tema: Ensayos

Sobre el futuro del libro


Crecí en una casa con una biblioteca importante. Siempre he vivido entre libros, nada fácil tomando en cuenta mis múltiples mudanzas, cambios de ciudad, de país. Por eso hace unos meses argumentaba sobre la necesidad de una gran biblioteca electrónica, o la posibilidad de llevar muchos libros conmigo, en mi ordenador o algún otro aparato de lectura: en ese caso la portabilidad de la biblioteca, la movilidad del lector, era lo que más me preocupaba.
Esto no quiere decir que haya perdido la pasión por los libros físicos, de papel; a mí me sueltan con dinero en una buena librería y salgo bien cargado y sin poder siquiera pagarme ya un café. Poco a poco el contenido de los libros se va pasando a medios electrónicos, pero ¿qué pasara con el contenedor, con los libros en sí? A esa pregunta van dirigidas estas notas.
Uno de los principales caminos que seguirá el libro, creo, es el de las ediciones limitadas, caras y muy bien hechas. Serán para coleccionistas o especialistas, para fanáticos del libro muy logrado. En una época, no demasiado distante, en la que cualquiera podrá acceder a contenidos gratuitos o muy baratos, los libros de lujo seguirán existiendo y, probablemente aumentará el número de libros producidos y el número de compradores de este tipo de objetos.
Un buen ejemplo de lo que digo es Teatro Proletario de Cámara, del poeta argentino Osvaldo Lamborghini, editado en España por Anxo Rabuñal. La edición, preciosa, cuidadísima, se sostiene entre las manos y ante los ojos durante horas. Se trata de una edición casi facsímil de los carpetas en las que Osvaldo fue guardando y creando uno de sus últimos proyectos. Son páginas con poemas, borradores de poemas, collages, dibujos, pinturas: un libro total que no quedó olvidado tras la muerte del autor en 1985, porque no lo estaba, pero al no tener quien lo editara, permaneció como un mito entre la secta de los osvaldistas durante años. Rabuñal hizo un trabajo excelente para llevar este libro al público, pero en una edición limitada de 300 ejemplares. Y me parece muy bien que sea así; los editores comerciales tuvieron su oportunidad y no se interesaron, no les cuadraban los números. Rabuñal sacó un libro para amantes de los libros, para los interesados en Osvaldo Lamborghini, para nuevos y viejos bibliófilos, pero no para el público en general… ese público es el que los grandes editores dijeron que no necesitaba este libro. Quienes sólo se interesen por los textos de Osvaldo, pueden acudir a las recientes ediciones de Sudamericana. Quienes aman los libros, tanto por su forma como por su contenido, tienen una obra de gran belleza. Anxo Rabuñal no es un pionero en esto, y sí un editor consciente del tipo de libros que traerá el futuro.
Este no es un “libro de artista”, pero casi. Los libros de artista serán otro camino a seguir. Baratos o caros, casi siempre en ediciones limitadas, esos libros llegarán a los interesados en el arte o en ciertos artistas por caminos distintos que el libro habitual. Y serán precisamente artistas y poetas, junto con editores muy particulares, los que hagan este tipo de libros, fuera de lo que habitualmente conocemos como “mercado del libro”. Tendrán pocos lectores, sí, pero eso de los números de ventas pertenece ya a otro mundo, al de ese “mercado” del cual no forman parte. Esto lleva ocurriendo desde hace bastante tiempo, no es nada nuevo, y sin embargo, sí que es un camino de futuro. Ahora mismo hay una gran exposición de libros de artista en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles que explica bastante bien la trayectoria de este medio en los últimos 40 años. Ayer el fotógrafo Bruno Dubner me hablaba incluso de hacer tiradas de 50 ejemplares, muy cuidados, muy trabajados y bellos. Por ahí creo que irá la cosa.
Después estarán los libros editados “bajo demanda”. Uno llegará a ellos por catálogos electrónicos, los pedirá y se los fabricarán en el momento, sin tener que invertir en papel y tinta hasta que no haya comprador. Este camino ya está abierto también y sirve tanto para manuales técnicos muy especializados, como para personas que quieren ver el objeto de sus desvelos y ratos de ocio entre tapas. No dudo de que el mercado masivo termine siguiendo este método. Que muchos autores decidan suprimir al editor (ya que las casas editoriales ya no ejercen en realidad su función como filtros) y llegar al público directamente.
Los que sólo son lectores y sólo se interesan por el contenido lo tendrán por medios electrónicos. Esto cambiará, tarde o temprano, los contenidos y la forma de leerlos, igual que lo hizo la imprenta a partir del siglo XV, y eso traerá cambios sociales como ocurrió entonces también. Cuáles serán esos cambios, eso sí que no lo sé. Si fuera adivino trabajaría para un banco.

Perdedores de oportunidades


Ahora que el paro galopante nos ha bajado esos humos con los que andábamos por el mundo, quizá se pueda empezar a hablar en serio de proyectos conjuntos entre España y Latinoamérica. Como español y latinoamericano llevo 25 años mirando con rabia como España se hacía la guapa y le daba la espalda a América, en lo económico, en lo cultural, en todo.
Las empresas españolas llegan con soberbia sembrando pesos para cosechar euros. Luego se quejan cuando recogen lo que han sembrado, dejan de invertir, no cumplen sus contratos y las echan: a eso lo llaman inseguridad jurídica. En lugar de asentarse e insertarse en los países que les han abierto las puertas—por la razón que sea—se han comportado todavía con esa mala leche colonial que consiste en venir a extraer la riqueza para volver a la metrópoli lo antes posible.
En Argentina, así es como Aguas de Barcelona tuvo que salir por piernas hace algunos años, y el pasado, Marsans, que de la flota de 80 y pico aviones de Aerolíneas dejó sólo 26 en funcionamiento.
Yo que soy rata de librería, lo veo también ahí, donde los libros españoles cuestan por lo menos el doble de los argentinos. Y eso que aquí hay cierto poder adquisitivo; ya me gustaría ver cómo están las cosas en Bolivia o en El Salvador.
Pero, ahora que todo se está yendo al garete en España, y quizá sea demasiado tarde, las editoriales españolas podrían pensar en entrar de verdad en este mercado enorme que es América Latina. Y deberían hacerlo con lo mejor de sus catálogos, pero impreso aquí en ediciones baratas, aunque sea en papel de mala calidad.
Al mismo tiempo venir a explorar la enorme reserva cultural que es el continente, tampoco sería mala idea. Hay poco intercambio libresco entre los países de América, por razones políticas en algunos casos, o económicas en la mayoría. ¿No sería una gran aventura comercial y cultural construir un sistema de distribución continental de libros a buen precio?
En todo el mundo de habla española hace una falta increíble saber qué se está escribiendo en otras partes de ese mundo. Y si España abordara esa necesidad como un igual, sin colonialismos, sin esa actitud extractiva que tan mala fama le ha ganado a las empresas españolas, quizá otra relación sería posible: una de mutuo beneficio real entre todos los países donde se habla español.
En España vuelve a repetirse por enésima vez lo de las oportunidades perdidas. Siempre lo mismo. Una crisis siempre presenta posibilidades de cambiar de rumbo. ¿Las exploraremos, por lo menos?

Algo acerca de la función de los centros de arte contemporáneo


Esa pluralidad religiosa que llamamos “arte contemporáneo” ha dado en preguntarse (por lo menos desde hace unos 45 años): ¿de qué podemos hablar?, ¿de qué debemos hablar? y sobre todo, ¿hasta dónde podemos llegar con esta conversación? En otras palabras, ¿cuáles son los límites de la discusión de lo que nos afecta en nuestras sociedades?
El arte contemporáneo, así, en general y con innumerables idas y venidas, se ha preocupado mucho en recalcar que tenemos la obligación de explorar esos límites, ensancharlos, atravesarlos. En esto ha ido de la mano de la filosofía, que no por nada, también se ha ocupado en este último medio siglo en el problema del arte.
Esta exploración de los límites ha hecho del arte contemporáneo algo a menudo desagradable o incomprensible. Normalmente, aquello que queda fuera de los límites que la comunidad en la que vivimos se ha impuesto, casi siempre por supervivencia, o tranquilidad, nos parece desagradable o incomprensible.
Así, la misión de los centros de arte contemporáneo (CAC), es aportar la infraestructura para que la conversación en torno a los límites se pueda dar. No cabe duda de que los conservadores consideran la labor de los CAC casi como una especie de quintacolumnismo: una invitación al enemigo.
Los CAC se han abrogado en buena medida también la discusión sobre lo que ocurre dentro de los límites. Esto se puede incluso llegar a considerar como un testimonio del fracaso de la política, aunque sean las mismas instituciones políticas las que financien esos centros.
Es el trabajo de cada centro de arte contemporáneo seleccionar las conversaciones, o aspectos de ellas, que tendrán lugar entre sus paredes (de haberlas), y de hacerlo en función de las necesidades de la comunidad a la que pertenece. Suena raro que la discusión de lo extracomunitario pertenezca a la comunidad, pero no lo es tanto, si consideramos que ninguna comunidad, al menos dentro de la cultura que llamamos Occidental, vive aislada.
Y siempre, por más abierta que sea, las conversaciones tendrán que partir de lo ya conocido, del punto de vista particular de cada comunidad. Esto, sin embargo, no debe entenderse como un tipo de chovinismo, ni de nacionalismo. Se trata de saber que aunque tratemos de ponernos en el lugar del otro, siempre lo haremos desde nuestro propio lugar; pero ponerse en esa posición extraña es a menudo la mejor forma de entender la propia.

Acerca de la explicación del arte


Me comentaba una amiga hace tiempo la importancia de Oprah Winfrey para la cultura de masas en Estados Unidos. Su talk-show vespertino incluye todos los temas, pero el principal, durante años y años, ha sido la vida emocional de sus espectadores. Lo que hizo, con el tiempo, fue introducir todo un vocabulario más o menos especializado con el fin de incrementar la “inteligencia emocional” de su público. En otras palabras, la idea era enseñar palabras y conceptos para que las personas pudieran explicar y explicarse lo que sienten. Los poetas llevan siglos trabajando por ahí, pero claro, lo suyo es el lenguaje, que sólo con ser semántico ya es explicativo. Una parte del trabajo de los poetas es precisamente encontrar el lenguaje para describir emociones o sensaciones a las que el vocabulario habitual no consigue llegar. Oprah ha hecho uso de ese trabajo para poner en práctica su proyecto.
Pero si una persona encuentra difícil analizar y explicar lo que siente, si encuentra difícil explicarse a su entorno, ¿qué hace con el arte, sea de la época que sea? Puede guardar silencio, claro, o decir que ha sido una experiencia muy profunda, o que no ha sentido nada, y no añadir más. Dejarlo todo como está, indiferenciado, incomprensible, parece ser lo que prefieren quienes abogan por la no-explcación del arte, los que alegan que el arte puede “entenderse de una forma directa o intuitiva”, como hace Miguel Santa Olalla Tovar en su artículo, Explicar el arte.

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Acerca de la innovación y la soledad


Con mayor intensidad conforme pasa el tiempo y voy aprendiendo acerca de procesos creativos, me doy cuenta de que lo del creador solitario es un mito, en el sentido tanto de leyenda como de falsedad, inventado durante la modernidad para ensalzar al Individuo, darle un aura cuasi divina, convertirlo en el héroe de una sociedad sin héroes.
No me creo lo del artista solitario que rompe los límites del arte de su tiempo. Ese señor no existe. Hay toda clase de estructuras de apoyo, desde la ciudad-red, hasta las relaciones personales, pasando por el sistema educativo y el de premiación del trabajo. Kafka habrá publicado poco en vida, pero bien que les leía los cuentos y otros textos a sus amigos, y todos se partían de risa, Kafka el primero. Picasso tenía a Braque a su lado para inventar el cubismo, luego estuvieron Apollinare y Kahnweiler… y otros. Pessoa, el poeta solitario por excelencia, no sólo inventó un buen número de amigos, maestros, conocidos, para que le hicieran compañía, sino que no dejaba de hablarse y escribirse con otros escritores tanto en Portugal como fuera.
Todos los poetas tenemos nuestro sistema de apoyo. Normalmente se trata de amigos que leen los poemas con cierta indulgencia, con mucha paciencia, y sugieren cambios, concisiones, elaboraciones. El poema lo inicio y termino yo, viene de mí, pero antes hay toda una red de lecturas, de actitudes, mientras que durante la creación, están las conversaciones y los amigos. No me cabe la menor duda de que todo creativo, tanto en las artes como en las ciencias trabaja en grupo de una u otra manera.
Con Pep Izquierdo hace tiempo que mantengo una conversación acerca del consuelo. La idea que mueve esta conversación es que no hay consuelo posible, real, y menos, definitivo. En otras palabras, uno siempre está solo. Sin dios que lo acompañe, sin palabras de personas cercanas que lo saquen a uno de la tristeza que siempre viene con la negativa a dejarse consolar.
Un creador sale de los límites propios y ve cosas que asustan. El acompañamiento al volver podría servir de consuelo, la cosa podría entenderse así, pero creo que más bien, cuando los amigos, la gente cercana, apoya de verdad, lo que hace no es consolar, sino ofrecer el apoyo y las fuerzas para volver a salir, y casi también la obligación de hacerlo. El consuelo sirve más bien para inventar excusas para quedarse donde uno está.
El mejor apoyo para el creador no es el consuelo, sino la exigencia. El aplauso queda en algún punto intermedio.

Poesía y mundo en construcción


De vez en cuando alguien me pregunta para qué sirve la poesía. Normalmente la pregunta tiene que ver con el dinero, si la poesía sirve para ganarse la vida. Me resulta interesante, sin embargo, que desde que estoy en Buenos Aires he oído la pregunta mucho menos que cuando vivía en Valencia. Aquí no resulta raro, ni tan infrecuente, ver a alguien en el subte leyendo un libro de poemas.
De todas maneras intentaré responder a la pregunta para ver si soy capaz de sacar adelante una respuesta coherente y, por extraño que parezca, utilitaria. Aquí van algunos apuntes:
Todo lo que imaginamos es verdad. O afecta lo que somos, lo que hacemos y pensamos como si lo fuera. El derecho a expresar el mundo tal y como lo vemos o imaginamos es equivalente al derecho a construir la realidad. Las guerras culturales que han asolado la educación en EEUU, por ejemplo—creacionsimo vs. darwinismo—son luchas por la forma en la que se va a construir la realidad en la que se vive, por decidir la clase de mundo y de vida que queremos. Lo mismo con las luchas ideológicas de buena parte del siglo XX, y junto con ellas las vanguardias artísticas, que tomaron parte activa en las discusiones públicas o privadas, como en las guerras.
Esto lo saben muy bien los políticos y los militares que recurren a la violencia, la cárcel y el asesinato para acallar a sus críticos; y los que opinan en contra de esos jefes violentos también lo saben, por eso arriesgan el pellejo: saben que la batalla no es por las ideas, sino por la forma en el mundo se construye.
Un poema construye tanta realidad, si es leído en suficiente medida, como un cromosoma. Tenemos hijos—quienes los tienen—para no dejar de construir. El ADN es información y materia simultáneamente; y esa información funciona de manera poética, está llena de posibilidades que se combinan para crear una realidad que no será estática. Al dibujar su doble hebra, Watson y Crick podríamos decir que hicieron un croquis del alma.
Información y materia: la palabra encarnada, el espíritu hecho hombre de carne y hueso. Se sabe desde siempre que la palabra sirve para construir el mundo.
Heisenberg propuso, con su Principio de incetidumbre, que lo observado cambia irremediablemente en cuanto lo observamos. Y también cambia en cuanto lo decimos. ¿Cuántas veces no nos ha comentado algo alguien y luego nos pasamos días viendo por todas partes eso que nos comentó y que para nosotros, hasta aquel momento, era invisible? Con sus palabras esa persona nos ha creado otra realidad.
El arte, la literatura y especialmente la poesía tienen el poder de decir las cosas de esa manera. Y creo que ahí reside su valor… o para algunos, su peligro.

Icebergs


No sé exactamente de dónde viene, pero el nomadismo está de moda. Muchos lo atribuyen, especialmente en el mundo anglosajón, a las tecnologías portátiles y la conectividad casi ubicua. Pero ya a finales de los 70 y principios de los 80, Deleuze y Guattari hablaban de nomadismo desde un punto de vista filosófico y poético.
También, ha habido algunos comentaristas que han descrito la posición de Walter Benjamin, entre el marxismo y el mesianismo judío, entre la revolución y la redención, como nómada. Hay muchos otros ejemplos; uno de los que más me gusta es el de Fernando Pessoa, con su nomadismo identitario.
Con todo, parece que hay que adoptar la etiqueta de nómada, contra la de sedentario, para estar a la moda, o tener razón en las discusiones públicas. Últimamente, me topé en el blog de Juan Freire con una cita de Paul Virilio en la que interpreto que “sedentario” es un insulto y “nómada” un elogio. Es la siguiente, que traduzco:

La naturaleza de ser sedentario y nómada ha cambiado […] Las personas sedentarias se sienten como en casa allá adonde van. Con sus teléfonos móviles y sus ordenadores portátiles, están tan cómodas en un ascensor o en un avión como en un tren de alta velocidad. Esta es la persona sedentaria. La nómada, por otro lado, no se siente como en casa nunca, en ninguna parte.

¿Y cuál es mi problema con esta afirmación-negación? Primero, que la tecnología no tiene nada que ver. Virilio, con su odio a la velocidad, que podríamos etiquetar como un odio a la actualidad (algo que Benjamin tenía mejor articulado en su posición contraria al progreso), quiere poner a los usuarios de la tecnología, sea ésta de comunicaciones o de transporte, en el bando de los que no se adaptan filosóficamente al mundo actual. Un nómada usará la tecnología que más le convenga. Y si ésta le ayuda a mantenerse en su tránsito permanente, mejor.
Lo de sentirse a disgusto en todas partes pertenece más bien a la categoría del exiliado, del sedentario que ha perdido su casa, su lugar en el mundo. Aquí, el sentimiento principal es el de la nostalgia, acompañada de una cierta medida de resentimiento. Es fácil confundir, hoy en día, nómada con exiliado o emigrante. Pero son dos maneras de afrontar la vida distintas.
Deleuze decía que el nómada, para ser lo que es, ni siquiera tenía por qué salir de casa. Uno puede formar su clan en sus lecturas, o en su identidad, como hizo Pessoa. La clave está en siempre encontrarse en tránsito hacia otro lugar, sea éste interior o exterior; en la diversificación rizomática de lo que uno “es”.
Pero también, en el nómada, y de manera simultánea, hay un punto de aceptación de lo dado: los territorios (de nuevo, interiores, exteriores) son lo que son, están ahí. Pueden ser montañosos o llanos, el clima puede ser favorable o no, puede haber otro tipo de impedimentos por el camino. El nómada debe sortearlos para hacerse con un territorio, que siempre será suyo de manera temporal, hasta que pase a otro.
La cita de Virilio—aunque sólo una cita y no he encontrado el texto completo del que proviene— apenas toca la punta del iceberg, que quién sabe lo que esconderá debajo del agua. Los icebergs, como todo el mundo sabe, son nómadas.

El blog de Fernando Pessoa


Muchos escritores, críticos y otros jefes del aburrimiento se han quejado, quejan y seguirán quejando de los blogs. Lo más molesto, claro, es que cualquiera puede armarse uno y ponerse a escribir, además de salir publicado de manera instantánea: máxima libertad de expresión. Atrás queda todo el periplo del escritor, del poeta, que tenía que ganarse el favor de los editores, críticos y demás serenos, conserjes y delatores de la cultura escrita. Será eso lo que más duele; ese súbito desempleo. La tecnología ha traído consigo posibilidades que abren potencialidades, y no hay quien dé abasto para contenerlas, o aprehenderlas.
En cuanto al tema de la calidad, florete predilecto de los negadores, bueno, ¿cuántos libros no encontramos a diario que supuestamente pasaron por los filtros de calidad y que no valen ni una mínima fracción del papel en el que van impresos? Esta discusión ha envejecido muy rápido, y morirá por pura decrepitud.
Sin embargo, el tipo de escritura que se da en los blogs ya existía antes. Ejemplos menores son La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, de Julio Cortázar. Pero quizá el (pre)bloguero más importante del siglo XX haya sido Fernando Pessoa.
A su muerte se encontró un baúl lleno de papeles escritos durante algo así como los últimos 20 años de su vida. Un tesoro por publicar. Los había firmados por Pessoa mismo o por sus heterónimos: Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro, los principales. Hoy los llamaríamos nicks, y Pessoa probablemente hubiera armado un blog para cada uno.
También se encontró un sobre en el que venían los textos que luego conformarían el Libro del desasosiego, además de muchos papeles que llevaban la abreviatura L del D. El Libro del Desasosiego se escribió en papelitos, frases sueltas, párrafos largos o cortos, que no terminan de encajar entre sí, no conforman un arco narrativo, ni nada que se pueda considerar unitario. Traspasando el proceso de escritura de ese “libro” a la internet, podríamos decir que cada uno de esos textos, sean de una línea o de varias páginas, es un post.
(Originalmente, Pessoa utilizó el nick, Vicente Guedes, para firmarlos, y luego se quedó con otro, que le gustaba más: Bernardo Soares. De este protoblog se encontraron también textos firmados por un tal Barón de Teive, nick poco usado por Pessoa.)
Santiago Kovadloff, traductor de la edición de Losada, lo llama “no un libro sino su negación y subversión, el libro en potencia, el libro en plena ruina, el libro-sueño, el libro-desesperación, el anti-libro, más allá de toda literatura.” ¿Y no sería ésta una buena definición, casi teológica, del blog? Si uno lee en el Libro del desasosiego una entrada por día, ¿no está leyendo como en un blog? Ahora que el libro, la idea del libro unitario, ya no es posible—y Pessoa, teólogo ateo, bien lo sabía—¿cómo leemos, cómo escribimos, si no es utilizando la forma que la tecnología nos ha traído como salida del laberinto? ¿Cómo hacemos literatura de verdad, si no es en los blogs?

Lectura nómada


Hace tiempo escribía yo sobre la necesidad de una gran biblioteca virtual que se abriera cada vez más a las exigencias de la vida nómada.

Entiendo dos formas básicas de nomadismo, la interior y la exterior, aunque habitualmente se mezclen o resulte una imposible sin la otra. El nómada interior se entiende a sí mismo como nómada, aunque no se mueva físicamente de su sitio. Es nómada en el sentido de que cambia de un lugar espiritual, cultural, a otro y establece redes distribuidas de conocimiento con esos lugares por los que ha pasado como nodos. Lee un poema de Pessoa, otro de Ashbery y otro de Góngora y establece una red entre ellos, por la que se mueve y viaja. El nómada exterior cambia de sitio físicamente, ya sea en la ciudad o entre ciudades y países, y va creando sus redes fuera de sí. Ambos tipos de nomadismo se cruzan en la idea de las redes, porque una red distribuida no tiene por qué ser toda exterior o toda interior; de hecho, lo que siempre ocurre es una distribución de la red entre un ámbito y el otro: las redes distribuidas del cerebro se conectan con las redes distribuidas del exterior, virtuales o físicas. En ese sentido el nómada es una especie de cyborg.

El nómada, va quedando claro, no es el burgués sedentario del siglo XIX, exportado con tanto éxito comercial al siglo XX, y cuyos problemas de movilidad todavía sufrimos. Un ejemplo de esto sería la moralidad sexual. Todavía sufrimos los efectos del patriarcalismo tal y como se instaló en la sociedad hace unos 180 años. Es un modelo que insiste en la inmovilidad de las personas y en la limitación de las tendencias. Usted tiene que ser heterosexual, monógamo, sentar cabeza y tener familia, casa y trabajo. Todo estable, todo fijo. La idea tuvo tanto éxito en su momento que parece que las cosas siempre hubieran sido así, cuando la moral era muy distinta antes de la Era Industrial.

Pues bien, esa Era ha muerto. Ya no hay trabajos para toda la vida, y ni siquiera se entiende que la vida en pareja o en familia sean las mismas para siempre. Vamos viviendo una transformación social hacia el nomadismo, con las ciudades como nuevo territorio a recorrer. Y las ciudades, entre otras cosas, son redes distribuidas y, por tanto, modelos de conocimiento. Ahora llego al punto de este post: para sacarle todo el jugo posible a esta nueva vida en red que estamos construyendo hacen falta centrales del conocimiento adaptadas a las nuevas formas sociales y vitales: la biblioteca y la librería virtuales. La lectura portátil se impone como el futuro.

Ahora, podemos decir que la mayoría de los libros ya son portátiles. Y es verdad. Pero en cantidades reducidas. Nadie puede andar por la ciudad con 20, 30 o mil libros en la mochila. Yo leo cuatro o cinco a la vez pero tengo en cuenta muchos más; porque voy estableciendo redes entre una idea y otra, entre una imagen en una novela, un verso que me llamó la atención y el ensayo científico que voy leyendo en el metro. Así, sería de gran ayuda poder acceder a todos esos materiales de lectura con un par de clics. Donde sea que esté y sin necesidad de recurrir a una montaña de libros, por muy organizada que esté en estantes o mesas.

Y necesitamos no sólo esa biblioteca virtual total, sino los aparatos para acceder a ella con la mayor comodidad posible. Lo de la comodidad es importante: si tengo que leer algo, no quiero pasarme una hora batallando con el hardware, precisamente porque esa es la hora que tenía para leer.

Me dio por escribir sobre esto otra vez por haber leído los posts de Francisco Serradilla en Libro de Notas. Son estos: El futuro del libro y Dispositivos de lectura de libros.

Esnobismo y apertura



Nunca se sabe. Nunca se sabe lo que espera a la vuelta de la esquina. Creo que si tengo una ideología, o una idea que me guía por la vida, es esa. Y como todo creyente, soy de la opinión de que quien no piensa como yo está profundamente equivocado y/o es tonto. Soy de la opinión de que mi idea-guía conduce a la humildad ante las cosas que ocurren, tanto los grandes eventos como los pequeños y cotidianos; y que la humildad sirve para mantener la mente abierta a las posibilidades que ofrecen esos eventos. La función del arte, arriesgo, es crear oportunidades de apertura.

Ayer tuve la ocasión de acompañar a tres jóvenes galeristas mexicanos por ArteBA. Lo que pretendían era establecer conversaciones con galeristas argentinos y, con suerte, llegar a intercambios que pudieran ser fructíferos para todos. Este tipo de alianzas son comunes en el mundo del arte, y yo diría que esenciales si queremos que el arte latinoamericano llegue a un reconocimiento global no-colonizado por las necesidades y obligaciones de los galeristas y coleccionistas norteamericanos y europeos—aunque excluirlos resultaría más bien contraproducente.

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Tirar el dinero


Este artículo mío apareció en Libro de notas el 22 de abril.

Hoy tuve ocasión de presenciar uno de esos eventos culturales que tanta ira e ironía te provocan. Se trata de un acto menor, ciertamente, como todo lo que hace la comunidad española en Buenos Aires, pero significativo. La convocatoria era la inauguración de una exposición titulada “Carlos Saura: Los sueños del espejo”, en el Centro Cultural Recoleta, junto al cementerio famoso.

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Negros y blancos


El 6 de abril Mario Vargas Llosa escribió un artículo en El País sobre algunas de sus recientes experiencias en la Argentina. Sus amigos lo llevaron a visitar la Biblioteca Miguel Cané de la calle Carlos Calvo, donde trabajó Borges de 1938 a 1946 , uno de los lugares de peregrinación de los tours literarios de Buenos Aires. Después, supongo que dando un paseo por Carlos Calvo, sus amigos lo llevaron a comer al Café Margot, antiguo Trianón, donde se inventó el sandwich de pavita (en escabeche o blanco) en algún momento de la década de 1940, y del que se cuenta que la gente hacía cola para probar. Se dice que hasta Perón acudió, pero se duda de que haya tenido que esperar. Entre esos dos lugares del barrio de Boedo, Buenos Aires sur, Vargas Llosa imagina un Buenos Aires mítico, europeo, culto, la imagen de la ciudad que tanto la oligarquía terrateniente, con sus palacios afrancesados, como el Grupo Florida, al que Borges perteneció, intentaron proyectar al mundo. Esa es la imagen que Buenos Aires norte sigue persiguiendo.

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