tema: Poemas

ENDECASÍLABO


Para Felipe Sáez Riquelme

Nosotros hablamos en octosílabos.



El día que murió John Ashbery


A menudo aspirando a otra cosa
uno sale en busca de un rostro
de una desnudez sin rostro
de un rostro con el cuerpo
de otra manera, los dientes
y el pelo, la lata
de cerveza en la mano.

Y todo el tiempo camina
por la ciudad como si estuviera
sentado en el auto esperando
a que el camarero traiga el café
con sabor a otra cosa, frambuesa
licor de naranja, la hierbabuena
de un instante de hace cuarenta años.

Luego alguien inventa su marca
para que todo permanezca igual
y lo envidiamos. Un ruido
acelera hacia un silencio.
Sabemos que el silencio no existe
y lo añoramos como a un error
amado por todos, tan admirado
que los años lo han ido lavando
hasta conseguir un acierto—
el mejor de nuestros orígenes—
un taxi preferido, la bici
prestada para siempre.

Manual de fotografía


Lleno poemas—
voy blanqueando opiniones a cero
luego, el nudo en la ira
el silencio.

¿Qué diferencia guardo
entre opinión y emoción?
En términos prácticos
en su efecto sobre

  • la realidad
  • su encuentro
  • su manipulación
  • su otro
(Y el pequeño comercio
en su tormento
su parálisis
su fijación—quedarse
sin cambio).

Además, ¿quién se entrega
a mirar por la ventana
a esta hora?
¿Qué se deduce en esa entrega?
¿Qué se captura?

¿Una buena foto?

Soneto averiado


Huída rima con caída
Concepto rima con precepto

Vida rima con suicida
Perfecto rima con abyecto

Lugar rima con amar y con faltar

Estría rima con avería y nuevo día


Jaicú de ayer al anochecer


Rojo de semáforo
en la lluvia—
lágrima de sangre hecha luz.

Incredulidad


perdida la música
había que estar ahí

la posibilidad de accidentes
lo que no se escucha
lo que se desanda
lo que se oculta

(¿qué autenticidad se requiere?)

un último instante
llegar
no estar

esa sincronía

(quebradiza)

hasta

secuencia nueva
un giro en el aire
una pirueta en el oído
estremece / no



Foco


promesas de
arena en su
reloj


{conquistadelaconquista}


un horror
en equilibrio

La moneda en llamas


Un bar en otra ciudad. Afuera, sirenas, algún grito: otra emergencia. Los personajes de este drama se han acostumbrado a las emergencias, al estado de emergencia. Dos, sentados a una mesa en el centro del salón, toman café. No se puede fumar. En el rincón, una jaula grande, blanca, con un loro. Estamos a media mañana. Un periódico yace encima de una silla, hace rato que nadie lo pide, ni lo mira.

Uno: Siento que la historia ocupa demasiado.

Loro: En el día de hoy
cautivo y desarmado
el ejército rojo
la guerra ha terminado

Otro: ¿Cuántas versiones bailan sobre la cabeza de un alfiler?

Tercero: (Se acerca a la mesa por la izquierda) ¿Pasó Nietzsche por aquí esta mañana?

Uno: Todavía no.

Otro: (Poniendo un dedo sobre el diario) Pero le hemos guardado el crucigrama.

El año, un lunes


Veníamos de uno largo y vivir del aire.
Tres helicópteros sobrevolaban.
(¿Sobrevolar significa volar de más?)

Mientras, un cigarrillo de vecino
se extinguía, la solidaridad acosaba—
era domingo por la calle y toda necesidad

se envolvía en su bandera, remitida
a futuros dueños, algunos idénticos.
Por eso tocaba escribir la carta

de felicitación, regla en mano, vista
nublada, sonrisa pegada con cinta a la pared.
“Todavía no han llegado las últimas lentejas.

Ni arroz, langostinos o bizcochos
para el mate”: mañana era martes.
Habría tijeras para calendarios, dijeron;

y silencio de oro para relojes. Hacía
buen tiempo—una nube en el cielo:
podíamos salir, dar la vuelta al sol

y respirar de nuevo.

Antiecuación


luz fría

[


FRICCIÓN-SUPERFICIE

]



masaje


[



FICCIÓN-NO-FICCIÓN

]



poema

Elogio del agua


Hay arena en el aire esta tarde, viento de oriente.
Uno lee y juzga siempre en ausencia.
Pronto lloverá.

Existe el idioma sin imágenes, que sólo
es voz y habla sin decir. Se intenta a menudo
y en todas las vidas—la voz que acaricia
y nos hace humanos, sin tener que descifrarla.
Hay que dejarla llorar. Eso es lo que quiero—
dejarla estar junto a mí.

Un arroyo de lluvia arrastra cachos de realidad;
hojas yertas, con la escritura diluida, papel lleno
de tinta y las formas indistinguibles de las palabras.

Disculpe, ¿tiene hora?


The poetry is not in speaking to the dead but listening to the dead.

Charles Bernstein

Un futuro pedigüeño.
Otro número que viene vacío
anunciando un quinquenio más al desánimo.
El día en que sentí la espina dorsal
de los celos con el dorso azul de la mano.
Antes el agua;
luego el fuego.
¿De dónde venimos? Esa fantasía.
Adónde vamos. La foto en la esquina
del espejo, cartografía
exigente como la página en blanco—memoria
que poco a poco avanza desierto adentro.
Esa dificultad, ese cielo profundo infierno.
“Nuestra es la religión del instante.”
Ocupemos, por un momento, el instante
más débil. El presente
es nuestra droga sagrada.
Mañana cambiaremos de hotel. Siempre.
Una burbuja de aire en la uretra.
¿Qué hombría nos acoje hoy
sin bala interior de silencio?
Rauschenberg borró aquel DeKooning
y algo de permiso pidió.
Hasta aquí las felicidades obligatorias
y su correspondiente andamio de congoja.
La existencia delito.
El chorro de agua limpia que es cerrar los ojos.
La ventana helada que nutre y hace bailar
el ruido, lo que sobra de calle.
Lo que se instala en la respiración;
la sangre.

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