tema: Proyectos

Arte de Volantería


Estoy escribiendo una serie nueva de poemas. Me interesa la calle, me interesan las calles de Buenos Aires, y más las del centro. Caminando por esas calles recojo o me dan volantes de todas clases, la publicidad barata es incesante, inevitable. Los colecciono. He hecho muchos libros con volantes: buena parte de la Biblioteca Popular Ambulante. Ahora estoy tomando la información que viene en los volantes y destilándola en poemas. Las palabras entran en el poema tal y como aparecen en el volante, no las retoco, no cambio nada; son las palabras de la tribu, de la calle, de la ciudad, de lo que somos. Son nuestras palabras. No son las únicas, pero es innegable que son nuestras.

Además de los volantes, están los letreros hechos a mano que se ven en muchos comercios. Miles y miles de avisos de todas clases. De ahí también surgen poemas.

Durante años he incluido en mis poemas las palabras de otros. No sé si la patria es el otro, pero estoy seguro de que el lenguaje sí lo es. Las palabras no me pertenecen a mí, por muy poeta que sea, son de todos; el lenguaje, lo que hacemos con él, es cosa de todos.

Hay dos vertientes generales de la poesía. Una intenta mostrar la experiencia del individuo, su lugar en el mundo, cómo construye ese individuo su interior y cómo habita su exterior. La otra muestra las corrientes de lenguaje y experiencia que atraviesan al poeta desde su afuera. Ambas son válidas, ambas pueden ser interesantes y potentes. La primera, con una trayectoria más conocida, privilegiada en los últimos dos siglos, domina aún el discurso poético. La segunda, sin embargo, tiende a ocupar a una cierta vanguardia del presente, que ha encontrado en la enorme cantidad de escritura que circula por internet una fuente de inspiración y material muy importante.

A mí me interesan las dos formas. Vengo de la primera, y de una manera u otra, durante los últimos cinco años, he estado escribiendo poemas y haciendo libros con las dos. “Poemas de Buenos Aires” es poesía lírica aunque incluye palabras de otros. “Arte de volantería” se está construyendo exclusivamente a partir de las palabras de otros, no tanto las encontradas en internet, como sí las encontradas en la calle.

Hacértelo llegar

Fragmento de una carta

The poet finds poetry in what comes by accident — Charles Simic

No me interesa el cine. Como casi todo el mundo, veo películas y series de televisión, pero no me interesa hacerlas. De la misma manera, leo novelas de misterios o de aventuras, pero no me interesa escribirlas. Tampoco me interesa hacer video, ni cine experimental, ni eso que llaman videoarte o videopoema.

Me interesa el poema. Y con eso, me interesa averiguar cómo hacértelo llegar. Puedo escribirlo en un papel, enviártelo en una carta; puedo colgarlo en la red, en mi blog, y darle alguna difusión por las redes sociales; puedo recitarlo encima de un escenario, o decírtelo en voz baja al oído, o contártelo mientras caminamos por Buenos Aires; puedo grabar mi voz diciendo el poema. Puedo incluirlo en un libro. Puedo hacer una película. No importa. Lo que me importa es que llegue hasta ti. De cualquier manera.

Y así es como hace ya unos años empecé a hacer libros de cualquier manera, utilizando cualquier recurso a mi alcance. Y ahora empiezo a hacer películas, con cualquier recurso al que pueda echar mano. La perfección técnica me importa un carajo; lo que me importa es la perfección del poema, y que lo que tenga de poético llegue hasta ti.

Eso, nada más.

Formatos para poesía visual/01




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Los libros de la BiPA


Nada es definitivo. Por ahora. —— Ramiro Cabana

En la realidad, afuera, en el mundo, en las librerías, en las bibliotecas personales, institucionales y/o públicas, hay toda clase de libros. En la Biblioteca Popular Ambulante, no.

Me gustaría que hubiera toda clase de libros, pero entonces la BiPA sería una biblioteca ambulante más y nada más. Por lo tanto, debe contener libros de un tipo en particular. O de un tipo de tipos.

Por ejemplo: libros que capturen lo real, objetos de la realidad, en toda su crudeza; tratándolos, purificándolos, ordenándolos y clasificándolos lo menos posible.

Por ejemplo: libros que surjan de manera natural (si hacer un libro es natural) de mi vida diaria, de mis apuntes, de mis trabajos, mis listas, mis lecturas, mis escrituras. Aquí también hay lo real presentado con el menor tratamiento posible.

Por ejemplo: homenajes a mis escritores y artistas favoritos. Esto es un poco raro porque implica tomar elementos, técnicas, tácticas de los primeros dos ejemplos y utilizarlos para envolver la obra de otros. Obra que ya pertenece a la realidad, claro, sin olvidar que la realidad también tiene un nivel que es puramente imaginario.

Por ejemplo: libros hechos por otros, pero siguiendo algunas directrices de los primeros tres ejemplos de esta serie. Hasta ahora sólo tengo uno, de Gemma Peris.

(Algunas personas han expresado, quizá con excesivo énfasis, su deseo de construir algún libro para la BiPA. Esto ha servido para que las borre para siempre de la lista de posibles autores. Creo que el libro, de haberlo, tiene que surgir de una conversación, espontáneamente, casi como por accidente, o por sorpresa. ¡Como un susto! Así es como vienen las ideas más interesantes. Y respetar el orden (no siempre natural) en que las cosas aparecen, no forzarlo, es una de las principales directrices de la BiPA.)

Seminario


Nuevo Tren Poema 01


Poco a poco voy armando un nuevo proyecto poético que tiene que ver con mis idas y venidas entre Buenos Aires y La Plata. Normalmente voy en tren, mucho más divertido y diverso que ir en autobús.
Como es habitual con cualquiera de mis proyectos, estoy armando un cuaderno con los materiales que voy encontrando por el camino. Estas fotos son del domingo, 12 de julio de 2010, tomadas entre Sarandí y Constitución con la cámara de mi teléfono móvil (2 megapixels). Evidentemente, llovía.


(Los títulos de las fotos se ven poniendo en cursor encima de ellas)

Taxi Buenos Aires


No viajo en taxi muy a menudo, un lujo que pocas veces me puedo permitir. Suelo viajar en colectivo, en subte, a pie si la distancia es menor a veinte cuadras. En Buenos Aires, decir que algo queda a dos kilómetros, en realidad es afirmar que no está demasiado lejos; en Valencia, esa es ya una distancia considerable. En las ciudades, según su tamaño, las distancias son siempre relativas, más grandes o más pequeñas, siempre en relación con el terreno abarcado por la misma ciudad.
Un día, a principios de junio, en que tenía algo de prisa tomé un taxi para ir de Flores a Chacarita, un trayecto que normalmente hago en el 44 o, si tengo tiempo y ganas, a pie. Normalmente, los taxistas, llevan una copia de la licencia colgando de la parte trasera del asiento del conductor, para que el pasajero pueda ver, supongo, que viaja con un chofer legal. En ese taxi que me llevaba a la Chacarita, me fije, pero sin voluntad de hacerlo, casi como un acto reflejo de lector empedernido, en el apellido del taxista, que me llamó la atención: Malamud. Y lo hizo por el escritor judío norteamericano, Bernard Malamud, del que leí un par de libros hará un montón de años. Pensé que era extraño esto del destino de los emigrantes; unos Malamud emigran a Norteamérica y otros a Sudamérica, un Malamud es escritor y otro es taxista, como habrá otros que son médicos, mecánicos, libreros o distribuidores de café por los bares de alguna ciudad de provincias. Yo, una especie de emigrante perpetuo, que ya nació en el exilio—aunque no es lo mismo un emigrante que un exiliado—que he vivido en varios países, y dentro de ellos, en muchas ciudades, siempre he sentido una especie de reverencia o fascinación por este fenómeno, se dé por razones económicas, polítcas, por guerras o simplemente por ganas de ver mundo.

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El anónimo no anónimo

Hace unos días se me ocurrió un proyecto poético que no sé si dará resultado. Es un poco extraño, y lo consulté con Roberto Padilla, artísta plástico y jurídico, que dijo que le gustaba la idea y que la echara para adelante.

Creo que la idea se explica sola en la siguiente carta:

Estimado Sr, Estimada Sra
Usted no me conoce, y yo a usted tampoco. No sabe nada de mí, yo tampoco de usted. He tomado su nombre y dirección del directorio telefónico, al azar, abriéndolo en cualquier página y poniendo un dedo en cualquier sitio.
La razón por la que le escribo esta carta es, precisamente, que ya casi nadie escribe cartas. Existen otros medios, más inmediatos. No tengo gran cosa que contarle. Quizá le interese saber que soy poeta; que llevo cinco meses viviendo en Buenos Aires, que soy español (catalán) aunque crecí y viví muchos años en México y Estados Unidos.
Se me ocurrió lo de escribir cartas al azar a un número de personas desconocidas como una forma de establecer conexiones nuevas en una ciudad extraña. No se preocupe, no estoy interesado en un encuentro cara a cara, ni le voy a pedir dinero, ni se lo voy a dar si usted me lo pide a mí. Lo que me gustaría es que usted me respondiera, si tiene ganas y tiempo; que me escribiese y me contara algo de usted. No tiene por qué ser ninguna información esencial, nada que pueda comprometerle o que usted considere que de alguna forma pone en peligro su intimidad.
Quisiera acumular un grupo de cartas a y de personas a las que no conozco para hacer un libro, una especie de collage de encuentros fortuitos. De llegar a tomar una forma interesante este proyecto, el libro se publicaría con el nombre de todos los corresponsales, a menos de que alguno prefiriese mantener el anonimato.
Espero que no me considere un intruso en su hogar por escribirle de esta manera. No es mi intención, aunque entiendo que puede ser interpretada de esa manera. Si usted no responde a esta carta, no recibirá más noticias mías. Yo sé su dirección, pero usted también sabe la mía; esto es un acto de confianza mutua, algo que veo que no existe entre los habitantes de la ciudad. Y no es sólo esta ciudad, podríamos estar hablando de casi cualquier sitio del mundo. Sin embargo, creo que a los porteños esta situación de desconfianza les es muy dolorosa.
Yo, como viajero, más bien disfruto del anonimato, y tiendo a utilizar la desconfianza a mi favor. He notado que cuando entro en un comercio de Buenos Aires, la gente me trata bien, al parecer debido a mi acento extranjero. O eso me dicen algunas personas con quienes he hablado del asunto. Esta carta es un intento de abrir y comprender otra forma de comunicación: ¿cómo nos comunicamos con nuestros conciudadanos, extraños?, ¿qué hacemos con esa comunicación? ¿qué esperamos de ella, de ellos, de nosotros mismos mientras nos comunicamos?
Espero que este proyecto de cartas al azar me ayude, nos ayude, a responder a estas preguntas. Si a usted le parece bien, escríbame; si no, ya lo dije antes, no volverá a saber de mí.
Le manda un saludo atento
Roger Colom

Lo que sí me comentó Roberto es que incluyera un sobre estampillado, para ayudar a la gente a superar su tacañería y ver si así escriben.

[Visible también en Buenos Aires Ideal ]

Nuevo proyecto


No recuerdo ya cuando empecé mi primer cuaderno, en el sentido de lugar donde llevar el diario de la vida diaria creativa. Sería a principios de los ochenta. Así que tendré unos 25 años de cuadernos, y se puede decir que soy un usuario con experiencia. (Iba a decir “usuario experto”, pero no creo que sea verdad).
La cuestión es que los cuadernos comerciales que he ido comprando y utilizando a través de los años no me satisfacen, siempre les encuentro molestias en el diseño.
Cuando descubrí los Moleskine, en el 98, pensé que todo estaba solucionado; en realidad yo venía preparándome cuadernos con características similares (la goma que los cierra, el bolsillo interior) a partir de los Clairefonaine desde hacía varios años. Tengo una buena colección de Moleskines bien gastados, pero no me gusta el papel, y muchas veces, preferiría que no tuvieran las tapas duras, o el bolsillo interior, en el que se acumulan papelitos inútiles con demasiada facilidad. También me quejo a menudo del tamaño.
Con el tiempo he adquirido la costumbre de llevar un Moleskine y un Miquelrius de tapa blanda en la mochila o en los bolsillos. Pero en las últimas semanas decidí producir yo mismo el cuaderno que prefiero. Me llevará tiempo y bastante experimentación, a pesar de la “experiencia” de años.
Lo que estoy haciendo es moverme en dos direcciones, una es la del cuaderno que vengo comentando, otra es la de una especie de carpeta japonesa, en piel, cerrada con una goma y útil para llevar en la mano distintos materiales: un par de cuadernos, bolígrafos, el pasaporte y hasta los billetes de viaje.
Ya iré comentando cómo va la jugada y colgando fotos; por ahora, sólo estoy probando posibilidades.
(En la foto, de izquierda a derecha: un libro inútil que compré en los bookinistas del Parque Rivadavia, en él voy recubriendo las páginas con gesso o con témperas de colores y escribiendo o dibujando encima; una agenda moleskine del año pasado llena de notas, poemas, collages, mapas, ideas… la llevo por la mitad; un cuaderno de Miquelrius al que le puse una banda elástica para cerrarlo, éste es el que más uso y llevo en el bolsillo porque las cubiertas flexibles lo hacen casi indestructible.)

Cuadernos y mapas de poemas


Sí, lo admito, soy un fanatico de Moleskine. Empecé a usar cuadernos dedicados especialmente a mis poemas, ideas y collages a mediados de los 80. Siempre de tapa dura, los he tenido de todos los tamaños. He usado libros de actas, agendas, libretas escolares, lo que encontrara. Incluso los hackeaba para mejor adaptarlos a mis necesidades: empecé a usar gomas para mantenerlos cerrados. Pero como las perdía, decidí fijarlas a la tapa. También les pegaba sobres y fabricaba bolsillos para los papeles sueltos.

En el 98, en Venecia, compré mi primer Moleskine, tenía todo lo que precisaba: la goma, el bolsillo interior. Todavía lo tengo y sin estrenar, es eso de no querer destruir algo tan bonito, aunque no estaba tan bien hecho como los de ahora, las tapas eran de cartón y el bolsillo más frágil. Lo que hacía era imitarlo, a libretas similares añadía la goma y el bolsillo en acordeón.
Pasados algunos años, se empezaron a comercializar masivamente y pude comprarlos en casi cualquier ciudad europea. En Argentina, donde vivo ahora, no se consiguen. Por suerte tengo varios de repuesto.
El collage que aparece en la foto, ha tenido mucho que ver con mi nuevo proyecto poético. Quería organizar los más de 100 poemas que tengo, pero no en un libro, ni en varios, y sin excluir tampoco la posibilidad del libro. Así que se me ocurrió hacer mapas, que luego se doblarán y encuadernarán. Cada uno será un objeto, cosa que no es que me haga mucha gracia, pero calculo que luego se podrán reproducir electrónicamente y, si es preciso, volver a poner sobre papel.

Los hoteles de la imaginación


Llevo unos meses trabajando, junto con Carlos Ortin, en una exposición que se inaugura hoy. Apiv y el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) la producen. La idea de la exposición es muy sencilla. Se trataba de encontrar 25 hoteles que tuvieran un papel importante en obras de ficción: en novelas, películas, poemas y canciones. Después le pasamos la información sobre esos hoteles a 25 ilustradores de ambos lados del Atlántico para que hicieran una etiqueta como las que se usaban antes para pegar en las maletas. El proceso ha sido intenso y hoy llega a su fin. Se puede ver algo en el blog de la exposición. Hoy me toca la parte social del proceso: rueda de prensa, comida, inauguración y cena. Y lo mejor: encontrarme con amigos que hace tiempo que no veo.

Las nuevas aventuras


Esta es la primera mención pública que hago de mis proyectos para los próximos meses. No soy muy proclive a hablar en público de estas cosas, pero creo que vale la pena cambiar de estrategia.

Dentro de unos días me voy a Buenos Aires. La ciudad me recuerda a Nueva York a principios de los ochenta, una ciudad que no acababa de funcionar, pero con una enorme energía. Hoy Nueva York es tan caro que ha excluido a los artistas que no son ricos. Pronto será un museo, como tantas ciudades europeas.

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