permanecerá, como un nicho de alegría
cerrado sin costura, de alquiler.

El artista


Hubo un miércoles en lo habitual
de una habitación que trabajaba, pero lenta.
De los primeros,
quedé varios minutos con la vista abierta
mintiendo en voces casi de sangre.

Estaba escrito el tiempo que pasó:
quise que vinieran otros
y encontramos como debajo de la alfombra
esa dificultad de fijar el metro cuadrado
en su vibración sin pulso ante la luz.

Meses después, pregunté:
¿Existe verdaderamente la constelación:
ese pacto secreto con lo primero del día?
Cualquier mirada al mundo importa
para dejar de reconocerme.

Los ejercicios:
escribir mi nombre hasta dar con el posible.
Copiar la ausencia y el aire libre que deja.
Hilar la línea continua que recorre—
una mancha para cada mancha.

Juego de robot



Este poema se publicó hará unos 5 ó 6 años en una revista de Valencia. Por aquel entonces yo me divertía con un juego de palabras que consistía en ir borrando frases de un artículo de periódico; luego juntaba los restos, lo que aún quedaba visible, y lo arreglaba de modo que pareciera tener sentido. Había oído/leído la tontería esa de una computadora que podía producir poemas, sustituyendo al agente humano del lenguaje para siempre… o hasta que alguien se cansara, que es más o menos lo que dura el siempre.
Evidentemente se trata de una broma, pero al encontrármelo de nuevo en mis archivos, pensé que valdría la pena colgarlo aquí, para ver si a alguien más le parecía divertido.

Cabestrillo


Primer amor.
El brazo roto de recuerdo que interrumpe
el trabajo de vivir
con su hueso de arrepentimiento
por lo dicho y no dicho
lo hecho y no hecho
que rompe músculo y piel y se muestra
blanco y sangriento
como la sonrisa después de un puñetazo.

Segundo amor.
Ese placer en el miedo
con que me levanto cada mañana
para mostrarme a quien quiera ver
y pedirle… ¿qué?
¿Algo así como el perdón?
¿Y luego arrepentirme de haberlo pedido?
¿Qué más queda por romper, dentro?
¿Qué otra gratitud?

La lucidez que me nubla el sentimiento
cuando con sólo saber que algo es así
lo cambia:
decir cualquier cosa
la desdice en el momento de decirla.

Ahora veo a un vendedor ambulante:
vende más por piedad
y por miedo a ser como él
que por lo que vende.
Y el precio, sí, eso importa poco.

La estafa


Ese perro que ves ahí
¿llegará a olisquear el árbol de la paz?
La primavera se ha secado, pronto lo sabremos.
Después, todo sueño será el ensayo de un desastre.
De la querella que a lo lejos
muestra sus manos vacías
y deja que una hija de la ira
se envuelva en los pliegues del hielo
como si fuera tiempo, lugar vivido.

¿Cuánto falta?
Para que no haya nada más que decir.
O venga encapsulado, en pastillas discretas
aunque del mismo color
todo eso que tiene un aire a nosotros mismos.
A mí mismo.

Pero todo estará presente, dijiste.
Y claro, nadie levantó la mirada.
Ni siquiera para echar un vistazo al reloj;
como si todavía quedaran lágrimas de humo
para recoger del suelo—
cada una con su idea, reconcentrada en sal
de lo que el mundo fue, o es o hubiera sido.

El coleccionista de pañuelos
sabe que su día ahora empieza.
El banquero, su amigo
debajo del reloj y malcogido
espera financiar la próxima esperanza:
una pirámide helada, en blanco
triste pero brillante.

La institución


En el museo de la fiebre, cerca del mar
me muestras un bastón de hielo y nostalgia
partido por la mitad
y la furia de alguien que huyó por pura esperanza:
años de carretera y pulso inmóvil
de vida allá a lo lejos, papel neutral y secretos.
En otro tiempo el bastón fue también estoque.

Más allá
en el fragor de una lotería espesa de lugares
quicios de lugares
y lugares que no sé a qué esperan
para llegar a serlo
existe la posibilidad de divertirnos
con la idea de arrendar miércoles de fatiga
jueves bajo la lluvia, lunes a campo abierto
llave en mano.

Resulta común envidiar el sueño que te mete mano
de vez en cuando por debajo de cierta envidia.
Como si predijera climas interiores aún por conocer.

El museo contiene en vitrinas
otros elementos de la vida errante:
brújulas, barómetros, ya avanzada su putrefacción
mapas, diarios, correajes varios, pitos y flautas;
rastros de una selección de migraciones;
ese lápiz que a la vez era puñal;
viajes que no hallarán término.

Hay fotografías de individuos o grupos
con otros cúmulos en lo alto
e ilusiones de responsabilidad que agotan
—incluso amablemente—
la mitad inferior de sus miradas.

Al final, en la sala blanca
se pueden ver peleas de perros en la calle.
Intestinos regados por el suelo.
Un gris oscuro llamado sangre
manchando un gris más claro
llamado pavimento.
Hay maquetas de barricadas
y trenes a velocidad bajo la luna
buques fríos y montañas
cada una de valijas o zapatos, de dientes
y, más adentro, de oro.

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