16/06/09
Marat/Sade
Cuando nos damos cuenta de que hemos perdido una oportunidad de hacer algo, aunque sólo sea algo trivial, nos embarga una especie de arrepentimiento, nos enojamos con nosotros mismos, podemos llegar a darnos de cabeza contra la pared, cuanto más dura (la pared) mejor. Pero cuando vemos que alguien más ha desperdiciado una oportunidad y con ello la posibilidad de que otros hagan algo (trivial o importante) en el mismo terreno, entonces hay que decirlo, hay que enojarse en serio.
Y enojado es como salí el jueves pasado del Teatro San Martín tras la representación de Marat/Sade, de Peter Weiss. Tras noches como esa uno se queda pensando si no habrá una conspiración—conservadora o estúpida—para tomar el buen teatro político y desarticularlo, quitarle las uñas, para que nadie más lo pueda usar. El planteamiento de Villanueva Cosse, el director, ciertamente me hace pensar que es así.
Marat/Sade fue pensada originalmente como teatro en redondo, y por una razón que debe estar clara para cualquiera que lea la obra, o la escuche, una sola vez: no hay acción, no hay argumento dramático en el sentido convencional; la acción y el argumento tienen lugar en las discusiones filosóficas y políticas entre el revolucionario Marat y el filósofo extremo Sade, y con los locos, que piden libertad y/o mejores condiciones, como todo el mundo. Eso quiere decir que hay que prestar atención, si uno está entre el público, mucha atención, porque las discusiones no son moco de pavo. Y si uno está en el escenario, también debe prestar atención, pero a los matices, a las pequeñas y grandes ironías, a la violencia sutil o gruesa que recorren esas discusiones. Esta obra se hace en redondo para que la cercanía entre actores y público permita escuchar ese juego de sutilezas y burradas.
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