tema: Arte

Formas de la visibilidad: una entrevista con Adriana Lestido


Sin la menor noción de la magnitud del momento, conocí por casualidad a Adriana Lestido, una de las grandes fotógrafas (y fotógrafos) de Latinoamérica, del mundo. Fue en el Centro Cultural Recoleta, de Buenos Aires, donde ella preparaba una exposición retrospectiva de su obra esencial, trabajo de los últimos treinta años. Ella estaba ahí para el rodaje de un documental. Yo entré en la gran sala del Recoleta, la de las exposiciones buenas, di la vuelta por la exposición y no entendí nada, hasta que llegué al final. Volví al principio y la vi de nuevo: estaba fascinado con la fuerza, estética y moral, de las imágenes.

La palabra “imagen” se usa con demasiada soltura, con referencia a cualquier objeto primordialmente visual. ¿Qué tal si la utilizamos para referirnos a lo que de verdad nos marca, para bien o para mal, la imaginación? En ese sentido he querido decir “imagen” al final del párrafo anterior. Y es que las imágenes de Lestido tienen esa potencia, ese potencial de marcar, que es el trabajo que se ha impuesto la fotografía cuando ha querido contar el mundo más allá del círculo íntimo del álbum familiar.

Con el desparpajo del ignorante, le pedí a Lestido su dirección electrónica; le dije que a lo mejor le hacía una entrevista para Sin Género de Dudas. Y eso porque una de las primeras cosas que me pasó por la cabeza cuando salí de la exposición era que me hubiera gustado compartir esa experiencia con Carmen Castro. Me hubiera gustado conocer su opinión, discutir con ella como siempre hemos discutido todo aquello que nos importa. Al poco tiempo, me comuniqué con Adriana Lestido, pero no logramos compaginar agendas. Pasaron dos meses, y me la volví a encontrar en otra exposición. Ahí le volví a insistir sobre la entrevista. Tras nuevas negociaciones electrónicas, por fin logramos poner fecha, hora y lugar para la entrevista. Preparándola, volvió a sobrecogerme esa fuerza de sus fotos, registro de la pasión y el cuidado (lo sabría más tarde) con los que Lestido aborda sus proyectos, la vida, el amor, la pérdida, lo que significa ser humano y humana, ser social y ser en el tiempo que nos ha tocado vivir.

La conversación tuvo lugar, mate de por medio, en el departamento de Adriana en San Telmo. Me llamó la atención que vive como a mí me gusta: hay espacio para cocinar y comer, espacio para descansar, espacio para trabajar, pero todo en uno: porque todo forma parte de la vida— se me ocurre que crear más compartimentos estancos de los necesarios (el laboratorio fotográfico, por ejemplo) es una forma de truncar lo que se es, la experiencia de lo íntimo y, a fin de cuentas, la vida.

Una cosa más, antes de empezar. Mientras conversábamos, yo le conté a Adriana algo de mi vida y de mis propios procesos creativos. Quería que aquello fuera en realidad una conversación, un intercambio, y no sólo una sesión de preguntas y respuestas. Sin embargo, todo eso que yo conté no viene a cuento aquí, no es lo que interesa. Lo omito porque lo que me importa transmitir es lo que Adriana Lestido me contó. ¿Comenzamos?

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Algunas notas sobre el realismo en pintura


Hablaba ayer con Pep Izquierdo por Skype acerca del artículo que acaba de publicar en Libro de Notas. Hablábamos sobre el realismo en la pintura, tratando de entender qué ha pasado, por qué sigue siendo una forma (más que un estilo) todavía vigente, cómo puede serlo. Esas cosas.

Evidentemente, la pintura realista, en ciertos medios, ante cierta clientela, todavía tiene validez. Principalmente porque “se entiende”: aunque lo dudo. Dudo que se entienda. La leyenda cuenta que tras el advenimiento de la fotografía, en la pintura se dio una crisis que nos trajo el impresionismo y toda la experimentación de las vanguardias hasta que todo llegó a su apogeo (Greenberg) con el expresionismo abstracto. La fotografía había ocupado el espacio de la representación de la realidad. Todo esto es bastante más problemático, pero estoy tratando de llegar rápidamente al problema que me preocupa, el de la pintura realista hoy.

También hay que apuntar que la fotografía ha abandonado en gran medida ese terreno de descripción de la realidad desde que se pasó de la química a la matemática. Desde que una foto es fácilmente adaptable por cualquiera a otras intenciones. En pocas palabras, desde Photoshop.

Entonces, ¿qué significa cuando un pintor toma una foto, se la lleva al taller y reproduce la imagen al óleo? Aunque Duchamp discrepe, no creo que los pintores sean tontos. Hay mucha pintura que no es arte. El arte, desde que Warhol lo hizo indistinguible de la realidad a la que se refiere, según Arthur Danto, se ha vuelto filosófico. Así, para que una pintura realista sea arte, y no sólo artesanía más o menos lograda, tiene que haber algo detrás. Tiene que ser conceptual, sólo que en lugar de utilizar palabras, la desmaterialización, como hacían tantos artistas conceptuales de los 60 y 70, se usa pintura, pincel, tela…

Tomemos por ejemplo los cuadros de Madrid, de Antonio López. En ellos aparece la ciudad representada con todo el realismo que la excelente técnica del pintor puede aportar, pero aparece sin coches, sin gente, absolutamente desierta. ¿Es un Madrid ideal? Quizá para algunos catalanes, pero no creo que la cosa vaya por ahí. ¿Qué pasaría si le diéramos una foto de la misma vista a un pintor dominguero de buena técnica y le dijésemos que queremos ese mismo paisaje urbano pero sobre una tela de un metro cuadrado y sin coches ni gente? ¿Es lo mismo? La obra de López es fácilmente reproducible utilizando incluso sus propios medios. O sea que, aparte de la firma, la cuestión del aura no es importante. Estamos en el terreno descrito por Walter Benjamin en La obra de arte en la edad de la reproductibilidad técnica. El arte de herencia duchampiana hace tiempo que conquistó ese terreno.

Sin el concepto no vamos a ningún sitio. La pintura realista, si no es conceptual ya no es arte. No se distingue de lo que pueda hacer cualquier aficionado más o menos diestro. Le podemos dar otra vuelta (una barroquización) al giro warholiano que tanto obsesiona a Danto: la pintura realista es indistinguible de, ya no su referente, sino de la pintura realista, que después de la fotografía, y en sí misma, carece de interés. Y esto del interés no es una opinión mía, en realidad ya no nos interesa que un pintor sea capaz de representar un árbol o un botijo con máxima fidelidad. Lo que nos interesa es que el pintor, como cualquier otro artista, tenga algo que decir sobre el mundo en el que vivimos: nos interesa que sea un filósofo, o un poeta, y que su obra dé pie a la producción de sentido. Eso, creo, es lo que lo hace contemporáneo, un pintor para nuestro tiempo.

Por cierto, no necesitamos artistas para el pasado; además, da igual, precisamente porque el pasado, siéndolo, los rechaza. Y los artistas para el futuro son los que vendrán entonces, o los que el futuro escoja muy a su manera (no a la nuestra).

Contra el galerismo a medias


Aparece hoy en Babelia una crónica de ArteBA que me interesó sólo por esto:

La presencia de galerías europeas en el programa general de la feria se limitó a las españolas Blanca Soto, Metta y Fernando Pradilla y a la francesa Brun Léglise, que encontraron dificultades para vender sus obras debido a la elevada cotización del euro respecto al dólar y el peso.

Un error. Si vendieron poco no fue por la situación cambiaria, sino porque lo que mostraron no interesó. Así de sencillo. No se puede acudir a una feria extranjera sin un soporte intelectual y crítico pre-establecido, sin crear interés, y menos en un mercado tan conservador como el argentino. Si un coleccionista compra algo, se sabe bien, es porque tiene fe: en el artista y en la galería que lo representa.
Si una galería no se mantiene firme en sus ideas, en la defensa de sus artistas, no hay futuro y el coleccionista no vendrá.
Así, ¿cómo traer a este mercado tan aislado, a esta isla, la obra de artistas a los que nadie conoce? ¿Cómo venderla? Falta prensa, falta información, falta crítica, falta calentar el mercado como los entrenadores de fútbol calientan los partidos durante la semana previa. Hay que dirigir la mirada y el interés del coleccionista. Reclamar su atención. Y hacerlo durante semanas antes de la feria. Como en Argentina no hay una verdadera prensa especializada en arte, hay que utilizar los periódicos; pagar por artículos como se paga por publicidad.
Las galerías europeas también exhibían arte argentino, más como apuesta secundaria, para reducir gastos, que por verdadero interés. ¿Se supo algo aquí de muestras de estos en las sedes de esas galerías? ¿Salieron en algún sitio diciendo que están promoviendo el arte argentino en Europa? Se nota a leguas cuando se expone algo con un mero fin crematístico, sin apostar por ello con ganas.
¿Y cómo se apuesta con ganas? Muy fácil, con exposiciones y publicaciones, y cuanto más publique una galería, por todos los medios al alcance, acerca de sus artistas, más en serio será tomada por los compradores, y más en cuenta serán tomados los artistas. No es gratis, claro, pero imprescindible sí.
En el mundillo del arte las conexiones sociales son de máxima importancia, para adquirirlas hay que ir a todas las fiestas indicadas. Sin embargo, llega un momento en que el beneficio de la duda, la amabilidad, se terminan, y hay que demostrar que uno vale más allá de sus habilidades sociales, que uno arriesga su dinero y su reputación en el arte en el que cree.
Argentina acudirá a ARCO 2010 como país invitado, ojalá que los galeristas argentinos se aviven y empiecen a trabajarse la feria de Madrid con antelación.

NOTA del 25 de junio: Un amigo me ha pasado el enlace a un artículo de Fernando Francés en el que explica de la manera más clara posible cuales son las funciones y cualidades del galerista de verdad.

Lucía Sorans: Dar consistencia a lo que sí

713 Arte Contemporáneo
Hasta el 30 de junio

Lucía Sorans es una artista muy joven; tiene 24 años. No lo hubiera imaginado al ver sus pinturas: la intensidad con la que se inserta en la vida de los colores. Una palabra me venía a la mente sin cesar, cuando estaba delante de sus cuadros: fuerza. Y Sorans la tiene. No sé de dónde viene esa fuerza, ni cuales puedan ser sus consecuencias; es demasiado pronto, y ella joven.
También me quedé con la idea de que ahora está experimentando con esa fuerza. Algunas obras son mejores y más intensas que otras. Algunas, realmente sobrecogedoras. ¿Y no es ese el trabajo de la pintura abstracta: conmovernos, mostrarnos otras posibilidades de la fuerza imaginativa humana?
Cuando vi el cuadro grande (La fe es el aire, la tierra el presente, 2×2m.), que reproduzco aquí arriba, me quedé un buen rato delante de él. Había conflictos entre colores, entre pinceladas, como una gran confusión que de alguna manera se resolvía. Todavía no sé cómo. La abstracción es a la pintura como la incertidumbre a la ciencia: es lo que hay en el fondo. Podemos seguir investigando el mundo, pintando, escribiendo poesía, pero mientras tengamos claro que siempre hay una duda subyacente, una imposibilidad de llegar a una idea definitiva y total. Por lo menos por ahora.
En los cuadros más pequeños, esa lucha en la incertidumbre queda más clara, porque en muchos no se llega a una armonización, no se construye un encuentro. Cuando los vi, pensé que los pequeños culminaban en el grande. Pero luego me presentaron a Lucía y estuve un rato hablando con ella y me demostró que estaba equivocado: el grande precede en el tiempo a los pequeños. Lo cual me lleva a la idea de que Lucía ve algo en el grande a lo que yo no llego, y que lo estuvo explorando en los pequeños. También podría aludir a alguna clase de ineptitud por parte de la pintora, pero no, creo que hay más, que hay futuro y que hay una exploración profunda de la pintura tal como la percibe Lucía Sorans.

Bruno Dubner: Índice negro

Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de junio

Hace tiempo que vengo siguiendo el camino hacia la luz que está marcando Bruno Dubner. Su fotografía me interesó—me apasionó—desde el primer momento en que entré en contacto con ella.
Para Dubner no se trata de fotografiar las cosas, el mundo; por lo menos no en el sentido cotidiano. Lo que él intenta es fotografiar aquello que es un elemento sin el cual la fotografía no puede existir, que es su esencia: la luz. Esto casi como querer retratarse el alma, y ¿no esa una de las funciones del arte, captar el alma de las cosas? Por eso creo que Dubner es un artista en toda regla.
Su proyecto tiene algo del alto modernismo que culminó en el expresionismo abstracto, cuyos defensores siempre calificaban de espiritual. Según Clement Greenberg, las artes debían buscar su esencialidad, desechando todo lo que les viniese de fuera. Pero si por ese camino ya hemos llegado a donde había que llegar, no quiere decir que no podamos tomar lo aprendido en él y aprovecharlo hacia el futuro.
Dubner, sacando jugo de ese conocimiento, es el fotógrafo de una vida secreta, la de un elemento con el cual convivimos: la vida secreta de la luz. Su exploración no pregunta tanto por la esencia de la fotografía sino por la manera en que la fotografía es lo que es, una interrogación distinta, quizá más modesta, pero no carente de importancia. Es como si al captar momentos de la vida de la luz, Dubner, a la vez, arrojara también una luz sobre la manera—de nuevo la manera— en que el mundo es .
La presente exposición, bajo la curaduría de Juan Travnik, que conoce la obra de Dubner desde el principio, no sólo es interesante sino que también resulta útil. Incluye fotos más figurativas, fotos en las que se ve un elemento de la vida cotidiana—una ventana, los faros de un coche, una lámpara fluorescente, el resquicio de una puerta—y las fotos más abstractas, las de la luz en sí, que son el meollo de la exploración de Dubner. Lo figurativo pone en contexto lo abstracto y viceversa, de forma que la exposición se ayuda a si misma a explicarle al espectador lo que tiene delante de los ojos.
Yo sabía de esta exposición desde hace unas semanas. Acudí a la inauguración con cierto miedo—a salir defraudado—y con mucha curiosidad. La curiosidad fue satisfecha con creces y en absoluto me sentí defraudado. De hecho, tengo que volver: quiero seguir explorando esta exposición, y si soy capaz, escribir algo más sobre ella. No es muy a menudo que uno siente esa necesidad.

Esnobismo y apertura



Nunca se sabe. Nunca se sabe lo que espera a la vuelta de la esquina. Creo que si tengo una ideología, o una idea que me guía por la vida, es esa. Y como todo creyente, soy de la opinión de que quien no piensa como yo está profundamente equivocado y/o es tonto. Soy de la opinión de que mi idea-guía conduce a la humildad ante las cosas que ocurren, tanto los grandes eventos como los pequeños y cotidianos; y que la humildad sirve para mantener la mente abierta a las posibilidades que ofrecen esos eventos. La función del arte, arriesgo, es crear oportunidades de apertura.

Ayer tuve la ocasión de acompañar a tres jóvenes galeristas mexicanos por ArteBA. Lo que pretendían era establecer conversaciones con galeristas argentinos y, con suerte, llegar a intercambios que pudieran ser fructíferos para todos. Este tipo de alianzas son comunes en el mundo del arte, y yo diría que esenciales si queremos que el arte latinoamericano llegue a un reconocimiento global no-colonizado por las necesidades y obligaciones de los galeristas y coleccionistas norteamericanos y europeos—aunque excluirlos resultaría más bien contraproducente.

(texto completo...)

Miguel Rothschild: Con penas ni gloria

Galería Ruth Benzacar
Hasta el 14 de junio

¿Será cuestión de la edad? ¿De los tiempos que nos ha tocado vivir? Miguel Rothschild (Buenos Aires, 1963) tiene un año más que yo, por eso lo digo. He visto su exposición y he reconocido algunas estrategias que en el pasado utilicé en el teatro. Principalmente la de tomar direcciones contrarias para hacer un mismo camino: tensión, lo que podríamos llamar una dialéctica de la experiencia.

No sé muy bien si se trata de expectativas agujereadas por la experiencia o viceversa, o una mezcla de ambas situaciones. Pondré un ejemplo: el humor cuando es serio, viene siempre de la amargura. ¿Debo añadir que la falta de seriedad en el humor, eso con lo que los medios intentan obligarnos a la alegría, no me interesa? Lo filtro siempre. El humor de Rothschild tiene esa seriedad que importa, que hace reír con conocimiento de que la risa no dura.

En esta exposición también encontré una suerte de comentario sobre las alegrías obligatorias a las nos resulta tan fácil acostumbrarnos. Lo mismo con las tristezas obligatorias. Lágrimas que caen al suelo con el peso del plomo. Decenas de siluetas de San Sebastián perforado por las flechas, los agujeros convertidos en confeti regado por el suelo: una fiesta. Lo que de este santo nadie recuerda es que no murió asaeteado, el golpe de gracia (con perdón) fue un mazazo. Quizá lo que nos ocurre es que celebramos que las desgracias no nos han finiquitado, ignorantes de que ahora viene el hombre del mazo (Ral Veroni, en sus alegorías le da un nombre: el tiempo.

Sólo es cuestión de esperar a que termine la fiesta. Mientrastanto, podemos acudir a las hileras de cotillón que, como contrapunto a las grandes representaciones de los espacios de la globalización de Andreas Gursky, aparecen como opción… y más baratas.

Claudio Herrera: Brainstorm


Galería Wussman, Buenos Aires
Hasta finales de junio

A primera vista las pinturas de Claudio Herrera impresionan. Y algo tienen de impresionista el modo en que el pintor decidió mostrar nuestra actual cultura de las comunicaciones, nuestra conciencia de las redes. En muchas de las obras hay lo que parecen cables deshilachados, sinapsis quemadas y paisajes que surgen de ahí no totalmente como pesadillas: más como sueños que a la mañana siguiente cuesta descifrar, y nos dejan con esa angustia de tener la respuesta en la punta de la lengua. El título de la exposición no traiciona. Recorriendo la exposición no dejaba de decirme que esto es el mundo actual. Conocimiento abstracto vuelto físico, mapa que se desborda en la realidad al mismo tiempo que ella entra en él (no he escrito este juego con los géneros de manera inocente). Como un tejido vuelto al revés, las pinturas no terminan de ser abstractas y, de hecho, en algunas la figuración es más fuerte, como si se tragara la abstracción, digiriéndola pero sin asimilarla completamente. Action painting y paisajismo todo en uno.
Pero tengo un problema. En muchas de las obras expuestas, Herrera se ha puesto a escribir. Si la indeterminación de muchas de ellas, la multiplicidad de sentidos a los que apuntan, es expansiva, la escritura, y muchas veces los papeles pegados, tienden a limitar esa expansión. Como si el artista, insatisfecho con la multiplicidad hubiera decidido ofrecer su propia interpretación, un significado unitario, simple. Y eso es como si él mismo quisiera anular su propio esfuerzo, su propio riesgo. En otras palabras, Herrera es un excelente pintor, pero no un poeta. Lo mejor que uno puede hacer en su visita a Wussmann este mes es obviar los textos en las pinturas, alejarse y mirar. Si uno decide leer, notará como una buena experiencia pictórica se devalúa. Pero que nadie se equivoque: vale la pena verlo.

Alberto Méndez en Vórtice

El problema con las palabras, y esto lo sabe cualquier poeta, es que significan. Aún peor: todos esperamos ese significado, lo pedimos, nos importa. He trabajado muchos años en el teatro; no soy muy aficionado a la danza contemporánea, pero he asistido a unos cuantos espectáculos. En ellos siempre me ha llamado la atención que en cuanto se dice algo, o se muestra por escrito, el público levanta la cabeza: ¡por fin algo comprensible! Ese es el problema de las palabras: el significado. No el sentido, que marca una dirección, varias, y nos pide que las sigamos a cierta velocidad. Los que siguen a Deleuze dicen que son líneas de fuga, y la velocidad se traduce en intensidad. Más o menos, no es tan sencillo.

Los dadaístas lo sabían bien y se decidieron por el poema sonoro. El problema no reside en las palabras en sí. También lo sabe Alberto Méndez, que expone sus poemas visuales en la Barraca Vorticista hasta el 10 de mayo. Lo que sabe es que de alguna forma hay que ralentizar la velocidad que se toma cuando cierto sentido, cierta línea de fuga, va en busca de su materialización (o petrificación) en un significado. Hay que ir más lento, a la busca de la intensidad. Y la lentitud, una mínima paciencia para descifrar las letras, puestas todas juntas, desemboca habitualmente con el trabajo de Alberto en el humor, que muy a menudo viene de la amargura. O del dolor: de los sueños vendidos.

No sé ustedes, pero yo tengo la costumbre de revisar mi vida de vez en cuando para ver qué sueños he vendido, cuáles he perdido, cuáles sigo persiguiendo. Si es un sueño de verdad, creo que nunca se cumple. Pero en momentos en que he hallado que algún sueño se me escapaba, he corrido tras él. Sí, esto parece salido de alguna canción oída por la radio, cursi como ella sola. Pero no niego que así vivo. Por eso me gustó tanto el poema que da título a la colección de Alberto: No vendo mis sueños porque duermo poco. Buen antídoto contra la radio y las cosas que uno no sabe muy bien cómo explicar y acaba recurriendo a los lugares comunes, a lo cursi.

No estoy de acuerdo con todos los poemas que Alberto Méndez ha colgado en las paredes de la Barraca, pero sí con la experiencia que la exposición en conjunto me ha dejado. Vale la pena darse una vuelta. Y mientras tanto (y sin permiso) he colgado un par aquí, como anticipo.

Acerca de Ral Veroni



El año pasado publiqué en la revista Lars un artículo sobre lo que estuvo haciendo el artista Ral Veroni en España antes de volver a la Argentina. Ahora ese texto está a punto de salir en un libro publicado por una editorial de Buenos Aires. Veroni, que aparece semanalmente en Libro de Notas, ha querido sacarlo ahí para celebrar los dos años que lleva en esa revista. El texto está en pdf e incluye imágenes de varios de los trabajos comentados. Para descargarlo sólo hay que pinchar aquí: Pequeño teatro del dinero en la ciudad fantasma.

Mauro Giaconi


Hace un año que vivo en Buenos Aires; al poco tiempo de llegar le comenté a alguien que aquí se vive como en España en el 2000. Cuando me mudé a España en el 92, se me ocurrió que aquello era como Estados Unidos, de donde venía, en el ochenta y pico. Tiene que ver con el acceso al conocimiento. La internet ha mejorado mucho las cosas, pero no se ha logrado superar del todo la barrera socioeconómica que separa a muchas personas del conocimiento, de la información y de las herramientas de interpretación que hacen falta para salir adelante en el mundo contemporáneo. Hacía tiempo que no pensaba en esto—hasta que pasé hace unos días por Zavaleta Lab y vi la exposición de Mauro Giaconi.

En la pared, lo que seguramente es un libro entero de anatomía ha sido separado, hoja por hoja, pegado, las hojas distribuidas en una especie de rombo horizontal. Dibujada con una precisión sobre las hojas, hay una valla de alambre, trampantojo que se viene a la vista con toda la fuerza del hiperrrealismo: el espectador queda con la incomodidad de sentirse excluido del conocimiento reflejado en el libro abierto sobre la pared. En el muro de enfrente, lo mismo, pero las hojas pertenecen a revistas culturales y partituras de música. Más al fondo por la galería, y ya en obras enmarcados, la alambrada se extiende por papeles científicos.

El tema y juego de la exlusión se abre por toda la galería: una tienda de campaña con el acceso cerrado por un muro de ladrillos; un colchón colgado sobre la pared a gran altura y pintado con un cielo y sus nubes, pero con una reja de hierro forjado que lo aleja aún más del espectador; un suelo que podría ser de madera, por el dibujo de los nudos de la madera, pero que en realidad es de vidrio: ¡no pisar! Unos dibujos enmarcados pero cuyo vidrio protector viene esmerilado, de manera que a penas se puede atisbar el dibujo que hay detrás. En cada una de estas obras nos quedamos fuera.

Al desconcierto inicial por la exclusión, se une una especie de certeza fatal: no hay remedio, siempre quedaremos fuera, ¿quienes soy yo para exigir que se me permita la entrada a la tienda de campaña, el poder caminar sobre un suelo que no es mío, el poder llegar al final del día y soñar, o por lo menos dormir; alcanzar el conocimiento ofrecido en las paredes.

Hubo una exposición, en 1996, en el CGAC, de Félix González-Torres. Recuerdo en una de las salas una pequeña montaña de libritos, tamaño pasaporte, en cada una de cuyas páginas se veía un cielo, las nubes, algún pájaro. El espectador podía llevarse los que quisiera: eran una invitación a salir, a viajar, a soñar. Lo que veo de Giaconi en Zavaleta me parece lo opuesto: una constatación de que esa invitación no existe más. Y si existe, no es para mí. El mundo, está claro, ha cambiado bastante en los últimos doce años.

Tirar el dinero


Este artículo mío apareció en Libro de notas el 22 de abril.

Hoy tuve ocasión de presenciar uno de esos eventos culturales que tanta ira e ironía te provocan. Se trata de un acto menor, ciertamente, como todo lo que hace la comunidad española en Buenos Aires, pero significativo. La convocatoria era la inauguración de una exposición titulada “Carlos Saura: Los sueños del espejo”, en el Centro Cultural Recoleta, junto al cementerio famoso.

(texto completo...)

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