tema: Cuadernos

Una cena de navidad, a estas alturas...


Normalmente cuando tengo una idea para hacer algo en prosa, con la idea encuentro que es suficiente. Puedo escudarme en el arte conceptual, que en sus orígenes defendía precisamente eso.

Aquí de lo que me di cuenta era que había que dar un paso atrás desde la narrativa. En lugar de narrar algo, mostrarlo: con listas, con estadísticas, con direcciones de casas apuntando a los espacios socioeconómicos de los “personajes”, que tampoco aparecerían. Quería casi retirarme de la prosa como consuelo.

Luego pensé en dar todavía otro paso atrás: no mostrar, sino sólo contar la idea. Y entonces me gustó: queda todo completamente abierto, cualquiera puede rellenar el formulario y contar la historia como quiera.

Aquí está, tal y como la anoté en mi cuaderno (en diciembre):

Un cuento compuesto únicamente por los menos de la cena de navidad de varias familias, grupos de amigos, parejas e individuos solos. Listas de los platos, las bebidas, lo que comen los niños, si los hay y comen algo diferente. Se da el número de personas y su edad. Cada grupo es de distinta condición socioeconómica. Se da la dirección: todas son casas de Buenos Aires capital. No hay narración de ningún tipo, sólo información. Una especie de literatura documental.

Ex poema


Un sentido militante


Nubes de tormenta


Algo acerca del peso extraordinario de la comida
sobre la realidad soñada


Un regalito para Gemma

Primera aventura


Viejo plan para un libro


El grito


Gastronomía para hoy


Todos los días una vez




Era la consigna. Aunque hacía años, muchos, que nadie era capaz de decir a qué se refería, qué era lo que había que hacer o dejarse hacer esa única vez diaria. Algunos se duchaban, creyendo que el imperativo tenía que ver con la higiene. Otros comían, pero comer una sola vez al día a veces obligaba a pasar hambre, con lo cual habían elaborado toda una mística de la abstinencia. Otro grupo, más disperso, opinaba que la consigna se refería al sexo y follaban a diario, aunque algunos, aprovechándose de aquellos a los que el juego de dar la vuelta a las sillas que practicaban había dejado de pie, lo hacían más de una vez. Un grupo minoritario pero radical, víctima de toda clase de chistes, pensaba que se debía orar una vez al día. En pocas generaciones la consigna había generado toda clase de sectas: los de un vaso de agua al día, los que sólo miraban el reloj una vez, los que dedicaban su atención al retrete, los que miraban por un precipicio, los que salían al balcón y gritaban su nombre, los que anulaban cualquier impulso, escogido al azar una vez al día.
Yo ahora estoy en la cárcel por haber escogido mi propio camino, uno que a nadie se le había ocurrido y que por tanto no tenía el apoyo de una secta o un grupo o facción. A mí se me ocurrió hacer algo bueno por otra persona una vez al día, como se podía leer en los libros antiguos, antes de que los prohibieran porque, al parecer, promovían el individualismo o la creación de cada vez más sectas. Quizá estoy en la cárcel por haberlos leído. Pero si es así, alguien tuvo que saber que yo había leído algo, alguien tuvo que leer también.
Existe un grupo cuyos miembros ponen una denuncia anónima al día, pero nadie sabe quienes son.

Itinerario




Íbamos a ir, pero al final nos quedamos. Había demasiado para escoger. Demasiado que podríamos haber visto sin pensar. Sin saber qué era lo que estábamos viendo. Así, pensamos, lo mejor era quedarnos donde estábamos, permanecer quietos, como a la expectativa, pero sin esperar nada. Ni siquiera nos parecía buena idea, en aquel momento, mirar por la ventana. En la habitación sólo había una. Mirar hubiera significado querer saber más, querer salir, pero sin posibilidades de saber salir hubiera sido inútil. O contraproducente. Tampoco encendimos el televisor, ni permitimos a uno de nosotros que echara un vistazo al periódico que encontró en la habitación: eso también hubiera provocado la curiosidad, el ansia por no permanecer encerrados. La idea era que tampoco nos sintiéramos encerrados, eso también podría invitar a salir, que era lo que habíamos decidido evitar, ya, a toda costa.

Ser recortable


Semana Santa


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