tema: Ideas sueltas

El mecenazgo y un lugar en el mundo


En 1953, el gobierno de los Estados Unidos aprobó e implementó una ley de mecenazgo para las artes (aún vigente) que fue esencial en la conversión de Nueva York de ciudad importante a capital mundial. Este tipo de leyes sirven para canalizar capital financiero en dirección del capital social y cultural sin los cuales ninguna ciudad puede aspirar a nada importante a nivel global. Esos otros tipos de capital atraen turistas, sí, pero también atraen inversores. La historia es sencilla. Con inversiones fuertes en cultura, los extranjeros vienen, y unos cuantos vienen a comprar arte. El mundillo del arte, muchas veces denigrado por ser “cosa de ricos”, es un lugar en el que se habla, se establecen relaciones de confianza, se inician muchas conversaciones que desembocan en pactos de negocios, en inversión. Que no se apruebe una ley de mecenazgo en Argentina atestigua el desconocimiento de sus gobernantes en cuanto a la fuerza expansiva de las redes sociales.

Pero una ley así tiene otros beneficios. Serviría para canalizar el enorme capital cultural que acumula Buenos Aires y que muchas veces se pudre por falta de inversión. Así, el país, y la ciudad, viven en un circuito doloroso que, como mucho, se percibe desde fuera como silencio. Si no somos capaces de decirle al mundo nada, ¿cómo pretendemos ocupar un lugar en él? Y menos un lugar de privilegio. Tenemos que ser capaces, desde Argentina, de entrar en conversación con el resto del mundo, globalizado, si queremos que se nos tenga en cuenta, si queremos tener alguna incidencia en cómo se da esa globalización.

La ley de mecenazgo, además de ser fundamental en la colocación de Argentina en el imaginario global, daría trabajo a miles de personas: artistas, productores, agentes comerciales, técnicos. Los efectos de esta nueva riqueza productiva y exportadora se notarían en los servicios, en el comercio, en la industria, de manera radical en unos pocos años.

Si Argentina sigue empeñada en NO existir a nivel global, está claro: una de las cosas que tiene que hacer es seguir postergando la ley de mecenazgo. Las generaciones venideras, estoy seguro, sabrán agradecérselo a los actuales gobernantes, en la Casa Rosada y en el Congreso, en el silencio al que se les condena.

Más conocimiento

Acabo de leer un artículo en el New York Times acerca de la extinción de muchas lenguas a nivel mundial. Al parecer, desaparece un idioma cada dos semanas. Con él, se va todo el conocimiento desarrollado por esa cultura, o dicho mejor, lo que desaparece es la forma en la que esa cultura, utilizando una expresión muy de moda, gestionaba el conocimiento.

Los Kallawaya, de Bolivia, por ejemplo, hablan quechua o español en su vida diaria, pero conservan su idioma, que es el que utilizan para gestionar sus conocimientos médicos, basados en el uso de plantas, animales, minerales y terapias. Sabemos que las empresas farmacéuticas globales envían equipos de investigación a América del Sur para ver qué provecho pueden sacar de este tipo de conocimientos, luego patentan lo que les puede servir y excluyen a los gestores iniciales del conocimiento de su propia riqueza.

Los países de Sudamérica necesitan replantearse la gestión del conocimiento de una manera que abarque a todas las culturas que pueblan el continente, protegiendo sus conocimientos y aprendiendo de ellos, además de la forma en que son transmitidos y gestionados. Hasta que algo así no se empiece a dar, la mayoría de los planes para paliar la pobreza serán superficiales, y con el tiempo, inútiles. Un informe reciente del Banco Mundial, demostrua que la principal riqueza de las naciones es intangible, en otras palabras, es el conocimiento y sus aplicaciones lo que más riqueza aporta a un país. Mucho más que la industria y que los recursos naturales.

Los Kallawaya son médicos itinerantes. Detentadores de un conocimiento nómada. Y las instituciones que se crearan para conservar, ampliar y gestionar el conocimiento en Sudamérica deberían serlo también, o por lo menos aprender de ellos. La tecnología hoy lo permite. No hace falta mantener costosísimos archivos físicos (aunque tampoco hay que dejarlos de lado completamente), lo que hace falta es entrenar personas en una nueva forma de entender la producción del conocimiento. O más bien, en una forma antigua de entenderla, pero que ha perdido terreno frente a la comercialización del conocimiento basado en las instituciones jerárquicas y las patentes. Me imagino a los nuevos sabios latinoamericanos, entonces, pensadores e investigadores nómadas, que trabajaran con conocimientos más amplios, de manera más bien ecológica (en el sentido de entender el conocimiento como un ecosistema que forma parte del ecosistema), en grupo (más como una tribu que como equipos de especialistas), serían más parecidos a los sabios de la antigüedad que a los especialistas contemporáneos.

Con esta nueva forma de entender el conocimiento y de vivir con o en él, se preservarían las culturas de América, que podrían llegar, de nuevo, a florecer y aportar un nuevo bienestar a sus integrantes. Se incorporaría el acervo americano a la cultura global. Y los americanos seríamos de nuevo los que deriváramos los beneficios de la riqueza de nuestros territorios. No las compañías transnacionales con su piratería legalizada.

Esto no significa que haya que dejar de lado la ciencia occidental. Hay que aprovecharla también. Todo el conocimiento es útil, de una manera u otra. Y no hay por qué empobrecerse por un lado para enriquecerse por otro. El conocimiento no es un juego de suma cero, sino de acumulación y, sobre todo, gestión. El conocimiento nómada, que es el que predomina en las culturas autóctonas de América, necesita gestores nómadas: personas que se entreguen al conocimiento, no personas a las que el conocimiento les sea entregado, con el correspondiente título, la licencia cerrada que permite a unos ejercer activamente su conocimiento, y a otros ser meramente usuarios y clientes.
[Vía Generación Red

Checkpoint Charlie

No hace muchos días encontré en un mercadillo una minipostal (7×9 cm.) del famoso Checkpoint Charlie, que marcaba la frontera entre los sectores norteamericano y ruso en el Berlín de la guerra fría. La compré porque se trata de un lugar mítico, con una fuerte carga de significado, que hemos visto en muchas películas y leído en un montón de novelas. Y también porque sé que las postales se imprimen y venden como recuerdos, souvenirs, y se hacen sobre cosas, lugares, que alguien cree que son dignos de recordar. No sé en qué recuerdo positivo podía venir envuelta esta postal.

Con el tema de los espías me pasa una cosa extraña: puedo ver las películas casi siempre, y no soporto las novelas, excepto cuando destruyen el mito del espía como ser privilegiado. El espía en realidad es un pringado que pone toda su inteligencia al servicio de un Estado que no le va a pagar nunca lo que ha hecho, especialmente cuando se trata de crímenes. Tienden a servir al Estado tanto en el exterior como en el interior; y los celebramos cuando consiguen algo fuera, pero los tememos cuando buscan algo dentro. Si su trabajo no arruinara vidas con tanta facilidad, diría que es completamente inútil; es un trabajo ignominioso. Por ningún lado veo el glamour que se les atribuye, y que depende principalmente de un gusto por el secreto infame no muy distinto del que se exhibe en los programas del corazón, con la diferencia de que, gracias a los espías, la gente sufre de verdad, y no por arreglarnos un rato frente a la tele.

No veo una diferencia real entre el espía y el delator, a menos que el espía sea un jefe de delatores, el que utiliza la información en contra de sus propios conciudadanos. Como está demostrando Estados Unidos últimamente, y demostraron sobradamente los países del Este, darle la vuelta al servicio de espionaje para que en lugar de actuar en el exterior lo haga dentro de la sociedad que se supone que defiende es la cosa más fácil del mundo; de ahí a la guerra sucia no hay más que un paso. No hay que confundir la seguridad del Estado con la seguridad de la población; y sobre todo, no hay que confundir la guerra con la acción de la policía, sea contra el crimen o contra lo que pensamos y decimos.

El códice de Serafini

Durante años, y supongo que esa es la ambición de todo poeta, he intentado escribir un poema que no signifique nada y que signifique, al mismo tiempo, algo. Que no signifique nada concreto, ya existente, común: esa es una versión de la no-significación. Otra puede ser que el poema sólo se remita a sí mismo. La metáfora tiene esa cualidad muchas veces. El gran PERO de todo esto es que debe haber una entrada, algo que permita la interpretación. Nietzsche dice que un siempre quiere que lo entiendan, y al mismo tiempo, que no lo entiendan. Uno escribe para ser leído, claro, pero quisiera crear algo tan singular que, incluso, sería incomprensible.

Esa es la sensación que me deja el Codex Seraphinianus, al que he llegado gracias a un post de John Barry. El códice cuenta un mundo imaginario, ideado entre 1976 y 1978 por Luigi Serafini, un arquitecto italiano, con todo y lengua, alfabeto y números inventados. Investigando un poco por la red, he encontrado alusiones a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges y varias interpretaciones o presentaciones del códice.

En otro lugar hablé de que un nodo en una red es, a su vez, una red vista desde lejos, pero que si lo vemos desde la distancia adecuada, descubriremos que no es más que otra red con sus nodos. Hace tiempo, se me ocurrió hipertextualizar un poema, marcándolo todo con enlaces a otros textos, imágenes, vídeo, audio. Lo que descubrí fue la inutilidad de esa empresa: el poema ya es hipertextual, ya es un nodo en sí mismo; lo que pasa es que no vemos la red que en realidad es porque lo estamos haciendo a una escala equivocada. El poema alude a un montón de cosas que ya están en la mente del lector, o que se crean en esa mente en el momento de leer. También puede haber enlaces muertos: la incomprensibilidad de un verso, de un tropo, pero eso depende más bien del lector y su red mental. También descubrí que si yo ponía los enlaces estaba limitando la expansión de la red mental propuesta por el poema y que, si es un poema de verdad, la red que propone debe ser expansiva: eso sólo puede ocurrir en la mente del lector. Básicamente lo que descubrí (sí, soy lento) es que para que una obra sea realmente artística, debe crear redes nuevas, por momentáneas que sean, en la mente del lector. Lo que está claro es que una red mental, por más efímera que sea, es tan real como cualquier otra.

Al principio, pensé que el Codex Seraphinianus no era más que un nodo cuyos enlaces habían nacido muertos, pero viéndolo más de cerca, me di cuenta de que no es así, de que están vivos, aludiendo, señalando, enlazando, abriendo la imaginación a nuevas posibilidades. Es un rizoma: una nada que está de camino a convertirse en algo; un libro de camino a convertirse en mundo; un mundo imaginario de camino a convertirse en mundo real. Esa es también la lección del cuento de Borges al que aludo arriba: un mundo imaginario empieza a convertirse en real, produciendo espanto, sí, pero también algo nuevo que no pertenece ni a éste ni al otro mundo. La cuestión parece circular y no lo es. No es como cuando llevamos la epistemología tan lejos que se convierte en ontología o viceversa. Es el proceso de conversión y todas las posibilidades que abre. Es el proceso por el cual nos damos cuenta de que lo que parecía un punto negro en el mapa de una red, ese nodo, también es una red.

Para terminar, pongo un ejemplo banal. Miremos el mapa de un país. Las ciudades aparecen como puntos. Si cambiamos de escala, tendremos el mapa de una ciudad. Si volvemos a cambiar tendremos algún mapa de todas las redes que conforman la ciudad, con sus nodos. Podemos llegar hasta el nivel microbiológico, o más allá. Depende del punto de vist, y de la distancia focal.

[ Vía Generación Red ]

Algunas notas sobre el mercado del arte en Argentina


Se ha inaugurado ArteBA, la feria de arte contemporáneo de Buenos Aires. No he estado en ediciones anteriores, pero por todo lo que oigo, la presente es bastante mejor. La feria tiene la ambición de internacionalizarse y convertirse en el referente mundial del arte latinoamericano, lo que significaría que su principal competencia proviene de Art Basel Miami y de la Bienal de San Pablo, un listón bastante alto.

Salir adelante con esta ambición requiere, a mi entender, un programa anual de promoción del arte latinoamericano y argentino que dure todo el año, culminando, claro, en ArteBa cada mayo. Así, en el programa, habría que incluir visitas guiadas por las galerías de Buenos Aires para coleccionistas, críticos y directores de instituciones de todo el mundo. Haría falta que lo que ocurre durante la temporada de exposiciones en la ciudad apareciera en las revistas de arte internacionales, tanto en artículos expositivos y críticos, como en publicidad. Habría que crear un programa de intercambios entre galerías argentinas y las de otros países, de manera que se pudiera ver aquí lo que se está creando en otras partes y allá lo que se está haciendo aquí. Si el mundo no se entera de la enorme producción simbólica que tenemos aquí, es casi como si esa producción no se diera. Y si no se crean expectativas internacionales, muchas de las iniciativas que se lancen a nivel local tendrán un alcance limitado.

También habría que cambiar las leyes argentinas de importación y exportación de arte. Si se presentan demasiados impedimentos a las galerías que vienen de fuera, éstas decirirán que les resulta más rentable ir a otras ferias en otros países; y si no vienen galerías de todo el mundo, tanto con la intención de vender como de comprar, el que sufre, por invisibilidad, es el arte argentino. Cuanto más libre el mercado, mejor para las galerías, para los artistas y, a la postre, para el estado, ya que a cambio de una menor recaudación de impuestos al principio, se crea un mercado más fuerte y más rápido, que al final reportará mayores ingresos para todos. Esto repercutirá, también, en beneficio del país, ya que permitirá que el punto de vista argentino y latinoamericano se exprese de manera más efectiva a través del arte de la región, de insuficiente visibilidad a nivel mundial.

No sólo hace falta producir sentido, hay que lanzarlo al mundo para que ese sentido además tenga una dirección, tenga fuerza, y llegue a otros ámbitos. Se trata de entrar en las redes en las que se produce sentido a nivel global. Sólo de esa forma, paradójicamente, es posible mantener una cierta autonomía en lo simbólico. De otra manera, sólo somos receptores, aptos para la colonización de ámbitos culturales más fuertes, aunque no necesariamente mejores ni adaptados a nuestra circunstancia.

Memoria: a 30 años del golpe militar


Mañana, jueves, a la 19:30, en la Casa de América (Madrid), se presentan tres propuestas en una: Memoria: a 30 años del golpe militar. Se refiere al golpe de estado de 1976 en Argentina. Estarán Carmen Calvo, Ministra de Cultura de España, y José Nun, Secretario de Cultura de la República Argentina.

La primera propuesta parte de una canción de León Gieco, La memoria, y cuenta con obras de Carlos Alonso, Susana Beibe, Remo Bianchedi, Blas Castagna, Diana Chorne, Diego Dayer, Fernando Fazzolari, León Ferrari, Daniel García, Jorge González Perrin, Carlos Gorriarena, Leonel Luna, Eduardo Molinari, Sergio Moscona, Luis Felipe Noé, Omar Panosetti, Pérez Celis, Ernesto Pesce, Provisorio Permanente, Miguel Rep, Daniel Santoro, Mariano Sapia, Mariana Schapiro, Clorindo Testa, Carlos Trilnick y Luis Wells.

La segunda propuesta es un ensayo fotográfico de Inés Ulanovsky:, titulado Fotos tuyas.

Y la tercera es una colección de fotografías inéditas de tiempos de la dictadura, comisariada por Alejandro Reynoso y Pablo Cerolini, titulada En negro y blanco.

Síndrome de museo




Esta mañana, Marcos Taracido publicó en Libro de Notas un enlace a una entrevista con Alfred Pacquement, director del Centro Pompidou, de París. A Marcos le extraña que se hable de todo menos de arte. A mí no tanto, al fin y al cabo, Pacquement es un super burócrata a cargo de un museo y de lo que hablará es de los asuntos generales del museo: la política de exposiciones, los intercambios, la internacionalización y la financiación.
Lo que a mí me llama la atención es que, aunque se menciona la categoría de arte contemporáneo en la entrevista, la actitud y las estrategias vienen más del mundo moderno y de su concepción del arte. Por ejemplo, dice que como hay un boom en el mercado actual, el museo tiene que recurrir a mecenas para poder conseguir las piezas que quiere añadir a su colección. Esto indica que primordialmente compran la obra de artistas consagrados, los que ya han pasado por el filtro de los coleccionistas y de otros museos. ¡Así cualquiera se queda sin dinero!
Pero no se ve una estrategia de adquisición de obras de artistas que no se sabe si llegarán a ser importantes. El compromiso es con el pasado reciente, no con el futuro. Y esto es la situación en la mayoría de los museos dedicados al arte de nuestro tiempo. Podríamos llamarlo el síndrome del museo: la institución no se arriesga a crear el futuro; lo suyo es ir coleccionando y documentando lo que ya está claro. Por otro lado, es así, también, como cumple con su función didáctica.
En este sentido, me parece más efectiva la labor de algunos Centros de Arte Contemporáneo, que muestran el trabajo de artistas activos que quizá no estén híperconsagrados, pero que se involucran íntimamente en la producción de sentido en las mismísimas trincheras de la cultura.

3 razones para el exilio


Jorge Benedet me ha sugerido que escriba tres razones por las que irse de España es buena idea. Luego hay que pedir a otros cinco blogs que lo hagan, como en una cadena de esas que piden dinero o condenan a la mala suerte durante un número mágico de años, normalmente el 7. Y otra cosa: podría hablar de las razones personales que tengo para irme (ya que me voy), pero prefiero anotar aquí tres que considero más generales.

1. La calidad de vida se ha ido al carajo. Si no hay futuro, como dice Benedet en su blog, pero hay calidad de vida, por lo menos vivimos bien ahora, aunque no sepamos qué va a pasar dentro de unos años. La calidad de vida empezó a deteriorarse en España con la entrada del euro y la espiral de especulación en ladrillo de los últimos años. Para poner un ejemplo muy sencillo, el precio de una caña de cerveza en un bar se ha duplicado en los últimos cinco años. El incremento brutal de los precios, sin una correspondiente subida de los salarios, ha provocado una sensación de fin de las cosas que amábamos que se nota en la calle y en la actitud de la gente en su interacción con otras personas.

2. Se nota la tristeza de la gente en la calle. Esto tiene que ver con la primera razón. He viajado mucho este año, he estado fuera de España varios meses y me he movido bastante por el país. Y una cosa que me ha llamado la atención es que veo a la gente triste por la calle. Se les nota en la cara, en cómo se mueven, en la mirada. Eso es un cambio, con respecto a años recientes, que probablemente significa que las perspectivas, tanto de presente como de futuro, han cambiado. Y si traducimos tristeza por pobreza espiritual (ya que la tristeza implica una especie de empobrecimiento), entonces nos vemos ante algo realmente serio: una crisis interior que podría llegar a cambiar el país.

3. No hay arte sin subvención. Para mí ésta es la menos importante de las razones, pero sigue siendo una razón. Las subvenciones tuvieron, en su momento, la función de dinamizar y dar valor a una serie de actividades del espíritu que se consideraban en peligro de extinción. Lo malo es que el chute de dinero resultó adictivo. Y ahora hay muchas actividades artísticas que no existirían si no fuera por el dinero público. Esto es un problema de vocación, claramente, y significa que si no recibo dinero, no practico mi arte: ¿será porque no creo en él lo suficiente? En segundo lugar, significa que los artistas abandonan su libertad creativa y discursiva para gustar a los políticos, que son los que deciden adonde va el dinero; su honradez, tanto en la técnica como en los contenidos, desaparece. Lo veo todos los días.


Le paso la bola a los siguientes blogs: O levantador de minas, A desalambrar, Texto casi diario, And now, for something completely different e Islas en la red.

El poema y el blog


La poesía es un arte de maduración lenta. Así en la escritura de poemas, como en la lectura. Conforme voy construyendo este blog, me doy cuenta de una cosa: la posibilidad de la publicación inmediata no ayuda al crecimiento de un poema. El entusiasmo por lo que uno acaba de escribir es una forma de ceguera, de sordera. El poeta no ve el poema, no lo oye, porque lo tiene demasiado cerca en el tiempo.

Entonces, ¿hay que esperar? Creo que sí. Creo que hay que dejar que madure el poema, guardarlo para volver al él cuantas veces haga falta. Siempre he sido lento al escribir. La tecnología me permite publicar a vuelapluma; la poesía, no.

Bueno, eso si acierto alguna vez y lo que he escrito llega al rango de lo poético, claro.

Cárcel del consumo en Montevideo


El Shopping Punta Carretas es una cárcel reciclada. Se mantiene la entrada principal, parte del edificio y el muro; lo demás es arquitectura de centro comercial, idéntica en todo el mundo. En lo que hubiera sido la caseta de los guardias hay un McDonald’s.

Algunas personas se quejan porque el centro comercial, lleno de alegrías artificiales, convencionales y forzosas tiende a borrar la memoria de lo que aquí ocurrió en tiempos de la dictadura militar. A esta cárcel traían a los presos políticos.
Por otro lado, la preservación de algunos elementos del antiguo edificio, en lugar de su total erradicación, mantiene esa memoria viva, aunque no exista placa alguna que mencione la antigua función del sitio.
David de Ugarte, con quien estoy viajando, dice que ha pasado de un tipo de cárcel a otro. Interpreto: de ser una cárcel política, se ha convertido en una cárcel del consumo.
Es un espacio que se adapta a las obligatoriedades del momento.

Drogas vivas


Llevo algunos días en Montevideo. En Uruguay está prohibido fumar en todas partes. Parece que los bares están negociando una tregua en la guerra contra el tabaco, hartos de perder dinero. Luego viene lo sorprendente: un movimiento enorme que parte de las juventudes socialistas pretende la legalización de la marihuana. Daniel Erosa lo cuenta aquí.
Está claro que las drogas sirven para reunir a la gente. Un café y un cigarrillo, cafeína y nicotina, dan para bastante conversación. Nos juntamos a tomar una copa, otros se juntan a fumar un porro; la idea es encontrar un medio para comunicarse. Cultura antigua.
La cultura nueva, sin embargo, la protestante, anglosajona, nos prefiere individuos aislados, más manejables políticamente, más dóciles. Luego, esta cultura de tradición corta ofrece sus propias drogas: los antidepresivos, que sirven para mantenernos mal pero trabajando. Cada vez vemos más publicidad, más legislación, contra las drogas comunitarias— al mismo tiempo, se propagan las drogas del aislamiento, las que producen y extienden la soledad. Esa soledad que sólo encuentra refugio en conversación con el médico, en el momento de ir a renovar la receta.

Por participar

en el debate (y ahora siempre los debates tienen lugar en la blogosfera, y no en la prensa) entre David de Ugarte y Alejandro Polanco.

La ciencia no es contínua. Da saltos, retrocede, avanza, sale en distintas direcciones. El método no es tal, ya que hay muchas metodologías, como demuestran tantos científicos que se pasan de una disciplina a otra para poder investigar aquello que les ha llamado la atención. La Historia de la Ciencia, sin embargo, nos cuenta una historia (nótese el paso de las mayúsculas a las minúsculas), nos hace una narración, y la narración siempre tiene un principio, un medio y un final—la santísima trinidad de la narratica, que siempre nos avisa, un poco a escondidas, que el proyecto de la Historia es teológico, logocéntrico: del Paraíso, pasando por Cristo, llegaremos a la Salvación. La estrategia narrativa tiende a borrar las discontinuidades, los errores, lo raro, lo que no encaja. Tapa todos los agujeros. Sólo así puede ser coherente.
El problema con esta coherencia es que depende de un punto de vista, el de quienes van fabricando la narración, la historia, la Historia. Y no cabe duda de que este punto de vista es interesado, es un intento de domesticar el caos del tiempo.
Mark Taylor: “Como cualquier intento de dominación, la historia y su narración representan una empresa colonial. El logocentrismo de la historia implica que la narratividad funciona para humanizar el tiempo dándole forma.”
Y es con esta colonización que se sienten (nos sentimos) incómodos los posmodernos.