tema: Ideas sueltas

Hartimáñez y el atasco

Hace unos 3 años, Carlos Ortin y yo nos pusimos a jugar con un personaje que nos venía al dedo para reírnos de todo, con alguna que otra sutileza. Luego me vine a Buenos Aires, Carlos siguió en Valencia y no continuamos. Esta movida venía de nuestras conversaciones, de las risas en el bar, de la tensión creativa que siempre hubo entre nosotros. Aquí va un ejemplo:

No se trata de desconectar


Imposible desconectar es el título de un artículo que apareció recientemente en El País acerca del uso de los teléfonos móviles en el trabajo y para trabajar en los momentos que se suponen de ocio o privados. Dice que los trabajadores se ven esclavizados, o atados al móvil cuando no deberían de estar trabajando.
Pero creo que el problema no viene de ahí, sino de las horas que tienen que pasar en la oficina, en gran parte innecesarias. ¿Para qué ir a la oficina si ya estamos híperconectados? ¿Para que nos vean trabajar?
Gran parte del trabajo que se hace en una oficina, si no hay que estar de cara al público, se puede hacer en la playa, en el bar o en casa. Se puede organizar de tal manera que el trabajador pueda combinar sus ratos de ocio o privados con los de trabajo. A lo mejor alguien prefiere trabajar por las noches, o por las tardes o de 5 de la mañana a las 12 del mediodía. Si esa persona está conectada y tiene toda la información que necesita para trabajar, ¿por qué tiene que acudir a un espacio anclado a tierra?
Es posible que hagan falta reuniones de vez en cuando, pero dudo que sea así todos los días.
Ocurre algo parecido con el periodismo. ¿Para qué ir a la redacción? ¿Por qué no moverse por la ciudad, o por donde sea, y escribir desde donde se esté? ¿No tienen la mayoría de los periódicos y revistas sus archivos on-line? Esta es una profesión que pide movilidad a gritos, pero no, hay que seguir yendo a las redacciones como buen ganado.
A menos de que sea más importante la política oficinista que el trabajo, claro.
La idea de desconectar tiene que ver con el tipo de trabajo alienado que se sigue practicando y que las empresas del siglo XX no han sabido superar, entrando así al siglo XXI. Uno hace un trabajo y luego tiene una vida, la desconexión entre esas dos facetas es lo que produce tanto malestar en los trabajadores… tanta depresión. De lo que se trata es de encontrar un ritmo que permita hacer todo lo que uno quiere y tiene que hacer. La misma idea de vacaciones forma parte de este mundo de alienación. Si cada persona pudiera trabajar a su ritmo y ocuparse de todo lo demás, la casa, los hijos, los abuelos, los viajes de placer y los de trabajo, y su vida fuera algo más cercano a un todo, este tipo de artículos no tendrían el menor sentido.

El intelectual de pueblo


Mi gran amigo Pep Izquierdo lleva unas semanas quedándose en casa y como somos tempraneros, nos ha dado por mantener una buena conversación durante el desayuno. Mejor eso que leer el correo electrónico o la prensa. El otro día estuvimos hablando de Álvaro Cunqueiro, y eso me movió a volver a pensar en Mondoñedo, una pequeña ciudad perdida entre bosques en los montes de la provincia de Lugo, una ciudad adormilada, que hace unos años visité, precisamente, en compañía de Pep.
Buenos Aires es una ciudad intensa, enorme, todo lo contrario de Mondoñedo; estas últimas noches, después de la conversación sobre Cunqueiro, me daba por pensar en la posibilidad de instalarme en esa otra ciudad a llevar una vida pacífica y centrada en mis libros. No tengo la menor intención de irme de Buenos Aires, pero este tipo de ensoñaciones van bien para descansar el cuerpo y el espíritu después de un día largo sin parar.
Esta mañana le conté eso a Pep, y nos pusimos a hablar de la figura del intelectual de pueblo, principalmente del historiador de pueblo, tan denostada en España desde el gran auge del cosmopolitismo cutre que se dió en los 80.
Pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de los intelectuales de ciudad son, en realidad, intelectuales de pueblo. Lo que distingue a uno y otro es el grado de teoricidad. Digamos que el verdadero intelectual urbano se inclina más hacia la teoría y el de pueblo más hacia la colección de datos, de objetos o de lo que sea. En otras palabras, es un coleccionista. Y en las ciudades hay millones de coleccionistas: de comics, de discos de jazz, de libros sobre la historia de la región, etc.; o incluso de ideas, teorías y sistemas filosóficos.
Y se nota en los cafés. ¿Cuántas veces no me he juntado en uno con gente a charlar de cualquier cosita intelectual y resulta que se dedican a desplegar la colección de datos o ideas que tienen en la cabeza?
Yo, por si a alguien le interesa, soy un híbrido: coleccionista empedernido, pero también aficionado a la explicación y el análisis de las cosas, inclinado hacia la teoría, aspecto que abarca buena parte de mis conversaciones mañaneras con Pep. En Buenos Aires, he conocido a más coleccionistas que a teóricos. En la mayoría de los sitios en los que he vivido también. Supongo que el tipo de intelectual que predomina es el de pueblo.
Pero que no se me malinterprete. El prestigio de los teóricos por encima de los coleccionistas suele ser sólo social, un juego de espejos. El de los coleccionistas a menudo está más relacionado con lo económico, mucho más estable y, quizá, verdadero.

El vendedor de alfombras


Cuentan los viajeros que cuando uno va a un bazar en los países levantinos y se interesa, por ejemplo, por una alfombra, o cualquier objeto relativamente caro, el comerciante le invita a pasar a su tienda, le ofrece té y conversación, y lo mantiene ahí durante un buen rato antes de comenzar el regateo. Un viejo vendedor, sobreviviente de mil batallas comerciales, me comentó una vez, hace muchos años, que sin conversación no hay venta. O sin cordialidad: la cordialidad como base del comercio, sobre eso va este post.
Estamos acostumbrados al autoservicio. Nos molesta que venga un vendedor a darnos la lata cuando estamos mirando algo en una tienda. Luego nos molesta cuando la tienda no tiene vendedores que nos ayuden cuando lo necesitamos, cuando tenemos alguna pregunta. Tampoco se regatea, ya, en la mayoría de los lugares. En otras palabras, lo que ocurre es que no queremos hablar. Preferimos mantenernos en la burbuja que se ha vuelto costumbre en las grandes ciudades.
Pero hay rubros en los que la conversación sigue siendo el centro, la herramienta básica de toda venta. Uno de ellos es el de la galería de arte, sobre cuyo negocio vengo escribiendo desde hace días. En la galería, el que no tiene recursos sociales no vende: así de claro.

El otro día se me ocurrió una fórmula para describir esto. Es la siguiente:

capital cultural x capital social = capital financiero

Y la podríamos resumir de la siguiente manera: CS=F.

En la galería, el artista pone el capital cultural y el galerista pone el capital social. Combinándolos, se puede ganar dinero con el arte. El capital social del galerista se compone de sus amigos y conocidos, toda esa gente con la que mantiene una conversación, más o menos prolongada en el tiempo, y que tiene dinero para gastar en arte. El trabajo del galerista, entonces, es conversar: hacer conexiones y mantenerlas.

Este tipo de venta especializada, que todavía tiene mucho que ver con los sistemas de los antiguos bazares implica sociabilidad, conversación, cordialidad. La venta surge de la charla y de la hospitalidad hacia el posible comprador. Por eso he sacado al principio la idea del vendedor de alfombras: creo que da una idea clara de lo que implica la venta de arte. Y claro, una vez llegados a un punto de cordialidad, una vez ablandado el cliente, empieza lo bueno: el regateo.

Más cronistas, por favor


Hace unos días publique este artículo en Libro de Notas, donde sigo manteniendo una columna esporádica. Ahora lo cuelgo aquí, por si alguno de ustedes se lo perdió allá.

“Sólo las minucias de la vida son importantes.” Eso escribió Joseph Roth en un artículo titulado “Lo que he visto”, y publicado el 24 de mayo de 1921 en el Berliner Börsen-Courier. Roth fue uno de los más grandes cronistas urbanos que encontraron un sitio en los diarios de finales del siglo XIX y principios del XX. Roberto Arlt fue otro. No sé si Arlt leía alemán; no sé si se iba por el puerto en busca de periódicos atrasados traídos por los buques procedentes de Hamburgo, o si se daba una vuelta por algún club alemán o judío de Buenos Aires en donde se pudieran encontrar esos diarios ya en desuso. No sé si era lector de Roth.

Lo que sí sé es que igual que Roth fue uno de los grandes cronistas de Berlín, Arlt fue el mejor de Buenos Aires. Sus aguafuertes, no es que sigan llamando la atención, es que conquistan nuevos lectores cada día.

Esta es una carta de Roth enviada a su editor en 1926:

No es posible escribir crónicas con la mano izquierda, y uno no se debería permitir el escribirlas como algo secundario. Eso es un insulto al género en sí. La crónica es tan importante para un diario como la política, y para un lector resulta mucho más importante. El periódico moderno se compone de todo menos de política. El periódico moderno necesita reporteros más que editorialistas. Yo no soy una guarnición, ni un postre, soy el plato principal…. La razón por la que la gente coge un diario soy yo. No el artículo sobre el parlamento. No el titular. No la sección internacional. Y sin embargo en la redacción piensan que Roth es una especie de cotilla excéntrico al que pueden pagar porque el suyo es un periódico tan importante. Están muy equivocados. Yo no escribo “columnas divertidas”. Pinto el retrato de la época. Para eso están los grandes periódicos. Yo no soy un reportero, soy un periodista; no escribo editoriales, soy un poeta.

(texto completo...)

Sobre el futuro del libro


Crecí en una casa con una biblioteca importante. Siempre he vivido entre libros, nada fácil tomando en cuenta mis múltiples mudanzas, cambios de ciudad, de país. Por eso hace unos meses argumentaba sobre la necesidad de una gran biblioteca electrónica, o la posibilidad de llevar muchos libros conmigo, en mi ordenador o algún otro aparato de lectura: en ese caso la portabilidad de la biblioteca, la movilidad del lector, era lo que más me preocupaba.
Esto no quiere decir que haya perdido la pasión por los libros físicos, de papel; a mí me sueltan con dinero en una buena librería y salgo bien cargado y sin poder siquiera pagarme ya un café. Poco a poco el contenido de los libros se va pasando a medios electrónicos, pero ¿qué pasara con el contenedor, con los libros en sí? A esa pregunta van dirigidas estas notas.
Uno de los principales caminos que seguirá el libro, creo, es el de las ediciones limitadas, caras y muy bien hechas. Serán para coleccionistas o especialistas, para fanáticos del libro muy logrado. En una época, no demasiado distante, en la que cualquiera podrá acceder a contenidos gratuitos o muy baratos, los libros de lujo seguirán existiendo y, probablemente aumentará el número de libros producidos y el número de compradores de este tipo de objetos.
Un buen ejemplo de lo que digo es Teatro Proletario de Cámara, del poeta argentino Osvaldo Lamborghini, editado en España por Anxo Rabuñal. La edición, preciosa, cuidadísima, se sostiene entre las manos y ante los ojos durante horas. Se trata de una edición casi facsímil de los carpetas en las que Osvaldo fue guardando y creando uno de sus últimos proyectos. Son páginas con poemas, borradores de poemas, collages, dibujos, pinturas: un libro total que no quedó olvidado tras la muerte del autor en 1985, porque no lo estaba, pero al no tener quien lo editara, permaneció como un mito entre la secta de los osvaldistas durante años. Rabuñal hizo un trabajo excelente para llevar este libro al público, pero en una edición limitada de 300 ejemplares. Y me parece muy bien que sea así; los editores comerciales tuvieron su oportunidad y no se interesaron, no les cuadraban los números. Rabuñal sacó un libro para amantes de los libros, para los interesados en Osvaldo Lamborghini, para nuevos y viejos bibliófilos, pero no para el público en general… ese público es el que los grandes editores dijeron que no necesitaba este libro. Quienes sólo se interesen por los textos de Osvaldo, pueden acudir a las recientes ediciones de Sudamericana. Quienes aman los libros, tanto por su forma como por su contenido, tienen una obra de gran belleza. Anxo Rabuñal no es un pionero en esto, y sí un editor consciente del tipo de libros que traerá el futuro.
Este no es un “libro de artista”, pero casi. Los libros de artista serán otro camino a seguir. Baratos o caros, casi siempre en ediciones limitadas, esos libros llegarán a los interesados en el arte o en ciertos artistas por caminos distintos que el libro habitual. Y serán precisamente artistas y poetas, junto con editores muy particulares, los que hagan este tipo de libros, fuera de lo que habitualmente conocemos como “mercado del libro”. Tendrán pocos lectores, sí, pero eso de los números de ventas pertenece ya a otro mundo, al de ese “mercado” del cual no forman parte. Esto lleva ocurriendo desde hace bastante tiempo, no es nada nuevo, y sin embargo, sí que es un camino de futuro. Ahora mismo hay una gran exposición de libros de artista en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles que explica bastante bien la trayectoria de este medio en los últimos 40 años. Ayer el fotógrafo Bruno Dubner me hablaba incluso de hacer tiradas de 50 ejemplares, muy cuidados, muy trabajados y bellos. Por ahí creo que irá la cosa.
Después estarán los libros editados “bajo demanda”. Uno llegará a ellos por catálogos electrónicos, los pedirá y se los fabricarán en el momento, sin tener que invertir en papel y tinta hasta que no haya comprador. Este camino ya está abierto también y sirve tanto para manuales técnicos muy especializados, como para personas que quieren ver el objeto de sus desvelos y ratos de ocio entre tapas. No dudo de que el mercado masivo termine siguiendo este método. Que muchos autores decidan suprimir al editor (ya que las casas editoriales ya no ejercen en realidad su función como filtros) y llegar al público directamente.
Los que sólo son lectores y sólo se interesan por el contenido lo tendrán por medios electrónicos. Esto cambiará, tarde o temprano, los contenidos y la forma de leerlos, igual que lo hizo la imprenta a partir del siglo XV, y eso traerá cambios sociales como ocurrió entonces también. Cuáles serán esos cambios, eso sí que no lo sé. Si fuera adivino trabajaría para un banco.

Perdedores de oportunidades


Ahora que el paro galopante nos ha bajado esos humos con los que andábamos por el mundo, quizá se pueda empezar a hablar en serio de proyectos conjuntos entre España y Latinoamérica. Como español y latinoamericano llevo 25 años mirando con rabia como España se hacía la guapa y le daba la espalda a América, en lo económico, en lo cultural, en todo.
Las empresas españolas llegan con soberbia sembrando pesos para cosechar euros. Luego se quejan cuando recogen lo que han sembrado, dejan de invertir, no cumplen sus contratos y las echan: a eso lo llaman inseguridad jurídica. En lugar de asentarse e insertarse en los países que les han abierto las puertas—por la razón que sea—se han comportado todavía con esa mala leche colonial que consiste en venir a extraer la riqueza para volver a la metrópoli lo antes posible.
En Argentina, así es como Aguas de Barcelona tuvo que salir por piernas hace algunos años, y el pasado, Marsans, que de la flota de 80 y pico aviones de Aerolíneas dejó sólo 26 en funcionamiento.
Yo que soy rata de librería, lo veo también ahí, donde los libros españoles cuestan por lo menos el doble de los argentinos. Y eso que aquí hay cierto poder adquisitivo; ya me gustaría ver cómo están las cosas en Bolivia o en El Salvador.
Pero, ahora que todo se está yendo al garete en España, y quizá sea demasiado tarde, las editoriales españolas podrían pensar en entrar de verdad en este mercado enorme que es América Latina. Y deberían hacerlo con lo mejor de sus catálogos, pero impreso aquí en ediciones baratas, aunque sea en papel de mala calidad.
Al mismo tiempo venir a explorar la enorme reserva cultural que es el continente, tampoco sería mala idea. Hay poco intercambio libresco entre los países de América, por razones políticas en algunos casos, o económicas en la mayoría. ¿No sería una gran aventura comercial y cultural construir un sistema de distribución continental de libros a buen precio?
En todo el mundo de habla española hace una falta increíble saber qué se está escribiendo en otras partes de ese mundo. Y si España abordara esa necesidad como un igual, sin colonialismos, sin esa actitud extractiva que tan mala fama le ha ganado a las empresas españolas, quizá otra relación sería posible: una de mutuo beneficio real entre todos los países donde se habla español.
En España vuelve a repetirse por enésima vez lo de las oportunidades perdidas. Siempre lo mismo. Una crisis siempre presenta posibilidades de cambiar de rumbo. ¿Las exploraremos, por lo menos?

Por una biomedicina latinoamericana


De vez en cuando, me sale la vena soñadora y me pongo a imaginar otro futuro… no tanto para mí, sino para el lugar en el que vivo. Tengo eso, que cuando me mudo a un lugar, muy pronto me identifico con él y mi cerebro soñador se pone a urdir ideas acerca de cómo sacarle jugo a la circunstancia.
Ahora que vuelvo a vivir en América Latina, no puedo más que soñar con formas de sacar adelante el potencial de nuestros países. Pero claro, no soy más que un poeta, teatrero, bloguero que va batallando en el día a día de ganarse lo que va a comer. Mis sueños, mis ideas, entonces, son para el que sea capaz de realizarlos. En este caso, los gobiernos de izquierda de Latinoamérica que estén realmente comprometidos con el futuro descolonizado (que no es lo mismo que destrabado, desenganchado, desencontrado, con el resto del mundo) de sus países.
El viernes apareció en Libro de Notas un artículo de estos de soñar. Ahora lo reproduzco aquí para quienes no lo hayan visto en su primera publicación, y para dejarlo almacenado en este depósito que es Paseante Extranjero.

Soy uno de esos que cada vez que ve una reproducción de la famosa foto del Che, obra de Korda, sale corriendo en busca de terrenos menos míticos. También soy de esos que piensan que el mantenimiento, muchas veces oficial, de esos mitos sirve para hacer menos en el terreno de lo real. Mitos como el del Che o el de Evita, en la Argentina, sirven para mantener en pie una fe religiosa de corte católico, con todo lo que ello implica de postergación hacia un futuro paraíso de las recompensas, y por lo tanto trabajos, que deberían de llegar más en esta vida que en la otra.

(texto completo...)

Sloterdijk, ¿el único?


Hace unos días, dentro de una conversación sin fin, le envié el texto que sigue a mi gran amigo Pep Izquierdo. El estilo es un tanto telegráfico, ya que hay muchas cosas que damos por sentadas en esta charla de años, pero aún así me pareció que valía la pena hacer pública una opinión privada, todo sea en aras del entendimiento entre culturas. Eso sí, la ironía está por algo.
El catalista del argumento es Esferas, la obra magna del filósofo alemán, Peter Sloterdijk.

Sólo un alemán tendría los cojones y la necesidad de construir una teoría de todo. Los demás nos quedamos cortos. Enumero: Los franceses, que nunca tuvieron un buen imperio, desde que lo perdieron, desde que perdieron la Segunda Guerra Mundial, se han dedicado a la pequeña teoría, a la explicación negativa, (y excepto Deleuze) a la destrucción: auténtico resentimiento: la maté porque era mía. Los anglosajones, con el imperio transferido de Inglaterra a EEUU, han resultado incapaces de la inclusión, siempre regidos por el prejuicio fundador de su cultura isleña, la exclusión (¿no ha sido cultura de islote el futbolismo, nosotros contra ellos, de Bush?), han erigido una filosofía técnica, basada en el pragmatismo tecnológico, siempre tan corto de miras, siempre tan capaz de explicar lo que nos acaba de ocurrir, pero no lo que somos. Los italianos no tienen más remedio que someter todo pensamiento a la belleza o a su contraparte, la risa. Creo que nosotros ya establecimos con bastante claridad que la belleza se apunta a lo sublime igual que la risa se apunta a lo ridículo: la Internacional Melancólica existió para caminar la cuerda floja entre lo sublime y lo ridículo. Los españoles—y en América la verdadera todos somos españoles (menos los portugueses) (y algunos, pocos, grupos indígenas)—siempre estamos ocupados, preocupados, por la verosimilitud y sus pequeñeces (v. todo lo que hemos escrito de Cervantes a hoy), como para poder desarrollar una teoría del todo. Me quedan los extremos de Occidente, o Europa. Los portugueses siempre han sido pocos, pequeños, por eso no les quedó otra que construir un mundo aparte. Así lograron el universo Brasil. No se les puede pedir más porque han hecho más que la mayoría. Del otro lado están los rusos. Lo suyo es la crueldad y el ajedrez. Una mente cruel y ajedrecística no puede crear una teoría del todo porque su todo ya está, y mide 8 por 8. Me faltaba Grecia. Fue la que empezó todo esto y lleva siglos sufriendo las consecuencias. A ver si terminan de rebelarse. Lo que queda de Europa depende de Alemania. El Imperio es germano igual que el Euro no es más que el Marco por otro nombre. Sloterdijk es un alemán de apellido holandés; en otras palabras, un idealista con el pragmatismo de un comerciante. Eso lo hace legible. Habrá que leerlo, entonces.

Una cooperativa

He sido traductor. Abandoné el oficio por puro aburrimiento: los textos que se pagaban mejor eran técnicos o legales, los literarios, aparte de que llevan mucho más tiempo tanto de escritura como de investigación, si se han de traducir bien, se pagan fatal. Y son tantos los editores que se piensan que con adquirir los derechos de un libro ya es suficiente, que luego son incapaces de pensar en la traducción como lo que es: hacer el libro de nuevo. Sólo hay que ver las traducciones que se mueven por ahí para ver el resultado de esta mala práctica.
Acaba de aparecer un artículo en Adenda & Corrigenda sobre la necesidad de regular de alguna forma la calidad de la traducción.
Pero yo me pregunto, ¿y si la mejor forma de garantizar la calidad de las traducciones depende precisamente de evitar a los editores? Pensemos en una cooperativa en la que se reúnen editores vocacionales, traductores, correctores y, quizá, alguien que lleve las cuentas y se encargue de la burocracia. No incluyo a escritores en la cooperativa por evitar la feria de las vanidades.
Evidentemente habría que poner un capital para comprar los derechos de los primeros libros. Pero se ahorraría en alquileres ya que cada quien podría funcionar desde su casa, siendo la mesa del comedor de uno de los socios el lugar de las reuniones obligatorias, donde se toman las decisiones estratégicas. Y no hace falta apuntarse al mercado de los best-sellers anglosajones. Se puede buscar en otros mercados libros interesantes a la vez que comerciales. También, si la cooperativa es española, se puede recurrir al mercado latinoamericano, en el que hay excelentes escritores que llegan poco (porque no hay demasiados editores de la misma calidad) al mercado español.
Y hay otras maneras de financiar un proyecto así. En Argentina he visto como algunos proyectos editoriales se manejan por suscripción. Los suscriptores pagan la mitad de lo que costaría su ejemplar el libro una vez puesto a la venta. Si se reúnen suficientes suscripciones el riesgo es mucho menor, claro, pero lo más importante es que de esta manera se puede poner en marcha un proyecto que podría no haber visto nunca la luz. Se pueden producir libros que no interesan a los grandes conglomerados mediáticos, cuya única preocupación es la cuenta de resultados.
Seguramente una iniciativa así conlleva resolver muchos más problemas que el de la financiación de proyectos; el de la distribución, por ejemplo. Pero no me parece que la idea sea mala.
El caso es que siempre nos estamos quejando de las empresas editoriales, pero nunca nos decidimos por tomar las riendas nosotros mismos. Ya dije que yo preferí dejarlo que continuar bajo las malas condiciones de trabajo. Pero esa quizá no sea la mejor opción.

Letrerista

He abierto un blog nuevo: Letrerista.

Aunque no tiene nada de nuevo, en realidad. Hay muchos blogs de letreros, carteles y anuncios. Lo bueno de este, simplemente, es que es mío.

Lo que me interesa con este blog es ir cargando fotos del lenguaje. Fotografiar la lengua, digamos. Llevo años haciéndolo en mis cuadernos, donde pego recortes de revistas y periódicos, volantes que me dan por la calle, envoltorios de los más diversos productos, lo que sea. Cuando voy por la calle a menudo encuentro ejemplos de lenguaje demasiado eficiente o demasiado poco… y saco el móvil para hacer una foto. Y eso es lo que irá apareciendo en este nuevo blog.

Por cierto, también lo tengo en el blogroll, aquí a la derecha, así que le pueden echar un vistazo cuando quieran.

(Con frecuencia pienso que debería meter todas mis actividades en un solo blog; éste, por ejemplo. Y así mostrar toda la dispersión y diversidad de mis intereses. Pero no logro unificar las cosas. Soy algo así como la dispersión en persona. Por si alguien se lo pregunta, tengo algo así como 15 blogs… aunque algunos los uso poco, otros son de acceso restringido y unos cuantos son de uso más frecuente.)

Las herencias y el olvido


No existe mejor forma de matar a un poeta que dejar su obra en manos de los herederos. Son incontables (porque no apetece contarlos aquí) los casos en que la difusión de una obra no ha podido ser porque los herederos se oponen, siempre alegando que defienden la reputación del poeta, pero a menudo quedando claro que el problema va más por el lado del dinero.

Hoy aparece un artículo en El País que se ocupa del caso de Alberti, de quien se dice que está cayendo en el olvido por los precios excesivos que cobra la sociedad encargada de la gestión de los derechos de su obra, dirigida por su viuda. Lejos estoy de creerle nada, en temas culturales, a ese periódico, sin tener a mi lado la sombra constante de la duda acerca de sus motivos para publicar cualquier alegato, pero es verdad que el problema existe.

Quizá la mejor forma de arreglar este tipo de broncas sería creando una organización que se ocupara de los derechos y la promoción de la obra del poeta, y de su imagen, si se quiere, pero dejando a los herederos fuera, excepto en el cobro de dividendos. Si por mí fuera, 20 años después de la muerte del poeta, su obra pasaría a dominio público, siendo esa la mejor forma de garantizar su supervivencia en la memoria colectiva. O que el dominio fuera semi público directamente después de la muerte del poeta, pero con un porcentaje de los beneficios asignado directamente a los herederos: un porcentaje fijo, no negociable, que el editor estaría obligado a pagar, incluso de antemano.

Si, en cambio, lo dejamos en manos de personas que quieren demasiado dinero, o buscan que ciertos aspectos de la vida del poeta no se sepan o divulguen, estamos—y lo digo en plural porque la cultura verdadera es de todos—estamos arriesgando el olvido de las voces que pueden dar sentido a nuestras vidas, en el sentido individual y en el colectivo.

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