Una de las cosas buenas de los blogs es que le permiten a uno decir en público lo que dijo en la comida de ayer, o en el bar o en cualquier conversación más o menos privada (aunque me abstengo de publicar lo dicho en la intimidad). Ayer hablábamos de la falta que hace en Latinoamérica una estructura, o una serie de estructuras, que se dediquen a crear, captar, investigar, administrar y sostener un conocimiento primordialmente americano. Americano del sur.
Y no sería tan difícil. Cerebros tenemos, materia prima y recursos de todas clases, tenemos. Lo que falta es financiación y voluntad política: de eso tenemos poco. Y mientrastanto no sólo dejamos de ganar en conocimiento, sino que lo estamos perdiendo. Es ya un lugar común que la globalización es, entre otras cosas, una del conocimiento. Pero mal dirigida. Las empresas, universidades y organizaciones que crean conocimiento lo patentan y globalizan sólo su comercialización, no el conocimiento en sí. Las farmacéuticas, por ejemplo, vienen a latinoamérica, exploran la botánica, el adn de las personas de los grupos originarios, y luego nos venden esa información a precios altísimos. Si esa no es una nueva forma de colonialismo, que alguien me lo explique.
Tenemos en América mucho que estudiar y aprender en muchos campos que nos conciernen directamente. Y económicamente. Si no nos lanzamos desde ayer, lo estaremos pagando, de nuevo, durante generaciones. Así nos pasó con la Revolución Industrial, nos está pasando con la Digital y nos pasará con la que venga. Siempre a remolque, en lugar de tomar la iniciativa por nuestro propio bien. Como ya mencioné antes, está todo el conocimiento biológico que hay que recabar y administrar; es nuestro y cedérselo a los extranjeros es aún peor que cederles la explotación de los recursos minerales.
¿Qué hacer?
Creo que valdría la pena construir un Instituto Latinoamericano dedicado al conocimiento de América. Por un lado, se dedicaría a la exploración y catalogación biológica. Por otro a la recuperación de las tradiciones autóctonas, tanto lingüísticas como de otra índole, para no perder ese conocimiento. Esto significa hacerlo rentable. Y puede serlo si le dedicamos la energía y la atención suficientes. También, tendría que haber una sección dedicada al estudio de las ciudades: de sus problemas, claro, pero también de sus culturas, de su arquitectura y organización.
Pero el instituto debería ser siempre interdisciplinar. Volver a las viejas categorías estancas no ayuda. Tenemos que encontrar una especie de coordinación holística para el conocimiento. La cuestión de los títulos universitarios también habría que llevarla con cuidado. Lo que quiero decir es que el conocimiento no viene siempre de las universidades; muchas veces viene de otras fuentes, y de personas que no tienen una educación formal. Bueno, pues éstas deberían ocupar puestos en el Instituto a la par que los universitarios. Un doctorado puede ser útil o no, dependiendo de las circunstancias… y nuestra circunstancia es excepcional: estamos perdiendo conocimiento a toda velocidad y tenemos que hacer lo que haga falta para frenar esa pérdida y convertirla en ganancia.
Gobiernos como los de Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay, Paraguay, Perú o Ecuador deberían crear ese Instituto transnacional aportando unas cuantas decenas de millones de dólares de sus reservas a un fideicomiso. Desde ahí se administrarían los fondos de cada sede del Instituto durante los primeros años. Después, aprovechando el sistema de patentes internacional, se derivarían de ahí los fondos para continuar el trabajo y para ampliar el fideicomiso.
A este respecto, cabría también aprobar leyes en los varios países que establezcan que el conocimiento derivado por empresas, instituciones o personas privadas extranjeras, en Latinoamérica, pertenece a Latinoamérica, y que por tanto hasta un 80% de las ganancias derivadas de las patentes de ese conocimiento deben volver a nuestros países. De ahí también saldría la financiación para muchos proyectos. Sería otro recurso a exportar.
Tendría que haber sedes fijas del Instituto en los varios países participantes. Después, sedes móviles, y miembros que viajaran de un lado para otro, siempre creando redes de conocimiento, viendo de coordinar lo que se está haciendo en una sede con lo que se está haciendo en otra. Poner el conocimiento en red es esencial. Hoy en día miembros de muchas disciplinas estancas trabajan con las de otras para compartir conocimientos y crear nuevos. La antigua separación de poderes académicos ha quedado caduca y no sirve para el nuevo mundo que está naciendo.
Si no aprovechamos ahora la posibilidad de crear conocimiento a partir de los recursos del continente americano, lo aprovecharán otros. Seguiremos viviendo bajo el yugo colonial del Norte. Para ello hay que tomar las riendas de la utilización de los recursos. Y el conocimiento es uno de ellos: quizá el más importante de cara al futuro.