tema: Teatro breve (poemas)

A la espera del próximo puente


Alguien ríe a través de la ventana, ¿seré yo?
Pero hay otras soluciones, otras inversiones:
las veo flotando en el aire:
nubes de alegría hacia el próximo día libre.

Los bandos municipales proclaman lo que se sabe.
En la explanada sin estrenar
se desnucan por voluntad propia
los que a esta hora van y prueban sus alas.

Otros héroes
con el carrito lleno y antes llamados Yo
van hilando felicidades:
mañanas enteras sin desayunar.

Millones de automóviles, cada uno solo
en la carretera y todos con prisa
inesperadamente fallecen y por fin
son libres.

Mientras llega el turno de hablar
se acumulan palabras caras
nociones repetidas, dinero atento:

material que siempre nuevo y reluciente
hará de nosotros nuestro agosto —
y de hoy, unas buenas vacaciones.

Entre semana


Afuera era martes.
—David Schulbert,
(única frase que sobrevive de su única novela)

La vista desde aquí es como un brazo roto.
Cada día veo que me falta facilidad para ser humano.
¿Quién va a recordar la última vez
que la ciudad le entregó algo por la noche?
Por la mañana se mezcla el olor a diesel
con el frío como un dardo en el talón del día.
De camino al puerto
encuentro los parques entre avenidas
llenos de silencio.
Llego a los callejones de hierro y salitre
con sus charcos de gasolina
y algo parecido al nácar de la esperanza.
Botellas de arena se deshacen en las manos.
Sé que las flores de papel que traje un día
y pusimos junto a la ventana
conservan apenas su color.

Pero tú y yo hemos tenido suerte.
La luz vibra y sostiene nuestras palabras.
Hoy, esa vibración viene de la lluvia.
La tormenta desde el mar aislado
se lleva los charcos de gasolina.
En las paredes de hierro y sal
queda todavía lo que escribimos hace tanto.
Y siempre, entre nosotros
brilla el fósforo de la risa.

Círculo abierto


Mejor hablemos de la nueva concepción del cosmos:
una que ocupa menos espacio y por tanto
cabe perfecta en una mano rota.
¿Prefieres el blanco y el amarillo para marcarla?
Por blanco entendemos ausencia de color, pero al revés.
Por amarillo, sol.
Y por efecto retroactivo desde hoy
el agua sostenida en el aire
dejará en blanco los amaneceres del invierno.

Ahora, dibújame una mano en la mano
y verás cómo despierta nuestro buen clima.
Con él, vaciaremos el destino en la belleza:
la ruina bajo iluminada
por un tercer o cuarto día de lluvia.

Desfile para ti


Aunque no bien se sabe de qué va
en la basura de anteayer
hallamos lo que aparenta ser un poema patrio.
Llamamos a la gente que usa pinzas
y vinieron, desfilando con capa, espada
bata blanca y bonito maletín, a estudiarlo.
Un éxito enorme.

Desde el segundo instante, siempre más breve
se discutió la maravillosa propiedad de algunas tintas
para tornarse, en raras ocasiones
del color de otra cosa.

En cada esquina, un tenue latir lo anunciaba.
Personas abrigadas hasta los dientes corrían
—se habló de una fabulosa bañera—
camino de los mejores manteles más blancos
y con la intención de ver comer a los héroes.

Los demás nos unimos a ver pasar la bandera—
más que nunca, símbolo de sí misma
y un poquito sucia por los bordes.
Aplaudíamos para limpiarla.

Cuando amaneció, nadie quería perder su sitio.
Hubo pisotones, una frágil violencia
y dentaduras perdidas.
Nos molestaba oír que la nuestra
es una época de barbarie
y más que limitados precios de lavandería.

Venga y compare


El anillo canadiense ya no es de oro.
Tanto vibra uno en su consecución
que toda alternativa se desbrava pronto
y cae al suelo, donde muere.

Varias noches a la semana
vienes a soñar conmigo.
Es cosa de olvidar si el horizonte trae la lluvia.
Son defectos de la velocidad extrema.
En el puerto hay una exposición de paquebotes
hundidos en la última guerra.
Junto a ellos, un marinero ahogado
muestra su llamada de auxilio.
¿Podemos compararnos?
¿Descifrarás por fin esa llamada?

Son malos tiempos para nuestro metal.
Y aunque no se oxida un navío de nube
sí que lo hace nuestra vida en él.

Las hojas secas


Una temporada austera nos vendría de perlas.
Con un poco de gusto y delicadeza
los gatos pisarán el mar de cristales
de donde llega remando una voz como la tuya.
Son varias las tiendas que lo piensan así.
Yo mismo interpreté su audacia en diversas ocasiones
con el resultado feliz de un número de bolsas
de hojas secas para repetir otros otoños.
Si con la carretera hiciésemos lo mismo, dijiste
miles de caravanas nos lo agradecerían.
Sería otra edad de oro.
Pero es demasiado tarde para no arredrarse.
Lo sabemos y nos quitamos el disfraz.
Lo colocamos junto a la estufa para ver si se derrite.
Llámame cuando todo esté listo.

Arráncame la vida


Al cabo de un tiempo
caminábamos de la mano
y bajamos a los campos de arena.
Se garantizaba un mundo mejor
más barato y guardado en una cajita de porcelana.
Informados de que no habría más sorpresas
peleamos hasta el último minuto
por el último centímetro que nos quedaba
y salimos triunfantes.
Aunque no con el botín esperado.
Me refiero a que si estás en ello puede que no salga:
o que salga lo opuesto a lo que se desea
mientras se soplan las velas
y otras sales marinas del cumpleaños al uso.

Por eso, tu misión es mirar el reloj de sol.
Entonces comienza nuestro concurso.
En él, la lista de ingredientes va cambiando
de frío a caliente y de verde a otro color.
Al ganador lo encuentran días después en harapos
y le entregan el certificado con los sellos antiguos.
Si tiene suerte le quitarán la arena de los zapatos.

Mejor que el Whisky


Sentirse vivo era la consigna aquella temporada.
Muchos se reunirían para aprender a hablar
en las encuestas telefónicas.
Otros, la bandera planchada y plegada bajo el brazo
llegarían a tiempo de facilitar el banquete.
La posterior digestión
en los términos reconocidos del café copa y puro
correría a cargo de la empresa.
El blanqueo de la sangre que formase río por las calles
y la utilización de anticoagulantes para evitar sorpresas
venían prometidos, como viene mandado.
El tiempo sería en breve nuestro amigo.
En caso de que el viento llegase deslucido
y negara la rapidez del alma
para adaptarse a nuevas intensidades en el frío diurno
se abriría un espacio para decir las palabras favoritas:
Una heladería fina donde ducharse tras el dominó de trastienda.
Un vacío eterno donde permanecer secuestrados sin rescate.
Feliz el planetario para los pocos evadidos del oro y la sal
donde cada quien escribiera sus memorias
luciendo y aceptando estrellas, planetas ficticios
un sol de justicia y una luna en eclipse para los más íntimos.
Todo esto por un módico precio a pagar en tantos o tantos años.
Y claro, más adelante, y según la demanda
se resolverían las trabas legales que obligan a ir en coche;
se allanarían algunas montañas;
dejaríamos nuestras pertenencias
y los dientes de oro en la entrada;
abriríamos las cortinas por la mañana y ante nosotros
hallaríamos el esplendor más dulce de cada nuevo día.

A la sombra


¿Recuerdas cuando nos escondíamos junto a ella
a ver pasar a la gente y nos reíamos de las piernas
que iban y venían rompiéndose una contra otra
o una entre las otras? ¿Qué letra nos llamará
esta mañana de sol cenital y café en la terraza?
Los niños y las niñas al otro lado gritan:
¡Mira mamá, se me rompe la pierna!
Y las mamás miran a otro lado con orgullo—
su línea de flotación, justo en la frontera móvil
del sol y la sombra, más alegre que nunca.

¡Qué nostalgia! En mi época, deseo y recuerdo
se unían y se despejaban uno al otro a lo largo
del día, dijiste. Más y mejores dificultades
se iban sumando. Nadie prestaba atención
a la prensa y su futuro. Y monedero en mano
se veía claramente la hora en que la arena
más peligraba, si estabas en la playa.

Pienso ahora que yo trataba de esconder
mis palabras mejor que tú, aunque la sombra
te favoreciera. Y es que una música a lo lejos
y apenas audible, apenas alegre, nos recordaba
todo lo que no hemos empezado a desear y viene
hacia aquí, a este lugar un poco más algo
en lo que nos hemos refugiado.

Este año tendremos la mejor cosecha, te respondí.

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