tema: Diario de la vida diaria

Cambio de nomadismo

Aunque sólo hace una semana que no escribo en este blog, tengo la sensación de que ha pasado mucho tiempo, mucho más que una semana. En estos días he trabajado sin parar, me he cambiado de casa, he renovado aspectos y actitudes de mi manera de ser y he cambiado otros. Siento un verdadero cambio de dirección en mi vida. Por ejemplo, ya no escribiría tanto de nomadismo físico, sino de otro tipo más sutil, más en el terreno intelectual y artístico.
Siempre imagino que voy de camino a algún lado. Como si formara parte de una caravana atravesando el desierto; que llegaremos a nuestro destino, venderemos en su bazar lo que llevamos y compraremos otras cosas para volver a casa. Y por el camino iremos comprando y vendiendo, siempre mirando de aprender algo nuevo. Comprar y vender ideas.
Lo del mercado de ideas no tiene nada de nuevo. No sé ni dónde lo vi escrito por primera vez, ni cuándo, es algo que ha estado en el aire mucho tiempo. Como poeta y teatrero siento que formo parte de ese mercado, con todo lo jodido que tiene en ciertos sectores hablar de mercado.
Me considero miembro de una caravana de mercaderes de ideas que atraviesa espacios para llegar a un punto de intercambio, aprender ahí lo que se pueda en el tiempo limitado que siempre es el que hay, y seguir al siguiente lugar con todo el equipaje y las mercancías que se puedan llevar. Es extraña esta metáfora. Parece implicar que siempre se compra y se vende, pero nunca se llega a profundidad alguna. Lo que falta añadir, quizá, es que por el camino de un bazar a otro, siempre hay tiempo para pensar, para averiguar cómo funcionan las cosas, para hablarlas con otros viajeros, de manera que una idea nunca llega al siguiente punto de encuentro sin haber sido transformada por el contacto con otras ideas, con otros puntos de vista.
El nomadismo físico fue para mí una expresión corporal de este tipo de viajes, que sigo considerando necesarios, aunque la parte física del traslado me parezca menos importante. No quiero decir que pienso asentarme: hace muchos años abandoné el mundo académico porque me parecía sedentario en su forma de producir ideas, poemas, reflexión. Ahora lo que necesito es establecer un campamento y dejar de moverme: necesito darme tiempo para explorar esas ideas, esos poemas, esas reflexiones, para viajar con ellas de otra manera, dejando de lado la autometáfora física del movimiento y adoptando otra forma de esa metáfora, más interior.
No sé qué pasará, cómo lo haré. Esto implica un cambio de paradigma, de la manera en la que entiendo mi trabajo y mi manera de ser. Lo único que más o menos veo claro es que en este blog lo iré contando.

Por cierto: últimamente venía publicando aquí de tres a cuatro veces por semana. Necesito reducir esa frecuencia. Paseante Extranjero se actualizará los martes y los jueves, y algún sábado. Esto forma parte de eso que decía más arriba acerca de darme tiempo para pensar, para escribir.

Sólo una semana


Por acumulación de trabajo, voy a tomarme esta semana libre en Buenos Aires Ideal y Paseante Extranjero.

Volveré a partir del lunes 1 de marzo.

"La tele es muy promiscua"


El domingo, tomando un café en el Federal, vi ese titular en el periódico que leía el parroquiano de la mesa de enfrente. me imagino que viene entre comillas porque lo dice algún actor u otro tipo de famoso. La cita es banal a simple vista. Todos sabemos que la tele es promiscua por muchas razones: porque proyecta cualquier cosa, porque se entrega al poder sin vacilación, porque…

Pero lo interesante de la tele es que esa denostada promiscuidad, también temida, está en su naturaleza. Como lo está en la de todos los medios masivos, la prensa, la radio, la internet. Digo que está en su naturaleza porque esa promiscuidad es sintáctica, son medios construidos a base de conjunciones copulativas.
El formato de los telediarios en Argentina consiste en poner primero una noticia seria, normalmente internacional; luego una local, normalmente sobre algún asunto policial; después una bufa, algún vídeo de esos que causan risa o asombro; luego una de deportes y, por fin, una de espectáculos y/o del corazón. Luego vienen los anuncios y vuelve a empezar la rueda. Nada se trata con un mínimo de profundidad; al espectador el agua no le llega ni a los tobillos.

Lo común en la tele es que haya un programa serio, anuncios, otro frívolo, anuncios, otro, anuncios, y anuncios por el medio, también. Es siempre una cosa Y otra Y otra Y otra Y otra, prácticamente sin distinción. Ese es el problema sintáctico al que me refería, todas esas Y: como si una persona se acostara con otra Y otra Y otra Y otra… promiscuidad.

El siguiente problema es moral. Si uno considera que la promiscuidad (toda, no sólo la de algunos, algunas) es dañina, entonces debe apagar su televisor y encontrar otra actividad para los ratos de aburrimiento (léase, ocio). Si el problema no es tal, pues adelante, y todo el mundo tan tranquilo.

Escritura entre melancólicos


Creo que he logrado acumular ya un par de lectores en este blog. Tati Mancebo me envía un mail diciendo que el último poema le ha gustado; como tengo confianza con ella, le cuento que tengo dos versiones y que la que está colgada quedó así porque se me jodió el dsco duro del mac y lo tengo el taller. No me gusta escribir en los locutorios, y llevarme un ordenador prestado a un bar con wi-fi, aunque lo hago, tampoco me da para escribir o pensar: me ocupo del correo, de lo principal. Como estoy a disgusto no puedo pensar. Son manías, lo sé, pero ¿qué escritor no está cargado de manías? ¿O es sólo falta de voluntad?
Luego anoche me encuentro con Bruno Dubner, mi otro lector, en la inauguración de los últimos trabajos de Karina Peisajovich, y me reclama que desde el 18 de noviembre no he colgado nada distinto en este blog. Me incomoda esto, pero no porque me moleste lo que dice Bruno, sino porque tiene razón. Tengo que escribir más.
Susan Sontag dice en su ensayo sobre Walter Benjamin que los melancólicos, los nacidos bajo el signo de Saturno, siempre estamos diciendo, prometiendo, que escribiremos más, que trabajaremos más. Siempre estamos enfrascados en la batalla de la voluntad. Sontag siguiendo a Benjamin: “Pensar, escribir son en última instancia cuestiones de vigor. El ser melancólico, que siente que le hace falta voluntad, acaso tenga la sensación de que necesita todas las energías destructivas que pueda reunir.”
Y sigue:

El suicidio es comprendido como una respuesta de la voluntad heroica a la derrota de la voluntad. La única manera de evitar el suicidio, sugiere Benjamín, consiste en estar más allá del heroísmo, más allá de los esfuerzos de la voluntad. El carácter destructivo no puede sentirse atrapado porque “ve caminos por doquier”. Comprometido alegremente a reducir lo que existe a escombros, “se coloca en las encrucijadas.”

A las encrucijadas, yo más bien las he llamado siempre fronteras. Soy de frontera, entre Estados Unidos y México, he vivido en los últimos años en las fronteras entre el gallego-portugués y el español, entre el catalán y el español, y ahora, para colmo, vivo en la frontera entre los barrios de Almagro y Caballito, en Buenos Aires. Las encrucijadas, las fronteras, los caminos por doquier: ¿no alude a ellos el nombre de este blog?
Lo del carácter destructivo yo siempre lo llamé “herencia del punk”, movida en la que, no por nada, pasé la juventud. Uno de mis primeros poemas publicados (no pienso reproducirlo, ni siquiera buscarlo) tenía que ver con provocar un incendio y echar todo lo que hubiera en la casa por la ventana, más para ayudar a destruirlo que para salvarlo. Inexplicablemente, me dieron un premio por esto.
En cuanto a lo del suicidio, no se preocupen, estoy demasiado ocupado evitando la escritura. Además, tengo que ir a buscar el ordenador al taller, a ver si recuperándolo pongo manos a obra.
Por cierto, la ironía es otra característica del ser melancólico.

Renovar los mapas


Anteanoche perdí mi cuaderno. Me imagino que se me cayó de la mochila en el taxi; no tengo esperanzas de recuperarlo. Esta es una pérdida importante para mí, no porque hayan desaparecido trabajos terminados, que tengo distribuidos en varios formatos y lugares, sino porque lo que se pierde son las imágenes de una serie de procesos creativos.
Por ejemplo, escribir implica un constante volver a empezar. Siempre se entra en el laberinto por una puerta distinta. Y mi cuaderno es un mapa de procesos creativos, un lugar donde voy almacenando información sobre esas puertas del laberinto. Puede que ninguna de las utilizadas en el pasado sirva en en el presente o en el futuro: lo que almaceno no son predicciones. La información sobre mis procesos creativos me sirve más en espíritu que literalmente; y el espíritu lo que avisa es que siempre hay puertas abiertas en los recovecos más insospechados.
Entonces lo que he perdido es el recordatorio de eso que me venía acompañando en los últimos meses, dejándome una sensación de orfandad inconsolable. Por eso lo primero que hice en cuanto me di cuenta de la desaparición de ese cuaderno fue abrir otro y empezar a pegar en él imágenes de otros momentos creativos que podía recuperar por otros medios, algo que sé bien que sólo sirve para arrancar y ponerse en camino de nuevo. Se podría decir que empecé el nuevo cuaderno con imágenes y mapas de puertas utilizadas en el pasado que me sé de memoria, y que no hace falta que lleve en el cuaderno. Pero había que empezar por algún lado. En otras palabras, para quitarle presión a este nuevo principio, he comenzado por donde había menos presión, por lo ya sabido, para abrir un espacio creativo nuevo. Es como si hubiera hecho un mapa de los lugares por donde no hay que seguir, dejando el resto del espacio en blanco: una terra incógnita que es lo que toca empezar a explorar desde ahora mismo.

Nuevas fotos

Varias personas han entrado en el blog y me han comentado que les gustan mucho las fotos. ¿Qué fotos?, digo yo. Y claro, es que tenía olvidado el álbum de Paseante Extanjero. Hoy me acordé de él y añadí unas cuantas fotos más a la pequeña colección de las fotos de este paseante.

Como ejemplo, cuelgo aquí esta que he titulado “Comerciante de sueños”:

Portero automático


En Buenos Aires los porteros automáticos fueron desconectados hace años. Siguen funcionando el timbre y el interfono, pero ahora ya no se puede abrir la puerta de la calle desde el propio departamento; hay que bajar con la llave.
Dicen que es por seguridad, para evitar que cualquiera pueda entrar en el edificio y atracar a sus habitantes. Y no dudo que sea verdad. También es costumbre, cuando uno sale a la calle y se encuentra en el portal con un desconocido que ha llamado a uno de los departamentos y está esperando a que bajen a abrirle, no dejarlo pasar. Tiene que esperar a que le abran la puerta los que lo conocen.
Esta extraña amputación de la comodidad y la propia libertad da una medida de lo trabada que se encuentra la sociedad porteña. Reinan la desconfianza y el miedo. La comunicación se da a partir de esas dos negaciones, y resulta siempre difícil, incómoda como tener que interrumpir lo que uno esté haciendo para bajar a abrir.
¿La comunicación como interrupción? Tengo el presentimiento de que así es como la siente en el fondo la gente de aquí. Resulta muy difícil crear nuevas redes; la mayoría se mantiene en las que se insertó a muy temprana edad, casi siempre en la escuela secundaria. Para entrar en una nueva, uno debe ir de la mano de alguien que ya pertenezca a ella, no puede llegar por su cuenta y presentarse porque no será admitido. También, cualquier intento en esa dirección será interpretado como una invasión, como una usurpación de un derecho. Con el consiguiente rechazo.
Para entrar en una red social, hace falta que alguien baje a abrir. Pero es muy raro que alguien sienta la suficiente confianza para hacerlo, y se tome la molestia.

Los Sensuales


En El Camarín de las Musas, sábados a las 23:30

No voy al cine. Al teatro voy, pero sin expectativas. Fui a ver Los sensuales, de Alejandro Tantanian, porque un par de noches antes lo había oído hablar en la serie que lleva Cristina Civale en la librería Fedro, de San Telmo. Me interesó lo que contaba de su vida, lo que decía del teatro, y decidí poner a prueba sus palabras. Su última obra, Los Sensuales, no me defraudó.

Una de las quejas que he oído sobre este montaje es que los actores cantan mal. Yo creo que actuan bien y que por eso mismo cantan mal, como el resto de nosotros bajo la ducha, pero sin ducha. Aunque sí que los acompañaba un piano, quizá para resaltar ese canturreo sacado de la vida real. Y es extraño que se optara por esa suerte de realismo, dentro del convencionalismo de un teatro más bien expresionista y, por momentos, musical.

Digo que el montaje es expresionista (aunque de manera contemporánea, más que siguiendo las formas de hace un siglo), porque está lleno de desequilibrios, de excesos en el sentimiento, de lirismo truncado. Su contemporaneidad estriba en la ironía, muchas veces sin sonrisa, que recorre el espectáculo. O eso me parece a mí; sobre todo en vista del final, que no hay por donde agarrarlo, si no es por ahí. Y no pienso contar el final, aunque tampoco hace falta que me lo calle.

Del teatro de nuestro tiempo no se puede esperar mucho más que ese tipo de ironía. Ha perdido el liderazgo en la mitificación del mundo ante otros medios. También lo ha perdido en la crítica de la realidad porque lo que se toma por crítica no es más que otra sarta de lugares comunes, sin la posibilidad ya de presentar alternativas; y la mayoría no estamos para monsergas ni sermones, unos porque ya los conocemos, otros porque no les resuelven nada (y ni siquiera ofrecen consuelo) y los demás porque prefieren ir a divertirse, que es lo propio suyo.

La obra dura casi dos horas, mucho para el público actual, si bien a mí se me pasó bastante rápido el tiempo. Vale la pena hacer una reserva e ir. Yo me encontré con el teatro lleno, cosa que siempre ayuda, y al final aplaudimos bien, aunque sin excedernos. Esa ironía de la que hablaba antes interesa, pero no da para tanto.

Lo que pensaba



Cuando hice la foto pensaba en Un golpe.

Un poema largo


Parece que he terminado un poema que llevaba escribiendo unos tres meses. 300 versos. He ido colgando aquí y aquí fragmentos, pruebas. Por ahora sólo hay leído la versión completa, aunque no final, Pep Izquierdo. Digo que no es la final porque hay un par de cambios, sugeridos por Pep, que tengo que hacer, y eso incluye eliminar seis versos que no van a ninguna parte, que a mí ya me molestaban, pero que Pep ha confirmado que estaría mejor el poema sin ellos. También falta un tiempo, todavía, para que lo cuelgue aquí. Ahora el poema tiene que descansar en un cajón durante unas semanas, unos pocos meses, antes de que lo vuelva a leer y decida si está presentable. Siempre he sido cauteloso con los poemas, y más si son algo largos; y no sólo por lo que he invertido en ellos emocionalmente, intelectualmente, sino porque quiero saber si dicen algo interesante, tanto para el lector como para mí.

En 1998 estaba escribiendo lo que yo pensaba que sería un poema largo. Estuve escribiendo durante unos tres meses, pero el poema no iba a ningún sitio, parecía plano, la obra de un poeta que no tenía nada que decir. Lo abandoné. Sin embargo, me quedaron las cosquillas de averiguar si yo tenía algo que decir… en poesía… porque soy de esa gente que hablando no se calla casi nunca. Y me puse a escribir poemas cortos, sueltos, exploratorios. De esa primera serie salió La vida en sociedad, un libro que hice junto con el fotógrafo Fernando Villavert, que incluía 17 poemas y 13 fotos. Después pasé otros siete años escribiendo casi sin tener idea, produciendo unos 150 poemas, de los cuales sobreviven unos 100. Muchos están colgados en este blog; unos cuantos se han publicado por ahí, incluyendo Carta de un exiliado, del que Dídac Ballester hizo una edición muy elogiada.

Luego, en diciembre de 2007, empecé a tomar las notas (en verso) para un poema que apuntaba a cierta longitud. Escribía, lo dejaba, escribía. Y en enero la cosa explotó: escribí unos 150 versos en más o menos una semana. A partir de ahí, seguí escribiendo parando, escribiendo durante febrero y marzo. Y corrigiendo, claro. Limpiando el ritmo, cambiando cosas de sitio. Es lo que más me gusta, de todas las cosas que hago: vivir con un poema hasta que está hecho. Ahora este lo está y hay que dejarlo descansar. En unas semanas lo colgaré en el blog.

¿Libre?


Anoche fui a la inauguración de una exposición. Se trataba de objetos transformados, lo que les cambiaba la función, la manera de entenderlos, todo muy Duchampiano. Una frase me vino a la cabeza mientras me daba una vuelta: Hay que saber transformar los objetos. Luego me fui al Federal, mi bar favorito de la zona y con una cerveza y un cigarro escribí lo siguiente en mi cuaderno de bolsillo:

Hay que saber transformar los objetos para poderlos volver a ver; y al renovar la mirada sobre el objeto, limpiarla y abrirla de nuevo sobre el mundo. ¿No es ese un lugar común, ya? ¿Por qué sigue siendo tan efectivo? ¿Tan necesario? ¿No nos hemos convertido en adictos a la renovación de nuestra mirada?
El mundo nos cansa. Se nos ha vuelto repetitivo a base de la incesante presentación de novedades y el interminable desfile de las cosas de ayer que pasan por delante de nosotros portando el rótulo: “¡Esto es HOY!”
Nuestras economías espirituales—y las otras—dependen de este desfile. Tras verlo pasar podemos volver a casa tranquilos; hoy hemos sido testigos de lo último, se lo podremos contar a nuestros nietos, si logramos rescatarlo de la montaña de basura nueva que hemos ido, vamos y seguiremos acumulando en el patio de nuestra experiencia.
¿Qué hacer? Hay algo que me está funcionando. He llegado a un punto en el que cada vez me preocupa menos la novedad de un objeto, de una idea, y más su validez y su utilidad (para mí, ya que no me considero apto para legislar la vida de los demás).
Es en este sentido que me he vuelto utilitario. ¿Qué objeto, qué idea, qué obra de arte, qué poema me sirve para vivir mejor? En los meses que llevo en Buenos Aires, aunque he conocido a mucha gente, he vivido bastante aislado, ajeno a la presión social, personal, que se ejerce por medio de la novedad. Me he vuelto más austero y más sibarita simultáneamente. He aprendido a escoger con mayor discernimiento—a discriminar, debería decir sin no estuviera prohibido.
Puedo añadir, como tal discriminador y más o menos en broma, que me he convertido en un nacionalista, y que mi nación soy yo. Pero no quiero que se confunda esto con un egoísmo, un egocentrismo y menos (espero) con un narcisismo. Sigo estando abierto a probar cosas. La diferencia reside en que me he quitado de encima la presión de adoptarlas simplemente porque llevan el sambenito de la novedad. Esto, según voy experimentando, es más que una forma de autonomía. Es la independencia. Y la libertad.

Semana movida


Esta semana pasé varios días sin escribir. Un exceso de energía. Tuve que hacer un par de cosas que no quería hacer, trámites, etc., y eso, extrañamente me puso el nivel de energía por las nubes. Cuando me pasa algo así me echo a la calle, a caminar, a gastar ese exceso. No puedo quedarme sentado escribiendo. O para ser más exacto, no puedo quedarme sentado mucho rato, así que las ideas, que no dejan de fluir, las voy apuntando en la libreta como salen, sin reflexión, sin trabajo en la sintaxis… en bruto.
Mis notas apresuradas iban sobre Jorge Fantoni, un dibujante a quien conocí hace unos días; sobre edificios y calles que recorrí. También escribí a la carrera los borradores de 3-4 estrofas del poema en el que estoy metido últimamente, pero no las he vuelto a mirar y no sé si valen.
Una cosa que descubrí durante estos largos paseos de desgaste fue que ya empiezo a reconocer los estilos de los arquitectos Art Nouveau de Buenos Aires. En este sentido, mi próxima meta es meterme a explorar el racionalismo, tanto por el lado socialista como por el fascista. Los arquitectos socialistas tuvieron muy buenas ideas acerca de la construcción de viviendas para los trabajadores. Y los edificios que quedan superan por mucho en calidad a la mayor parte de lo que se ha construido en los últimos 30 años. Los fascistas, en cambio, construían edificios enormes y pesados, muchos para el Estado, y son menos interesantes… aunque también hay que entender cómo se proyectaban (y siguen proyectando) simbólicamente sobre la ciudad.
También empecé a tomar algunas notas para un post que quiero poner aquí sobre el cruce entre comercio y cultura. Pero lejos de la tontería purista que quiere mantener ambas actividades en compartimientos estancos de la vida en sociedad. No me interesa escribirlo como polémica, pero estoy seguro de que a más de uno le molestará.
Espero estar más calmado esta semana y pasar más tiempo ante el ordenador. Lo malo, y lo bueno, es que tengo varias reuniones ya agendadas. También espero tener más tiempo para leer. Por lo pronto, hago una lista rápida de los autores a los que estoy leyendo: Juan Filloy, Michel Onfray, Julio Cortázar, Walter Benjamin, John Ashbery, Charles Baudelaire y Octavio Paz.

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