tema: Viajero con souvenir

Control de equipajes


El jefe de mantenimiento sabe que no hay corriente.
No cortará el automático y morirá electrocutado.
Las maletas se harán esperar.

Llevan etiquetas de otro tiempo y otro lugar
pegadas como un recuerdo extraviado
entre lo que a menudo buscamos:

una vida que entregue su propio símbolo—
ese letrero de neón que noche tras noche
pierde brillo sobre un comercio que no cierra.

Nos gusta que las cosas brillen;
que el ritmo de su ruido nos enganche
para estrenarlo como la música de este viaje.

Y que lo que el viaje va puliendo y daña
encaje igualmente en su sitio: el alba
que da luz a nuestro entusiasmo de recién llegados.

Vagabundo


Quiero deambular sin necesidad—
sin tener que añadir nada al camino
donde el tiempo decide la mañana:
la idea de futuro, y la desdice.

Lo hace para deslumbrarnos y darnos
algo para anotar temperatura
ambiente y la de más allá, lejos
de nuestra experiencia día con día.

El viernes, en la cuneta, la vi
—esa idea— y me pareció algo roto:
un juguete, un amor, una mañana…
rotos por el mismo viento del tiempo.

Postal sin sello


Hoy me atrae la pura esfera del viaje.
La idea pura, fría, como unas tijeras
y el viaje puro, que borra sus huellas
rojas, duras, tinta y hambre en las manos.

Debemos partir sin saber adónde:
no es fácil el horario de nuestra ira;
ni saber cuántos días nos pedirá
junto al brillo seco de la ciudad.

Pero vivimos seguros de ayer
confiando en el viento que lo traía
y nos lo dejaba cerca y entero.

Hasta que trajo el silbido lejano
de la sangre, del miedo, las sirenas
la gente que corría y vimos caer.

Dos terrazas


Cada vez más días flotan hacia aquí.
Puedes pedir un plano, si quieres
pero debo decir que todavía es pronto:
ayer encontré un año entero que había perdido.

Puedes pedir un plano, si quieres.
y verás que al subir tardas menos que al bajar:
ayer encontré un año entero que había perdido.
El tiempo es cosa de concentración.

Verás que al subir tardas menos que al bajar:
alguien suelta un globo con la mirada y sabe
que el tiempo es cosa de concentración;
hasta que todo se olvida.

Alguien suelta un globo con la mirada y sabe
que así se abren las calles—dijiste—
hasta que todo se olvida
y no ves que el semáforo está por cambiar.

Así se abren las calles—dijiste—
a la idea de que los años duran lo mismo
y a no ver que el semáforo está por cambiar:
hay algunos que encajan enteros en una foto.

A la idea de que los años duran lo mismo
debo decir que todavía es pronto.
Hay algunos que encajan enteros en una foto:
la rompes y desaparecen.

Requerimiento


Sí, hemos sido algo menos felices.
Un cristal bañado en oro cabía
perfecto en el puño cerrado abierto

y era el ojo izquierdo, que ya no ve.
¿Recuerdas los barcos a la deriva
como agua que espera al fin del desierto?

Pero la electricidad en el tiempo
era ya otra cosa, más frágil y entera;
hoy dada a los que se lloran la edad.

Con todo, lo delicado se aleja;
la botella de sangre estalla al sol
y mancha la vidriera de los años—

espejo helado que nutre cada lámpara
nueva y vaciada al color del otoño
los días de suero, voz en hilo y fiebre.

Por la tarde, en el hotel (romance)


Vimos castillos mejores.
Hoy, sin embargo, son otras
las cosas que nos ocupan.
Una, eliminar restos
de nueva conversación;
buscarles sitio seguro
donde tengamos memoria—
no vaya a ser que se filtren
y corroan su parentesco
entre lo real y lo demás.
Caso de emergencia, siempre
acudiremos a las fotos
—la historia inventa días—
y yo tengo un cajón lleno.

Lo heredé en silencio antes
del fin del verano último
cuando aquí ya no vivíamos.
Por demoler otro instante
nos obligamos al cambio.
Se oyen menos las certezas
si uno suele estar de viaje.
La que guardamos es ésta
bañada en oro, aquí.
Con alegría, si llueve
la llevamos con nosotros
como en duda y procesión
bien guardada en un bolsillo.

Frío el viento


El dolor de la negación del mundo.
Roberto Arlt

He venido hasta aquí
a ver tu optimismo entre las ruinas.
El filo alegre de tu cuchillo
refleja el sol en lágrimas
por los muros medio en pie.
Caminamos por calles sin ciudad
y me cuentas los monumentos:
las historias de los que se han ido.
Hay sonrisas que te esperan, dices
siempre a la vuelta de la esquina
o en mañanas de billetes sin fondos
para viajar de memoria
en el esqueleto de un tren.
Donde estuvo tu casa te detienes.
Ahí estaba mi casa
dices con la mano sobre mi hombro.
Una cuerda vibra en el vacío.
Esa es mi casa, te corriges
y echas a andar, solo esta vez
dejándome aquí
apenas con tu alegría
frente al fin de tus cosas.

Carta de un exiliado


Querido amigo,
Las nuevas calles permiten pocos hábitos antiguos:
paseamos en silencio
con la esperanza de que la mudez también explique
—más despacio—lo que fuimos, lo que nos queda por ser.
Volver es imposible, le dije a Carmen hace días.
Ella, sin contestar, abrió la puerta y entramos.
En aquel momento, poco después de llegar
el mundo y sus accidentes parecían infinitos.

Como en un ejercicio de amnesia
mucho nos queda por nombrar.
Poco a poco aprendemos la utilidad de objetos nuevos
pero la belleza de su novedad se va ajando con los días.
Una farola, una frase, una bandera, el ademán de un extraño
esperan a que los notes para conocer sus propios límites:
la frontera que los encaja en el mundo.
Lo mismo ocurre con la temperatura del aire.
Difícil conocer el frío y recordarlo con exactitud.
La luz influye.
Más allá del puerto, hay cielo gris y mar blanco;
el horizonte cerrado nos recuerda que estamos lejos.

No implica esto que dejemos de andar por la calle
y de admirar sus neones.
Como en todas las épocas y lugares
vemos cantantes y profetas apedreados—
nosotros, en el secreto de los demás
pasamos junto a ellos guardando humo
esquivando miradas
hilando con la voz, para quedar bien
un muestrario nuevo de opiniones.

Paseando también
encontramos el juguete roto de nuestra anterior existencia.
Al verlo, comentamos sus colores
casi borrados por el óxido
y recordamos el ruido de su mecanismo.
¡No quiero que me acuses de nostalgia!
Estaba atrapado en una alcantarilla
entre hojas muertas y otra suciedad.
No lo recogimos; llovía otra vez
y Carmen abrió el paraguas para volver a casa.

Afincados ya, lo supimos:
quienes llegan a pasar hambre tienen vedado el paso.
Y algunos que han sido felices
vuelven a casa, borrachos de palabra
vacía la bolsa de la compra.
Pienso a veces que reír está mal visto entre ellos;
y calcular las distancias que van del propio tejado
a la expansión del universo parece estar prohibido.
Aunque también es cierto que no pueden saberlo
la ignorancia de esas dimensiones
hace de nuestro mundo un sitio más pequeño:
más acogedor, más alegre, más triste.

No sé qué más contarte.
Permanezco siempre tu amigo,
RC

Preparativos


Arreglaré la distancia mientras hablan.
Siempre esas voces, siempre ese impulso—
aunque la habitación esté desierta
con demasiada luz
y cubierto el espejo, la lámpara enfrentada
como en el ensayo de una ciudad completa
en pocos metros.

Después firmaré y el viaje
se convertirá en secreto de espacio:
visitaré parques de senderos anulares;
tasaré triángulos y señales;
y tomaré café como si aún quedaran mapas.

Estas hojas, por ejemplo.
Comienzan a partir de sus leyendas
pasan por los pliegues de algunas carreteras
—la escala marcada a ojo—
y desvían los cúmulos de fotografía
que todavía nos enviamos.

Lo demás habrá que anotarlo
y guardarlo con la mirada escondida
entre dos temperaturas, o más claro:
entre dos fulgores, uno tuyo
y otro de otro día, otro lugar.

Magia de invierno


Empiezo este poema un martes trece.
Los amuletos giran
los martillos hidráulicos bombardean el aire
vibra el suelo, llamo para que me traigan la comida.
Quizá deba comer algo con amuletos
atados a brazos, piernas: anillos de azul.

Hoteles donde ya es imposible vivir.
No se diga dormir.
Con este amuleto del frío enganchado al paladar
a las plantas de los pies
que flotan en el agua helada del aire
y el sueño de anoche sin dormir ya frío
sin que haya por donde acariciarlo
para que desaparezca.

Viajero con souvenir: primera versión


Soplaba la tramontana, y recordé que en mi juventud yo deseaba
ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo,
pues ser sólo una persona me parecía muy poco.

—Enrique Vila-Matas

Creo que un entrenamiento así
vale mucho más de madrugada.
Sobre todo ahora
cuando se sabe que nacemos novelistas.
Esta opinión ensimismada
inicia cada año el cortejo de arena
entre quienes miran al sur y quienes fijan el norte.
Pero dura poco, y hablar en privado cuesta más.
No se puede celebrar la guerra de las cabezas
si hay dolencias que los encantadores de serpientes
envían tarde a las piedras.
Pero algo buscamos y eso es lo que importa:
la imagen del mundo en un instante
o la señal nueva que apunte a quien esté a su lado.
Sin escoger.

O eso te iba a decir cuando vi que por aquí ya hemos pasado.
En efecto, ahí está la publicidad con su aviso de neón
reflejado rojo en un charco de noche:

Todo lo que se cancela vuelve
y todo lo que vuelve se cancela.

Menos mal que soñamos otra orilla:
una que garantice la novedad
con sus nubes reventadas
catálogos de ayer
y las horas de espera obligatorias hoy.
Quizá con eso pueda lavarse cualquier idea
y su herida cualquiera, o la huella.

Luego, sin que nadie nos vea, podremos cerrar los ojos.
O coleccionarlos, que también duele.

Literatura de evasión


Contra las cuerdas
los galardones llegaron de poco en poco.
Algunos demasiado tarde.
Los altavoces no dejaban de anunciar
el premio de los nombres—
un censo entero.
Desde azoteas líquidas
la mano izquierda para saludar
los ganadores no fingían su alegría.
Un alborozo extraño cubrió la ciudad
y con el frío eliminado
todo fue sucediendo— más que menos—
con la normalidad que los medios proclamaban.
Así, con el humo a nuestras espaldas
fue fácil escabullirnos en el rosa vieiráceo de la tarde.
Entregado el último premio
los ganadores de siete vidas se lanzaron de lo alto
siete veces menos una;
los de menos vidas
menos veces menos una
hasta llegar a la lista de los muertos
que sólo saludaban
y sonreían.

- previous posts                 textos recientes +