tema: Una luz

Vagabundo


El grado de elaboración no es la medida de la verdad. — WG Sebald

Quiero deambular sin necesidad—
sin añadir nada al camino
por el que el tiempo decide mañana
la idea de futuro, y la desdice.

Cuando hablo solo, es siempre en plural.
La máscara de tantas caras que no sé sacarme.
La ceguera que me invade en los sueños.
La máscara me protege. Duermo en la calle.

Lo hace para deslumbrar—el tiempo—
y darnos algo para anotar la temperatura
ambiente y la de nuestra experiencia
día con día. Nada más.

[Veo a menudo esa idea en objetos rotos y descartados, en la calle: juguetes, fotografías, papeles, ropa, basura—como si todos y todo lo que somos quisiéramos mudarnos a otra cosa, otro lugar, otra manera.]

[Ahora que lo que íbamos a ser se ha roto y perdido—se ha vuelto indescifrable como la nota en una agenda hallada en la calle y escrita en una letra desconocida.]

[Hay una presunción, aquí, de mi parte, que viene de ver cómo hay tanta gente que se rompe en las ciudades, las construcciones mentales cada vez más complejas en las que nos vamos adentrando. La presunción está en representarlo. Soy de ciudad y siento el tirón de esa entropía cada vez más atractiva, a la que cualquier pequeño fallo en el sistema, cualquier error en el código (incluso uno hecho a consciencia y lanzado al azar) nos puede llevar. Hace falta un esfuerzo constante, y cada vez más tiempo, para no abrirse por completo a la disolución, para no hacer esa última concesión psíquica, no permitir ese último desprendimiento.]

[La diferencia entre un vagabundo y yo, es que no he hecho, todavía, esa concesión.]

San Nicolás


Cada vez que leo la marca de ese inodoro
pienso que está escrita al verre, como tantas cosas
y tanta muda, muerte accidental o caída en un sitio
por donde nunca pasa nadie.

Han caído el sol y la bolsa. Uno camina por aquí
sin ver la luz, oscuridad en la oscuridad de pleno día
en calle estrecha bajo edificios altos y un silencio
que ha sido silenciado: como cuando un regalo recibido
se hace tan tuyo que no piensas ya en quien te lo hizo.

Andando por estas calles, ¿se trata de tocarlo todo
por lo menos una vez en la vida? Y mientras, ¿dejaremos
de esconder nuestras pobrezas? Oí que habían matado
a una mujer por aquí, pero fue en otro lugar
con el mismo nombre. Me quedé en ese instante
de conquista cuando uno logra no pensar nada
y luego el resto del tiempo se queda pensando
en no pensar, en cómo sería eso.

Uno siempre imagina, al oír estas cosas, a los amigos
que han muerto por violencia y quisiera
rescatarlos, traerlos un día a casa a tomar una birra
bajo la higuera: conversaciones que nunca ocurrirán
y siempre vuelven. Fantasmas. Y quizá
los fantasmas que mejor nos acechan
sean los de conversaciones pasadas, amistades
que se han disipado con el tiempo, los cambios
de ciudad—siempre otra un poco, un mucho, más allá.

Anoche en la terraza y esta última ola de calor
hablábamos tú y yo del fin de un mundo
y comienzo de otro. Se levantó un viento leve
que venía fresco del Río y nos callamos. No recuerdo
si volvió el calor o quedó fresco el aire.
Me gusta ese silencio.

Avenida Corrientes


Empieza así: “No he viajado.
Cuando camino por esos barrios
la misma idea se me derrama siempre
de la cabeza por los hombros y brazos
hasta la punta de los dedos: aquí
brilla más y mejor el aura del fracaso;
no del mío—que ya ni veo—el de éstos
que tanto iban a triunfar, los dueños
de todo hasta las etiquetas.”

Y sigue: “Todo ese saber que nos aburre
y acomoda las horas en otros días
como a clientes que uno busca
por las avenidas. De ahí paso—
en un sueño—a la importancia
de algunas tormentas con sus calles
como ríos y autos como botes
en los que el tripulante se ahoga.”

Y sigue: “Por aquí la publicidad
es otra, no digo discreta, y el café
más caro. Las puñaladas por la espalda
también. Los unos y los ceros parecen
más elegantes, más de diseño—no
sabría decir cómo, pero es así.”

Y termina: “No he viajado, pero
conozco los silencios y las divergencias
o las intenciones y los gritos. Así me siento
a esperar el día, de madrugada en el bar
que no cierra nunca.”

Once


El accidente no tendrá lugar.
El mausoleo no tendrá lugar.
El monumento improvisado no tendrá lugar.
La luna tendrá lugar, pero poco, menguante
esta noche, y más que el humo.
Habrá comercio que tendrá lugar y comercio
que tendrá lugar aunque no lo tenga.
Habrá multitudes, apretadas, apenas con lugar.
Habrá predicadores en busca de lugar.
El subte (2 líneas) pasará por debajo.
Los colectivos arreciarán.
Pero, y esto hay que saberlo, no habrá
distracciones del presente, lugar del futuro
pasado sin lugar, sin que nada nuevo invite
ni nada viejo incite a otro calor, otra venganza
y su traición con otro nombre.

Lo que sí tendrá lugar es la tarea de la luz:
el encandilamiento y la sorpresa
de la pura posibilidad.
Así, acompañaremos la maritización de la ciudad
en sus miles y miles de puertos y calas, de aduanas
y contrabandos, de vicios y virtudes que no dejan
siempre, de ofrecer un mismo rostro, abierto
y cerrado a la vez, que llamamos “lugar”.
Este lugar.

Villa Ortúzar


Tengo la impresión de que algo hay que dejar sin decir.
Por ejemplo, cómo se llenan los bolsillos de impaciencia
en la comedia muda que es llegar a estos barrios
y querer volver al centro enseguida. Por eso me llamó
la atención el otro día que un tipo explicara que nació ahí
señalándolo más de una y dos veces en el mapa.

Tú no estabas. Tampoco se podía comprar dinero
a esa hora de espejos y luces que anhelan esa clase
de sueños que abren un abismo bajo los pies a cada paso.
Quería volver, incluso del centro al centro, pero faltaba.
Así es como alguien imagina impuestos nuevos, legaciones
de rumores, silencios, rúbricas fingidas, anillos que caen
y estelas prefabricadas que se instalan en amigos inconscientes
para contagiarse por subte y colectivos en barrios de más allá.

(Media hora llevaba un camión afuera con el motor en marcha.)

Pensando en ese dengue de palabras, no sé todavía decir
lo que hacía en aquel sitio con las tijeras de adivinar lugares;
lo que se dice en cada uno, lo que hay que nombrar.
Cada vez que lo pienso, me sale un reloj de arena.

San Telmo


La costurera llegó a las tres, y no hemos comido aún.
Le diremos que se ponga a deshacer esos nudos.
Que nos cuente su aventura en el hospital hace 37 años;
los problemas de un desconocido con las tormentas:
algo así, cansino y cálido, para pasar el rato
mientras el ruido se va mojando—esa lentitud
que ahora somos, y en otro momento no.

(Siempre hay alguien que no soporta esta humedad y siempre
es “esta” humedad. ¿Cómo sería que alguien dijese, sin faltar
a la verdad, que no soporta, en este mismo instante
y desde aquí, esa humedad de allá—aquella humedad?)

La costurera insiste en no quedar mal con nadie.
Le creemos porque así hay más: todos hemos sobrevivido
esa tarde en que cualquier aventura pendiente, restos
de otras vidas, mercados por abrir, mercerías
recién descompuestas, gatos que huyen, ferias inocentes
y rifles nocturnos, llegan a destiempo, como si costara decir
que los días de lluvia, o de sol, o de viento
no tienen más opción que desfilar así por esta calle.

Parece que no habrá un más allá, pero están pasando los colectivos.
Los edificios altos, ahora nuevos, se ocultan en la niebla.

Pantum del Abasto


No tengo sistema, disculpáme.
Y así con toda nueva consigna, todo nuevo principio
y nuevo final. Pero cabe estar al tanto
de otros eclipses, canciones o alegrías.

Y así con toda nueva consigna y nuevo principio
de subterfugio, el de los amigos que uno conserva
de otros eclipses, canciones y alegrías
que van elaborando, racionando, dejando llenos de mugre

los subterfugios, los amigos que uno conserva
en el mercado negro, las fracturas que el tiempo
va elaborando, racionando, dejando llenas de mugre
en la cabina donde por fin hemos podido escondernos.

En el mercado negro, entre fracturas que el tiempo
devuelve en un par de horas, digo que voy al shopping
o a la cabina donde por fin hemos podido escondernos
para confirmar que nadie ha vuelto.

De vuelta en un par de horas, digo que he ido al shopping.
Se llenan de hormigas aquellas torres en verano
para confirmar que nadie ha vuelto
con la envidia a la vista y flores, siempre flores

que llenan de hormigas las torres de verano—
jardines vallados, la piscina olvidada
con la envidia a la vista y flores, siempre flores
mientras alrededor prolifera el porno.

Jardines vallados, la piscina olvidada;
Buenos Aires como la suma de sus telos
mientras alrededor prolifera el porno
y después, no hay manera de forrarse los botones.

Buenos Aires como la suma de sus telos:
hay que tomar lo que sirven aquí
o después no habrá manera de forrarse los botones
bajo luces de otro siglo, dejando que el planeta

deje de tomar lo que sirven aquí;
luego encerrarse en la casa de toda la risa
bajo luces de otro siglo, dejando que el planeta
marque la pauta de su nuevo signo.

Para encerrarse en la casa de toda la risa
y su nuevo final, cabe estar al tanto—
marcar la pauta de su nuevo signo:
Disculpáme, no tengo sistema.

El Bajo


Le estaba chupando la concha a una piba
cuando me acordé:
te debo dinero, un paseo, varias dudas.
Duda y deuda podrían ser la misma.
Noctámbulos como nosotros viven ahí
en el Bajo, recorriéndolo noche tras noche
(madrugada tras madrugada)
en busca de la misma sorpresa
de siempre, adulterando minutos
y horas, como para ahorrarse algo
y gastarlo de nuevo, rascando
bolsillos, adiestrándolos
para que se enteren, mes a mes
y año con año,
de que el jugador nunca pierde.

Parque Patricios


El aire llega más frío de este lado
ahora que la batalla está ganada
y la otra opción es volver a empezar.
Me gustan los árboles desnudos y el interior
de las fábricas cuando está limpio
y nadie fabrica ya nada.
Del paso del tiempo sólo queda el cascarón:
fábrica abandonada, crisálida.
A esa quietud me refiero, aunque
no busco la quietud, al contrario:
te busco a ti un día tras otro.

Te busco en las calles, en las sombras
y donde no hay sombra, en otra manera
de respirar. Buscarte en mí, buscar
lo que de ti ha sobrevivido en mí
todo este tiempo, me ha desperdigado:
me ha esparcido como ceniza por la tierra
y el aire—por no hablar del mar.
Me ha sacado de las fábricas vacías y
de las calles que se habían vuelto idénticas
a mí para dejarme en ese afuera
que se extiende y dura siempre más;
o para echarme, siento a veces, al fuego
de un día en el que no quedan ya
interiores.

Y te lo agradezco. Te lo agradezco a ti
y a eso que en mí no has abandonado
en todo este tiempo de agua corriente
y sangre secreta: la idea, la magra
posibilidad, de volver a encontrarte.

Desastre para 6/4/12


Varios móviles quedan por sonar.

Su latido triple (de móviles que no suenan, móviles que deberían sonar y sonar ya) los encierra en un tiempo transparente, sin umbrales.

Luego uno de nosotros barrerá las migajas ya secas de sangre que brota al romper ese tiempo y cortarse con uno de sus filos.

¿Queda metralla de la última explosión de ternura?

Falta mucho para esa libertad, ese ruido infinito a cada paso, cada quien dedicado a una vibración distinta.

El menor gesto envía abismo y altura a la vez; exige concesiones, privilegios en texturas y colores que no se han inventado aún.

Pero esto es reversible, sólo tenemos que hablar de cosas parecidas y las montañas que las protegen.

La chica de la mirada nos trae los cafés y un coñac para compartir el frío.

Habría que lavar los pocos objetos preciados en el reflejo que pueda eximirnos.

Un muro de tráfico nos permite y obliga a permanecer en este bar; no caerá pronto.

El escondite


Algo desaparece.
Parece mejor sentirlo así que caminar
hasta la esquina sin ayuda o sin errores
o hablando sin parar o lo que sea.
Prefiero verlo de lejos
y enterarme de oídas, soñando
con lo que tiene de subterráneo un río.
Después, el día termina sin saberlo.
Se desiste de los extremos;
cada quien mastica a su manera
y escupe al río por debajo.
El oro de aquí no tiene retorno, se gasta
siempre y para siempre todo, entero.

La mezcla de vistas y horizontes
implica un cambio súbito
en lo que hay que saber. Hábitos
y desayunos de trabajo se suceden
e intercambian.
Podría estar dulce este café.
Aquel morado al amanecer
de las montañas quiere ser perpetuo.
Llega un ruido más alegre.
El frío que aniquila huye
con sólo mirarlo de frente, con sólo
entrar en él sin mirar.

Constitución


Sólo tengo un secreto, aunque ya no sirve para nada.
Ni el secreto, ni tenerlo.
Otra cosa que no le digo a nadie es que ya no me gusta escribir.
A veces tengo la sensación de que ya no queda nadie
a quien escribir; y si quedara, tampoco tendría gran cosa
que decir. Por eso me quedo aquí, donde estoy
en Buenos Aires, en enero, con la ciudad medio vacía
y viviendo en un silencio casi incesante; y es que no sabría
tampoco a donde ir.

Estoy comiendo más ahora que ya no fumo.
Y bebo demasiado café; tanto que por la noche no duermo
y durante el día tengo sueño, por lo que bebo más café
y así en círculos hasta que me alcance a mí mismo.
Anoche, por ejemplo, me desperté varias veces
con la palabra NO, que incluso dije en voz alta
como si quisiera salir de un susto dentro del sueño.
Soñaba con una mujer a la que quería amar
y a la vez no quería.

Así me pasa con esto de escribir. Diga lo que diga
ya no es más que información o ruido, blanco o negro
uno y cero, on/off: algo y nada. Cualquier algo
y cualquier nada. Siento que uno debe convencerse
de que ha muerto, y seguir adelante ya sólo
como información—aunque sea como duda
como espejo borroso, como un remolino más
perdido en la turbulencia secreta
de las horas y los días.

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