tema: Teatro

Ciclismo espiritual

O por qué no hay que leer a Beckett

Beckett siempre está ahí, pero nunca está de moda. Parece que lo va a estar, luego se cae. Creo que entiendo por qué.

Todo aquello que hacemos para vivir, para vivir bien, para vivir como vivimos, todas nuestras expectativas, la familia, la casa, el auto, los hijos, el bienestar que podamos conseguir, los viajes, el consumo, todo, todo esto, es para nada. De alguna manera, lo sabemos, lo intuimos, y aún así seguimos adelante. Y no lo hacemos sólo por vivir bien, o tranquilos, es que parece que vivir bien es precisamente la mejor forma de sobrevivir. El consumo, todo lo que trabajamos y gastamos, es puro instinto de supervivencia. Ese enorme esfuerzo que hacemos—no para vivir como reyes, sino simplemente para seguir adelante—para Beckett, es una forma de indigencia: todos somos indigentes. No existe nada real a qué agarrarse. Hagamos lo que hagamos, estamos perdidos, y no queda otra que seguir haciéndolo, o perderse aún más.

Beckett es una especie de calvinista/puritano/ultraprotestante ultramoderno; una especie de profeta del Antiguo testamento para nuestro tiempo. Y nadie quiere leerlo/escucharlo/verlo porque es peligroso. Si te lo crees y no vas con cuidado, puedes caerte de la bici. Todo es para nada, y se sigue en ese trajín de la nada: un conocimiento espiritual sumamente peligroso. Si lo absorbemos a medias, como solemos absorber este tipo de conocimiento, corremos el peligro de caer en la desesperación, en el nihilismo, caernos del sistema, de la bicicleta que no hay que dejar de pedalear para que siga en pie, circulando en un velódromo, pista sin salida y sin vistas en la que no hacemos más que dar vueltas.

Beckett es un escritor mítico, admirado, pero al que preferimos no leer. Criticamos al gobierno de turno y sus bicicletas, pero nosotros montamos bicis de la misma marca en carreras circulares versión micro de lo mismo. Y no leemos a Beckett porque nos lo tira a la cara como si fuera una toalla sudada por quien sabe quién.

Siempre pensé que había que montar Los días felices en un teatro importante y con una gran actriz nacional. (El de Winnie es uno de los grandes, grandes papeles femeninos del teatro del siglo XX). Pensaba que esa era la única manera de lograr que las señoras de clase media, esas grandes ciclistas, fueran a ver la obra, como si así se abrieran a recibir lo que en realidad se merecen. Ahora me doy cuenta de que eso, de mi parte, es pura crueldad. Totalmente innecesario. Crueldad mía, como director, y quizá crueldad de Beckett por haber escrito la obra. Porque la obra dice esas cosas que no queremos oír, que nos ponen en peligro de indigencia social, económica, física y espiritual. La verdad es que indigentes espirituales ya somos, pero o no nos damos cuenta, y seguimos pedaleando sin cesar, o lo sabemos y nos lo ocultamos por pura disciplina de deportistas socioeconómicos.

Beckett nos pone en el lugar de saber, de no ocultárnoslo a nosotros mismos, y eso es de una crueldad terrible. Porque es un conocimiento, para la mayoría (y me incluyo) insoportable. Es una crueldad más del Antiguo testamento que del Nuevo; por eso antes dije que Beckett es un ultraprotestante—Pesso dice que los protestantes son más parecidos a judíos que a cristianos por el énfasis que ponen en el Antiguo testamento.

Entonces, por puro instinto de supervivencia en el velódromo que habitamos (o la caverna platónica resignificada en gimnasio, si ustedes quieren), a Beckett no hay que leerlo. No hay que montar sus obras ni ir a verlas. Si lo hacemos es por pura crueldad autoinfligida y hacia los demás.

Y aún así, hay que prestarle atención. Es mucho más difícil y jodido pedalear con los ojos bien abiertos, sabiendo que no vamos a ninguna parte, y aún así no bajarnos de la bici. No abandonar. ¿No es ese el gran mensaje de Beckett? “No puedo continuar; continúo.”

Por un lado, hay que sobrevivir en donde estamos. Seguimos en el velódromo que tenemos. Podemos intentar cambiar las bicis, pero seguirá siendo un velódromo. Y seguimos ahí, viviendo ahí con los ojos abiertos, sabiendo lo que hay y lo que es. Se lo podemos contar a los demás, pero eso es pura crueldad. Somos nosotros los que tenemos que saber, no los demás. Nosotros somos los artistas.

A los artistas no nos queda otra que laburar en el velódromo, incluso pedalear cuando toca. Y en esa pista de ciclismo infinito (o hasta que todo se derrumbe), podemos trabajar de decoradores, relaciones públicas y vendedores de limonada, o podemos ser los que vemos y sabemos que más allá de las gradas no hay nada, los que sabemos que no se puede seguir así y seguimos. Por pura y mera supervivencia. Ese es nuestro desafío espiritual, físico, económico y social.

Taller Beckett


¿Piden las obras teatrales de Samuel Beckett un estilo, una manera de hacer, en particular? Si el naturalismo es el estilo—neurótico—del siglo XX, ¿propone Beckett otro estilo, más esquizofrénico, más nómada, más croto? ¿Cómo desarrollarlo y ponerlo en escena? ¿Qué usos del lenguaje, qué lenguas, requiere? ¿Es verdad que los esquizos del capitalismo tardío—nosotros, hoy—como proponen Deleuze y Guattari, no tenemos otra opción que hablar en estilo indirecto libre?

Este taller, destinado a actores teatrales, se propone explorar estos temas, tanto en lo teórico como en lo práctico.

Duración: 12 sesiones, una por semana (3 meses)

Días: Lunes de 19 a 21 hrs (Buenos Aires) Viernes de 19 a 21 hrs (La Plata)
Inicio: Viernes 13 de septiembre (La Plata) Lunes 16 de septiembre (Buenos Aires)

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Un seminario sobre el cuerpo


No hace mucho, Laura Valencia, de La Fabriquera, me sugirió que ideara un curso, una serie de lecturas, en su espacio. El tema sería el cuerpo. Al principio, estaba un poco desconcertado. En los últimos dos años he venido leyendo con mis alumnos algunos de los textos filosóficos más importantes de los últimos 50 años, siempre desde el punto de vista de un poeta y hombre de teatro, más que el de un filósofo profesional. En esos textos aparece el cuerpo, claro, pero más que nada, se trata de cuestiones que tienen que ver, por así decirlo, con el alma… con el espíritu. Incluso en Deleuze y en Foucault.

La pregunta que me hice, entonces, y a partir de la sugerencia insistente de Laura, fue: ¿Y si tratáramos el cuerpo con el mismo cuidado filosófico que el espíritu o la mente? Evidentemente, ya vamos al gimnasio y comemos correctamente y hemos dejado de fumar, y todas esas cosas; y en la danza, el teatro, las disciplinas orientales, hemos encontrado formas de tratar y cuidar el cuerpo que antes desconocíamos. ¿Pero qué estamos pensando, cómo conceptualizamos el cuerpo como filósofos, poetas, bailarines, teatreros y artistas?

Esto es lo que pretendo explorar con este seminario. La Fabriquera es una compañía de teatro/danza. Para mí, este seminario es una forma de volver al teatro. Tanto teatro como teoría se derivan de la misma palabra griega: theáomai: “yo miro, contemplo”. Creo que esta exploración del cuerpo, desde el otro lado del cuerpo, será fructífera e intensa. Lo que he estado leyendo para preparala, así me lo indica.

Marat/Sade


Cuando nos damos cuenta de que hemos perdido una oportunidad de hacer algo, aunque sólo sea algo trivial, nos embarga una especie de arrepentimiento, nos enojamos con nosotros mismos, podemos llegar a darnos de cabeza contra la pared, cuanto más dura (la pared) mejor. Pero cuando vemos que alguien más ha desperdiciado una oportunidad y con ello la posibilidad de que otros hagan algo (trivial o importante) en el mismo terreno, entonces hay que decirlo, hay que enojarse en serio.
Y enojado es como salí el jueves pasado del Teatro San Martín tras la representación de Marat/Sade, de Peter Weiss. Tras noches como esa uno se queda pensando si no habrá una conspiración—conservadora o estúpida—para tomar el buen teatro político y desarticularlo, quitarle las uñas, para que nadie más lo pueda usar. El planteamiento de Villanueva Cosse, el director, ciertamente me hace pensar que es así.
Marat/Sade fue pensada originalmente como teatro en redondo, y por una razón que debe estar clara para cualquiera que lea la obra, o la escuche, una sola vez: no hay acción, no hay argumento dramático en el sentido convencional; la acción y el argumento tienen lugar en las discusiones filosóficas y políticas entre el revolucionario Marat y el filósofo extremo Sade, y con los locos, que piden libertad y/o mejores condiciones, como todo el mundo. Eso quiere decir que hay que prestar atención, si uno está entre el público, mucha atención, porque las discusiones no son moco de pavo. Y si uno está en el escenario, también debe prestar atención, pero a los matices, a las pequeñas y grandes ironías, a la violencia sutil o gruesa que recorren esas discusiones. Esta obra se hace en redondo para que la cercanía entre actores y público permita escuchar ese juego de sutilezas y burradas.

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