20/10/09
Ex poema

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Algo acerca del peso extraordinario de la comida
sobre la realidad soñada
Un regalito para Gemma

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Era la consigna. Aunque hacía años, muchos, que nadie era capaz de decir a qué se refería, qué era lo que había que hacer o dejarse hacer esa única vez diaria. Algunos se duchaban, creyendo que el imperativo tenía que ver con la higiene. Otros comían, pero comer una sola vez al día a veces obligaba a pasar hambre, con lo cual habían elaborado toda una mística de la abstinencia. Otro grupo, más disperso, opinaba que la consigna se refería al sexo y follaban a diario, aunque algunos, aprovechándose de aquellos a los que el juego de dar la vuelta a las sillas que practicaban había dejado de pie, lo hacían más de una vez. Un grupo minoritario pero radical, víctima de toda clase de chistes, pensaba que se debía orar una vez al día. En pocas generaciones la consigna había generado toda clase de sectas: los de un vaso de agua al día, los que sólo miraban el reloj una vez, los que dedicaban su atención al retrete, los que miraban por un precipicio, los que salían al balcón y gritaban su nombre, los que anulaban cualquier impulso, escogido al azar una vez al día.
Yo ahora estoy en la cárcel por haber escogido mi propio camino, uno que a nadie se le había ocurrido y que por tanto no tenía el apoyo de una secta o un grupo o facción. A mí se me ocurrió hacer algo bueno por otra persona una vez al día, como se podía leer en los libros antiguos, antes de que los prohibieran porque, al parecer, promovían el individualismo o la creación de cada vez más sectas. Quizá estoy en la cárcel por haberlos leído. Pero si es así, alguien tuvo que saber que yo había leído algo, alguien tuvo que leer también.
Existe un grupo cuyos miembros ponen una denuncia anónima al día, pero nadie sabe quienes son.
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Íbamos a ir, pero al final nos quedamos. Había demasiado para escoger. Demasiado que podríamos haber visto sin pensar. Sin saber qué era lo que estábamos viendo. Así, pensamos, lo mejor era quedarnos donde estábamos, permanecer quietos, como a la expectativa, pero sin esperar nada. Ni siquiera nos parecía buena idea, en aquel momento, mirar por la ventana. En la habitación sólo había una. Mirar hubiera significado querer saber más, querer salir, pero sin posibilidades de saber salir hubiera sido inútil. O contraproducente. Tampoco encendimos el televisor, ni permitimos a uno de nosotros que echara un vistazo al periódico que encontró en la habitación: eso también hubiera provocado la curiosidad, el ansia por no permanecer encerrados. La idea era que tampoco nos sintiéramos encerrados, eso también podría invitar a salir, que era lo que habíamos decidido evitar, ya, a toda costa.
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