tema: Proyectos

Taxi Buenos Aires


No viajo en taxi muy a menudo, un lujo que pocas veces me puedo permitir. Suelo viajar en colectivo, en subte, a pie si la distancia es menor a veinte cuadras. En Buenos Aires, decir que algo queda a dos kilómetros, en realidad es afirmar que no está demasiado lejos; en Valencia, esa es ya una distancia considerable. En las ciudades, según su tamaño, las distancias son siempre relativas, más grandes o más pequeñas, siempre en relación con el terreno abarcado por la misma ciudad.
Un día, a principios de junio, en que tenía algo de prisa tomé un taxi para ir de Flores a Chacarita, un trayecto que normalmente hago en el 44 o, si tengo tiempo y ganas, a pie. Normalmente, los taxistas, llevan una copia de la licencia colgando de la parte trasera del asiento del conductor, para que el pasajero pueda ver, supongo, que viaja con un chofer legal. En ese taxi que me llevaba a la Chacarita, me fije, pero sin voluntad de hacerlo, casi como un acto reflejo de lector empedernido, en el apellido del taxista, que me llamó la atención: Malamud. Y lo hizo por el escritor judío norteamericano, Bernard Malamud, del que leí un par de libros hará un montón de años. Pensé que era extraño esto del destino de los emigrantes; unos Malamud emigran a Norteamérica y otros a Sudamérica, un Malamud es escritor y otro es taxista, como habrá otros que son médicos, mecánicos, libreros o distribuidores de café por los bares de alguna ciudad de provincias. Yo, una especie de emigrante perpetuo, que ya nació en el exilio—aunque no es lo mismo un emigrante que un exiliado—que he vivido en varios países, y dentro de ellos, en muchas ciudades, siempre he sentido una especie de reverencia o fascinación por este fenómeno, se dé por razones económicas, polítcas, por guerras o simplemente por ganas de ver mundo.

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El anónimo no anónimo

Hace unos días se me ocurrió un proyecto poético que no sé si dará resultado. Es un poco extraño, y lo consulté con Roberto Padilla, artísta plástico y jurídico, que dijo que le gustaba la idea y que la echara para adelante.

Creo que la idea se explica sola en la siguiente carta:

Estimado Sr, Estimada Sra
Usted no me conoce, y yo a usted tampoco. No sabe nada de mí, yo tampoco de usted. He tomado su nombre y dirección del directorio telefónico, al azar, abriéndolo en cualquier página y poniendo un dedo en cualquier sitio.
La razón por la que le escribo esta carta es, precisamente, que ya casi nadie escribe cartas. Existen otros medios, más inmediatos. No tengo gran cosa que contarle. Quizá le interese saber que soy poeta; que llevo cinco meses viviendo en Buenos Aires, que soy español (catalán) aunque crecí y viví muchos años en México y Estados Unidos.
Se me ocurrió lo de escribir cartas al azar a un número de personas desconocidas como una forma de establecer conexiones nuevas en una ciudad extraña. No se preocupe, no estoy interesado en un encuentro cara a cara, ni le voy a pedir dinero, ni se lo voy a dar si usted me lo pide a mí. Lo que me gustaría es que usted me respondiera, si tiene ganas y tiempo; que me escribiese y me contara algo de usted. No tiene por qué ser ninguna información esencial, nada que pueda comprometerle o que usted considere que de alguna forma pone en peligro su intimidad.
Quisiera acumular un grupo de cartas a y de personas a las que no conozco para hacer un libro, una especie de collage de encuentros fortuitos. De llegar a tomar una forma interesante este proyecto, el libro se publicaría con el nombre de todos los corresponsales, a menos de que alguno prefiriese mantener el anonimato.
Espero que no me considere un intruso en su hogar por escribirle de esta manera. No es mi intención, aunque entiendo que puede ser interpretada de esa manera. Si usted no responde a esta carta, no recibirá más noticias mías. Yo sé su dirección, pero usted también sabe la mía; esto es un acto de confianza mutua, algo que veo que no existe entre los habitantes de la ciudad. Y no es sólo esta ciudad, podríamos estar hablando de casi cualquier sitio del mundo. Sin embargo, creo que a los porteños esta situación de desconfianza les es muy dolorosa.
Yo, como viajero, más bien disfruto del anonimato, y tiendo a utilizar la desconfianza a mi favor. He notado que cuando entro en un comercio de Buenos Aires, la gente me trata bien, al parecer debido a mi acento extranjero. O eso me dicen algunas personas con quienes he hablado del asunto. Esta carta es un intento de abrir y comprender otra forma de comunicación: ¿cómo nos comunicamos con nuestros conciudadanos, extraños?, ¿qué hacemos con esa comunicación? ¿qué esperamos de ella, de ellos, de nosotros mismos mientras nos comunicamos?
Espero que este proyecto de cartas al azar me ayude, nos ayude, a responder a estas preguntas. Si a usted le parece bien, escríbame; si no, ya lo dije antes, no volverá a saber de mí.
Le manda un saludo atento
Roger Colom

Lo que sí me comentó Roberto es que incluyera un sobre estampillado, para ayudar a la gente a superar su tacañería y ver si así escriben.

[Visible también en Buenos Aires Ideal ]

Nuevo proyecto


No recuerdo ya cuando empecé mi primer cuaderno, en el sentido de lugar donde llevar el diario de la vida diaria creativa. Sería a principios de los ochenta. Así que tendré unos 25 años de cuadernos, y se puede decir que soy un usuario con experiencia. (Iba a decir “usuario experto”, pero no creo que sea verdad).
La cuestión es que los cuadernos comerciales que he ido comprando y utilizando a través de los años no me satisfacen, siempre les encuentro molestias en el diseño.
Cuando descubrí los Moleskine, en el 98, pensé que todo estaba solucionado; en realidad yo venía preparándome cuadernos con características similares (la goma que los cierra, el bolsillo interior) a partir de los Clairefonaine desde hacía varios años. Tengo una buena colección de Moleskines bien gastados, pero no me gusta el papel, y muchas veces, preferiría que no tuvieran las tapas duras, o el bolsillo interior, en el que se acumulan papelitos inútiles con demasiada facilidad. También me quejo a menudo del tamaño.
Con el tiempo he adquirido la costumbre de llevar un Moleskine y un Miquelrius de tapa blanda en la mochila o en los bolsillos. Pero en las últimas semanas decidí producir yo mismo el cuaderno que prefiero. Me llevará tiempo y bastante experimentación, a pesar de la “experiencia” de años.
Lo que estoy haciendo es moverme en dos direcciones, una es la del cuaderno que vengo comentando, otra es la de una especie de carpeta japonesa, en piel, cerrada con una goma y útil para llevar en la mano distintos materiales: un par de cuadernos, bolígrafos, el pasaporte y hasta los billetes de viaje.
Ya iré comentando cómo va la jugada y colgando fotos; por ahora, sólo estoy probando posibilidades.
(En la foto, de izquierda a derecha: un libro inútil que compré en los bookinistas del Parque Rivadavia, en él voy recubriendo las páginas con gesso o con témperas de colores y escribiendo o dibujando encima; una agenda moleskine del año pasado llena de notas, poemas, collages, mapas, ideas… la llevo por la mitad; un cuaderno de Miquelrius al que le puse una banda elástica para cerrarlo, éste es el que más uso y llevo en el bolsillo porque las cubiertas flexibles lo hacen casi indestructible.)

Cuadernos y mapas de poemas


Sí, lo admito, soy un fanatico de Moleskine. Empecé a usar cuadernos dedicados especialmente a mis poemas, ideas y collages a mediados de los 80. Siempre de tapa dura, los he tenido de todos los tamaños. He usado libros de actas, agendas, libretas escolares, lo que encontrara. Incluso los hackeaba para mejor adaptarlos a mis necesidades: empecé a usar gomas para mantenerlos cerrados. Pero como las perdía, decidí fijarlas a la tapa. También les pegaba sobres y fabricaba bolsillos para los papeles sueltos.

En el 98, en Venecia, compré mi primer Moleskine, tenía todo lo que precisaba: la goma, el bolsillo interior. Todavía lo tengo y sin estrenar, es eso de no querer destruir algo tan bonito, aunque no estaba tan bien hecho como los de ahora, las tapas eran de cartón y el bolsillo más frágil. Lo que hacía era imitarlo, a libretas similares añadía la goma y el bolsillo en acordeón.
Pasados algunos años, se empezaron a comercializar masivamente y pude comprarlos en casi cualquier ciudad europea. En Argentina, donde vivo ahora, no se consiguen. Por suerte tengo varios de repuesto.
El collage que aparece en la foto, ha tenido mucho que ver con mi nuevo proyecto poético. Quería organizar los más de 100 poemas que tengo, pero no en un libro, ni en varios, y sin excluir tampoco la posibilidad del libro. Así que se me ocurrió hacer mapas, que luego se doblarán y encuadernarán. Cada uno será un objeto, cosa que no es que me haga mucha gracia, pero calculo que luego se podrán reproducir electrónicamente y, si es preciso, volver a poner sobre papel.

Los hoteles de la imaginación


Llevo unos meses trabajando, junto con Carlos Ortin, en una exposición que se inaugura hoy. Apiv y el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) la producen. La idea de la exposición es muy sencilla. Se trataba de encontrar 25 hoteles que tuvieran un papel importante en obras de ficción: en novelas, películas, poemas y canciones. Después le pasamos la información sobre esos hoteles a 25 ilustradores de ambos lados del Atlántico para que hicieran una etiqueta como las que se usaban antes para pegar en las maletas. El proceso ha sido intenso y hoy llega a su fin. Se puede ver algo en el blog de la exposición. Hoy me toca la parte social del proceso: rueda de prensa, comida, inauguración y cena. Y lo mejor: encontrarme con amigos que hace tiempo que no veo.

Las nuevas aventuras


Esta es la primera mención pública que hago de mis proyectos para los próximos meses. No soy muy proclive a hablar en público de estas cosas, pero creo que vale la pena cambiar de estrategia.

Dentro de unos días me voy a Buenos Aires. La ciudad me recuerda a Nueva York a principios de los ochenta, una ciudad que no acababa de funcionar, pero con una enorme energía. Hoy Nueva York es tan caro que ha excluido a los artistas que no son ricos. Pronto será un museo, como tantas ciudades europeas.

(texto completo...)

Hartimáñez


Estoy escribiendo una serie de guiones para Carlos Ortín. El personaje principal es Leopoldo Hartimáñez, un tipo al que yo considero perfectamente normal; Carlos, en cambio, dice que es un cabrón con opiniones un tanto cínicas. Esta es una de las primeras viñetas: