tema: Teatro breve (poemas)

Plomo de soldadito


I
El bastón de mando muerto y enterrado
las facilidades de pago van desapareciendo.
Es una mueblería en el desierto.
Y los ríos, ya desviados
multiplican sus peces al morir.

II
Cada arritmia es ocasión de plenitud
y se incluye en el más barato de los almanaques.
¿Dije que yo también los leo?
Me gusta como huelen a calmo día de otoño:
a premio obligatorio
y regocijo en la felicidad de otros.

III
Objetos perdidos:
un zapato, unas llaves, un paraguas, una bala.
Señales por descifrar.
¿Vidas enteras en un solo objeto?
No, sólo señales con el sentido ya frío
que marcan un bulto sospechoso
bajo la piel de la ciudad.

IV
Llego al autobús con dos euros en la mano.
Al entrar en la ciudad registran a los ciegos.
Les dan perro nuevo y palmaditas en la espalda.
¿Soy yo quién para negárselo?
¿Es usted quien cree que soy?

V
Pero no.
Sólo hemos quedado a recoger envoltorios:
papeles tirados en la calle con otras vidas;
y a fundir soldados de plomo
para fabricar las balas que nos quedan.

Grandes avenidas junto al mar


Sueña, y en el sueño pierde la vista.
La ciudad crece en importancia junto al mar.
Lo sabe, soñando, por las altas grúas
que la construcción deja contra el horizonte
y por el ancho de las nuevas avenidas.
Sueña que se pregunta si verá otra vez.

Cuando ve el semáforo cambiar a verde
—perspectiva de puntos y puntos verdes
a lo largo de la avenida—
queda ciego de nuevo, pero sólo un instante.
Cruzando al otro lado, la pregunta lo sigue
acelerándole el paso, por si vuelve la oscuridad.

Y eso es lo que recordará al despertar.
Por la mañana, por la ventana, verá el frío:
gente abrigada, vaho de respiración;
el humo del tráfico blanco, sólido
como la ceguera soñada.
Ese día incurrirá en gastos paralizantes como dudas:
pequeños descosidos en la fibra del alma
que lentamente irán quedando sin remendar.

Ruido


(Instrucciones de uso:
Retire el pegamento que compone este collage
y escoja de la verdad en sus varias modalidades
el rostro de todo aquel que lo carece.)

A mí me gusta en aerosol
como una canción difuminable y dañina.
Así se alimenta el tiempo de los espejos.

Sin embargo, y flaco silbido aparte
el viento pertenece a la categoría Tono de voz:
los árboles siempre cumplen al delatarlo.

Quizá la niebla al amanecer
se sorprenda de su propia esquela, su silencio.
¿No quedamos en que escogerías tú el paisaje?

Lo malo es que con la juventud atada a la cintura
siempre acabamos deseando que el canto sea lo nuestro.

Visita de un adivino


1
Buenas noches.
Vengo a descifrar el castillo de naipes
donde encierra usted sus días de fiebre.
Quieren que lo haga sin derribarlo.

Vengo a derribar el castillo de naipes.
No se preocupe, es mi oficio.
Quieren que lo haga sin desequilibrarlo
y con la lámpara encendida.

Pero no se preocupe, así es mi oficio.
Lo iré desmontando y leyendo
con la lámpara encendida
y sin marcar aún las cartas.

Lo iré desmontando y leyendo
para contarle después lo que sé
todavía sin marcar las cartas
todas encima de la mesa.

Para contarle después lo que sé
y qué encierra en sus días de fiebre
dejaré las cartas encima de la mesa.
Buenas noches.

2
Créame
todo lo que se inventa
se olvida
entre todo lo que se miente.

Todo lo que se inventa
nos mira por el ojo de la cerradura
entre todo lo que se miente
con la lámpara encendida.

Nos mira por el ojo de la cerradura
y desmontando el castillo
que iré leyendo hasta que me vaya
le contaré después lo que sé.

Ojo, hay que desmontar la cerradura
y dejarla encima de la mesa
para contarle después lo que sé
y decir, con algo nuevo, lo que pienso.

Le dejaré encima de la mesa
todo lo que se olvida
y con algo nuevo, lo que pienso:
créame.

3
Me sorprendería, no sé si decirlo
que con todas las cartas
pueda contarle después lo que sé
y dejar lo que se olvida encima de la mesa.

Que estén ahí todas las cartas
ya no me sorprende
ni barajarlas encima de la mesa
o deslizarlas por debajo de la puerta.

Ya no me sorprenden
los pasillos, las manchas, el olvido
que se desliza por debajo de la puerta
mientras se derrumba el castillo de naipes

por los pasillos, entre las manchas
de olvido que nadie se atreve a tocar
mientras se derrumba el castillo de cartas
marcadas con algo, una alegría, un tiempo:

Ese olvido que nadie se atreve a tocar
para contar después lo que sabe
marcado con algo, una alegría, un tiempo:
me sorprende, no sé si decirlo.

El coleccionista


Le faltan esos cromos para sentirse completo.
A cambio le ofrezco dos frascos de agua azul
y una copia no muy buena de mi desorientación.
También tengo un par de piedras nuevas
la sonrisa que ve usted ahí
o el panel donde alguien marcó el instante
en que olvidamos cuándo y cómo
pero sobre todo por qué.

A veces
con una hoja de papel se corta uno la córnea
o incluso, le faltan lágrimas.
Se sabe que ofrecer información
—por lo menos fidedigna—
no lo es todo.

Persiste el peligro de perderse bajo el cielo
y no atreverse a pedir otra vida.
Por eso le ofrezco además un horario.
Es a la vez variado y preciso y al fin
tan esperado y blanco
que mientras termino de hablar
verá que todo lo que le ha tocado
permanece intacto.

¿Hacemos el trato?

Ponga su mirada aquí


Se calculó que para satisfacernos haría falta una catástrofe diaria.
Para evitarlo, hubo suicidios y llamadas a la razón;
manos que se hundían en la arena de las heridas;
balcones de rabia en alquiler para verlo todo.
Se multiplicaban señales en el cielo, en el suelo
en las entrañas de los animales
en la sombra de la luna
en dados arrojados al fuego
en huelgas de hambre con uñas escondidas
en hombres harapientos que gritaban sus dudas por la calle
agitando manos sin pulgares.

Como las vacaciones se negaban unas a otras
se creó un mundo alrededor de la muralla
para evitar los viajes.
Se salía y por la noche se volvía.
No apartar los ojos durante la conversación
se convirtió pronto en moda, y luego en virtud.

A cambio, los bancos ofrecían su instrumental claridad.
Lo importante era llegar a tiempo
a las ruedas de prensa e invitar al aperitivo.

Un aluvión de verdades sacudía la opinión
cuyos pedidos ya no cesaban.
Vista la situación
los caballos volvieron al matadero.
Las niñas lloraban y reían
y con cada nueva desgracia
la felicidad individual era más intensa.

“Interesante es la feria gastronómica
a la que nos hemos acostumbrado” se oyó
que dijo una señora en la mesa de al lado.

Entre comidas y
la ansiedad por conocer el futuro
las miradas se untaban en los ojos
dejando intacta la huella de un alma
o el retrato de su fiebre.
La luna dejó un cielo pegajoso
y algo de hielo en la sangre ese invierno.

Las familias se felicitaban entre sí.
Las autoridades también.
El boxeo volvía a estar de moda.
El pegamento de los muebles aguantaba.
Los muros de la ciudad se llenaban de pasquines
anunciando bodas, viajes, ideas nuevas y caras nuevas.
La vida invitaba a mirar y eso era bueno.

Todo eso era un extremo, pero en otro
el índice de precios se clavaba en los espejos.
La navidad perenne resbalaba entre villancicos.
El nuevo faisán acabó aturdido en la subasta.
Durante los banquetes
comensal que saliera un momento no volvía a ser visto
hasta el día siguiente, siempre el mismo:
igual en todo excepto en los detalles.

Siglo XIX


A Pep Izquierdo

De vez en cuando, nos quedamos en casa.
La gente que lee novelas entra en crisis, la invención
de la grapadora fija el margen izquierdo
que anhelaban algunos de sus productores.
Se dice que antes las cosían, un arte ahora perdido
similar al de hablar de perfil cuando nadie está mirando.
La noche cae sobre la ciudad como una turba de luciérnagas.
(Baja la mano, ¿quieres?)
Los lectores de novelas se quejan de la falta que hacen
sobretodo las estufas; en invierno terminar un capítulo
es un don digno de las mejores cafeterías.
A caballo entre dos páginas, el lector de novelas
anuncia su retirada, retira su estandarte, paga la cuenta.
Finalmente, cabalga hasta la esquina donde lo recoge
un coche anónimo, fiel hasta la muerte.
Nunca más sabremos de él hasta mañana, cuando vuelva
y encienda su novela con el mechero que distingue bien de mal
rojo de negro, pedigrí de naturaleza, enfermedad de verano.
Particularmente interesante es la dureza
con la que algunos lectores desequilibran la balanza en su contra.
Muchos comen algo al mismo tiempo, lo desmenuzan
un poco a ciegas y se lo llevan a la boca con un mismo tenedor.
Al que distingue una cerveza en la distancia lo premian.
A cambio recibe un silencio merecido, pinzado entre dos ruidos
cada uno amigo de otro.
Al lector de novelas que no vive en un castillo
le vemos la mueca enseguida:
se la pedimos, y nos la presta.

Los premios


Caballeros—dijo la película doblada—
ésta es nuestra oportunidad: cambié de canal.
Llegó el cerrajero totalitario;
su ayudante era lector de Machado, los dos.
Tú estabas alquilando algo y yo
igual de listo
argumentaba que hay que practicar;
hay que regar las plantas y vacilar ante la duda.
Si no, el alma no cumple con su obligación
y entonces, ¿para qué le pagamos?

Hablando de lo que hay que evitar
creo que se aproxima una tregua.
Pero digamos algo de la película.
Es como un canal de irrigación pero con agua.
La sequía nos ha estropeado la excursión al desierto.
Los automóviles, como un puzzle incoloro
enfadan a sus conductores y cuando pueden
los matan.
O mira ese parque—
lo llenan de ambulancias, cuando llega la gente
y el verano puntúa por cada intoxicación.
Los espectadores queremos que alguien
lo recuerde todo con un xilófono en cada mano:
con otra manera de ver el eclipse y ver para contarlo:
con otro alud que no sea el nuestro diario.

Y todo porque la luz encendida no puede quedar.
Las noches vienen más cortas, incluso de miras
y mientras yo te entretengo este galardón
¿por qué no dices unas pocas palabras?
“Se nos enfriará un poquito la piel, qué duda cabe.”
Perfecto, luego repetiremos la ceremonia.

Vecino


Las pestañas rubias, tiempo hace
que se encerró en una cárcel de alegría
donde anuda, milimétricamente, sus días y sus horas.

De repente una mañana
se quedó calvo frente al espejo.
Afuera llovía.
Dentro, las nubes orinaban en los rincones
llenaban el sofá de pelos
cantaban acompañando al barítono de al lado.
Y llamaban a la policía.

Que ya no viene porque está aprendiendo a leer y escribir.
Y a reanimarle el calzado
a las viejas que piden carajillos cortos de café
y se dejan caer en las butacas junto al sofá
mientras por la boca falsa
se les escapa una rialla gris
y piden que las nubes canten otra
otra: sólo una más.

Especulación


El día de mañana
los correveidiles de este mimbre
guardarán el silencio
en cajones y mochilas llenos de cansancio.

Otros, mejor seleccionados
nadarán en cabelleras frías, diurnas
enredadas en musgo y algas
muchas por estrenar.

La calle de casa desaparecerá
con las muelas de oro, vasos de estaño
algunos globos terráqueos más pálidos
y los gatos.

Los gatos no volverán.
La mujer que los alimenta fallecerá.
Encontrarán víctimas nuevas
y verosimilitud para sus miradas en la noche:

los labios de otra voz que dice Gracias.

Desayuno para otros


En la cifra de nuestro deseo
anidan cientos de palomas.
Parece preocupante, pero en realidad
no es más que un síntoma, un ejemplo
de que todo se repite al menos una vez
y la segunda quizá no tanto.
Del día más soleado vienen hombres a informar
que ya nada se salva en su esperanza.
Horas después los perdimos de vista.
Se habló de la belleza de su falso testimonio.
Y se supo que algo dado en prenda
se fabrica expresamente para chocar
y deslizar un billete bajo la mesa
o para evitar el ascensor
que tantas veces hemos reclamado.
Si no, para qué tantas pruebas y mediciones
que vibran como el papel celofán
en especial circunstancia.
Varias veces
a alguien se le ha quedado muda el alma
y nadie ha dicho nada.

El ausente


Sin hipoteca, sin horas libres
le toca brindar con aire.
Estirará un par de bocanadas y verá
tarareando
que ya nada es lo mismo.

Aquello que toca ser
vuelve ahora con menos almidón
pero siempre un tanto formal.
Con todo, y sin abandonar su día favorito
—o la colección de placeres legales—
encuentra que la escarcha de su origen
se vuelve contra la opinión ganadora.

De las vidas que a cada quien le toca vivir
y aunque en el cine se finge la sangre
¿cuántas hasta el fin?, se pregunta.
Pero sabe que no es nada
comparado con el fuego que arde en todas
y casi cada una de nuestras almas.
Así es como desapareció.

(Última noticia:
La gente que somos saldrá en su busca
durante el verano interminable
y los martes, más acogedor.

Pero los domingos al atardecer
exigiremos que nos pasen el balón
e insistiremos que lo que apetece
es un baño de oro—
un baño, al fin y al cabo.)

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