tema: Una luz

Canción de Puerto Madero


Se seca la música por las mañanas; en invierno
me caliento las manos con horóscopos de día nuevo.
Este es otro desierto, de otra arena y otros vientos
donde cualquier droga helada cuesta menos que respirar.

Cerca, junto a la riqueza que permanece en el humo
de madrugada, cuando cualquier sinceridad parece un paisaje
de ira y desconcierto, la ciudad ofrece rascacielos como islas
y desde los últimos pisos en venta, horizontes de un amarillo

parecido al del amor. De otra manera, la respuesta
a los mensajes sufriría más la lluvia que el paso del tiempo
y la electrónica. Por eso nuestra invención volverá
de otro sitio con un tímpano perforado y esas sorpresas

que aparecen a veces ahogadas, flotando en el río.
Su llegada será repentina, su aparición debajo del sueño:
como si el médico hallara, al fin, la hoja suelta de todo
y abandonara la sonrisa habitual a su final feliz.

Dejar las llaves en el coche


Con las botas escondidas a la entrada fuimos cada uno mojando pan en aceite y aludiendo a otras vidas en las que todo parece distinto y no hay fotos y casi lo es, o lo sería si pudiésemos llamarlas nuestras, como revisitadas, o extravagancias por las que uno paga fortunas cualquier lunes nuevo del mes, cuando no hay partido.

Otra solidaridad se ríe, exige el retorno de su ADN, o por lo menos la patente, la llamada al móvil que sería gratis si valiera la pena encajar mejor lo que todavía hoy anotamos como una traición, más ligera que el aire de víctimas que se adopta en público, la subasta en la que cada uno aprende lo que vale.

Ahora llegan los anuncios, la ropa calada hasta los huesos, varias migraciones voluntarias que observamos pasar por la segunda ventana de casa, menos cuando piden plata por ver, que no anula el centrocampismo de algunas ambiciones castigadas, la luz, el plato de lentejas al final del túnel digital que comenzamos a construir cada mañana, a eso de las 6.

Una vida de prueba


Disculpe, ¿me puede mostrar su curiosidad
por favor, eso inexpresado que tanta conversación
trae y más cuando es mentira? La felicidad se despliega
como un carné de dormir olvidado al salir de casa

hasta que el vapor de un anhelo llega a ayudar
al invierno con la emoción de lo improbable: de revelar
un vandalismo fundamental, menos rígido, más extenso.
Pero ahora hay turistas que viajando a ese frío exigen

aquella risita subterránea que parece un arroyo si no
hay luna y la huelga de comerciantes vuelve con su billete
de pensar que la vida es personal, un poco puesta en remojo
para que nadie se acerque a preguntar si han traído ya

el calendario. Porque hoy ensayaremos las horas
que faltan para que lo más pintado a mano durante
ese tiempo llegue a parecer transparente, un vaso lleno
que, paseando, se te cayó de la mano. Aunque no siempre

se adivina por dónde saldrán, los puntos de vista
abandonados coagulan con la facilidad de un amor.
Los excedentes de la respiración calientan la estatua
que se construye, de preferencia, lejos. No sé

si el acuerdo al que llegaremos un día pondrá
cada grano de arena en su reloj, pero el siseo exponencial
de la alegría y otras hélices dobles que el respeto
a los artistas va dejando, perdura. Y flota.

Cabeza de horizonte


¿A qué hora caduca este universo? ¿Llegará pronto el otro?
Ya tengo zapatos para caminar por estas calles
cuando sean diferentes, como cuando uno abre los ojos
y no sabe dónde está. Nadie lo sabe, por ahora.

Así es posible, de vez en cuando, vivir oculto
en un secreto que se va encogiendo poco a poco—
y día a día—conforme va uno a la compra o siente
ganas de escribir un correo, hablar por teléfono

y contar lo que ha visto en este otro planeta.
Algunas mañanas la fruta brilla distinto.
En la funeraria de enfrente el cadáver es nuevo:
me lo dijo un taxista amigo, si es que hay taxistas

con amigos: será que la ciudad ya está cambiando.
La espera y las voces se empiezan a arrimar.
Surge la idea de una casa propia como si mirar
por la ventana fuera un espejo para construir

sociedades por defectos—algunos de nacimiento
y hasta de carácter, otros deformaciones también
alegres que el tiempo y su gato van trayendo:
ese niño enviado a buscar leña cuando la estufa es de gas.

Ven conmigo un momento. Imaginemos el derrumbe
de nuestro dibujo en la nieve y su calendario;
la belleza de un instante favorito que se va borrando
hasta reemplazarse a sí mismo; el castillo pasivo

de otra noche sin sueño contando sirenas, urgencias
invisibles, la lluvia de madrugada con su imposible
taxi cuando más hacía falta. Hay algo cercano
en pensar que el viento se ríe de uno varios días al año:

como decidir el color de acostumbrarse a aplaudir
al final o después, para volver al trabajo
con aquella sensación de estar respirando agua—esa
que tanto se incluía en el repertorio cuando eramos

—lo que se dice— tú y yo.

Vértice


Dormiste. Me gusta esa sonrisa
como de niña y de lobo
de una infancia que nos queda imaginar
y nunca, o casi, al mismo tiempo.
Más tarde, besos, la búsqueda radiante
de un tesoro. En el patio había un río—
lo cruzamos hasta la puerta de doble hoja
y sólo abro una, esa leve confianza
que hay que tomarse a veces, a bolsillo vacío
y luego encender la luz para ver
quién ha venido a vernos, y viceversa.

Espero haber omitido algo
en esto que te cuento ahora. Mañana veremos.
Por hoy, no sé si seguir clavando agujas—
principalmente las que significan
otro día no sé donde—en la pared.
¿Servirán para engancharnos?
¿Es el amor otro vicio, como anuncian?
Y nos íbamos a reír, pero decidimos entrar.
Me quité la misma camisa frente a la ventana.
Las hortensias no están, pero pondremos
jazmines en el cantero de la izquierda.
¿Ves que la higuera va bien?

Si quieres, he puesto algo de fruta a enfriar.

Camino de ser sincero


Si lees esto es que estoy lejos, probablemente en ayunas.
Puedo barrer algún sinsentido y no levantar demasiado polvo
pero así es más fácil, menos graso y firme: una vuelta que no termina.
Hay que arrastrar el verano un día para que saber lo que es bueno
parezca un vaso de agua en plena tundra, los lobos ya circulando.

Igual sobra gasolina para las decisiones. O mucha ilusión.
Como si cientos de magos practicaran el mismo número
en el mismo escenario al mismo tiempo delante del mismo público
y alguien cerca estuviera por pedirse un par de birras
más la parte diurna donde encierra sus verdades favoritas.

Cuando estén los remedios, pasado el domingo
—y mucho me queda por aprender hasta entonces—
nos lo anunciarán todo junto, para perder menos.
“El olvido es un instrumento de medición
que nadie se atreve a calibrar,” dijiste una vez, recuerdo.

Pero mientras, averigüemos si tanta irrigación quiere ser útil.
Si adornará mejor la ansiedad cabizbaja y brillante
que siempre he venido anhelando.
Hay que robarse una nueva idea del mundo:
la pintamos por encima y vemos qué nos dan por ella.

Avances


… professional exiles like me…
John Ashbery

Uno siempre se siente joven.
Las puertas se van cerrando
las ventanas parecen más altas
y la vista desde cualquiera
más alegre de lo habitual:
un muro y su ceguera.
O quizá uno quiere ser más alto
y debe salir de compras:
algo de botox, un estiramiento
varios kilos de alegrías prematuras
y una caja de palabras felices
alentadoras, dichas como a grititos
para eliminar patas de gallo
nubes en el horizonte
o almuerzos largos pero sin vino.
Pruébelo, nos interesa su opinión.
A todos nos afecta ese resultadismo
cuando salimos de casa
y hace un frío pegajoso y sol.
Luego hay que prestar atención
durante las horas más intensas
a un escaparate lleno de polvo
y cadáveres de mosca.
Nunca se sabe. O tal vez
te hubiera gustado volver a nacer:
sin saber nada, cometer errores
otros o los mismos y escribir poemas
también otros o los mismos
como si llegar tarde a un restaurante
sin mesas libres para siempre
fuera lo más cercano a un reloj
en un vaso de agua.

El principio de una tradición


And so to me this is as exciting as writing something.
—— Dominique Gonzalez-Foerster

Se me cruza una sombra en la memoria
parecida a una risa, o lo que llega de ella
por la ventana abierta.
Cuando fui a mirar, no había nadie.
Había que cerrar la ventana
para que, con su disfraz de accidente
no entraran más el frío
harapos de invierno y lluvia.
En ese momento pensé en una silla rota
de hace años, y en un caballo
visto desde la autopista
sobre el verde muy breve que había al lado
con una pata delantera atada
para que no escapara, no corriera.

Pero tengo más opciones: estar en la cocina
hablando y hablando, el guiso en el fogón.
Ese calor que hay que ir aprendiendo
de nuevo, año tras año.

La noche, en este agosto austral, se abrió
como una mujer que se quita el abrigo
y sonríe, no alcanzo a ver a quien.
Ahora la lluvia es otra cosa
más parecida a unas ganas de estar ahí
junto a la mujer y verla reír de cerca:
sentir cómo la sombra accidental de su risa
se coloca detrás de otras, o las engaña
marcando rápido su contorno tirando a ¿qué?
¿a violeta?, igual que otra risa igual
sombra contra sombra.

No dispares los fantasmas


Entonces
otra alegría habrá sido vivida,
piensa uno que se recupera un poco.
——*W.G. Sebald*

Ríos y fronteras
atarán el frío de este insomnio
al equipaje ya en el zaguán.
No olvides las ventanas
y más las que algo dicen.
Las que repiten su historia
sin drama, exacta cada vez
y miran al bosque salino, rotulado
reciente desde siempre
como una próxima salvación.

Después construiremos algo en la playa
no te preocupes, no se lo digas a nadie
que hasta hoy tiene un precio.
Parece que batiremos la maleza
o las palmas, o al enemigo
para que surja el secreto de repente
y nos de un susto y erremos el tiro.

Las calles encaminan su caducidad.
Lo dejan todo para otro día, más líquido
más arbitrario, cafeinado, redondo.
¿Quién dirá en qué momento
una ruina comenzó a serlo?

El precio de cada instante se borrará
cuando nos reflejemos en él otra vez.
Pero no la tercera o la cuarta…
no sé cuantas van, meciéndonos
hasta que el principio recordado
blanqueado en ácido y quiebra
se acerque al tímido capricho
de enredarnos en otra charla como ésta
y le apueste lo que quiera
a que ya no es todo así:
envuelto para llevar.

Diario de la crisis III


Otra superstición hubiera sido un susto menos—
felicidad que implica un brillo frente al mar
y arena en los zapatos.
El calzado es fundamental aquí, ahora
que hay que postularse para el olvido.
Si no, cada uno será siempre el mismo:
calvicie, agruras, pie de atleta
falta de firmeza moral, buen culo.
De todo habrá memoria, y falsa.
En el delta de lo posible
habrá para vencerse y no mirar.

Ahí esperamos todos, a veces de la mano
a que vuelva el agua.
La sequía es de tiempo también
y la alegría de un lunes
se confunde con la del martes, etc.
Cualquier cifra abre ya un abismo:
continúan progreso y desfile
por muros, esquinas, camisetas
lenguas antiguas y modernas, grititos
mesas de certidumbre
y colecciones de objetos disecados.
El deseo será siempre su repetición.

Pero esa canción ya no da guita.
Pronto llegará el invierno;
amanecerá igual que ayer
—con el mismo ventilador encendido—
y justo después
alguien decidirá la estrategia a seguir.
Con la sonrisa coagulada
sabremos agradecerlo
y volver al principio:
a cualquier comienzo que se le parezca.
Los jueves habrá puchero.

Diario de la crisis II


La invitación a jugar viene completa
pero sin la otra historia:
esa hecha de huesos al sol
que parece otra persiana de lamentos
y más batalla por la sonrisa
que el plomo en cualquier novedad.

O aquella del país casi desierto
pero animado y poco dúctil
que íbamos a ocupar tranquilos
ayunando con una mano, y con otra
leyendo el mapa de algunas promesas.

Para declararnos útiles
obtendríamos el carnet más magro
—nos asegurábamos a diario—
hasta que en la punta de la lengua
nos quedó un mal de ojo
cuya mirada siempre engañará.

También íbamos a pedir una ronda más
de extrañamiento y luz.
Su misión consistiría en dar de baja
nuestro camino al despido
como si fuera sólo tiempo.

Y como si el tiempo fuera nuestro
aquí al lado, ahora mismo
un perro gruñe en sueños.
La verdad que amábamos se desliza
y pierde por el agua limpia
siempre más que otros comienzos.

El agua, sí:
limpia como un orgullo en soledad.
Como una distancia.

Conocer esta playa


¿Qué poema puedo escribir
si no es este de tinta helada
y paisajes que nadie limpia hace mucho?
Tengo frío, la cabeza me duele
del sol en la cara que no me deja ver.
¿Qué latido encuentro en esta ceguera
de cobrador que al fin ha dado con su presa?

Entre toda esa trinchera sin guerra
(y a veces, comilona sin bebida
o paseo con 80 kilos de mochila
o retrato propio ante el espejo
con la cara desaparecida por el flash)
algo le ha pasado a mi manera de hablar.
Sigo siendo un extranjero en mi propia lengua.
Sigo mi propia voz y no llego más que a otra frontera
otro eslabón de las aduanas, otro acento
que se instalará en mí, dejándome de nuevo lejos
de lo que se pueda alcanzar a decir.

Pensar es fácil.
Caminar por cualquier calle de cualquier ciudad
ayuda, pero también es fácil.
Decir es lo que nunca o apenas encaja:
lo que se atora entre las piedras
o palabras que son piedras para mano escondida.
Pero hay que decir, eso no se niega.
Luego hay que dejarlo oxidarse, pudrirse
como basura atrapada en las rocas junto al mar.

Con el ángulo anónimo de esta mañana
las palabras llegan hasta la orilla.
Para algunos son piernas amputadas en la explosión
y hundimiento de otro barco de contenedores
cada uno lleno de una variedad de esperanza.
Pero esa ya es flor de otro peligro:

Ahora miro y voy hacia el este, hacia el agua
que cierra por un lado esta capital infinita
de una provincia sin fin
donde el tiempo mismo parece caducar
de cualquier instante a otro.

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