tema: Ideas sueltas

Por una biomedicina latinoamericana


De vez en cuando, me sale la vena soñadora y me pongo a imaginar otro futuro… no tanto para mí, sino para el lugar en el que vivo. Tengo eso, que cuando me mudo a un lugar, muy pronto me identifico con él y mi cerebro soñador se pone a urdir ideas acerca de cómo sacarle jugo a la circunstancia.
Ahora que vuelvo a vivir en América Latina, no puedo más que soñar con formas de sacar adelante el potencial de nuestros países. Pero claro, no soy más que un poeta, teatrero, bloguero que va batallando en el día a día de ganarse lo que va a comer. Mis sueños, mis ideas, entonces, son para el que sea capaz de realizarlos. En este caso, los gobiernos de izquierda de Latinoamérica que estén realmente comprometidos con el futuro descolonizado (que no es lo mismo que destrabado, desenganchado, desencontrado, con el resto del mundo) de sus países.
El viernes apareció en Libro de Notas un artículo de estos de soñar. Ahora lo reproduzco aquí para quienes no lo hayan visto en su primera publicación, y para dejarlo almacenado en este depósito que es Paseante Extranjero.

Soy uno de esos que cada vez que ve una reproducción de la famosa foto del Che, obra de Korda, sale corriendo en busca de terrenos menos míticos. También soy de esos que piensan que el mantenimiento, muchas veces oficial, de esos mitos sirve para hacer menos en el terreno de lo real. Mitos como el del Che o el de Evita, en la Argentina, sirven para mantener en pie una fe religiosa de corte católico, con todo lo que ello implica de postergación hacia un futuro paraíso de las recompensas, y por lo tanto trabajos, que deberían de llegar más en esta vida que en la otra.

(texto completo...)

Sloterdijk, ¿el único?


Hace unos días, dentro de una conversación sin fin, le envié el texto que sigue a mi gran amigo Pep Izquierdo. El estilo es un tanto telegráfico, ya que hay muchas cosas que damos por sentadas en esta charla de años, pero aún así me pareció que valía la pena hacer pública una opinión privada, todo sea en aras del entendimiento entre culturas. Eso sí, la ironía está por algo.
El catalista del argumento es Esferas, la obra magna del filósofo alemán, Peter Sloterdijk.

Sólo un alemán tendría los cojones y la necesidad de construir una teoría de todo. Los demás nos quedamos cortos. Enumero: Los franceses, que nunca tuvieron un buen imperio, desde que lo perdieron, desde que perdieron la Segunda Guerra Mundial, se han dedicado a la pequeña teoría, a la explicación negativa, (y excepto Deleuze) a la destrucción: auténtico resentimiento: la maté porque era mía. Los anglosajones, con el imperio transferido de Inglaterra a EEUU, han resultado incapaces de la inclusión, siempre regidos por el prejuicio fundador de su cultura isleña, la exclusión (¿no ha sido cultura de islote el futbolismo, nosotros contra ellos, de Bush?), han erigido una filosofía técnica, basada en el pragmatismo tecnológico, siempre tan corto de miras, siempre tan capaz de explicar lo que nos acaba de ocurrir, pero no lo que somos. Los italianos no tienen más remedio que someter todo pensamiento a la belleza o a su contraparte, la risa. Creo que nosotros ya establecimos con bastante claridad que la belleza se apunta a lo sublime igual que la risa se apunta a lo ridículo: la Internacional Melancólica existió para caminar la cuerda floja entre lo sublime y lo ridículo. Los españoles—y en América la verdadera todos somos españoles (menos los portugueses) (y algunos, pocos, grupos indígenas)—siempre estamos ocupados, preocupados, por la verosimilitud y sus pequeñeces (v. todo lo que hemos escrito de Cervantes a hoy), como para poder desarrollar una teoría del todo. Me quedan los extremos de Occidente, o Europa. Los portugueses siempre han sido pocos, pequeños, por eso no les quedó otra que construir un mundo aparte. Así lograron el universo Brasil. No se les puede pedir más porque han hecho más que la mayoría. Del otro lado están los rusos. Lo suyo es la crueldad y el ajedrez. Una mente cruel y ajedrecística no puede crear una teoría del todo porque su todo ya está, y mide 8 por 8. Me faltaba Grecia. Fue la que empezó todo esto y lleva siglos sufriendo las consecuencias. A ver si terminan de rebelarse. Lo que queda de Europa depende de Alemania. El Imperio es germano igual que el Euro no es más que el Marco por otro nombre. Sloterdijk es un alemán de apellido holandés; en otras palabras, un idealista con el pragmatismo de un comerciante. Eso lo hace legible. Habrá que leerlo, entonces.

Una cooperativa

He sido traductor. Abandoné el oficio por puro aburrimiento: los textos que se pagaban mejor eran técnicos o legales, los literarios, aparte de que llevan mucho más tiempo tanto de escritura como de investigación, si se han de traducir bien, se pagan fatal. Y son tantos los editores que se piensan que con adquirir los derechos de un libro ya es suficiente, que luego son incapaces de pensar en la traducción como lo que es: hacer el libro de nuevo. Sólo hay que ver las traducciones que se mueven por ahí para ver el resultado de esta mala práctica.
Acaba de aparecer un artículo en Adenda & Corrigenda sobre la necesidad de regular de alguna forma la calidad de la traducción.
Pero yo me pregunto, ¿y si la mejor forma de garantizar la calidad de las traducciones depende precisamente de evitar a los editores? Pensemos en una cooperativa en la que se reúnen editores vocacionales, traductores, correctores y, quizá, alguien que lleve las cuentas y se encargue de la burocracia. No incluyo a escritores en la cooperativa por evitar la feria de las vanidades.
Evidentemente habría que poner un capital para comprar los derechos de los primeros libros. Pero se ahorraría en alquileres ya que cada quien podría funcionar desde su casa, siendo la mesa del comedor de uno de los socios el lugar de las reuniones obligatorias, donde se toman las decisiones estratégicas. Y no hace falta apuntarse al mercado de los best-sellers anglosajones. Se puede buscar en otros mercados libros interesantes a la vez que comerciales. También, si la cooperativa es española, se puede recurrir al mercado latinoamericano, en el que hay excelentes escritores que llegan poco (porque no hay demasiados editores de la misma calidad) al mercado español.
Y hay otras maneras de financiar un proyecto así. En Argentina he visto como algunos proyectos editoriales se manejan por suscripción. Los suscriptores pagan la mitad de lo que costaría su ejemplar el libro una vez puesto a la venta. Si se reúnen suficientes suscripciones el riesgo es mucho menor, claro, pero lo más importante es que de esta manera se puede poner en marcha un proyecto que podría no haber visto nunca la luz. Se pueden producir libros que no interesan a los grandes conglomerados mediáticos, cuya única preocupación es la cuenta de resultados.
Seguramente una iniciativa así conlleva resolver muchos más problemas que el de la financiación de proyectos; el de la distribución, por ejemplo. Pero no me parece que la idea sea mala.
El caso es que siempre nos estamos quejando de las empresas editoriales, pero nunca nos decidimos por tomar las riendas nosotros mismos. Ya dije que yo preferí dejarlo que continuar bajo las malas condiciones de trabajo. Pero esa quizá no sea la mejor opción.

Letrerista

He abierto un blog nuevo: Letrerista.

Aunque no tiene nada de nuevo, en realidad. Hay muchos blogs de letreros, carteles y anuncios. Lo bueno de este, simplemente, es que es mío.

Lo que me interesa con este blog es ir cargando fotos del lenguaje. Fotografiar la lengua, digamos. Llevo años haciéndolo en mis cuadernos, donde pego recortes de revistas y periódicos, volantes que me dan por la calle, envoltorios de los más diversos productos, lo que sea. Cuando voy por la calle a menudo encuentro ejemplos de lenguaje demasiado eficiente o demasiado poco… y saco el móvil para hacer una foto. Y eso es lo que irá apareciendo en este nuevo blog.

Por cierto, también lo tengo en el blogroll, aquí a la derecha, así que le pueden echar un vistazo cuando quieran.

(Con frecuencia pienso que debería meter todas mis actividades en un solo blog; éste, por ejemplo. Y así mostrar toda la dispersión y diversidad de mis intereses. Pero no logro unificar las cosas. Soy algo así como la dispersión en persona. Por si alguien se lo pregunta, tengo algo así como 15 blogs… aunque algunos los uso poco, otros son de acceso restringido y unos cuantos son de uso más frecuente.)

Las herencias y el olvido


No existe mejor forma de matar a un poeta que dejar su obra en manos de los herederos. Son incontables (porque no apetece contarlos aquí) los casos en que la difusión de una obra no ha podido ser porque los herederos se oponen, siempre alegando que defienden la reputación del poeta, pero a menudo quedando claro que el problema va más por el lado del dinero.

Hoy aparece un artículo en El País que se ocupa del caso de Alberti, de quien se dice que está cayendo en el olvido por los precios excesivos que cobra la sociedad encargada de la gestión de los derechos de su obra, dirigida por su viuda. Lejos estoy de creerle nada, en temas culturales, a ese periódico, sin tener a mi lado la sombra constante de la duda acerca de sus motivos para publicar cualquier alegato, pero es verdad que el problema existe.

Quizá la mejor forma de arreglar este tipo de broncas sería creando una organización que se ocupara de los derechos y la promoción de la obra del poeta, y de su imagen, si se quiere, pero dejando a los herederos fuera, excepto en el cobro de dividendos. Si por mí fuera, 20 años después de la muerte del poeta, su obra pasaría a dominio público, siendo esa la mejor forma de garantizar su supervivencia en la memoria colectiva. O que el dominio fuera semi público directamente después de la muerte del poeta, pero con un porcentaje de los beneficios asignado directamente a los herederos: un porcentaje fijo, no negociable, que el editor estaría obligado a pagar, incluso de antemano.

Si, en cambio, lo dejamos en manos de personas que quieren demasiado dinero, o buscan que ciertos aspectos de la vida del poeta no se sepan o divulguen, estamos—y lo digo en plural porque la cultura verdadera es de todos—estamos arriesgando el olvido de las voces que pueden dar sentido a nuestras vidas, en el sentido individual y en el colectivo.

Un nuevo instituto latinoamericano


Una de las cosas buenas de los blogs es que le permiten a uno decir en público lo que dijo en la comida de ayer, o en el bar o en cualquier conversación más o menos privada (aunque me abstengo de publicar lo dicho en la intimidad). Ayer hablábamos de la falta que hace en Latinoamérica una estructura, o una serie de estructuras, que se dediquen a crear, captar, investigar, administrar y sostener un conocimiento primordialmente americano. Americano del sur.

Y no sería tan difícil. Cerebros tenemos, materia prima y recursos de todas clases, tenemos. Lo que falta es financiación y voluntad política: de eso tenemos poco. Y mientrastanto no sólo dejamos de ganar en conocimiento, sino que lo estamos perdiendo. Es ya un lugar común que la globalización es, entre otras cosas, una del conocimiento. Pero mal dirigida. Las empresas, universidades y organizaciones que crean conocimiento lo patentan y globalizan sólo su comercialización, no el conocimiento en sí. Las farmacéuticas, por ejemplo, vienen a latinoamérica, exploran la botánica, el adn de las personas de los grupos originarios, y luego nos venden esa información a precios altísimos. Si esa no es una nueva forma de colonialismo, que alguien me lo explique.

Tenemos en América mucho que estudiar y aprender en muchos campos que nos conciernen directamente. Y económicamente. Si no nos lanzamos desde ayer, lo estaremos pagando, de nuevo, durante generaciones. Así nos pasó con la Revolución Industrial, nos está pasando con la Digital y nos pasará con la que venga. Siempre a remolque, en lugar de tomar la iniciativa por nuestro propio bien. Como ya mencioné antes, está todo el conocimiento biológico que hay que recabar y administrar; es nuestro y cedérselo a los extranjeros es aún peor que cederles la explotación de los recursos minerales.

¿Qué hacer?

Creo que valdría la pena construir un Instituto Latinoamericano dedicado al conocimiento de América. Por un lado, se dedicaría a la exploración y catalogación biológica. Por otro a la recuperación de las tradiciones autóctonas, tanto lingüísticas como de otra índole, para no perder ese conocimiento. Esto significa hacerlo rentable. Y puede serlo si le dedicamos la energía y la atención suficientes. También, tendría que haber una sección dedicada al estudio de las ciudades: de sus problemas, claro, pero también de sus culturas, de su arquitectura y organización.

Pero el instituto debería ser siempre interdisciplinar. Volver a las viejas categorías estancas no ayuda. Tenemos que encontrar una especie de coordinación holística para el conocimiento. La cuestión de los títulos universitarios también habría que llevarla con cuidado. Lo que quiero decir es que el conocimiento no viene siempre de las universidades; muchas veces viene de otras fuentes, y de personas que no tienen una educación formal. Bueno, pues éstas deberían ocupar puestos en el Instituto a la par que los universitarios. Un doctorado puede ser útil o no, dependiendo de las circunstancias… y nuestra circunstancia es excepcional: estamos perdiendo conocimiento a toda velocidad y tenemos que hacer lo que haga falta para frenar esa pérdida y convertirla en ganancia.

Gobiernos como los de Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay, Paraguay, Perú o Ecuador deberían crear ese Instituto transnacional aportando unas cuantas decenas de millones de dólares de sus reservas a un fideicomiso. Desde ahí se administrarían los fondos de cada sede del Instituto durante los primeros años. Después, aprovechando el sistema de patentes internacional, se derivarían de ahí los fondos para continuar el trabajo y para ampliar el fideicomiso.

A este respecto, cabría también aprobar leyes en los varios países que establezcan que el conocimiento derivado por empresas, instituciones o personas privadas extranjeras, en Latinoamérica, pertenece a Latinoamérica, y que por tanto hasta un 80% de las ganancias derivadas de las patentes de ese conocimiento deben volver a nuestros países. De ahí también saldría la financiación para muchos proyectos. Sería otro recurso a exportar.

Tendría que haber sedes fijas del Instituto en los varios países participantes. Después, sedes móviles, y miembros que viajaran de un lado para otro, siempre creando redes de conocimiento, viendo de coordinar lo que se está haciendo en una sede con lo que se está haciendo en otra. Poner el conocimiento en red es esencial. Hoy en día miembros de muchas disciplinas estancas trabajan con las de otras para compartir conocimientos y crear nuevos. La antigua separación de poderes académicos ha quedado caduca y no sirve para el nuevo mundo que está naciendo.

Si no aprovechamos ahora la posibilidad de crear conocimiento a partir de los recursos del continente americano, lo aprovecharán otros. Seguiremos viviendo bajo el yugo colonial del Norte. Para ello hay que tomar las riendas de la utilización de los recursos. Y el conocimiento es uno de ellos: quizá el más importante de cara al futuro.

Portero automático


En Buenos Aires los porteros automáticos fueron desconectados hace años. Siguen funcionando el timbre y el interfono, pero ahora ya no se puede abrir la puerta de la calle desde el propio departamento; hay que bajar con la llave.
Dicen que es por seguridad, para evitar que cualquiera pueda entrar en el edificio y atracar a sus habitantes. Y no dudo que sea verdad. También es costumbre, cuando uno sale a la calle y se encuentra en el portal con un desconocido que ha llamado a uno de los departamentos y está esperando a que bajen a abrirle, no dejarlo pasar. Tiene que esperar a que le abran la puerta los que lo conocen.
Esta extraña amputación de la comodidad y la propia libertad da una medida de lo trabada que se encuentra la sociedad porteña. Reinan la desconfianza y el miedo. La comunicación se da a partir de esas dos negaciones, y resulta siempre difícil, incómoda como tener que interrumpir lo que uno esté haciendo para bajar a abrir.
¿La comunicación como interrupción? Tengo el presentimiento de que así es como la siente en el fondo la gente de aquí. Resulta muy difícil crear nuevas redes; la mayoría se mantiene en las que se insertó a muy temprana edad, casi siempre en la escuela secundaria. Para entrar en una nueva, uno debe ir de la mano de alguien que ya pertenezca a ella, no puede llegar por su cuenta y presentarse porque no será admitido. También, cualquier intento en esa dirección será interpretado como una invasión, como una usurpación de un derecho. Con el consiguiente rechazo.
Para entrar en una red social, hace falta que alguien baje a abrir. Pero es muy raro que alguien sienta la suficiente confianza para hacerlo, y se tome la molestia.

El mecenazgo y un lugar en el mundo


En 1953, el gobierno de los Estados Unidos aprobó e implementó una ley de mecenazgo para las artes (aún vigente) que fue esencial en la conversión de Nueva York de ciudad importante a capital mundial. Este tipo de leyes sirven para canalizar capital financiero en dirección del capital social y cultural sin los cuales ninguna ciudad puede aspirar a nada importante a nivel global. Esos otros tipos de capital atraen turistas, sí, pero también atraen inversores. La historia es sencilla. Con inversiones fuertes en cultura, los extranjeros vienen, y unos cuantos vienen a comprar arte. El mundillo del arte, muchas veces denigrado por ser “cosa de ricos”, es un lugar en el que se habla, se establecen relaciones de confianza, se inician muchas conversaciones que desembocan en pactos de negocios, en inversión. Que no se apruebe una ley de mecenazgo en Argentina atestigua el desconocimiento de sus gobernantes en cuanto a la fuerza expansiva de las redes sociales.

Pero una ley así tiene otros beneficios. Serviría para canalizar el enorme capital cultural que acumula Buenos Aires y que muchas veces se pudre por falta de inversión. Así, el país, y la ciudad, viven en un circuito doloroso que, como mucho, se percibe desde fuera como silencio. Si no somos capaces de decirle al mundo nada, ¿cómo pretendemos ocupar un lugar en él? Y menos un lugar de privilegio. Tenemos que ser capaces, desde Argentina, de entrar en conversación con el resto del mundo, globalizado, si queremos que se nos tenga en cuenta, si queremos tener alguna incidencia en cómo se da esa globalización.

La ley de mecenazgo, además de ser fundamental en la colocación de Argentina en el imaginario global, daría trabajo a miles de personas: artistas, productores, agentes comerciales, técnicos. Los efectos de esta nueva riqueza productiva y exportadora se notarían en los servicios, en el comercio, en la industria, de manera radical en unos pocos años.

Si Argentina sigue empeñada en NO existir a nivel global, está claro: una de las cosas que tiene que hacer es seguir postergando la ley de mecenazgo. Las generaciones venideras, estoy seguro, sabrán agradecérselo a los actuales gobernantes, en la Casa Rosada y en el Congreso, en el silencio al que se les condena.

Más conocimiento

Acabo de leer un artículo en el New York Times acerca de la extinción de muchas lenguas a nivel mundial. Al parecer, desaparece un idioma cada dos semanas. Con él, se va todo el conocimiento desarrollado por esa cultura, o dicho mejor, lo que desaparece es la forma en la que esa cultura, utilizando una expresión muy de moda, gestionaba el conocimiento.

Los Kallawaya, de Bolivia, por ejemplo, hablan quechua o español en su vida diaria, pero conservan su idioma, que es el que utilizan para gestionar sus conocimientos médicos, basados en el uso de plantas, animales, minerales y terapias. Sabemos que las empresas farmacéuticas globales envían equipos de investigación a América del Sur para ver qué provecho pueden sacar de este tipo de conocimientos, luego patentan lo que les puede servir y excluyen a los gestores iniciales del conocimiento de su propia riqueza.

Los países de Sudamérica necesitan replantearse la gestión del conocimiento de una manera que abarque a todas las culturas que pueblan el continente, protegiendo sus conocimientos y aprendiendo de ellos, además de la forma en que son transmitidos y gestionados. Hasta que algo así no se empiece a dar, la mayoría de los planes para paliar la pobreza serán superficiales, y con el tiempo, inútiles. Un informe reciente del Banco Mundial, demostrua que la principal riqueza de las naciones es intangible, en otras palabras, es el conocimiento y sus aplicaciones lo que más riqueza aporta a un país. Mucho más que la industria y que los recursos naturales.

Los Kallawaya son médicos itinerantes. Detentadores de un conocimiento nómada. Y las instituciones que se crearan para conservar, ampliar y gestionar el conocimiento en Sudamérica deberían serlo también, o por lo menos aprender de ellos. La tecnología hoy lo permite. No hace falta mantener costosísimos archivos físicos (aunque tampoco hay que dejarlos de lado completamente), lo que hace falta es entrenar personas en una nueva forma de entender la producción del conocimiento. O más bien, en una forma antigua de entenderla, pero que ha perdido terreno frente a la comercialización del conocimiento basado en las instituciones jerárquicas y las patentes. Me imagino a los nuevos sabios latinoamericanos, entonces, pensadores e investigadores nómadas, que trabajaran con conocimientos más amplios, de manera más bien ecológica (en el sentido de entender el conocimiento como un ecosistema que forma parte del ecosistema), en grupo (más como una tribu que como equipos de especialistas), serían más parecidos a los sabios de la antigüedad que a los especialistas contemporáneos.

Con esta nueva forma de entender el conocimiento y de vivir con o en él, se preservarían las culturas de América, que podrían llegar, de nuevo, a florecer y aportar un nuevo bienestar a sus integrantes. Se incorporaría el acervo americano a la cultura global. Y los americanos seríamos de nuevo los que deriváramos los beneficios de la riqueza de nuestros territorios. No las compañías transnacionales con su piratería legalizada.

Esto no significa que haya que dejar de lado la ciencia occidental. Hay que aprovecharla también. Todo el conocimiento es útil, de una manera u otra. Y no hay por qué empobrecerse por un lado para enriquecerse por otro. El conocimiento no es un juego de suma cero, sino de acumulación y, sobre todo, gestión. El conocimiento nómada, que es el que predomina en las culturas autóctonas de América, necesita gestores nómadas: personas que se entreguen al conocimiento, no personas a las que el conocimiento les sea entregado, con el correspondiente título, la licencia cerrada que permite a unos ejercer activamente su conocimiento, y a otros ser meramente usuarios y clientes.
[Vía Generación Red

Checkpoint Charlie

No hace muchos días encontré en un mercadillo una minipostal (7×9 cm.) del famoso Checkpoint Charlie, que marcaba la frontera entre los sectores norteamericano y ruso en el Berlín de la guerra fría. La compré porque se trata de un lugar mítico, con una fuerte carga de significado, que hemos visto en muchas películas y leído en un montón de novelas. Y también porque sé que las postales se imprimen y venden como recuerdos, souvenirs, y se hacen sobre cosas, lugares, que alguien cree que son dignos de recordar. No sé en qué recuerdo positivo podía venir envuelta esta postal.

Con el tema de los espías me pasa una cosa extraña: puedo ver las películas casi siempre, y no soporto las novelas, excepto cuando destruyen el mito del espía como ser privilegiado. El espía en realidad es un pringado que pone toda su inteligencia al servicio de un Estado que no le va a pagar nunca lo que ha hecho, especialmente cuando se trata de crímenes. Tienden a servir al Estado tanto en el exterior como en el interior; y los celebramos cuando consiguen algo fuera, pero los tememos cuando buscan algo dentro. Si su trabajo no arruinara vidas con tanta facilidad, diría que es completamente inútil; es un trabajo ignominioso. Por ningún lado veo el glamour que se les atribuye, y que depende principalmente de un gusto por el secreto infame no muy distinto del que se exhibe en los programas del corazón, con la diferencia de que, gracias a los espías, la gente sufre de verdad, y no por arreglarnos un rato frente a la tele.

No veo una diferencia real entre el espía y el delator, a menos que el espía sea un jefe de delatores, el que utiliza la información en contra de sus propios conciudadanos. Como está demostrando Estados Unidos últimamente, y demostraron sobradamente los países del Este, darle la vuelta al servicio de espionaje para que en lugar de actuar en el exterior lo haga dentro de la sociedad que se supone que defiende es la cosa más fácil del mundo; de ahí a la guerra sucia no hay más que un paso. No hay que confundir la seguridad del Estado con la seguridad de la población; y sobre todo, no hay que confundir la guerra con la acción de la policía, sea contra el crimen o contra lo que pensamos y decimos.

El códice de Serafini

Durante años, y supongo que esa es la ambición de todo poeta, he intentado escribir un poema que no signifique nada y que signifique, al mismo tiempo, algo. Que no signifique nada concreto, ya existente, común: esa es una versión de la no-significación. Otra puede ser que el poema sólo se remita a sí mismo. La metáfora tiene esa cualidad muchas veces. El gran PERO de todo esto es que debe haber una entrada, algo que permita la interpretación. Nietzsche dice que un siempre quiere que lo entiendan, y al mismo tiempo, que no lo entiendan. Uno escribe para ser leído, claro, pero quisiera crear algo tan singular que, incluso, sería incomprensible.

Esa es la sensación que me deja el Codex Seraphinianus, al que he llegado gracias a un post de John Barry. El códice cuenta un mundo imaginario, ideado entre 1976 y 1978 por Luigi Serafini, un arquitecto italiano, con todo y lengua, alfabeto y números inventados. Investigando un poco por la red, he encontrado alusiones a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges y varias interpretaciones o presentaciones del códice.

En otro lugar hablé de que un nodo en una red es, a su vez, una red vista desde lejos, pero que si lo vemos desde la distancia adecuada, descubriremos que no es más que otra red con sus nodos. Hace tiempo, se me ocurrió hipertextualizar un poema, marcándolo todo con enlaces a otros textos, imágenes, vídeo, audio. Lo que descubrí fue la inutilidad de esa empresa: el poema ya es hipertextual, ya es un nodo en sí mismo; lo que pasa es que no vemos la red que en realidad es porque lo estamos haciendo a una escala equivocada. El poema alude a un montón de cosas que ya están en la mente del lector, o que se crean en esa mente en el momento de leer. También puede haber enlaces muertos: la incomprensibilidad de un verso, de un tropo, pero eso depende más bien del lector y su red mental. También descubrí que si yo ponía los enlaces estaba limitando la expansión de la red mental propuesta por el poema y que, si es un poema de verdad, la red que propone debe ser expansiva: eso sólo puede ocurrir en la mente del lector. Básicamente lo que descubrí (sí, soy lento) es que para que una obra sea realmente artística, debe crear redes nuevas, por momentáneas que sean, en la mente del lector. Lo que está claro es que una red mental, por más efímera que sea, es tan real como cualquier otra.

Al principio, pensé que el Codex Seraphinianus no era más que un nodo cuyos enlaces habían nacido muertos, pero viéndolo más de cerca, me di cuenta de que no es así, de que están vivos, aludiendo, señalando, enlazando, abriendo la imaginación a nuevas posibilidades. Es un rizoma: una nada que está de camino a convertirse en algo; un libro de camino a convertirse en mundo; un mundo imaginario de camino a convertirse en mundo real. Esa es también la lección del cuento de Borges al que aludo arriba: un mundo imaginario empieza a convertirse en real, produciendo espanto, sí, pero también algo nuevo que no pertenece ni a éste ni al otro mundo. La cuestión parece circular y no lo es. No es como cuando llevamos la epistemología tan lejos que se convierte en ontología o viceversa. Es el proceso de conversión y todas las posibilidades que abre. Es el proceso por el cual nos damos cuenta de que lo que parecía un punto negro en el mapa de una red, ese nodo, también es una red.

Para terminar, pongo un ejemplo banal. Miremos el mapa de un país. Las ciudades aparecen como puntos. Si cambiamos de escala, tendremos el mapa de una ciudad. Si volvemos a cambiar tendremos algún mapa de todas las redes que conforman la ciudad, con sus nodos. Podemos llegar hasta el nivel microbiológico, o más allá. Depende del punto de vist, y de la distancia focal.

[ Vía Generación Red ]

Algunas notas sobre el mercado del arte en Argentina


Se ha inaugurado ArteBA, la feria de arte contemporáneo de Buenos Aires. No he estado en ediciones anteriores, pero por todo lo que oigo, la presente es bastante mejor. La feria tiene la ambición de internacionalizarse y convertirse en el referente mundial del arte latinoamericano, lo que significaría que su principal competencia proviene de Art Basel Miami y de la Bienal de San Pablo, un listón bastante alto.

Salir adelante con esta ambición requiere, a mi entender, un programa anual de promoción del arte latinoamericano y argentino que dure todo el año, culminando, claro, en ArteBa cada mayo. Así, en el programa, habría que incluir visitas guiadas por las galerías de Buenos Aires para coleccionistas, críticos y directores de instituciones de todo el mundo. Haría falta que lo que ocurre durante la temporada de exposiciones en la ciudad apareciera en las revistas de arte internacionales, tanto en artículos expositivos y críticos, como en publicidad. Habría que crear un programa de intercambios entre galerías argentinas y las de otros países, de manera que se pudiera ver aquí lo que se está creando en otras partes y allá lo que se está haciendo aquí. Si el mundo no se entera de la enorme producción simbólica que tenemos aquí, es casi como si esa producción no se diera. Y si no se crean expectativas internacionales, muchas de las iniciativas que se lancen a nivel local tendrán un alcance limitado.

También habría que cambiar las leyes argentinas de importación y exportación de arte. Si se presentan demasiados impedimentos a las galerías que vienen de fuera, éstas decirirán que les resulta más rentable ir a otras ferias en otros países; y si no vienen galerías de todo el mundo, tanto con la intención de vender como de comprar, el que sufre, por invisibilidad, es el arte argentino. Cuanto más libre el mercado, mejor para las galerías, para los artistas y, a la postre, para el estado, ya que a cambio de una menor recaudación de impuestos al principio, se crea un mercado más fuerte y más rápido, que al final reportará mayores ingresos para todos. Esto repercutirá, también, en beneficio del país, ya que permitirá que el punto de vista argentino y latinoamericano se exprese de manera más efectiva a través del arte de la región, de insuficiente visibilidad a nivel mundial.

No sólo hace falta producir sentido, hay que lanzarlo al mundo para que ese sentido además tenga una dirección, tenga fuerza, y llegue a otros ámbitos. Se trata de entrar en las redes en las que se produce sentido a nivel global. Sólo de esa forma, paradójicamente, es posible mantener una cierta autonomía en lo simbólico. De otra manera, sólo somos receptores, aptos para la colonización de ámbitos culturales más fuertes, aunque no necesariamente mejores ni adaptados a nuestra circunstancia.

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