tema: Una luz

Montserrat


14/12/2011

Dijiste que no se puede contar conmigo, que (además) vivo
en una pensión, aunque sea de artistas, y eso lo demuestra.
Eso me llevó de nuevo a Schuyler, que también vivía en una pensión
de artistas, aunque más famosa que la mía, y en una ciudad
más potente que la mía, la de ahora, el Hotel Chelsea
donde dicen que Sid mató a Nancy en 1978.

Anoche tuve un sueño erótico. Era una orgía. Nunca había soñado
con una orgía, al menos durmiendo, y nunca he estado en una.
En la orgía en cuestión, la que soñé, no conocía a nadie, aunque
se suponía que sí, que la mayoría eran personas que conocía—
o que conocería en algún futuro no muy lejano. Una era pintora.
Luego había otra chica, con la que al parecer yo estaba liado.
Todo ocurría en una ciudad intermedia entre Buenos Aires
y Barcelona, adonde íbamos en tren a ver la exposición de otro amigo.
A veces tengo la sensación de que todo está aún por descubrir;
de que la realidad está al acecho, esperando a ser creada a cada instante.

Vine al Café Montserrat a despejarme un poco. Me cuesta volver a dormir
después de sueños así, y después, por la mañana quedo medio atontado.
También era por airearme un poco de mi habitación. Me gusta mi habitación
pero a veces me agobia un poco escribir ahí. O en cualquier casa donde
haya vivido, siempre ha sido así. Por eso, también siempre, he tenido
la costumbre de “salir a caminar” una idea, un poema, lo que sea
que tenga entre manos en ese momento. La camarera tiene una barriguita
que en otras ocasiones no le había notado; hace tiempo que no vengo
y no me atrevo a preguntarle si está embarazada, que no siempre
es buena noticia.

Las alemanas de la mesa de enfrente, una rubia, otra no tanto
pero las dos muy guapas, hablan en alemán. Algo las indigna
o están en desacuerdo con algo, aunque no entre ellas. Y
al estar en desacuerdo con algo aunque de acuerdo entre ellas
parece como si su indignación, que percibo sólo por el tono
de sus voces y por cómo se interrumpen para seguir estando
de acuerdo, tuviera una mayor densidad. Y es que nos encantan
esos momentos en que nuestras vidas cobran una densidad
mayor que la habitual, y parece que por fin podremos escapar
aunque sólo sea un ratito, de la delgadez, de la finura inútil
de nuestra experiencia diaria.

Hace un momento, mientras pasaba estas notas en limpio, en al patio
de mi casa, levanté la vista y ahí (con el cielo inmenso) mirando
medio al sudeste, estaba Júpiter. De repente, me vino a la mente
lo que me dijo un amigo de muchos años: “Si miras con cuidado
puedes llegar a ver a Ío, Ganímedes, Europa y Calisto, sus cuatro lunas.”

Independencia


La ciudad, como las ciudades, llama
para cancelar nuestra cita, robarse
un minuto más de arena en el aire
y palas mecánicas, más horas de vapor
de alcantarilla. Es día nacional
con calles a medio silencio y nubes
a media altura. Tres hombres hacen fuego
y un asado en la medianera
de la avenida más ancha del mundo.

El policía de enfrente charla
amargamente con un tipo de rojo y gorra.
En la gasolinera (amarillo y blanco)
no hay combustible. Entre 40 y 50
mujeres, niños y ancianos vuelven
de su barco hundido (óxido, blanco y negro)
con pancartas enrolladas (rojo y negro)
(celeste y blanco) por un par de carriles
de la avenida más ancha del mundo.

(texto completo...)

Los almuerzos


(Aquella tarde—mientras crecía la mancha
de café por el mantel y hablábamos de mapas
islas, animales solipsistas, bendiciones
híbridas, cocina peruana, el problema
de lavar la ropa, diversas tendencias
en el cacicazgo contemporáneo y la colección
de lutos que uno de los comensales, invitado
por no sé quién, insistía en mostrar—
llovió.)

Siempre me gusta comer en casa de Azu y Leo.
Siempre hay una salsa que viene a fundar
otro rato de felicidad: de pasar por un lugar
por donde uno hace mucho que quería pasar.
Suficiente para que dure, sin que llegue
a mezclarse con el tráfico, ni la voz
de un vecino que no sé qué dice ahora
ni me incumbe.

(Es raro que incluya nombres propios
en los poemas. Hoy haré una excepción.
Pero el tuyo y el mío quedarán en silencio.)

Después fuimos a lo de Julián, una jaula
de cien años, y nos regaló su libro.
El Parque Rivadavia ya no es lo que era
por suerte o no, y el callejón de Berni
ha desaparecido en la heladería.

(Espero tener tiempo de pasar este poema en limpio.
En el borrador, las palabras y las ideas
o solamente las palabras, se me van acumulando
como chatarra en el taller de Miguel, en Hudson.)

(texto completo...)

Canción de Boedo


Junto a la ventana, lejos, tu voz y lo que brilla
de ti. El viento vuelve, retomando su complicidad
con lo que ayuda un poco menos cada día. Ráfagas
de hidropsia bendicen a los vecinos con empleo—

los mantienen casa adentro, escondidos como tesoros.
Alguien se quitará el anillo, lo recogerá
días más tarde con una mancha en su expediente.
Lo grabaremos y habrá fotos para distribuir

por las calles de vidrio, de hielo en vasos rotos
y pegamento en los párpados. Hay que besar
el olvido en los ojos, me dijiste, y con labios
accidentales, como si fuera ya horas más tarde.

La vida, así, se envuelve en un ligero vapor de sueño
y se condensa en una exigencia oculta, sin urgencia
renovada en el tráfico y nuestro paso por donde
—————————(falta verso)——————————

Razón de más


Aunque lo teníamos todo pensado—y había por qué confiarse—
quedaba poco de una tradición que pudiera amenazarnos
con su mirada benévola, su cansancio, su invitación
a pasar unos días en aquella casa que ahora ha vuelto al banco.
Iríamos a pescar sin licencia en la laguna del árbol caído.
Celebraríamos la última victoria de nuestro equipo, sabiendo
que no habrá más. Soñaríamos otras vacaciones, lo que seríamos
si no… Si no ¿qué? Todavía queda lejos esa respuesta.
Pero todos los vuelos se cancelan, tarde o temprano
y unos a otros. El equipaje va quedando olvidado
en grandes salas de techos altos. Los pasajeros vuelven
a sus casas, con la sensación de alivio que siempre
da volver, abrir la nevera y encontrar esa última
cerveza. En eso pensaba cuando llamaste, y en salir
a dar una vuelta esta noche. Dedicarnos a algo pequeño
y neutral que nos deje en un lugar ligeramente distinto
del anterior, con su huelga, su almuerzo, su charla
incesante puesta al final de la calle: en otro túnel
de hojas y ramas, ahora que la primavera está por pasar
a verano, la estación de la abundancia.

Ahora o nunca, y mañana


Está ud. en casa, calentito, alegre, duerme
en el sofá. Cuando abre los ojos, la marea
le llega a los tobillos. Mira mar adentro
al horizonte, aprovechando que no recuperará
esas botas: un carguero (contenedores en azul, naranja
rojo, amarillo) acaba de fondear quizá de vuelta
de China y hace cola para entrar a puerto, ahorrando
dinero, hasta que convenga. De vez en cuando
conviene apartarse de uno mismo y verse a esa distancia.

Mañana irá a vender lo que haya encontrado utilizando
este método triste pero infalible entre los parques
cines desiertos y comercios ambulantes que prefiera.
La chica guapa (casi) del bolso nuevo lo saludará.
Con una amabilidad en ambos que no implica nada
no tiene importancia y no viene al caso
ud. le dirá lo que vende: ella pondrá el precio.

La marea le llega a la cintura, ud. hunde los pies
descalzos en la arena. El agua fría le da frío. El viento
esconde el carguero del horizonte. Eso que venía ud.
cantando sin remedio, el día entero, desaparece.
Ahora hay silencio, a pesar del oleaje y ese ruido
tan grueso del viento al entrar en las orejas.
Además, por aquí no hay cobertura.

Vigilancia


En la grabación que nos preocupa uno guarda silencio
mientras otro, llamado por otros, llega por la mañana
tarde, anegada. La pantalla muestra un tipo que mira
con ojos de caramelo, azúcar industrial para niños.

Algo para comparar, si hay ratas muy cerca. No habla.
Pestañea, los caramelos fijos como si nos viera
en esta eternidad, cortada por la mitad una vez
más otra para siempre, marcando con su ritmo el paso

de una melodía bajo el agua. Sillas arrastradas
por el fondo: una piscina en verano, alcohol
de acero que viene bien para raspar y volver
a limar bordes. Igual, cada pequeña alegría rompe

el yeso de las paredes: la habitación donde vivir
es lo mismo que desear y vivir para contarlo, salir
andando cada uno por su propio pie, respirando luz
con eficacia, casi la del río que corta un valle.

Equinoccio de primavera


Ciertas putas lo saben. La llave en su poder
se pierde a estas horas, si se la pedimos:
equivalente a prender fuego en la conversación, humo
de balada, fuera de repertorio como un auto abandonado

calle abajo. Alguien mira por la ventana. Recuerda
el hielo de años que instruye su caso, la fiesta
que sigue su curso, todavía bailable entre palabras
a medias. Uno, a ciegas, se informa del mundo

al despertar. La comida, varios de los presentes
y regalos, la charla, circulaban, se dispersaban
en rebeliones, capturas, huidas y risas más
o menos interesantes, neutras, la tuya.

Todo lo distinto que uno puede adquirir aquí—
los precios, la maravilla modesta de viajar al
suroeste, con el tamaño de una reja y los árboles
apuntado, un día de viento, en la mano

con tinta robada, llorada al frío. Ya lunes, se renovó
lo permitido, lo prometido, los muros pendientes
y un jardín de cera. Tocaba salir a la calle y se salió
una rueda: queda andar, se dijo, y sobar el resto, la brisa.

Canción de Puerto Madero


Se seca la música por las mañanas; en invierno
me caliento las manos con horóscopos de día nuevo.
Este es otro desierto, de otra arena y otros vientos
donde cualquier droga helada cuesta menos que respirar.

Cerca, junto a la riqueza que permanece en el humo
de madrugada, cuando cualquier sinceridad parece un paisaje
de ira y desconcierto, la ciudad ofrece rascacielos como islas
y desde los últimos pisos en venta, horizontes de un amarillo

parecido al del amor. De otra manera, la respuesta
a los mensajes sufriría más la lluvia que el paso del tiempo
y la electrónica. Por eso nuestra invención volverá
de otro sitio con un tímpano perforado y esas sorpresas

que aparecen a veces ahogadas, flotando en el río.
Su llegada será repentina, su aparición debajo del sueño:
como si el médico hallara, al fin, la hoja suelta de todo
y abandonara la sonrisa habitual a su final feliz.

Dejar las llaves en el coche


Con las botas escondidas a la entrada fuimos cada uno mojando pan en aceite y aludiendo a otras vidas en las que todo parece distinto y no hay fotos y casi lo es, o lo sería si pudiésemos llamarlas nuestras, como revisitadas, o extravagancias por las que uno paga fortunas cualquier lunes nuevo del mes, cuando no hay partido.

Otra solidaridad se ríe, exige el retorno de su ADN, o por lo menos la patente, la llamada al móvil que sería gratis si valiera la pena encajar mejor lo que todavía hoy anotamos como una traición, más ligera que el aire de víctimas que se adopta en público, la subasta en la que cada uno aprende lo que vale.

Ahora llegan los anuncios, la ropa calada hasta los huesos, varias migraciones voluntarias que observamos pasar por la segunda ventana de casa, menos cuando piden plata por ver, que no anula el centrocampismo de algunas ambiciones castigadas, la luz, el plato de lentejas al final del túnel digital que comenzamos a construir cada mañana, a eso de las 6.

Una vida de prueba


Disculpe, ¿me puede mostrar su curiosidad
por favor, eso inexpresado que tanta conversación
trae y más cuando es mentira? La felicidad se despliega
como un carné de dormir olvidado al salir de casa

hasta que el vapor de un anhelo llega a ayudar
al invierno con la emoción de lo improbable: de revelar
un vandalismo fundamental, menos rígido, más extenso.
Pero ahora hay turistas que viajando a ese frío exigen

aquella risita subterránea que parece un arroyo si no
hay luna y la huelga de comerciantes vuelve con su billete
de pensar que la vida es personal, un poco puesta en remojo
para que nadie se acerque a preguntar si han traído ya

el calendario. Porque hoy ensayaremos las horas
que faltan para que lo más pintado a mano durante
ese tiempo llegue a parecer transparente, un vaso lleno
que, paseando, se te cayó de la mano. Aunque no siempre

se adivina por dónde saldrán, los puntos de vista
abandonados coagulan con la facilidad de un amor.
Los excedentes de la respiración calientan la estatua
que se construye, de preferencia, lejos. No sé

si el acuerdo al que llegaremos un día pondrá
cada grano de arena en su reloj, pero el siseo exponencial
de la alegría y otras hélices dobles que el respeto
a los artistas va dejando, perdura. Y flota.

Cabeza de horizonte


¿A qué hora caduca este universo? ¿Llegará pronto el otro?
Ya tengo zapatos para caminar por estas calles
cuando sean diferentes, como cuando uno abre los ojos
y no sabe dónde está. Nadie lo sabe, por ahora.

Así es posible, de vez en cuando, vivir oculto
en un secreto que se va encogiendo poco a poco—
y día a día—conforme va uno a la compra o siente
ganas de escribir un correo, hablar por teléfono

y contar lo que ha visto en este otro planeta.
Algunas mañanas la fruta brilla distinto.
En la funeraria de enfrente el cadáver es nuevo:
me lo dijo un taxista amigo, si es que hay taxistas

con amigos: será que la ciudad ya está cambiando.
La espera y las voces se empiezan a arrimar.
Surge la idea de una casa propia como si mirar
por la ventana fuera un espejo para construir

sociedades por defectos—algunos de nacimiento
y hasta de carácter, otros deformaciones también
alegres que el tiempo y su gato van trayendo:
ese niño enviado a buscar leña cuando la estufa es de gas.

Ven conmigo un momento. Imaginemos el derrumbe
de nuestro dibujo en la nieve y su calendario;
la belleza de un instante favorito que se va borrando
hasta reemplazarse a sí mismo; el castillo pasivo

de otra noche sin sueño contando sirenas, urgencias
invisibles, la lluvia de madrugada con su imposible
taxi cuando más hacía falta. Hay algo cercano
en pensar que el viento se ríe de uno varios días al año:

como decidir el color de acostumbrarse a aplaudir
al final o después, para volver al trabajo
con aquella sensación de estar respirando agua—esa
que tanto se incluía en el repertorio cuando eramos

—lo que se dice— tú y yo.

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