07/07/08
Lo que pensaba

Cuando hice la foto pensaba en Un golpe.
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Cuando hice la foto pensaba en Un golpe.
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Parece que he terminado un poema que llevaba escribiendo unos tres meses. 300 versos. He ido colgando aquí y aquí fragmentos, pruebas. Por ahora sólo hay leído la versión completa, aunque no final, Pep Izquierdo. Digo que no es la final porque hay un par de cambios, sugeridos por Pep, que tengo que hacer, y eso incluye eliminar seis versos que no van a ninguna parte, que a mí ya me molestaban, pero que Pep ha confirmado que estaría mejor el poema sin ellos. También falta un tiempo, todavía, para que lo cuelgue aquí. Ahora el poema tiene que descansar en un cajón durante unas semanas, unos pocos meses, antes de que lo vuelva a leer y decida si está presentable. Siempre he sido cauteloso con los poemas, y más si son algo largos; y no sólo por lo que he invertido en ellos emocionalmente, intelectualmente, sino porque quiero saber si dicen algo interesante, tanto para el lector como para mí.
En 1998 estaba escribiendo lo que yo pensaba que sería un poema largo. Estuve escribiendo durante unos tres meses, pero el poema no iba a ningún sitio, parecía plano, la obra de un poeta que no tenía nada que decir. Lo abandoné. Sin embargo, me quedaron las cosquillas de averiguar si yo tenía algo que decir… en poesía… porque soy de esa gente que hablando no se calla casi nunca. Y me puse a escribir poemas cortos, sueltos, exploratorios. De esa primera serie salió La vida en sociedad, un libro que hice junto con el fotógrafo Fernando Villavert, que incluía 17 poemas y 13 fotos. Después pasé otros siete años escribiendo casi sin tener idea, produciendo unos 150 poemas, de los cuales sobreviven unos 100. Muchos están colgados en este blog; unos cuantos se han publicado por ahí, incluyendo Carta de un exiliado, del que Dídac Ballester hizo una edición muy elogiada.
Luego, en diciembre de 2007, empecé a tomar las notas (en verso) para un poema que apuntaba a cierta longitud. Escribía, lo dejaba, escribía. Y en enero la cosa explotó: escribí unos 150 versos en más o menos una semana. A partir de ahí, seguí escribiendo parando, escribiendo durante febrero y marzo. Y corrigiendo, claro. Limpiando el ritmo, cambiando cosas de sitio. Es lo que más me gusta, de todas las cosas que hago: vivir con un poema hasta que está hecho. Ahora este lo está y hay que dejarlo descansar. En unas semanas lo colgaré en el blog.
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Anoche fui a la inauguración de una exposición. Se trataba de objetos transformados, lo que les cambiaba la función, la manera de entenderlos, todo muy Duchampiano. Una frase me vino a la cabeza mientras me daba una vuelta: Hay que saber transformar los objetos. Luego me fui al Federal, mi bar favorito de la zona y con una cerveza y un cigarro escribí lo siguiente en mi cuaderno de bolsillo:
Hay que saber transformar los objetos para poderlos volver a ver; y al renovar la mirada sobre el objeto, limpiarla y abrirla de nuevo sobre el mundo. ¿No es ese un lugar común, ya? ¿Por qué sigue siendo tan efectivo? ¿Tan necesario? ¿No nos hemos convertido en adictos a la renovación de nuestra mirada?
El mundo nos cansa. Se nos ha vuelto repetitivo a base de la incesante presentación de novedades y el interminable desfile de las cosas de ayer que pasan por delante de nosotros portando el rótulo: “¡Esto es HOY!”
Nuestras economías espirituales—y las otras—dependen de este desfile. Tras verlo pasar podemos volver a casa tranquilos; hoy hemos sido testigos de lo último, se lo podremos contar a nuestros nietos, si logramos rescatarlo de la montaña de basura nueva que hemos ido, vamos y seguiremos acumulando en el patio de nuestra experiencia.
¿Qué hacer? Hay algo que me está funcionando. He llegado a un punto en el que cada vez me preocupa menos la novedad de un objeto, de una idea, y más su validez y su utilidad (para mí, ya que no me considero apto para legislar la vida de los demás).
Es en este sentido que me he vuelto utilitario. ¿Qué objeto, qué idea, qué obra de arte, qué poema me sirve para vivir mejor? En los meses que llevo en Buenos Aires, aunque he conocido a mucha gente, he vivido bastante aislado, ajeno a la presión social, personal, que se ejerce por medio de la novedad. Me he vuelto más austero y más sibarita simultáneamente. He aprendido a escoger con mayor discernimiento—a discriminar, debería decir sin no estuviera prohibido.
Puedo añadir, como tal discriminador y más o menos en broma, que me he convertido en un nacionalista, y que mi nación soy yo. Pero no quiero que se confunda esto con un egoísmo, un egocentrismo y menos (espero) con un narcisismo. Sigo estando abierto a probar cosas. La diferencia reside en que me he quitado de encima la presión de adoptarlas simplemente porque llevan el sambenito de la novedad. Esto, según voy experimentando, es más que una forma de autonomía. Es la independencia. Y la libertad.
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Esta semana pasé varios días sin escribir. Un exceso de energía. Tuve que hacer un par de cosas que no quería hacer, trámites, etc., y eso, extrañamente me puso el nivel de energía por las nubes. Cuando me pasa algo así me echo a la calle, a caminar, a gastar ese exceso. No puedo quedarme sentado escribiendo. O para ser más exacto, no puedo quedarme sentado mucho rato, así que las ideas, que no dejan de fluir, las voy apuntando en la libreta como salen, sin reflexión, sin trabajo en la sintaxis… en bruto.
Mis notas apresuradas iban sobre Jorge Fantoni, un dibujante a quien conocí hace unos días; sobre edificios y calles que recorrí. También escribí a la carrera los borradores de 3-4 estrofas del poema en el que estoy metido últimamente, pero no las he vuelto a mirar y no sé si valen.
Una cosa que descubrí durante estos largos paseos de desgaste fue que ya empiezo a reconocer los estilos de los arquitectos Art Nouveau de Buenos Aires. En este sentido, mi próxima meta es meterme a explorar el racionalismo, tanto por el lado socialista como por el fascista. Los arquitectos socialistas tuvieron muy buenas ideas acerca de la construcción de viviendas para los trabajadores. Y los edificios que quedan superan por mucho en calidad a la mayor parte de lo que se ha construido en los últimos 30 años. Los fascistas, en cambio, construían edificios enormes y pesados, muchos para el Estado, y son menos interesantes… aunque también hay que entender cómo se proyectaban (y siguen proyectando) simbólicamente sobre la ciudad.
También empecé a tomar algunas notas para un post que quiero poner aquí sobre el cruce entre comercio y cultura. Pero lejos de la tontería purista que quiere mantener ambas actividades en compartimientos estancos de la vida en sociedad. No me interesa escribirlo como polémica, pero estoy seguro de que a más de uno le molestará.
Espero estar más calmado esta semana y pasar más tiempo ante el ordenador. Lo malo, y lo bueno, es que tengo varias reuniones ya agendadas. También espero tener más tiempo para leer. Por lo pronto, hago una lista rápida de los autores a los que estoy leyendo: Juan Filloy, Michel Onfray, Julio Cortázar, Walter Benjamin, John Ashbery, Charles Baudelaire y Octavio Paz.
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Conocí a Amelia en El Agujero, un bar de Valencia donde ella trabajaba y al que yo solía ir a almorzar casi a diario. Mientras uno almorzaba y la otra trabajaba, fuimos entablando una conversación que ahora parece que se reanuda. No hace mucho, recibí en la página de contacto de Buenos Aires Ideal un correo de Amelia, que se decidió a dar señales de vida. De inmediato le contesté y, sabiendo que es una viajera empedernida, la invité a mi casa de Buenos Aires, o por lo menos a enseñarle la ciudad. Luego me extrañó que no me contestara, hasta esta mañana cuando he recibido un correo en el que me cuenta que ha estado en Rusia y que por ahora no tiene dinero para viajar pero que no olvidará la invitación. Espero que así sea.
Pero una pregunta que me hace tiene que ver con algo que estaba pensando el otro día: “Me ha divertido mucho el relato de tus múltiples cuadernos, ¿cómo te puedes aclarar con tantas libretas y tantas anotaciones?” El problema, si hay que precisar, es que ¡no me aclaro! Y no sólo uso un montón de cuadernos, mantengo varios blogs, lo que empeora de manera considerable la cosa.
Mi idea es que me resulta imposible tanto una visión unitaria de mí mismo como de mi entorno. No soy un Pessoa, que padeciendo un síndrome similar inventó sus heterónimos: encontró cierta, digamos con mucho cuidado, unidad en la escritura, por más inestable que fuera esa unidad. Yo mantengo los cuadernos y los blogs, más o menos para tener a mano todos mis intereses y trabajos. Nunca he logrado la unidad. Lo intenté con el teatro, que al ser un arte múltiple, me permitía desplegar mis maneras de hacer de una forma casi organizada (por lo menos el resultado final era organizado, excepto en la Internacional Melancólica); pero sentía que muchas cosas quedaban fuera, que la coherencia que el público le pide a una obra de teatro me obligaba a centrarme demasiado.
Cuando tenía 22 años, encontré una carta que mi maestra de tercero de primaria había enviado a mis padres cuando yo tenía 8. En ella decía que el problema conmigo era que me interesaba todo, que había que empezar a darme una dirección más concreta o siempre tendería a dispersar mis energías. Nadie lo hizo, y en realidad lo agradezco; mi curiosidad va en todas las direcciones y me gusta que así ocurra… aunque luego haya que sufrir por no tener dinero (la adquisición del cual exige una concentración de los intereses que le limita la curiosidad a mucha gente).
Luego están los poemas, donde no me preocupo demasiado de lo que digo, dejando lo que haya que decir salga solo. A veces, releyéndolos antes colgarlos en este blog, me doy cuenta de lo que me preocupaba cuando los escribí. Lo malo es que no suelo ponerles fecha, así que sé que algo me preocupaba en cierto momento y cierto lugar, pero no recuerdo cuáles. Sí, creo que es en los poemas donde encuentro esa concentración y unidad, aunque a menudo se me diga que éste o aquel son por completo distintos a los que escribo habitualmente. Es algo que casi (casi) me trae sin cuidado.
No sé si he respondido a la pregunta.
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(A los que me conocen les hará gracia saber que cuando metí la caja en el apartamento la dejé encima de la mesa, pero no la abrí inmediatamente. Estuve saltando de alegría como un niño durante, no sé, ¿5, 6 minutos?)
Leo este libro como los evangelistas leen la Biblia: muchas veces lo abro por cualquier sitio, leo cualquier entrada y ya tengo para pensar todo el día. Esto es lo que encontré nada más abrirlo por la mitad:
[N1,3] Decir algo acerca del método de composición en sí: como todo lo que uno está pensando en un momento en particular debe ser incorporado a cualquier precio en el proyecto entonces en curso. Dar por hecho que la intensidad del proyecto es así atestiguada, o que los propios pensamientos de uno, desde el principio, ya llevan ese proyecto dentro de sí como su telos. Esto es lo que ocurre con la actual sección de la obra, que intenta caracterizar y conservar los intervalos de reflexión, las distancias entre las partes más esenciales de esta obra, que son las que van encaradas con mayor intensidad al exterior.
Precisamente por la mañana, en el cuadernillo que siempre llevo conmigo y uso para apuntar todas las ideas que se me ocurren, versos que me vienen a la mente cuando voy por la calle, direcciones de sitios que me llaman la atención, números de teléfono, todas esas cosas; bueno, pues en el cuadernillo hice la siguiente anotación:
List + descrip blogs — PEX.
Creo que todos tienen algo que ver uno con el otro. Y que esa lista tiene que dejar a las claras por donde van mis intereses en este momento. Aquí va:
Paseante Extranjero: Mi blog principal, donde incluyo poemas, páginas de mis cuadernos y reflexiones sobre arte y poesía. Este es el blog que más se parece a los cuadernos de papel que voy llenando de manera casi compulsiva.
Buenos Aires Ideal: Donde voy poniendo notas sobre lo que me interesa de la ciudad: bares, arquitectura, gente que voy conociendo, conversaciones. Parte del ejercicio de hacer este blog es no poner demasiadas cosas negativas, sólo lo que me gusta. Uno está acostumbrado a que las cosas se hagan de cierta manera, y al irse a otra ciudad, otro país, lo más fácil, una vez pasa la novedad, es quejarse. De ahí el nombre del blog.
La Internacional Melancólica: Comparto este blog con miembros de la antigua IM: Voro Cerdán; Domingo Chinchilla; Pep Izquierdo, que nunca pone nada; Regina Tresreinos, a la que le acabo de dar una contraseña para que también pueda jugar; y Ramiro Cabana, el Gran Cabana, que no se acaba de decidir a volver a escribir. En todo caso, este sitio es algo así como lo contrario de Buenos Aires Ideal; sirve más bien para quejarse, burlarse, llorar a carcajadas, reírse de uno mismo, como intenté en esta foto.
Cuadernología: No le dedico mucho tiempo. La idea era armar un espacio para mostrar y contar lo que otra gente hace en sus cuadernos, ofrecer noticias sobre distintos tipos de cuadernos y los materiales para llenarlos.
Documentales de América: Mi último proyecto. Se trata de ofrecer noticias sobre el cine documental que se hace en Latinoamérica. A los cineastas les gusta mucho la idea. Todavía no puedo decir que esté en pie y funcionando, le falta mucho trabajo: conseguir enlaces, acabar de formatearlo, esas cosas. Quiero pensar que en un par de meses las anotaciones serán diarias e incluirán reseñas de películas, noticias sobre festivales y escuelas de cine, entrevistas con cineastas, polémicas, todo lo que haga falta para dar una idea de ese mundo.
Documentaria: Este blog no es de acceso público. Lo mantengo para ir probando ideas que luego paso a Documentales de América. Está lleno de enlaces, comentarios míos sobre lo que voy viendo, sobre el montaje de Documentales de América. Es como el laboratorio del blog público.
Todos los blogs están relacionados, claro, y si tengo varios en lugar de uno es por intentar cierta claridad en la organización de mis cosas. A veces ocurre que un mismo post es relevante en más de uno de los blogs, y entonces lo cuelgo en los que creo que cabe. Otras veces (y todavía no entiendo la diferencia) tengo que decidir si pongo el post en uno u otro blog.
Mi proyecto es dar una idea sobre la vida urbana en nuestro tiempo, sobre lo que veo y voy pensando. Se trata de mis entusiasmos de toda la vida: los libros, los viajes, el lenguaje, cómo suena, cómo es capaz de lanzarnos en varias direcciones a la vez y todas ellas, aunque algunos absolutistas lo nieguen, válidas.
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En todas partes me preguntan de dónde soy. La verdad es que siento cierta vergüenza por no pertenecer a ningún sitio en particular. Y además, por no querer pertenecer a ninguno, a nadie, a nada. Parece que estamos obligados a pertenecer y el que no quiere o no puede es un raro, un deforme.
No hecho de menos a mi familia, ni a ninguno de los lugares en los que he vivido. Hecho de menos a unas pocas personas, ¿se puede decir que mi sentimiento de pertenencia (de haberlo) es hacia ellas?
La gente tiene el hábito de preguntar, cuando oye mi acento, de dónde soy. El acento, para la mayoría, es como una deformidad: si no hablas como nosotros no eres normal, puedes ser mejor o peor, pero no normal. Quizá de lo que siempre he intentado escapar es de esa normalidad, entendiendo normalidad como una forma de medianía, y la medianía como una versión del aburrimiento.
La gente siempre pregunta dos cosas: de dónde eres y a qué te dedicas. Cada pregunta es como un eje en un plano cartesiano. La pregunta geográfica te sitúa en el eje horizontal, positivo o negativo, digno de respeto o de discriminación. La pregunta económica te sitúa en el eje vertical, también en negativo o positivo. Quien pregunta siempre se sitúa en el cruce de los dos ejes, en el cero.
Rara vez pregunto nada de eso. Y no lo hago por varias razones. La primera es por discreción: si me quieres contar algo me lo contarás, te pregunte yo o no. Tampoco pregunto porque no quiero situar a la persona en el plano, ni compararla conmigo, yo en el punto cero. Detesto esas comparaciones. No me interesa de donde es mi interlocutor ni a qué se dedica, o no lo pregunto directamente. Lo que me parece mejor es que la conversación siga sus propios derroteros, que nos contemos historias, que hablemos de cosas; si salen respuestas a las preguntas cartesianas, vale, sabemos más. Pero lo sabemos después de entender o ver otras cosas; no hemos cometido el error de juzgar de antemano.
Pero juzgamos igualmente: por el acento, por la ropa, por la apariencia en general. Hace muchos años mi padre me comentó que debería arreglarme, no le hacía ninguna gracia mi apariencia punk (ni mi actitud punk, que mantengo hasta ahora). Mi respuesta fue la misma que doy con este post: si te intereso habla conmigo, si no, quítate del medio.
Los punks somos los desarraigados de la modernidad filosófica, no de la económica, aunque algunos también. Somos posmodernos en el sentido de una actitud nomádica. Los hippies también son nómadas; la gran diferencia entre las dos identidades creo que es que los hippies creen que se puede vivir en paz, en una paz eterna, cosa que me parece todavía más nihilista que el nihilismo punk. Para decirlo de la forma más escueta posible, los hippies son aceptados porque no dan miedo, sus ideas han sido incorporadas al statu quo de la clase media, incluyendo las religiones new age. Los punks dan miedo porque en realidad no quieren nada, su nihilismo vaga por ahí. O lo que quieren carece de grandeza y, sobre todo, de respetabilidad.
Con decir que soy punk, nómada, ya he establecido una pertenencia, ¿no?
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Y es que no paro. Después de la inauguración de Los Hoteles de la Imaginación (me han dicho que en el MuVIM no se podía entrar este fin de semana, de la gente que había), estuve unos días en Cataluña para ver a la familia, volví a Valencia, me ocupé con un montón de trámites y ahora, este fin de semana, me voy a ARCO.
Entremedio, he hablado con cierta profundidad con Rubén Verdú acerca de proyectos pasados y futuros, viendo si llegamos a un punto de encuentro para volver a colaborar: los artistas visuales y a los poetas siempre nos ha gustado trabajar juntos. Me da la impresión de que intentamos hacer lo mismo por distintos medios.
En un post anterior, hablaba de la rapidez de publicación que aportan los blogs y cómo esa rapidez no siempre es buena para el poema. Ahora lo que me pasa es que no tengo tiempo para escribir. El cuaderno se me llena de notas y versos sueltos; ideas que probablemente nunca llegaré a usar.
En un intercambio de correos electrónicos, discutíamos Daniel Bellón y yo sobre la sequía creativa. No es algo por lo que agobiarse, claro. Muchas veces lo que el cuerpo pide no expresión sino absorción del mundo, de la vida, del arte, de la escritura de otros.
De todas maneras, con la cantidad de trabajo que tengo, siento como que voy a toda velocidad en una bici estática, el gimnasio lleno de gente que me reclama atención, que me pregunta, que me invita, que incluso sugiere que saque la bici a la calle y trate de llegar a alguna parte.
Ah, y otra cosa, que no sé si es casualidad o no: he notado que la gente que más me pide es precisamente la misma que nunca lee este blog. Así que mi queja recaerá, involuntariamente, sobre la gente que más me ayuda. Espero que esas personas no se den por aludidas.
Por último, aviso que los poemas que irán apareciendo en adelante no son recientes. Pertenecen a mi última colección, que casi nadie ha visto y que no he tenido tiempo para mover por las editoriales.
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