tema: Poemas

Vértice


Dormiste. Me gusta esa sonrisa
como de niña y de lobo
de una infancia que nos queda imaginar
y nunca, o casi, al mismo tiempo.
Más tarde, besos, la búsqueda radiante
de un tesoro. En el patio había un río—
lo cruzamos hasta la puerta de doble hoja
y sólo abro una, esa leve confianza
que hay que tomarse a veces, a bolsillo vacío
y luego encender la luz para ver
quién ha venido a vernos, y viceversa.

Espero haber omitido algo
en esto que te cuento ahora. Mañana veremos.
Por hoy, no sé si seguir clavando agujas—
principalmente las que significan
otro día no sé donde—en la pared.
¿Servirán para engancharnos?
¿Es el amor otro vicio, como anuncian?
Y nos íbamos a reír, pero decidimos entrar.
Me quité la misma camisa frente a la ventana.
Las hortensias no están, pero pondremos
jazmines en el cantero de la izquierda.
¿Ves que la higuera va bien?

Si quieres, he puesto algo de fruta a enfriar.

Diario de la crisis IV


Toda esa inspiración que teníamos
y no siempre como profesionales—
inspiración a secas, a veces andando por la calle
como ver el mundo recién renovado
una alegría como tirar piedras al agua del recuerdo inventado
esa tarde en la playa en que se nos astillaba todo:
la luz, las voces, la vida que nos prometíamos
las ganas de subir a la casa a comer algo
y si acaso mirarnos en el espejo más caro…

Un perro transparente comiendo entre basura
Iguazú en una camiseta
Queso de máquina x 300 grs = $7,40.
¿Donde está la panadería?, así pero en fino.
El Rincón del Taxista, con su bombilla única
y los hombres tristes a carcajadas y bromas
bebiendo café en vasitos de plástico
junto a un coche quemado.

Otro día, la gente se arremangará los pantalones
para cruzar la avenida. ¿Quién dijo que no seríamos amigos?
Que un abrazo entre amantes que ya se despidieron era imposible
y que la música del aire no duraría.
Tenía razón, pero ¿y qué?

Hay azul de la distancia entre nosotros;
varía de tono según la hora, el día
o la tristeza de ver llover en Buenos Aires
cuando la ciudad entra por los ojos de otra manera
más bella, mejor asentada en el mundo.
Nunca me gustó usar paraguas.
Tenías hipo y no estabas cuando llamé.
No estabas ya.

Sentimentalismo, ropa nueva, la mejor salsa
putanesca de la ciudad, un café a solas
entre viejas en la confitería buena del barrio.
Preguntaste qué tal mi día; yo te lo cuento.

Solitario de agorafobia


Con la clase de permiso que hay que darse
cuando no sabe uno lo que quiere
¿sorprende si no hay lectores para un poema como aquel?
En realidad todos acaban acercando la mirada
al cruzar el puente, río seco por debajo
de las fotos de familia.
El desierto se extiende a cuatro bandas y asfalto.
Es así como se duda, no encriptando
una sonrisa con el brazo extendido
sin por fin sacarlo por el otro extremo de la manga—
la cabeza todavía perdida en el laberinto del suéter.
Yo por eso los uso con cremallera, me contaste.
Los libros también, el atlas abierto de piernas:
me encanta esa invitación, y más cuando la luna
se va colegiando, y se deja amaestrar, mintiendo
para decir lo que uno quiere que diga.
Pero aquel poema no era lo tuyo.
Su calibre ideológico, recién cocido
prolongaba un empate en las indicaciones.
Hay límites que ya se han terminado.

¿Cuánto queda?
No todo viaje dura la distancia entera
y eso no se verá sino más adelante:
cuando la mayoría hayamos quitado la mano de la imaginación
y la vista de la caja de bombones
o del horizonte.

Camino de ser sincero


Si lees esto es que estoy lejos, probablemente en ayunas.
Puedo barrer algún sinsentido y no levantar demasiado polvo
pero así es más fácil, menos graso y firme: una vuelta que no termina.
Hay que arrastrar el verano un día para que saber lo que es bueno
parezca un vaso de agua en plena tundra, los lobos ya circulando.

Igual sobra gasolina para las decisiones. O mucha ilusión.
Como si cientos de magos practicaran el mismo número
en el mismo escenario al mismo tiempo delante del mismo público
y alguien cerca estuviera por pedirse un par de birras
más la parte diurna donde encierra sus verdades favoritas.

Cuando estén los remedios, pasado el domingo
—y mucho me queda por aprender hasta entonces—
nos lo anunciarán todo junto, para perder menos.
“El olvido es un instrumento de medición
que nadie se atreve a calibrar,” dijiste una vez, recuerdo.

Pero mientras, averigüemos si tanta irrigación quiere ser útil.
Si adornará mejor la ansiedad cabizbaja y brillante
que siempre he venido anhelando.
Hay que robarse una nueva idea del mundo:
la pintamos por encima y vemos qué nos dan por ella.

Avances


… professional exiles like me…
John Ashbery

Uno siempre se siente joven.
Las puertas se van cerrando
las ventanas parecen más altas
y la vista desde cualquiera
más alegre de lo habitual:
un muro y su ceguera.
O quizá uno quiere ser más alto
y debe salir de compras:
algo de botox, un estiramiento
varios kilos de alegrías prematuras
y una caja de palabras felices
alentadoras, dichas como a grititos
para eliminar patas de gallo
nubes en el horizonte
o almuerzos largos pero sin vino.
Pruébelo, nos interesa su opinión.
A todos nos afecta ese resultadismo
cuando salimos de casa
y hace un frío pegajoso y sol.
Luego hay que prestar atención
durante las horas más intensas
a un escaparate lleno de polvo
y cadáveres de mosca.
Nunca se sabe. O tal vez
te hubiera gustado volver a nacer:
sin saber nada, cometer errores
otros o los mismos y escribir poemas
también otros o los mismos
como si llegar tarde a un restaurante
sin mesas libres para siempre
fuera lo más cercano a un reloj
en un vaso de agua.

El principio de una tradición


And so to me this is as exciting as writing something.
—— Dominique Gonzalez-Foerster

Se me cruza una sombra en la memoria
parecida a una risa, o lo que llega de ella
por la ventana abierta.
Cuando fui a mirar, no había nadie.
Había que cerrar la ventana
para que, con su disfraz de accidente
no entraran más el frío
harapos de invierno y lluvia.
En ese momento pensé en una silla rota
de hace años, y en un caballo
visto desde la autopista
sobre el verde muy breve que había al lado
con una pata delantera atada
para que no escapara, no corriera.

Pero tengo más opciones: estar en la cocina
hablando y hablando, el guiso en el fogón.
Ese calor que hay que ir aprendiendo
de nuevo, año tras año.

La noche, en este agosto austral, se abrió
como una mujer que se quita el abrigo
y sonríe, no alcanzo a ver a quien.
Ahora la lluvia es otra cosa
más parecida a unas ganas de estar ahí
junto a la mujer y verla reír de cerca:
sentir cómo la sombra accidental de su risa
se coloca detrás de otras, o las engaña
marcando rápido su contorno tirando a ¿qué?
¿a violeta?, igual que otra risa igual
sombra contra sombra.

No dispares los fantasmas


Entonces
otra alegría habrá sido vivida,
piensa uno que se recupera un poco.
——*W.G. Sebald*

Ríos y fronteras
atarán el frío de este insomnio
al equipaje ya en el zaguán.
No olvides las ventanas
y más las que algo dicen.
Las que repiten su historia
sin drama, exacta cada vez
y miran al bosque salino, rotulado
reciente desde siempre
como una próxima salvación.

Después construiremos algo en la playa
no te preocupes, no se lo digas a nadie
que hasta hoy tiene un precio.
Parece que batiremos la maleza
o las palmas, o al enemigo
para que surja el secreto de repente
y nos de un susto y erremos el tiro.

Las calles encaminan su caducidad.
Lo dejan todo para otro día, más líquido
más arbitrario, cafeinado, redondo.
¿Quién dirá en qué momento
una ruina comenzó a serlo?

El precio de cada instante se borrará
cuando nos reflejemos en él otra vez.
Pero no la tercera o la cuarta…
no sé cuantas van, meciéndonos
hasta que el principio recordado
blanqueado en ácido y quiebra
se acerque al tímido capricho
de enredarnos en otra charla como ésta
y le apueste lo que quiera
a que ya no es todo así:
envuelto para llevar.

Taxi Buenos Aires


No viajo en taxi muy a menudo, un lujo que pocas veces me puedo permitir. Suelo viajar en colectivo, en subte, a pie si la distancia es menor a veinte cuadras. En Buenos Aires, decir que algo queda a dos kilómetros, en realidad es afirmar que no está demasiado lejos; en Valencia, esa es ya una distancia considerable. En las ciudades, según su tamaño, las distancias son siempre relativas, más grandes o más pequeñas, siempre en relación con el terreno abarcado por la misma ciudad.
Un día, a principios de junio, en que tenía algo de prisa tomé un taxi para ir de Flores a Chacarita, un trayecto que normalmente hago en el 44 o, si tengo tiempo y ganas, a pie. Normalmente, los taxistas, llevan una copia de la licencia colgando de la parte trasera del asiento del conductor, para que el pasajero pueda ver, supongo, que viaja con un chofer legal. En ese taxi que me llevaba a la Chacarita, me fije, pero sin voluntad de hacerlo, casi como un acto reflejo de lector empedernido, en el apellido del taxista, que me llamó la atención: Malamud. Y lo hizo por el escritor judío norteamericano, Bernard Malamud, del que leí un par de libros hará un montón de años. Pensé que era extraño esto del destino de los emigrantes; unos Malamud emigran a Norteamérica y otros a Sudamérica, un Malamud es escritor y otro es taxista, como habrá otros que son médicos, mecánicos, libreros o distribuidores de café por los bares de alguna ciudad de provincias. Yo, una especie de emigrante perpetuo, que ya nació en el exilio—aunque no es lo mismo un emigrante que un exiliado—que he vivido en varios países, y dentro de ellos, en muchas ciudades, siempre he sentido una especie de reverencia o fascinación por este fenómeno, se dé por razones económicas, polítcas, por guerras o simplemente por ganas de ver mundo.

(texto completo...)

Diario de la crisis III


Otra superstición hubiera sido un susto menos—
felicidad que implica un brillo frente al mar
y arena en los zapatos.
El calzado es fundamental aquí, ahora
que hay que postularse para el olvido.
Si no, cada uno será siempre el mismo:
calvicie, agruras, pie de atleta
falta de firmeza moral, buen culo.
De todo habrá memoria, y falsa.
En el delta de lo posible
habrá para vencerse y no mirar.

Ahí esperamos todos, a veces de la mano
a que vuelva el agua.
La sequía es de tiempo también
y la alegría de un lunes
se confunde con la del martes, etc.
Cualquier cifra abre ya un abismo:
continúan progreso y desfile
por muros, esquinas, camisetas
lenguas antiguas y modernas, grititos
mesas de certidumbre
y colecciones de objetos disecados.
El deseo será siempre su repetición.

Pero esa canción ya no da guita.
Pronto llegará el invierno;
amanecerá igual que ayer
—con el mismo ventilador encendido—
y justo después
alguien decidirá la estrategia a seguir.
Con la sonrisa coagulada
sabremos agradecerlo
y volver al principio:
a cualquier comienzo que se le parezca.
Los jueves habrá puchero.

Diario de la crisis II


La invitación a jugar viene completa
pero sin la otra historia:
esa hecha de huesos al sol
que parece otra persiana de lamentos
y más batalla por la sonrisa
que el plomo en cualquier novedad.

O aquella del país casi desierto
pero animado y poco dúctil
que íbamos a ocupar tranquilos
ayunando con una mano, y con otra
leyendo el mapa de algunas promesas.

Para declararnos útiles
obtendríamos el carnet más magro
—nos asegurábamos a diario—
hasta que en la punta de la lengua
nos quedó un mal de ojo
cuya mirada siempre engañará.

También íbamos a pedir una ronda más
de extrañamiento y luz.
Su misión consistiría en dar de baja
nuestro camino al despido
como si fuera sólo tiempo.

Y como si el tiempo fuera nuestro
aquí al lado, ahora mismo
un perro gruñe en sueños.
La verdad que amábamos se desliza
y pierde por el agua limpia
siempre más que otros comienzos.

El agua, sí:
limpia como un orgullo en soledad.
Como una distancia.

Conocer esta playa


¿Qué poema puedo escribir
si no es este de tinta helada
y paisajes que nadie limpia hace mucho?
Tengo frío, la cabeza me duele
del sol en la cara que no me deja ver.
¿Qué latido encuentro en esta ceguera
de cobrador que al fin ha dado con su presa?

Entre toda esa trinchera sin guerra
(y a veces, comilona sin bebida
o paseo con 80 kilos de mochila
o retrato propio ante el espejo
con la cara desaparecida por el flash)
algo le ha pasado a mi manera de hablar.
Sigo siendo un extranjero en mi propia lengua.
Sigo mi propia voz y no llego más que a otra frontera
otro eslabón de las aduanas, otro acento
que se instalará en mí, dejándome de nuevo lejos
de lo que se pueda alcanzar a decir.

Pensar es fácil.
Caminar por cualquier calle de cualquier ciudad
ayuda, pero también es fácil.
Decir es lo que nunca o apenas encaja:
lo que se atora entre las piedras
o palabras que son piedras para mano escondida.
Pero hay que decir, eso no se niega.
Luego hay que dejarlo oxidarse, pudrirse
como basura atrapada en las rocas junto al mar.

Con el ángulo anónimo de esta mañana
las palabras llegan hasta la orilla.
Para algunos son piernas amputadas en la explosión
y hundimiento de otro barco de contenedores
cada uno lleno de una variedad de esperanza.
Pero esa ya es flor de otro peligro:

Ahora miro y voy hacia el este, hacia el agua
que cierra por un lado esta capital infinita
de una provincia sin fin
donde el tiempo mismo parece caducar
de cualquier instante a otro.

Diario de la crisis I


¿Cómo atravesar un tractor
o cualquier otro animal de compañía
si no es con el GPS que ahora anuncian?
Los arpones de tierra vendrán luego
junto a las medias tintas
las mentiras oficiales
y las medias hasta el muslo
en promoción hoy a $20.

A cada tema, su femme fatale;
su metanfetamina de ruido y aridez.
Así se acumula riqueza
y la belleza
es cosa de ahorro por generaciones.
Después hay que ir posponiendo.
Están la hidratación y la espera:
un cambio tecnológico vendrá
que haga inútil su propia revolución.

O al menos otras serán las armas.
De otros colores y diseños:
otra colonización subcutánea.
Más acorde con la tristeza en los espejos
el vecino se pasará a saludar
y contarnos lo preventiva que es su cárcel
aquella última receta
la conversión del viento en conversación
la movilidad social de las fotos en blanco.

Mañana, otro día se presentará a las elecciones.
O al mismo cabaret congelado y anulado antes.
No habrá transporte sin espermicida.

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