tema: Paseos

Parque Centenario

  • Domingo, mediodía.
  • Pregunto a dos guardias dónde está el asta (de la que pende la bandera los días patrios), donde he quedado con amigos, y me corrigen: no es un asta, sino un mástil.
  • Hay puestos permanentes de libros y puestos precarios, de domingo, de todo lo demás, y libros también.
  • En un puesto precario, un libro con este título: Hitler y yo.
  • Nunca he ido al Museo de Historia Natural. Es como si me lo estuviera reservando para… para ¿qué? (Me encantan las arañas con telaraña de las puertas).
  • Pleno invierno y me doy cuenta de que voy demasiado abrigado.
  • Mis puestos favoritos: los de herramientas.
  • Palillos, aquí llamados escarbadientes, de la marca Escarbalindo.
  • Un puesto en el que venden espadas y canicas.
  • Un libro titulado: Vamos a leer Poesía Argentina.

El ángel caído


Primer paseo de 2012


Este año, mi primer paseo fue breve, por mi barrio, o el barrio de al lado. Tengo tres barrios de al lado. Porque la intersección de la Avenida Entre Ríos por la Avenida Independencia marca la frontera entre tres barrios, uno por esquina en ese cruce: al sureste, Constitución, que es mi barrio; al suroeste, San Cristobal, barrio que en sus principios era tan bravo que los curas no duraban ni un mes; al noreste, Montserrat, barrio que fue de negros (honor que está pasando al mío, donde hay una buena colonia dominicana); y al noroeste, Balvanera, uno de los más populosos de la ciudad. Esta es una zona con mucha densidad de población y se nota. Hay cafés, muchos comercios, restaurantes, de todo. Hasta galerías de arte.

Mi paseo me llevo por los cuatro barrios. Salí de Constitución caminando hacia el norte, entre en Montserrat, deambué un rato por las calles entre Independencia y Alsina. Seguí al oeste por Alsina y luego al sur por Matheu hasta San Juan y por San Juan hasta Santiago del Estero y de ahí vuelta a casa.

En realidad este fue un tour de cafés cerrados. Lógico que estuvieran cerrados, siendo primero de enero, día clásico de resaca. Yo tenía una ligera resaca: de la mezcla de vinos de la noche anterior (y un par de aperitivos en forma de gin tonic). Pero ni siquiera me dolía la cabeza. Así que conforme me iba acordando de un café que pudiera resultar apetecible, seguía caminando. Mi búsqueda, sin embargo, no dio resultado. Cuando me di cuenta de la hora, casi la una, decidí volver a casa y almorzar.

Primer paseo de 2011


El del 2007 fue el último primero de año que pasé en España. Desde entonces incorporé a mi celebración el paseo del 1 de enero, o del 2, según se tercie la resaca.
Este año no hubo malestar el día uno por la mañana. La fiesta de la noche anterior fue en Tolosa, junto a La Plata, con mesas en la calle, amigos y desconocidos, mucha comida y luego baile. También fuimos a ver la quema de algunos de los muñecos del barri—una tradición platense sobre la que estoy escribiendo un artículo. Había alcohol, claro, pero no me apetecía una borrachera, así que bebí poco.
El primer día del año fue más de estar en casa, en la de mi chica, tranquilos. Almuerzo abundante, siesta. Por la tarde fuimos a casa de unos amigos en City Bell, y la conversación se alargó hasta las 12 de la noche.
Esta mañana, en pie temprano, eché un vistazo a los diarios (en internet, por supuesto), fui al chino a comprar comida para Miti, la gata que pone una cara de ahber sido ofendida en el alma cuando pide, exije, que le den de comer. Luego salí a dar ese paseo con el que me gusta inaugurar el año.
Saliendo de casa de Fabiana, en Meridiano Sur, La Plata, y atravesando la plaza Sarmiento, donde hay un busto muy feo del prócer, me encontré con una ofrenda pagana que me intrigó. En el suelo, en uno de los caminos de cemento que cruzan la plaza, había varias comidas, arregladas como para una mesa: arroz, papas. Habían sido puestas ahí con cuidado. No era que alguien las hubiera tirado, o que fueran los restos de una fiesta. Estaban intactas. No vi señales del alto personaje al que se le ofrecían. Hice una foto, pero luego, cuando volví a casa me di cuenta de que algo le pasa a mi teléfono, que no funciona. No sé si tendrá algo que ver.
Seguí por la calle 18 (en La Plata, las calles van numeradas), por un barrio tan tranquilo que las únicas personas que vi por la calle pertenecían al cuerpo de barrenderos de la ciudad. Eran pocos los coches que pasaban, todo estaba en silencio a las 10 de la mañana.
Pensando en mi artículo sobre los muñecos, pasando por las cenizas de unos cuantos, llegué al Centro Cultural Malvinas, en 19 y 51, que tiene una cafetería grande con wi-fi y espacio para fumadores. Conforme me acercaba al edificio, que que no había mesas afuera y temí que el café estuviera cerrado. Son importantes los cafés. Y también que estén abiertos cuando uno los necesita; son el mejor refugio para los caminantes de la ciudad. Por suerte, estaba abierto, y entré a tomar un café y unas notas para ese artículo que tengo entre manos.
Cuando volví a la calle, se había levantado un poco de viento que arrastraba nubes densas, cubriendo por momentos al sol. Me entraron ganas de que lloviera, de pasear bajo la lluvia este día de verano, pero el viento se volvió a llevar las nubes, el sol volvió a brillar.
Por 51 continué hasta Parque San Martín. El calor agobiaba, se iba mejor por la sombra. Estos son barrios de casas bajas, algunas muy bonitas. Me gusta mirarlas e imaginar la vida en ellas. Para mí lo más importante de viajar ha sido siempre saber o imaginar cómo se vive en los lugares por los que paso. Me interesa menos todo eso más vistoso que los turistas tienen la obligación de visitar. Cuando miro las casas, estas de La Plata, incluso las más modestas, siempre descubro algún detalle arquitectónico que me alegra el momento. Son esas pequeñas alegrías, o micro-alegrías, en realidad, las que me sirven de barómetro psíquico. Cuando las siento, sé que estoy bien, que tengo los ojos abiertos y soy capaz de mirar al mundo, a los pequeños detalles que todo lo cambian.
Por 23 y luego, pasando la diagonal 74, por 22, enfilé hacia casa de Fabiana. El paseo fue breve, pero me sirvió para lo que quería.

Autobombo


El otro día, me comentaban una presentación de un libro de poemas que se hizo en Buenos Aires con todo el bombo y todos los platillos: luz y sonido, música, comida, un gran espectáculo. Días antes, a las personas que me contaban esto, yo les había dado un ejemplar de mi último poema publicado en papel, Carta de un exiliado. Es una publicación humilde, pero sólo en apariencia.

El papel es reciclado del directorio telefónico de Valencia. Las tapas son del mismo material. El librito es frágil y gris. Pero, de nuevo, sólo en apariencia. Lo diseñó Dídac Ballester, quizá uno de los diseñadores más inteligentes y creativos de España, como experimento gráfico. Experimento que tuvo éxito, ya que la Asociación de Tipógrafos de Nueva York, le otorgó una mención de honor y lo incluirá en su próximo anuario.

El viernes, tomé un café y luego di un paseo con Javier Robledo, que tiene un muy importante archivo de videopoesía y lleva en Buenos Aires la revista Bardo, de papel. Javier me decía que, con todos los años que lleva en el mundillo de los poetas, todavía lo sorprenden poetas publicados de los que ni siquiera había oído hablar. A cambio, yo le conté una idea que tuve hace años y que, calculo, está en el ADN del experimento de Dídac, ya que con él la había hablado varias veces: la cosa era conseguir que cada poeta español, sin contar su prestigio o su calidad, contribuyera dos páginas con lo que quisiera, además de su nombre y sus señas de contacto. Luego todo se publicaría usando papel de directorio telefónico, y así se haría el gran directorio de la poesía actual española. Nunca lo sacamos adelante, aunque ahora que lo pienso, no estaría mal hacer algo así para la ciudad autónoma de Buenos Aires (si es para el Gran Buenos Aires, o para toda la Argentina, no me atrevo, el libro sería de unas dimensiones imposibles de manejar).

Todo esto lo cuento para mostrar lo difícil que es conocer el estado actual de la poesía no sólo en un país, sino en todo el ámbito de habla hispana. La gente que me comentaba la presentación que mencioné antes me dijo que al lado de mi poema los demás se quedaban antiguos. Eso, claro, es bueno para el ego, aunque hay que recordarle a ese ego que sólo comparaban mi poema con los de la presentación, no con el estado de la poesía actual, que no sé si existe alguien que lo conozca.

Paseo de año nuevo



No soy muy de celebrar fiestas de fin de año, la combinación de nostalgia y esperanza me produce gases. Cuando Quico Cadaval me invitó a pasarlas en Ribeira, lo que me sedujó fue la idea de salir a dar con él su Paseo de Año Nuevo.
Salimos a la calle a las 11, y después de dar una vuelta, eludiendo borrachos, nos tomamos un café en el la casa de los jubilados del mar. Después, autobús para Aguiño, a unos 6 kilómetros.

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