tema: Improvisaciones

Una de detectives


Hablábamos de novelas el otro día el poeta Martín Palacio y yo. Novelas de detectives. Y le decía (aquí me explayé muy a mi manera de hablar sin parar, ese vicio que tengo) que lo que me interesa de ese tipo de novelas es quién puede hablar con quién, quién tiene derecho a preguntar y quién la obligación o el deseo de contestar. El ejemplo que puse es el siguiente:

Un comisario sesentón de la Policía Nacional española, que ha pasado los últimos 20 años de su vida y su carrera en Valencia, cae en desgracia. Lo jubilan para quitárselo del medio. Decide largarse y viene a la Argentina, primero como turista, luego decide quedarse. Pero no en Buenos Aires, prefiere vivir en un pueblo. Así que se va a un sitio como San Pedro, junto al Paraná. Ahí, como todo buen ex-poli español, monta un bar. Un bar español, con tapas de tortilla, de calamares a la romana, bocadillos de blanco y negro, queso en aceite. Lo típico. Y los domingos, hace paella. Vende la cerveza barata, para atraer clientela, baja el precio del café y pone de moda los carajillos.
Al cabo de unos meses, tiene su clientela fiel. Hablan de fútbol, juegan al ajedrez, comentan las noticias que aparecen en los diarios. El ex-comisario se ha construido un pequeño rincón de Valencia junto al Paraná. Ahora tiene un cocinero joven, al que le ha enseñado a cocinar a la manera española, y un camarero viejo, de esos de toda la vida. Los parroquianos del bar son sus únicas amistades. Un día, cuando uno de ellos lleva ya un par faltando, le avisan que ha muerto. Probablemente asesinado, o eso se sospecha. La policía viene e interroga al ex-comisario. Le sueltan un par de comentarios acerca del bar y por ser español.
Pero hay algo que al ex-comisario no le cuadra, y no sabe qué es. En un rato de aburrimiento en el bar, decide ir al ciber de al lado. Revisa el correo electrónico, que hace ya unos días que no mira, y encuentra un mensaje del muerto. Vuelve al bar, pensativo, y ahí le dicen que el posible asesinato ha sido declarado un suicidio. Ahora ya nada le cuadra y ahí es cuando decide iniciar la investigación por su cuenta.

(texto completo...)

Las improvisaciones


En los últimos tiempos me dio por resolver los ratos de espera, o de transporte, escribiendo eso que llamo improvisaciones. Normalmente aprovecho esos ratos leyendo, pero un día ocurrió que no llevaba un libro, sólo mi libreta y la pluma, y para no aburrirme, me puse a escribir.
El método es muy fácil. Escribo cualquier frase que me venga a la mente, luego otra que le sirva de comentario, más que de continuación, luego otra y otra, etc. Normalmente trato de que una frase sirva de aclaración de lo que ha venido antes.
Y claro, la cosa se va complicando con cada nueva frase. Cada vez hay más que explicar. Supongo que cada una de estas improvisaciones podría ser el principio de una novela, si tuviera yo el interés y la paciencia para escribirla. Soy poco novelero.
Y lo soy porque siempre tengo la sensación de que las novelas terminan siendo todas más o menos iguales, dentro de una serie de narraciones arquetípicas que las subyacen. En cambio, estos textos cortitos, más bien alusivos que narrativos, me recuerdan más a cómo funciona un poema, o el tipo de teatro que me gusta.

El hambre


Esta foto me llena de nostalgia. No por el niño—mi abuelo—sino por el perro. Y la nostalgia no sé si será otra cosa también: casi se me hace agua la boca. Esta maldita crisis, ¿cuánto lleva, casi veinte años? Al principio la llamábamos así, crisis; ahora es lo que hay.
Me acuerdo de los primeros años, cuando todavía teníamos esperanzas de que la cosa pasara, como una tormenta tropical, con daños y perjuicios y algunos muertos, pero nada más. Ahora nos reímos de aquellas esperanzas, de aquel optimismo.
El desempleo, el hambre: la gente al principio liberaba, o abandonaba, mejor dicho, a sus mascotas. Jaurías salvajes recorrían las calles, o te asomabas a cualquier auto abandonado y a lo mejor veías una perra con sus cachorritos. A mí me pasó una vez. Pronto, sin embargo, hubo quien mató a su animal de compañía por pura supervivencia. Había que comer, eso está claro. Los que habían conservado sus animales, los sacrificaron. Otros se dedicaron a la caza, y hasta la crianza. Todo era comestible.

(texto completo...)

Todos los días una vez




Era la consigna. Aunque hacía años, muchos, que nadie era capaz de decir a qué se refería, qué era lo que había que hacer o dejarse hacer esa única vez diaria. Algunos se duchaban, creyendo que el imperativo tenía que ver con la higiene. Otros comían, pero comer una sola vez al día a veces obligaba a pasar hambre, con lo cual habían elaborado toda una mística de la abstinencia. Otro grupo, más disperso, opinaba que la consigna se refería al sexo y follaban a diario, aunque algunos, aprovechándose de aquellos a los que el juego de dar la vuelta a las sillas que practicaban había dejado de pie, lo hacían más de una vez. Un grupo minoritario pero radical, víctima de toda clase de chistes, pensaba que se debía orar una vez al día. En pocas generaciones la consigna había generado toda clase de sectas: los de un vaso de agua al día, los que sólo miraban el reloj una vez, los que dedicaban su atención al retrete, los que miraban por un precipicio, los que salían al balcón y gritaban su nombre, los que anulaban cualquier impulso, escogido al azar una vez al día.
Yo ahora estoy en la cárcel por haber escogido mi propio camino, uno que a nadie se le había ocurrido y que por tanto no tenía el apoyo de una secta o un grupo o facción. A mí se me ocurrió hacer algo bueno por otra persona una vez al día, como se podía leer en los libros antiguos, antes de que los prohibieran porque, al parecer, promovían el individualismo o la creación de cada vez más sectas. Quizá estoy en la cárcel por haberlos leído. Pero si es así, alguien tuvo que saber que yo había leído algo, alguien tuvo que leer también.
Existe un grupo cuyos miembros ponen una denuncia anónima al día, pero nadie sabe quienes son.

Itinerario




Íbamos a ir, pero al final nos quedamos. Había demasiado para escoger. Demasiado que podríamos haber visto sin pensar. Sin saber qué era lo que estábamos viendo. Así, pensamos, lo mejor era quedarnos donde estábamos, permanecer quietos, como a la expectativa, pero sin esperar nada. Ni siquiera nos parecía buena idea, en aquel momento, mirar por la ventana. En la habitación sólo había una. Mirar hubiera significado querer saber más, querer salir, pero sin posibilidades de saber salir hubiera sido inútil. O contraproducente. Tampoco encendimos el televisor, ni permitimos a uno de nosotros que echara un vistazo al periódico que encontró en la habitación: eso también hubiera provocado la curiosidad, el ansia por no permanecer encerrados. La idea era que tampoco nos sintiéramos encerrados, eso también podría invitar a salir, que era lo que habíamos decidido evitar, ya, a toda costa.

Asamblea

Para Rubén Verdú y sus muchachos

La niña dura de tus ojos se presenta a la elección de volver en ayunas, que todavía se practica. Su sueño, de calibre inoxidable y cera, exclama con cada nube azul que “¡Ahora apenas se diluye contra el cielo sin brisa!” El resto de los delegados, ligeramente por desclimatizar, ensaya hasta aquí con ese olor a prestamista que parece un hongo de sequía. En esta asamblea la puntualidad de los espejos deja mucho que desear.
Por eso, cuando miro por la ventana a lo lejos, me siento como un fantasma analfabeto ante la ouija. Así las cosas, y alguna palabra orquídea, se desviven hacia otra frontera, pasado el arroz, y el insomnio tamborilea la baba de la lista que nos omite y espera.
Los delegados tienen la costumbre autorromana de izar el pulgar, corto, pronto falto de alegría y perdiendo ese rojo marfil que tanto nos iba a agradar. Alguno, se lleva un susto de madreperla, pero baratito, perjudicándose la indumentaria recién firmada.
El Orador—caspa quemada por el verano y un pucho de saliva entre los dientes—deja en el aire un peligro horadado por días y días de dulzura.
Por fin, y para evitarle a su ruca un bajonazo, el cuarto presi dimitió. Suegras y partidarios ultras le regalaron un paracaídas de diamantes y un potecito de mirra y no toques. Fabuloso todo.
Después, tocó paella y clarete y flan. Para los más pudientes, carajillo sin alcohol. Para terminar hubo más discursos de bombilla y ceniza, de cubilete y andrajo, de teleprmpter y nalga hasta que se alcanzó el álgido lagrimal con uno de lobos y legañas, pataleta y fideo.
Un gran día; ahora, todos a casa y a dormirla.

Comida para percebes



El suicida miró el reloj de su teléfono móvil. Pensó que le quedaban pocos minutos. Luego pensó que le gustaban esos pantalones. No recordaba dónde los había comprado, o si eran un regalo de su mujer, hace años, cuando él era inteligente y guapo y dueño de un cierto éxito y casa y auto y joyas y dinero y arrogancia, ahora perdida, como el origen de sus pantalones.
Miró precipicio abajo, al mar que golpeaba contra las rocas alimentando percebes. No le gustaban los percebes. Tanto sabor a mar le provocaba un malestar que no era físico, algo así como una nostalgia de un lugar interior cuya exploración uno va dejando para después, para el año que viene, para las vacaciones, o cuando no haya tanto trabajo, cenas de negocios, ocupaciones de la paternidad, de la familia, de las necesidades de otros que uno consideraba como propias.
Le faltaba un botón de la bragueta y, de repente, eso le pareció insoportable. Esa dejadez. Falta de elegancia, incluso al borde de la muerte. Tenía el botón en el bolsillo, no hacía media hora que se le había caído. Pensó en volver al hotel, pedir aguja e hilo, pegar el botón en su sitio. Pensó que si iba a morir, debía hacerlo con cierta dignidad.
Sonó el móvil. La sorpresa, el susto; trastabilló, resbalo, cayó.

Caminante




Tengo sólo un par de zapatos. No son bonitos: de cuero negro, suelas de goma, pesados, fuertes, como para caminar contra el viento y bajo la lluvia de la realidad, la vida, el mundo—no importa, por ahora, la palabra. Pero están gastados; no compro otros porque no hay. Cada año cambian lo que venden las zapaterías, y yo no quiero otra cosa que estos zapatones para el lodo diario. Carezco de paciencia para buscar, para las novedades. Quiero usar un solo par de zapatos igual que quiero leer un solo libro y escribir un solo poema—ese que llevo escribiendo toda la vida, y que con cada estrofa doy por terminado, como el día, cuando me quito los zapatos antes de ir a dormir.

Los árboles muertos



Esto es del cuaderno nuevo. Por si a alguien le interesa, el texto es el que sigue:

Los árboles muertos hablan poco, dicen lo suyo. A veces entregan una verdad, a distintas horas, a destiempo, según cómo se los mire. La gente siente una gran afición por los árboles muertos. Les pone nombre, les cuenta intimidades, los mea, los hace leña, prende fuego y los devuelve al cielo, de donde muchos creen que vinieron los árboles muertos. Otras veces, la gente pasa sin mirar. O se pregunta por qué habrán muerto los árboles. ¿Un rayo? ¿Una plaga? ¿La mano del hombre? ¿La misma que el hombre usa, junto con otra, para aplaudirse y alabar, gritando ¡Bravo!, su papel en la muerte de los árboles muertos? Yo mismo vi uno el otro día que nos llenó a todos de admiración. Tenía cuatrocientos años, eso nos contaron, y lo había partido un rayo. Algunos de mis acompañantes claramente sentían envidia. Yo me limité a aplaudir. A los pocos segundos de ovación, los envidiosos también aplaudían. Decían que era su forma de homenajear a aquel árbol. Pero yo sabía la verdad: secretamente y con lágrimas se aplaudían a sí mismos. Quizá también por envidia y celos.

Interrogaciones perdidas


Qué es lo que quiero. Y si lo consigo, qué voy a querer entonces. Qué significa querer. Significa lo mismo que desear. El deseo crea deseo. Es la función del deseo crear el deseo de desear. Por qué ocurre que tantas veces me siento obligado a desear lo que veo. Qué pasa si no me gusta. Se puede desear lo que a uno le disgusta. Qué dice de uno que no le guste lo que desea. Y si le gusta tanto que no quiere dejar de desearlo y por eso no intenta alcanzarlo. Cuánto vale el deseo. A qué hora. Cuál es la relación entre el deseo y el tiempo. Qué lugar ocupa el espacio en el deseo. Afectan los atardeceres al deseo. En qué forma. Se puede desear sin prestar atención. En qué momento, desde que uno empieza a desear, puede ese deseo considerarse como tal en toda regla. Tiene reglas el deseo. A quién benefician. Es posible desear a esa chica de la otra mesa aunque tenga bigote. Se habrá dejado influenciar por la moda portuguesa anterior a la Revolución. No es verdad que la moda siempre vuelve. Se desea algo porque vuelve, o vuelve porque se lo desea. Cuánto dura el deseo. Cuánto debe durar. Si juntáramos todo el deseo del mundo en un solo lugar, qué pasaría.

La importancia de un lugar en el que todo sueño es posible



A eso apuntábamos todos por aquella época, y a los premios perennes. Al premio incesante, obligatorio, por eso vivíamos donde vivíamos, separados en barrios cerrados, nuestra cárcel de oro y alegría, con piscina para siempre y algunas de esas lunas entornadas que nos miraban sin comentar, sin juicio. Nuestro premio interminable venía siempre sin juicio, no como los castigos para los demás que siempre quedaban, tarde o temprano, en nuestras manos limpias.
Yo me lavo las manos a menudo. Es mi trabajo y lo hago con gusto. Luego voy a donde me toque ese día y recibo mi premio. No podría vivir sin premios, sin ese pequeño incentivo que yo mismo me preparo cada mañana con el desayuno, y luego varias veces al día, hasta que llega la hora de dormir, que también es un premio, tras un día agotador de premios y manos limpias, de alegrías, de miradas que uno conserva en la memoria largos instantes, hasta que llega la hora del próximo regalo, premio, alegría, o de lavarse las manos una vez más.
Lo mejor de todo, lo que he aprendido en la vida, es a no quejarme. Cada vez que tengo una queja, me lavo las manos y alguien es castigado en mi lugar. Así se aprende el duro trabajo de ser feliz en el mundo. De renovar el día con agua perfumada y jabón de las delicias. Se aprende a respirar la belleza de la fortuna.

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