tema: Diario de la vida diaria

Noticia de un trashumante


Hace tres años y medio que vivo en Buenos Aires. Uno de los aspectos que no dejan de sorprenderme de la vida que he conocido en esta ciudad es mi incapacidad para crear vínculos fuertes con ninguno de sus habitantes. Conozco a mucha gente, pero los lazos que me unen a esas personas son de los más débiles: si me dejara de hablar con alguna de ellas mañana por la mañana no pasaría nada, ni de un lado ni del otro.

La razón por la que esto me parece extraño es que he vivido en muchos sitios y en todos he creado, o ayudado a crear, lazos fuertes con otras personas, verdaderas amistades que han perdurado a través de los años, incluso a pesar de las grandes distancias que nos separan. Son complicidades que siguen en pie por medio del correo electrónico, Skype y unos pocos encuentros cara a cara. Y muchos abrazos, cuando esos encuentros han tenido lugar.

Algo que he observado en los años que llevo viviendo en Buenos Aires es que la mayoría de las personas que conozco forjaron sus amistades más profundas con personas que conocieron durante la secundaria. No tengo estadísticas, por supuesto, ni he hecho encuestas. No es esto un sesudo estudio sociológico, sino simplemente una observación, basada en muchas conversaciones desde que intuí que algo pasaba que no lograba yo entender… y todavía no termino de hacerlo.

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Hartimáñez y el atasco

Hace unos 3 años, Carlos Ortin y yo nos pusimos a jugar con un personaje que nos venía al dedo para reírnos de todo, con alguna que otra sutileza. Luego me vine a Buenos Aires, Carlos siguió en Valencia y no continuamos. Esta movida venía de nuestras conversaciones, de las risas en el bar, de la tensión creativa que siempre hubo entre nosotros. Aquí va un ejemplo:

Tristeza y fuga



Últimamente me he encontrado no un poco, sino bastante disperso. Como si hubiera perdido el norte, que en efecto perdí. Creo que la palabra operativa de los dos últimos meses ha sido tristeza. Que no es lo mismo que depresión. La diferencia está en que la persona deprimida no ve la salida por ningún sitio; yo sí la veo, pero todavía no llego a ella.

Se ha perdido esta figura emocional de la tristeza en la cultura actual, y sobre todo la de la tristeza que no está pidiendo consuelo. A muchos les conviene más decir que están deprimidos y así se piden la baja laboral, o sea que su tristeza viene con unas vacaciones pagadas. A los poderes también les interesa esta medicalización no tanto de la tristeza, sino del consuelo, ya que abre la puerta a las drogas que nos mantienen en el puesto de trabajo, en la rutina, en la productividad obligatoria, en el pago de impuestos, sean económicos o vitales. De hecho, esta medicalización implica una confusión entre la economía y la vida muy provechosa para el capital y sus gobiernos.

Pero no es mi caso. Yo no estoy deprimido, sino simplemente triste. Así, a la antigua, y sin pedir que venga alguien a acariciarme el cogote y decirme que no me preocupe, que todo estará bien, que no sirve para nada. A mí la tristeza no me paraliza, me dispersa. En términos nomádicos, deleuzianos, se puede decir que me lanza en busca de líneas de fuga. Una de las ventajas de las propuestas de Deleuze y Guattari es la resistencia a la psicologización institucionalizada de todo, a la medicalización de lo que sea. A cambio, ofrecen otro camino, el de la fuga, el de la desterritorialización.

(texto completo...)

Redirección temporal




Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.

El intelectual de pueblo


Mi gran amigo Pep Izquierdo lleva unas semanas quedándose en casa y como somos tempraneros, nos ha dado por mantener una buena conversación durante el desayuno. Mejor eso que leer el correo electrónico o la prensa. El otro día estuvimos hablando de Álvaro Cunqueiro, y eso me movió a volver a pensar en Mondoñedo, una pequeña ciudad perdida entre bosques en los montes de la provincia de Lugo, una ciudad adormilada, que hace unos años visité, precisamente, en compañía de Pep.
Buenos Aires es una ciudad intensa, enorme, todo lo contrario de Mondoñedo; estas últimas noches, después de la conversación sobre Cunqueiro, me daba por pensar en la posibilidad de instalarme en esa otra ciudad a llevar una vida pacífica y centrada en mis libros. No tengo la menor intención de irme de Buenos Aires, pero este tipo de ensoñaciones van bien para descansar el cuerpo y el espíritu después de un día largo sin parar.
Esta mañana le conté eso a Pep, y nos pusimos a hablar de la figura del intelectual de pueblo, principalmente del historiador de pueblo, tan denostada en España desde el gran auge del cosmopolitismo cutre que se dió en los 80.
Pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de los intelectuales de ciudad son, en realidad, intelectuales de pueblo. Lo que distingue a uno y otro es el grado de teoricidad. Digamos que el verdadero intelectual urbano se inclina más hacia la teoría y el de pueblo más hacia la colección de datos, de objetos o de lo que sea. En otras palabras, es un coleccionista. Y en las ciudades hay millones de coleccionistas: de comics, de discos de jazz, de libros sobre la historia de la región, etc.; o incluso de ideas, teorías y sistemas filosóficos.
Y se nota en los cafés. ¿Cuántas veces no me he juntado en uno con gente a charlar de cualquier cosita intelectual y resulta que se dedican a desplegar la colección de datos o ideas que tienen en la cabeza?
Yo, por si a alguien le interesa, soy un híbrido: coleccionista empedernido, pero también aficionado a la explicación y el análisis de las cosas, inclinado hacia la teoría, aspecto que abarca buena parte de mis conversaciones mañaneras con Pep. En Buenos Aires, he conocido a más coleccionistas que a teóricos. En la mayoría de los sitios en los que he vivido también. Supongo que el tipo de intelectual que predomina es el de pueblo.
Pero que no se me malinterprete. El prestigio de los teóricos por encima de los coleccionistas suele ser sólo social, un juego de espejos. El de los coleccionistas a menudo está más relacionado con lo económico, mucho más estable y, quizá, verdadero.

Ahora Twitter


Estoy probando con Twitter, una herramienta de micro-blogueo que va muy bien para apuntar ideas, enlaces, cosas que no necesitan más que una línea. Para seguir lo que se me va ocurriendo: Roger en Twitter.
Ya sólo me hace falta hacerme con un dispositivo de bolsillo que me permita ir anotando cosas desde la calle.
Esto de Twitter en principio me parece más adecuado para lo que hago en Buenos Aires Ideal que lo que hago aquí en PEX, pero ya le iré encontrando usos que tengan más que ver con mi trabajo por el lado de la poesía y el arte, además de simplemente indicar cosas.
Una parte esencial de aprender a usar una tecnología nueva es averiguar para que sirve. Podemos quedarnos en el nivel “Cualquier cosa” o podemos intentar contenidos con cierto sentido más allá del individual. Como la red está abierta a todo, la cosa se trata de crear comunidades de lectores-escritores que exploren temas o asuntos de su interés. El blog es una herramienta extremadamente útil para esto ya que permite publicar textos de cualquier extensión rápidamente. Twitter, calculo, sirve para llamar la atención sobre ciertas cosas, eso que digo más arriba de “indicar”. Es en efecto, el dedo índice de la internet. Con el tiempo iré viendo si llega más allá. Es cuestión de explorar sus usos.

Últimamente, mucho

Últimamente, tengo tantos proyectos, tantas ideas en la cabeza, que no doy abasto. Suele ocurrir. O me paso temporadas largas sin ideas, o de repente me vienen un montón de golpe y tengo que organizarme para sacarlas adelante.
Tampoco soy mucho de contar esos proyectos: existe, bien arraigada en mí, la superstición de que si cuentas algo no sale. Lo que diré aquí es que se trata de varios libros (más o menos) conceptuales, una exposición de pintura-fotografía-video, una serie de artículos para revistas y otro, ya más académico, acerca de la figura de Mercurio tal y como se manifiesta en Buenos Aires, algo sobre lo que ya había escrito, pero estoy elaborando.
No soy de escribir cuentos o novelas, pero el otro día se me ocurrió una especie de cuento no-narrativo que luego me di cuenta que entra dentro de eso que llaman escritura experimental. Para escribirlo, primero tengo que hacer una encuesta: escribirla y presentar las preguntas a personas que me proporcionen la información que luego conformará el texto.
Después del susto oficial por la gripe porcina, que condujo a cerrar muchos lugares públicos y a anular o posponer una gran cantidad de actividades, se reanuda la vida social-artística de la ciudad. Eso implica que vuelvo a mi actividad de cronista y que de nuevo tengo que ponerme a escribir sobre arte. Ya esta semana tengo la agenda sobrecargada con inauguraciones en galerías, a algunas de las cuales voy por gusto y a otras por obligación, aunque a casi todas por gusto…
Todo esto implica que tengo que leer, investigar, ir a sitios: cosas que implican mucho tiempo de concentración o dispersión, según la naturaleza de cada una. El caso es que ocupan todo mi tiempo. Y pronto empezarán las clases de nuevo, esas clases de poesía que doy a mis alumnos por las calles de Buenos Aires, además de una serie de conferencias y cursos cortos en una de las universidades locales y en otros espacios.
Sé que no doy detalles pero, como ya dije, soy supersticioso. Esos detalles irán surgiendo aquí en el blog durante los próximos meses.

Las improvisaciones


En los últimos tiempos me dio por resolver los ratos de espera, o de transporte, escribiendo eso que llamo improvisaciones. Normalmente aprovecho esos ratos leyendo, pero un día ocurrió que no llevaba un libro, sólo mi libreta y la pluma, y para no aburrirme, me puse a escribir.
El método es muy fácil. Escribo cualquier frase que me venga a la mente, luego otra que le sirva de comentario, más que de continuación, luego otra y otra, etc. Normalmente trato de que una frase sirva de aclaración de lo que ha venido antes.
Y claro, la cosa se va complicando con cada nueva frase. Cada vez hay más que explicar. Supongo que cada una de estas improvisaciones podría ser el principio de una novela, si tuviera yo el interés y la paciencia para escribirla. Soy poco novelero.
Y lo soy porque siempre tengo la sensación de que las novelas terminan siendo todas más o menos iguales, dentro de una serie de narraciones arquetípicas que las subyacen. En cambio, estos textos cortitos, más bien alusivos que narrativos, me recuerdan más a cómo funciona un poema, o el tipo de teatro que me gusta.

El subjuntivo:

¿Un instrumento para el cambio?

En las recientes elecciones legislativas en Argentina, el único resultado claro es el avance de la derecha. Los empresarios, el campo, los especuladores van ganando terreno no sólo con el voto de la clase media, que al estar en el medio siempre vota mal (vote lo que vote siempre le echamos la culpa de algo), sino también con el de la clase obrera. Algunos analistas de izquierda agregan que se mantiene el modelo capitalista de desarrollo, lo único que cambia es el énfasis sobre ciertos impuestos. En otras palabras, eran los mismos de siempre quienes se disputaban el poder y, por lo tanto, ganaron los mismos de siempre.
Una cosa que he notado en la Argentina es una capacidad limitada de ensoñación. Parece raro decirlo, pero siempre que alguien dice como la vida podría ser distinta, como cambiarla, sale alguien más que le dice que eso es imposible: estamos en Argentina. Así, las discusiones políticas nunca son sobre cómo crear un país, sino cómo se articula una maniobra en la persecución del poder.
Leí recientemente un artículo de Lera Boroditsky, investigadora de psicología, neurología y sistemas simbólicos en la Universidad de Stanford, acerca de cómo la lengua que hablamos afecta la manera de ver y entender el mundo a nuestro alrededor. Según ella, la lengua que hablemos afectará de manera distinta nuestra manera de pensar, no sólo en términos de tiempo y espacio, sino en muchos otros sentidos, también. Hay lenguas y culturas que tienen más colores que otras. El género de una palabra afecta cómo se interpreta y representa el objeto al que se refiere. Boroditsky dice que lo más probable es que un pintor alemán represente la muerte (que en su lengua es un sustantivo masculino) como un hombre, mientras que un pintor ruso seguramente la representará como una mujer (ya que en ruso, como en español, la muerte es femenino). Otro ejemplo sería la representación de la República en Francia, o en Latinoamérica. El hecho de que Argentina sea una palabra de género femenino llevó a que el país fuera representado antropomórficamente como una mujer.
Este tipo de estudios, evidentemente, servirán para incrementar las broncas por el uso de las distintas lenguas en España. Lo que quedará claro es que la lengua, al ser el principal instrumento de interpretación de la realidad, cada comunidad, para seguirlo siendo, defenderá la suya.
Pero vuelvo a Argentina y sus problemas políticos, a eso que decía antes sobre la capacidad de soñar. Aquí se ha perdido el uso del subjuntivo. Nadie lo usa, nadie lo sabe usar. Es normal oír algo como “Cuando llego, te lo digo” y no “Cuando llegue, te lo diré”. Si el subjuntivo es el modo del deseo y de lo posible, ¿no será el caso que al haberlo perdido en el habla, sea más difícil imaginar otras posibilidades para la comunidad, otra forma de organización?
También existe la posibilidad de que la comunidad, al darse por vencida en cuanto a las posibilidades de cambio, fuera olvidando poco a poco el subjuntivo, hasta la desaparición casi total de ese modo que se puede oír en las calles y cafés de Buenos aires. Una cosa que hay que estudiar, junto a cómo el idioma afecta la manera de pensar, es cómo el entorno, físico, geográfico, social, afecta también a la manera de hablar. En esto no me refiero tanto a modismos y acentos, sino a la misma gramática.

Escribir en corto


Dice Sylvia Saítta, en El escritor en el bosque de ladrillos, su biografíá de Roberto Arlt que una diferencia importante entre Arlt y los escritores del grupo de Florida es que el primero era muy pero que muy consciente de que escribir era algo que uno hacía por dinero, mientras que los segundos provenían, la mayoría, de familias que los podían mantener. La violencia de la escritura de Arlt se debe en parte a ese resentimiento de clase. El gran escritor, Arlt, y el gran poeta, Oliverio Girondo, de los años veinte, proceden uno de cada categoría.
Escribir por dinero, freelance, es el trabajo más difícil que he tenido en mi vida, el más duro, el más torturador y el que más ha mejorado mi prosa. Escribir por vocación, placer, por necesidad interna—escribir poesía—es el segundo más difícil.
Lo interesante es que se cruzan, se entrelazan. Muchas de mis ideas para una forma de escritura se traspasan a la otra, al punto de que empiezo escribiendo una cosa y termino en la otra y a veces, incluso, vuelvo a la primera. Dudo saber, algún día, el porqué de esto.
Lo que está claro es que por mucho que yo intente separar mis formas de escritura, la tarea al final es fútil. De lo que escribo para mi blog sobre Buenos Aires me vienen ideas para mi blog de poesía o para mis textos sobre arte, o sobre cualquier cosa. Los términos en la lista que acabo de hacer se pueden mezclar: lo que dije de lo que escribo en un sentido se puede decir de todos los demás.
¿Quiere decir esto que por fin encuentro un camino de unidad para todo lo que escribo? No exactamente. En realidad sigue habiendo una división que no puedo salvar: la que hay entre lo que escribo por dinero y lo que escribo porque me apetece. Lo primero es más difícil que lo segundo sólo en términos de voluntad. Pero no en términos técnicos y ni siquiera, creo, de valor en cuanto a la expresión.
Extrañamente, he notado que escribir prosa por dinero (en general, artículos sobre arte) me exige lo mismo que escribir poesía: exactitud, o mejor, ser sucinto y claro con la mayor precisión posible. Quizá sea esa la mayor exigencia de la escritura. Borges, decía que no escribía novelas porque en los textos largos se pierde esa precisión.
Bueno, se pierde porque en la mayor parte de las novelas lo que importa no es tanto el lenguaje, sino el arco narrativo, la secuencia de eventos, la construcción de un interés por ver qué va a pasar ahora. En otros géneros, como la poesía, el teatro (escrito) y el ensayo, el lenguaje es lo más importante. Encontrar la palabra justa, el ritmo exacto, la sintaxis perfecta, son el trabajo principal de estos géneros más cortos.
Sin esas exactitudes no hay nada que hacer, la cosa no funciona, se desmorona el poema o el ensayo como un terrón en un puño que se aprieta.
El otro día, mi amiga Juli Highfill me decía que había estado leyendo algunos de mis artículos sobre arte argentino y que le había llamado la atención la claridad de mi prosa. Es claridad me cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Esos textos están escritos para ser leídos en pantalla y considero que deben ser diáfanos, con palabras abiertas como un campo hasta el horizonte, visto desde un autobús que no parará.

Campions!


Una temporada espectacular, con el mejor juego, el más bello, el tipo de juego que los culés siempre le pedimos al equipo, y resultados impresionantes, goleadas históricas, golazos… todo.
Ayer, llegué a casa a tiempo de escuchar el partido por Catalunya Ràdio. Pensé en ir a algún bar para verlo, pero me apetecía más esa intimidad que da la radio. Me tumbé en la cama con el ordenador a mi lado para oír la voz de Puyal y su equipo. Yo estaba extrañamente tranquilo, en los goles sólo levanté los brazos. No me puse a saltar como un niño (tengo casi 45 años), como hice con el gol de Iniesta contra el Chelsea mientras Puyal gritaba llorando: ¡Don Andrés! ¡Don Andrés!
Hace tres meses que no tengo tele (y muchos más que no tengo tiempo para verla), así que la radio por internet ha sido mi conexión a los partidos.
Ganar Copa, Liga y Champions, como ha hecho este año el Barça, es algo que en ningún otro año me imaginé posible. Hacía falta Guardiola en el banquillo.
Otra cosa extraordinaria: el equipo salió a jugar la final con siete, ¡siete!, jugadores de la cantera, algo que los verdaderos aficionados del Barça vienen pidiendo desde hace años. No es por nacionalismo, que también, sino por fe a que ese proyecto, esa escuela de fútbol y ese compromiso tienen que venir desde abajo. No un equipo comprado, sino un equipo creado desde la cantera, con chicos que llegaron al club a los 13 años y ahora, a los veintipico, lo ganan todo. Tanta globalización del fútbol y resulta que se puede ganar a lo grande, con estilo y con belleza, a partir de la cantera.
Hoy me he levantado como nuevo, después de muchas semanas de mucho trabajo, de cansancio, de insomnio. Hoy vuelvo al trabajo con el ánimo renovado. Y todo porque me tumbé durante un par de horas a escuchar un partido por la radio, y ese partido era la final de la Champions League y el Barça lo ganó.

Estambul


En algún momento, soñé con ser turco y vivir en Estambul. Así como soy un poeta más o menos español, quería ser un poeta más o menos turco. ¿Pero por qué Turquía, si no sé casi nada de ese país? Turquía, con relación a Europa es tan periférica como España, sólo que la cultura española ha tenido un mayor alcance en los últimos siglos. Pero lo importante es eso de la periferia: quería ser un poeta de la periferia. Poeta mayor o menor no importa, eso es más bien cuestión del futuro, no del presente. Poeta periférico es algo que más o menos se puede escoger. Y en mi sueño yo había escogido Turquía por eso.
Quería vivir en una gran ciudad (Estambul), pero en un país cuyos poetas no tuvieran demasiada influencia hacia el exterior. Soñaba con una vida provinciana de gran ciudad: los cafés, las conversaciones, los poemas que no llegaran mucho más allá del presente. No quiero insultar a los turcos ni a su gran urbe: la elección en mi sueño se debía a mi casi completa ignorancia de su país.
Hay que tener cuidado con lo que uno sueña, por que los sueños siempre se convierten en realidad, de una manera u otra. Yo quería vivir en la gran ciudad de un país periférico. Estambul quedaba fuera de mis opciones reales no sólo por el idioma (que no estaría mal aprender), sino porque nunca dejaría de ser un turista en su cultura, demasiado lejana y nueva para mí como para tener tiempo de asimilarla.
Lo que sí hice en un momento determinado, más o menos a los 25 años (y han pasado 20 desde entonces), fue tomar la decisión de vivir siempre en un país de habla hispana. Es como si un musulmán decidiera vivir siempre en los territorios del islam: si comprende la cultura general, se puede adaptar con mayor facilidad a las particularidades.
Viví 15 años en España. De lo que me di cuenta al final de ese tiempo es que España resultaba demasiado central para mis propósitos, demasiado dominante (gracias al euro) en cuanto a la cultura y hacia el resto de las regiones hispánicas, demasiado ensimismada. Luego descubrí (para mí, claro) Buenos Aires.
Argentina es un país importante, pero desde el punto de vista europeo, marginal, como Turquía (me refiero a un punto de vista cultural, no geopolítico). Y Buenos Aires es una gran ciudad cuyos poetas de hoy son apenas conocidos, tanto dentro como fuera, como Estambul. Buenos Aires se convirtió, en cuanto lo conocí, en el Estambul que había soñado.
Estoy releyendo (la primera vez fue en el 97) El libro negro, de Orhan Pamuk, escritor turco, ganador reciente del premio Nóbel; y me doy cuenta de que esa novela sólo se podía escribir en una ciudad como Estambul, una ciudad importante pero exterior a la centralidad cultural de Europa y EEUU. Y también se podría haber escrito (entre otras ciudades) en Buenos Aires, por esa misma razón.
Así que estoy leyendo un libro sobre Estambul en Buenos Aires, que es el Estambul de mis sueños traspasado a la realidad cultural que me ha tocado vivir. Y en Buenos Aires llevo esa vida de poeta de la periferia que soñaba. En España casi había dejado de escribir, ahora los poemas salen solos, al ritmo de uno cada 12 ó 15 días, que es un buen ritmo para mí.
Alguien, leyendo esto, se preguntará por qué mi obsesión, mi deseo, mi sueño por la periferia. Tengo una respuesta rápida: hoy, sólo se puede escribir poesía desde los márgenes, aunque no sé si desde fuera, no lo creo. Y es que la poesía tiene que ser un trabajo casi secreto, alejado de los círculos del poder cultural, alejamiento que he logrado en Buenos Aires en dos sentidos: uno es que me he alejado de la centralidad española, y otro es que no conozco (y bien procuro no conocer) a nadie que ostente el poder cultural-literario en esta ciudad; al venir de fuera eso es fácil.
Estoy consiguiendo mi objetivo de una vida modesta en una gran capital de la periferia, una vida dedicada a escribir poemas y a trabajar en otras cosas para comer. Precisamente lo que quería cuando empecé a soñar con Estambul.

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