tema: Música

Un piano fantasma

Leo Zambón en Fundación Telefónica
con la colaboración de Hernán Hayet, Javier Areal Vélez y Roger Colom

Teclas y pilas
Lo que sigue son algunas de las anotaciones que tomé en mi cuaderno durante la destrucción y construcción del piano fantasma. En corchetes, aparecen notas posteriores, surgidas cuando migraba las notas del papel a la pantalla.
Vista aerea
El fin de la cultura burguesa. [Por cultura burguesa me refiero a la cultura de la clase media y media alta mercantil e industrial que huyó de sí misma en los años 1970 y 80 hacia el neoliberalismo de los 90, que terminó de destruirla; es una cultura que se autodestruyó, y nosotros somos sus herederos… o los que seguimos adelante después de ese particular Fin del Mundo.]
piano primer plano
Ya no sabemos tocar el piano, al menos con todas las implicaciones que tendría tocar el instrumento musical/social de la burguesía del 19. Santo y seña de las señoritas bien trabajadas y bien terminadas, y de las que querían serlo también, el piano era lo que las hijas de buena familia debían aprender a tocar. El piano es un instrumento de percusión que armoniza. Como el sexo.

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Olfa Meocorde



En un recital en el que tocan varias bandas, si uno carece de criterio, puede saber que la banda que viene es buena porque se empiezan a juntar las chicas en primera fila. Ahora sigue Olfa Meocorde, hay chicas adelante.

La última vez que los vi, un pogo me agarró por sorpresa y de un empujón salí volando en una dirección mientras que mi cerveza iba en la otra. Caí de espaldas. Uno guarda con orgullo el recuerdo de las heridas de muchos recitales.

Lo primero que llama la atención de Olfa es su poderío, cómo la densidad de su ruido llena la sala de otra manera, como más densa, más esponjosa, sobre todo si empiezan con “Sheila”, un río amplio de canción, larga, en la que los músicos se dejan improvisar y llega cada uno desde su estado de ánimo a encontrarse con los demás. Esto es post-punk, donde la palabra operativa es, precisamente: punk.

Eso significa que, aparte del ruido, de la rabia urbana, hay humor. No hay punk posible sin humor, aunque sea del más cutre, del más infantil, del más cruel. No me gustaría ser objeto de una canción de Olfa. “Pelotudo del rock nacional” debería ser un himno, debería haber gente que agitara banderas cuando suena, esa misma gente debería cagarse de risa cada vez que agita una bandera.

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¡COSO!




Una de mis palabras favoritas (tengo muchas, y también palabras que detesto, como chancleta) es coso. En Galicia, uno de mis países favoritos (no voy a dar ejemplos de los que detesto) la palabra es de uso común, y en Buenos Aires, la ciudad con más gallegos del mundo, la he vuelto a encontrar. En español es una plaza de toros, o la calle principal de algún pueblo. En gallego significa lo mismo que cosa (que es cualquier cosa) pero de alguna manera resulta más indicativo, como algo abstracto y figurativo a la vez, con una flecha que apunta a lo que se quiere decir por el medio, sin terminar nunca de decirlo. Es como una ingógnita en miniatura. En Buenos Aires se usa, aunque se oye poco.

Y en efecto, no se escucha a menudo, Coso, pero cuando sí, créanme, se hacen oír. Son como un cúmulo de rabia a punto de diluviar. Decir punk en relación a ellos (y ella) tiene sentido, pero se queda corto, aunque está claro que pertencen al linaje de la violencia auditiva post-industrial, algo que con un poco de mala leche, sólo un poco, y cierta soltura cronológica, podríamos traducir al argentino como post-menemismo, música post-cataclísmica (a ver si alguien me sirve una ensalada de hostias por tirarlo por ahí).

Suelen tocar en espacios industriales, agostados por el signo de los tiempos, precisamente el de la especulación con los signos: una fábrica de amianto (ese cancerígeno de vivo recuerdo), la sede de la Federación Libertaria Argentina (lo que queda de los anarquistas que no se dieron al nomadismo) y en espacios como el del Fondo Nacional de las Artes (o lo que queda del anclaje del estado). A mí me gustaría verlos en el Teatro Colón, antiguamente un bastión de la lírica oligárquica, próximamente un shopping con teatro, por si a la gente que usa relojes caros le interesa hacerse un pogo (las señoras pueden dejar los abrigos de piel en el guardarropa, no vaya a ser que se manchen de más sangre).


Cabe hacer las presentaciones:

  • Leonello Zambón (bajo y artefactos), héroe y maquinador de intervenciones urbanas, afiches, proyecciones sobre edificios, como aquella de El condenado a muerte, de Bresson, sobre la fachada de la antigua cárcel de Caseros, otro espacio que hubo que abandonar; videoartista que se ha concentrado en la materialidad sonora de lo cotidiano; decidió meterse en esto de la música en busca de algo más performático y un encuentro más directo con el público.
  • Javier Areal Vélez (guitarra y otros artilugios), el intelectual del grupo; estudió composición contemporánea y claramente su aporte técnico y artístico indica que Coso no se anda con chiquitas. No hay nada trucho en esta banda que no para de pensar, de ensayar piezas que a menudo duran menos de un minuto.
  • Florencia Curci (batería y más artilugios), fotógrafa, bajista, se metió con la batería (ese espíritu punk del hágalo-usted-mismo) cuando empezó con Coso; mujer a la que le cuesta hablar de sí misma, como a tantas otras que he conocido en Buenos Aires, pero que derrocha rabia de esa que también sobreviene cuando a uno le llegan ganas de romper cosas, por ejemplo, esas que de tan produciditas o producidotas (algunas incluso pertenecientes al rubro “personas físicas”) dan… ¿qué?… ¿lástima?

Las influencias de Coso van de Hurra Torpedo a Anton Webern, o viceversa. No resulta difícil emparentarlos con el quilombo dadá de hace casi un siglo, su espíritu anarquista. Se les ocurren cosas como hacer covers de Stockhausen que no dejen de sonar a garage, o a sierra eléctrica, y quizá con eso, a película gore, a qué coño hago yo aquí si ya sé que me van a cortar la cabeza. Para mí son como un alivio, como por fin un dolor de cabeza en medio del consumo masivo de ibuprofeno, de todas esas drogas sociales y artísticas del bienestar.

Y no es que a mí me guste estar enfermo, lo que me toca los cojones es toda esa buena salud obligatoria, y más, toda esa necesidad apremiante de música de consolación. Toda esa gente que escucha canciones de amor con el MP3 en el colectivo para salvar su desolación, su maldito luto (bueno, por lo menos llevan auriculares). Y por lo menos, la música de Coso no admite auriculares, o no para mí: hay que comérselos en vivo, como a toda banda que se respete.

Coso es ingoogleable, pero sí que están en la red, así que con todos ustedes, señoras y señores: ¡Coso!