tema: Una luz

Cajón de sastre, vacío


El traje, hasta hoy, me quedaba como un informe de fiebre
sin temperatura; la corbata menos:
hay que darse unos días para ayunar en sueños
y decapitar cada accidente.
De otra forma, cuánta elegancia se fija en la niebla
y el mudar alegre de una camisa cancelada, convertida
brevemente, en el dije de nuestro saber de pago.
Ahora hay alteraciones que ondean su invisibilidad.
Varias nos han caducado en busca de algún lujo
y su discordia.

Lo que voy cambiando son los límites del entusiasmo
por invitaciones a vestir en fallos del futuro.
Cualquier cosa en lugar de evitar el descanso
y los espejos que me cierra la agenda.
Las horas, lejos de sus costuras más fieles
instan a pensar así, en eso tan serio de tiza
que cada mañana frente a la ciudad sin sombrero y soluble
pone de cara al abrigo que me ama.

Cumpleaños


Antes de triturar los regalos
nos pusimos de pie, manos en el agua
y las ideas de otros nos venían a la cabeza
para darnos la bienvenida y un beso:
cuarenta y cuatro, alegaban
llega como un capicúa menor.

El pelotón de fusilamiento canceló su aparición.
Con la tranquilidad menos alejada
nos dejamos ver la viga en el ojo:
la circunferencia fija de nuestras ambiciones
la luna ambiente que nos fuimos imponiendo
rodaba entre habitaciones a otra casa
más intensa
más parecida a buscar un horóscopo ideal
que la que seguimos soñando.

Afuera, quedaba el césped por regar
y la leña—
toda la fractura de un alma tras otra—
Anticipo del humo y del sobre
que llegaría en cuanto nos quitasen la foto
y alguien señalara un defecto, diciendo:
¿Ves? Ahí estoy yo.

Último poema


Tres chicas, ovillo en mano, y en la otra tijeras
hablan por última vez a la puerta de la discoteca.
Dos helicópteros sobrevuelan el territorio
como calamares en busca de comida.

Hablan por última vez a las puertas de la discoteca.
Derraman su tinta ciega sobre nosotros
como calamares en busca de comida
y con tiempo de vestirse y salir a la calle.

Derrama su tinta ciega sobre nosotros
un ciclista visto por última vez girando la esquina
con tiempo de vestirse y salir a la calle
a entregar el enigma de su existencia.

Un ciclista visto por última vez girando la esquina
corta el ovillo de sus días
para entregar el enigma de su existencia
horas antes de la fecha límite.

Para cortar el ovillo de los días
no hace falta escribir por última vez
—horas antes de la fecha límite—
ni dejar dicho que el buque encallará frente a la costa.

No hace falta escribir por última vez
si tres chicas, ovillo en mano, y en la otra tijeras
dejan dicho que el buque encallará frente a la costa
mientras los helicópteros sobrevuelan el territorio.

Últimamente


Tres chicas, ovillo en mano, y en la otra tijeras
hablan por última vez a la puerta de la discoteca.
Dos helicópteros sobrevuelan el territorio
como calamares en busca de comida.

Hablan por última vez a las puertas de la discoteca.
Derraman su tinta ciega sobre nosotros
como calamares en busca de comida
y con tiempo de vestirse y salir a la calle.

Derrama su tinta ciega sobre nosotros
un ciclista visto por última vez girando la esquina
con tiempo de vestirse y salir a la calle
a entregar el enigma de su existencia.

Un ciclista visto por última vez girando la esquina
corta el ovillo de sus días
para entregar el enigma de su existencia
horas antes de la fecha límite.

Para cortar el ovillo de los días
no hace falta escribir por última vez
—horas antes de la fecha límite—
ni dejar dicho que el buque encallará frente a la costa.

No hace falta escribir por última vez
si tres chicas, ovillo en mano, y en la otra tijeras
dejan dicho que el buque encallará frente a la costa
mientras los helicópteros sobrevuelan el territorio.

Contrabando


Y te llaman por teléfono.
Tantos años esperando a que las rosas alcanzaran su color
para dejarlo todo en un instante sin humo
cerca del puerto, la entrega lista desde hace días.

Tantos años esperando a que las rosas alcanzaran su color
nos han dejado recogiendo espinas del suelo
cerca del puerto, la entrega lista desde hace días.
Pero queda tiempo para embalarlo todo, para huir.

Nos han dejado recogiendo espinas del suelo.
Quejarse ahora no permite quejarse después.
Pero queda tiempo para embalarlo todo, para huir:
no te preocupes, la luz de la noche está con nosotros.

Quejarse ahora no permite quejarse después.
Hoy sabemos que las alegorías que pretendíamos llegarán tarde.
No te preocupes, la luz de la noche está con nosotros.
Firmaremos lo que haga falta.

Hoy sabemos que las alegorías que pretendíamos llegarán tarde.
Y te llaman por teléfono.
Firmaremos lo que haga falta
para dejarlo todo en un instante sin humo.

Invitación a comer


La mesa plegable lleva etiquetas
de mil sitios que ha visitado.
También los cubiertos dieron la vuelta al mundo
y la mantelería es de pelo de caballo.

Espero lavar mañana las servilletas
y tener tiempo para peinarlas.
Mi vecino las usa debajo de la camisa
en días de penitencia cuando no me hacen falta.

Los doce vasos llevan el adjetivo de capilares
y me traen algo a la memoria:
algo enredado en palabras
y atrapado bajo el agua.

En otro tiempo
los platos nos daban de comer.
No sé si estallaban contra el suelo
pero el público aplaudía.

Hay quien se enfada o frunce el ceño
al recoger la mesa.
Yo dejo siempre un montoncito de arena
mi tótem, en el centro.

A la sombra del árbol


¿Recuerdas cuando nos escondíamos junto a él
y nos reíamos de las piernas que iban y venían
rompiéndose al pasar?
Los niños gritaban, ¡Mira, mamá
cómo se me rompe la pierna!
Y las mamás miraban a otro lado con orgullo—
su línea de flotación más alegre que nunca.

Por aquel entonces, deseo y recuerdo se unían
y siempre se despejaba el día difícil
—monedero en mano—
a la hora en que la arena más peligraba.
Yo trataba de esconder mis palabras mejor que tú
aunque el árbol te favorecía más y de lejos.

Este año tendremos la mejor cosecha, decías.

Un golpe


Siempre decimos lo mismo
antes de salir a pasear nuestra angustia.
Luego pedimos una cerveza y escuchamos
al coro dejar una señal en cada espejo.

Antes de salir a pasear nuestra angustia
—cuando cayó el Gobierno—
debimos dejar una señal en cada espejo
apuntar a lo lejos y perder el control.

Cuando cayó el Gobierno
los helicópteros ensuciaban el cielo
apuntaban a lo lejos para perder el control
y dar al suelo con su sombra.

Los helicópteros ensuciaban el cielo.
Todavía estoy calentando su mirada incurable
y veo el suelo con su sombra
dibujando nuestros días en el polvo.

Todavía estoy calentando su mirada incurable.
Siempre decimos lo mismo
al dibujar nuestros días en el polvo.
Luego pedimos una cerveza y escuchamos.