tema: Nomadismo

Extranjería en la propia lengua


Mi primera lengua fue el catalán, la segunda el español, la tercera el inglés. Hasta los 25 años escribí en las tres lenguas. Y no es que yo eligiera en qué lengua iba a escribir el poema, éste ya venía en catalán o en inglés o en español. No surgía de dentro mío, sino que llegaba de fuera, de fuera de mí, desde la lengua misma. Era la lengua la que decidía el poema, y no al revés; yo tenía poco que ver en esa decisión, mi trabajo no era otro que el de poner pasar el poema al papel. ¿El poeta como médium?, quizá; aunque sería más exacto decir: el poeta como medio. O como paso intermedio entre la lengua y el lector de poesía.
El poema llega de la lengua al poeta, no del poeta a la lengua. La lengua es exterior al poeta y el trabajo del poeta implica recorrer ese territorio exterior, con su orografía, sus climas, sus distintos parajes y paisajes, con sus distintas sociedades, incluso.
Pensando en esta exterioridad de la lengua, he llegado a entender la heteronimia de Pessoa como exterior al él. No es que los heterónimos surgiesen de la persona unitaria de Pessoa, sino que venían de fuera, de la lengua, y lo componían a el como poeta de una manera similar a como un territorio, un clima, una sociedad y una cultura nos componen a todos.
Más tarde, decidí escribir sólo en español. No decidí eliminar el catalán y el inglés que también me componen, sino dejarlos que me compusieran dentro del territorio del español, de la misma manera en que todos los países y ciudades y climas en los que he vivido me componen. Al principio, dejaba las palabras o frases en su lengua original, hasta que me di cuenta de que había que pasarlas al español, aunque no traducirlas. La traducción, en el sentido que le doy aquí, implica una desaparición de una lengua en otra; yo quería que quedara el rastro de la otra lengua en la lengua en que estaba escribiendo, en el español. Como una exterioridad del exterior en el que me aventuraba. Como una irrupción casi secreta pero detectable de los pobladores de un territorio en otro. Como un inmigrante que no termina de asimilarse en el nuevo país, aunque adopte muchas de sus costumbres. Como un acento. Y el acento siempre es marca de extranjería.
El poeta como extranjero en su lengua, en la que además deja entrar otras corrientes de otros exteriores, es hoy un lugar común. Si queremos subir un poco la apuesta, podemos hablar del poeta como traidor, como espía, como nómada, como extranjero, como minoría (minoría en el sentido negativo que en realidad tiene, más allá de las buenas intenciones de nuestra época).
El poeta, así, queda expuesto. Su labor tiene lugar desde una posición de debilidad. Esto queda claro si comparamos las fuerzas de otros tipos de discurso: la política, la publicidad, la tecnología. El poeta se expone a su propia lengua y queda expuesto por ella. Por eso es débil. Su fuerza reside en atreverse a esa debilidad.
Uno es extranjero en su lengua como lo es en cualquier territorio más allá del íntimo, el cercano. La lengua siempre implica un exterior, y por más que sea la propia, una distancia, una lejanía, otro horizonte.
Al no poner las expresiones venidas de mis otras lenguas en los poemas en español, aunque dejándolas visibles, lo que he intentado es alisar el poema, no marcarlo, no estriarlo, para usar palabras de Deleuze. Dejar que la superficie del poema quede lisa es para que el lector pueda recorrerla, explorarla, sin pasos de aduana y con un mínimo de peajes, que el lector pueda también ser nómada en su lengua, un extranjero. También extranjero en su propia lengua.

Silencio y vida teórica


Hoy es lunes. Ayer no dije una sola palabra en voz alta. No vi a nadie, no hablé con nadie. Sí que envié un par de mails y algunas otras notas electrónicas, pero nada más.
Por la noche, estaba leyendo tumbado en la cama, y me di cuenta de que no había hablado en todo el día. Miré a mi alrededor, a la habitación, los libros, la pared encima de una de las mesas de trabajo, a todos los papeles, poemas e imágenes que tengo ahí pegadas, y pensé: ¡qué bien se está aquí! Me acordé de un viaje que hice una vez a una ciudad de las consideradas bellas e interesantes, en el que salí poco del hotel, principalmente para comer o para ir a alguna librería. Me quedé en la habitación leyendo, escribiendo: pensando. Esa sensación de ser extranjero en todas partes a menudo me lleva a esta clase de recogimiento: el viaje, el nomadismo, va por dentro.
Esta mañana, como hago de vez en cuando, me puse a explorar los estantes para ver si encontraba algún libro olvidado que me llamara la atención. Salió uno de Pessoa: Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal (Emecé). En él encontré lo siguiente:

Entre la vida teórica y la vida práctica hay un abismo, sobre el que algunos, más individuales, no-sociales, son puente. Manda quien quiere, siervo de pensamientos dispersos, anónimos, que por tales no son pensamientos.
Dejemos la acción a aquellos que piensan por cabeza ajena, pues existen sólo para actuar. Recojámonos al juego alado, fútil incluso, de las teorías, desilusionados de cualquier posibilidad de que podamos actuar sobre los otros, de que seamos más en la vida que forasteros.
Desdeñadores de todos los ideales, sobre todo de los que buscan la felicidad en la tierra para los otros—pues la felicidad no puede ser un ideal sino para nosotros—viviremos apartados, como los otros iniciados, los del alma (más allá de la inteligencia), que nada, tampoco, quieren esperar de la vida. Así el ironista seguirá a la par del adepto, entre las ruinas del Templo de Salomón, y por aquel llano próximo donde, un tiempo, el Maestro estuvo sepultado.

Anomalía

Una especie de relato

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Tras una relación por momentos turbulenta, un hombre y una mujer se separan. Ella vive en La Plata; él en Buenos Aires, a 60 kilómetros. Se ven—se veían—los findes: él tomaba el tren el viernes por la tarde y pasaba con ella sábado, domingo y, a menudo, lunes; ella rara vez iba a Buenos Aires. Su vida juntos ocurría en horarios y lugares de ella, en los que habían dejado establecer una rutina tranquila, placentera. Periódicamente, ella entraba en crisis y le decía a él que no lo quería, o que lo quería a medias. Esto a él le hacía mucho daño y es probable que este daño fuese lo que no le permitiera analizar o entender ese, en realidad, llamado, ese pedido de ayuda que ella le hacía: “Te quiero a medias, no quiero quererte sólo a medias”. No fue hasta un período de relativa calma, tras la ruptura, unas semanas de calma que trajeron con ellas un poco de lucidez, que él pudo pensar y entender aquel mensaje.

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Nuevo blog


He abierto un blog para La Expedición, una muestra peregrina que estoy comisariando junto con Leonello Zambón y Zina Katz.

Esta es la primera curaduría que hago en Argentina. Y me pareció desde el principio que debía incluir dos elementos para mí muy importantes: el viaje y el azar. El primero lo haremos en unas bicis que armó Leo; a lo segundo nos entregaremos precisamente porque no sabemos muy bien con qué o con quien nos vamos a encontrar: la muestra saldrá de esos encuentros.

Radicante


La ciudad que no termina

En sueños, se me mezclan las ciudades. El aeropuerto de una se convierte en el puerto de otra, con los aviones aparcados en las dársenas. Todo en estas ciudades mezcladas, en esta única ciudad que sueño últimamente, acaba siendo un lugar de paso, como si no hubiera un punto de llegada, como si el viaje no pudiera terminar. Por este camino sin fin y siempre urbano que he estado soñando varias noches seguidas, me encuentro con amigos y conocidos, hasta con gente que me conoce sin que yo la conozca y luego me encuentro en la realidad despierta: charlamos, tomamos algo en algún café, esperamos juntos mi próximo transporte.
Le conté uno de estos sueños a unos amigos porque aparecían en él. Se rieron, diciendo que mi vida trashumante ahora también se da en el subconsciente.
Siempre he estado más cómodo en lo que Marc Augé llamó los no-lugares, en el anonimato, aunque me quejara y despotricara por sentirme solo, lejos. Pero en los sueños no estoy solo ni lejos. Sólo tengo que llamar a un amigo que esté cerca del lugar en que me encuentro; luego tomo el tren o el autobús o el metro, el avión o el barco, y llegar a otra zona de la ciudad interminable. Ahí me encontraré con alguien más, con otra persona querida.
Voy ligero de equipaje en estos sueños. Muchos de los lugares que visito me son familiares o bien conocidos, pero siempre distintos, como suele ocurrir en los sueños. Los recorro y en ellos me sorprenden los cambios: ninguno es como lo recordaba, pero tampoco resulta irreconocible.
Hace poco, el conductor de un autobús se reía de mí. Habían supromido la parada en la que tenía que baja. Todo cambia, me decía, tienes que venir más a menudo.

El viaje inminente


Éste que hago a menudo, no es un viaje, sino el comienzo de uno, o su anuncio, o la inminencia de ese viaje que siempre estoy preparado para emprender. Vivo así, preparado para emprender el viaje, siempre en guardia, siempre con la maleta hecha. La maleta hecha mentalmente, psicológicamente.
El otro día, mientras preparaba la bolsa para ir a La Plata, paré un momento, sorprendido por la rapidez con la que lo estaba haciendo, con la que tomaba decisiones—esto sí, esto no—. Justo había mirado el reloj en el momento de ponerme con la bolsa. Eran las 17:23. Miré el reloj unos instantes después de este de mi sorpresa y ponía 17:27. La bolsa contenía el ordenador, cables, libros, libretas, ropa, un neceser de baño y otro con herramientas que utilizo para escribir y para trabajar en mis cuadernos: pegamento, tijeras, navaja, regla, lápiz, bolígrafo, tinta para las plumas, un pincel. Cuatro minutos de decisiones rápidas y no faltaba nada.
Y no es que siempre lleve lo mismo, o la misma mochila. Además, con el tiempo inestable que hemos tenido últimamente, tocaba decidir qué ropa llevar, adivinando el clima de los próximos días.

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Los sin-lugar


En los 90, nos dio por traducir homeless como sin-hogar, así que no veo problema en traducir otro neologismo anglosajón, placeless, como sin-lugar. Los sin-lugar somos aquellos de origen múltiple, ya sea geográfico, racial o cultural; los que no hemos crecido ni vivido después en un único sitio, adaptándonos a y adoptando muchas de las costumbres de varios lugares; los que vivimos en varios lugares casi simultáneamente.

Hace poco, Anand Giridharadas, publicó en su columna del New York Times un artículo sobre los sin-lugar. Pero el artículo pasa de ser descriptivo a ponerse moralista: al parecer, los sin-lugar siempre sienten una especie de nostalgia por el lugar, un lugar, un origen, una forma de vida tranquila, sin dudas, sin ambigüedades, bien anclada en sus costumbres, su idioma, su acento, su comida, su geografía. Lo que yo me pregunto es, si lo que dice Gridharas es verdad, ¿por qué son cada vez más los sin-lugar?

Está claro que la globalización juega un papel importante en esto, pero no creo que se deba sólo a las condiciones externas de un mundo cada vez más conectado y fluido. Por un lado, según Gridharas, están los sin-lugar obligados por esas circunstancias a viajar a otros lugares en busca de trabajo, la pura supervivencia. Estos a menudo sufren ataques por parte de los gobiernos de los territorios a los que emigran, o de grupos armados que se empeñan en defender la “esencia” de su lugar, o de las burocracias que no están preparadas para este tipo de flujos de personas. Luego están los sin-lugar privilegiados, los que pueden escoger dónde viven, los que pueden vivir en varios sitios durante el año, los que siempre están de viaje. Estos lo tienen más fácil para defenderse de los ataques, para moverse de un sitio a otro, para encontrar o crearse un trabajo.

Pero creo que Gridharas se equivoca.

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Icebergs


No sé exactamente de dónde viene, pero el nomadismo está de moda. Muchos lo atribuyen, especialmente en el mundo anglosajón, a las tecnologías portátiles y la conectividad casi ubicua. Pero ya a finales de los 70 y principios de los 80, Deleuze y Guattari hablaban de nomadismo desde un punto de vista filosófico y poético.
También, ha habido algunos comentaristas que han descrito la posición de Walter Benjamin, entre el marxismo y el mesianismo judío, entre la revolución y la redención, como nómada. Hay muchos otros ejemplos; uno de los que más me gusta es el de Fernando Pessoa, con su nomadismo identitario.
Con todo, parece que hay que adoptar la etiqueta de nómada, contra la de sedentario, para estar a la moda, o tener razón en las discusiones públicas. Últimamente, me topé en el blog de Juan Freire con una cita de Paul Virilio en la que interpreto que “sedentario” es un insulto y “nómada” un elogio. Es la siguiente, que traduzco:

La naturaleza de ser sedentario y nómada ha cambiado […] Las personas sedentarias se sienten como en casa allá adonde van. Con sus teléfonos móviles y sus ordenadores portátiles, están tan cómodas en un ascensor o en un avión como en un tren de alta velocidad. Esta es la persona sedentaria. La nómada, por otro lado, no se siente como en casa nunca, en ninguna parte.

¿Y cuál es mi problema con esta afirmación-negación? Primero, que la tecnología no tiene nada que ver. Virilio, con su odio a la velocidad, que podríamos etiquetar como un odio a la actualidad (algo que Benjamin tenía mejor articulado en su posición contraria al progreso), quiere poner a los usuarios de la tecnología, sea ésta de comunicaciones o de transporte, en el bando de los que no se adaptan filosóficamente al mundo actual. Un nómada usará la tecnología que más le convenga. Y si ésta le ayuda a mantenerse en su tránsito permanente, mejor.
Lo de sentirse a disgusto en todas partes pertenece más bien a la categoría del exiliado, del sedentario que ha perdido su casa, su lugar en el mundo. Aquí, el sentimiento principal es el de la nostalgia, acompañada de una cierta medida de resentimiento. Es fácil confundir, hoy en día, nómada con exiliado o emigrante. Pero son dos maneras de afrontar la vida distintas.
Deleuze decía que el nómada, para ser lo que es, ni siquiera tenía por qué salir de casa. Uno puede formar su clan en sus lecturas, o en su identidad, como hizo Pessoa. La clave está en siempre encontrarse en tránsito hacia otro lugar, sea éste interior o exterior; en la diversificación rizomática de lo que uno “es”.
Pero también, en el nómada, y de manera simultánea, hay un punto de aceptación de lo dado: los territorios (de nuevo, interiores, exteriores) son lo que son, están ahí. Pueden ser montañosos o llanos, el clima puede ser favorable o no, puede haber otro tipo de impedimentos por el camino. El nómada debe sortearlos para hacerse con un territorio, que siempre será suyo de manera temporal, hasta que pase a otro.
La cita de Virilio—aunque sólo una cita y no he encontrado el texto completo del que proviene— apenas toca la punta del iceberg, que quién sabe lo que esconderá debajo del agua. Los icebergs, como todo el mundo sabe, son nómadas.

Sobre el nomadismo y los objetos


No sé si es extraño o qué es, pero conforme más lo pienso más convencido estoy de que la vida nómada lo es más y mejor si uno no depende del coche. Como bicho en movimiento, lo que llevo haciendo de un tiempo para acá, es deshacerme de los objetos, aunque no de las cosas, para evitar un exceso de peso, que no de bagaje. Las cosas las lleva uno en la memoria, en el recuerdo, en el ADN; y ahora con la digitalización de todo, puede uno ayudarse con memorias artificiales.

Por ejemplo, no llevo una maleta llena de mis escritos, como hizo Walter Benjamin en su último viaje, o como Hemingway, que la perdió, dando lugar al mito de la gran obra perdida. Van todos en el disco duro y muchos están almacenados en servidores externos, de manera que aunque no lleve conmigo el ordenador, puedo llegar a ellos desde cualquier conexión a internet. Libros, mi gran adicción, compro los indispensables; ya no compro porque es posible que algún día me interesen, sino porque los voy a leer ahora. Luego queda bien abierta la posibilidad de venderlos o cambiarlos por otros.

Tampoco me interesa llenar mi casa de objetos decorativos. Y no sólo es porque no quiero cargas, sino también porque cuanto más móvil me considero, más tiendo a la vida interior, a la virtualidad de la imaginación y la memoria.
Y las paredes las mantengo en blanco; así cuando me levanto por la mañana el camino virtual a seguir ese día, que marca los caminos físicos que transitaré, empieza en limpio, sin las imposiciones que otros, con sus obras, o yo mismo al colgarlas ahí, me impongan.

Últimamente tengo tanta energía que cada día aparece como una nueva aventura, con una carga de posibilidades enorme, como si me encontrara en un cruce de innumerables caminos. Moverme por y entre ellos, como navegar de un enlace a otro por internet, de una idea a otra, relacionándolas o rompiendo sus lazos, se ha convertido en mi vida nómada.

Y vuelvo al principio, a la idea de que el coche es más una carga para el nómada, que una herramienta útil. Cada vez más, siento que la libertad a la que muchos aluden para defender el uso del automóvil, es una idea falsa, más de sedentarios soñadores, que de nómadas. El coche, como gran objeto a cuidar, limita, sirve como ancla, más que como navío. El nomadismo siempre ha sido interior (virtual) y exterior (físico). Una forma de vida, más que un estilo.

Y ahí, entre forma y estilo, puede que esté la gran diferencia. La forma abarca toda la vida; el estilo se queda en lo nimio, lo meramente visible. Podría decirse que forma es una especie de arquitectura profunda, mientras que estilo es decoración. Las conexiones neuronales que arman redes distribuidas entre sí, con el cuerpo, con otras personas, con el exterior, con las ideas, con el mundo, son esa arquitectura profunda; requieren toda la vida. Se puede cambiar, pero hay que trabajárselo. En cambio, con el estilo, sólo hacen falta llamar por teléfono a un par de sitios: a una asesoría de imagen y a un estudio de decoración.

Nomadismo y colaboración


Está en Buenos Aires la Muestra Euroamericana de Cine, Vídeo y Arte Digital (MEACVAD), con exposiciones, proyecciones, conferencias y foros de primera calidad.

En un foro de discusión titulado “Viejos medios/nuevos medios: Proceso artístico, ciencia y tecnologías”, me llamó la atención, oyendo a Tania Aedo, que los laboratorios que se han montado en muchas partes del mundo, para que en ellos colaboren científicos y artistas, están fracasando.

En el mismo foro, Mariela Yeregui dijo que lo que hace falta es trabajar de manera transdisciplinar: ni multi, ni inter: trans. Buscar esos intersticios que se abren entre las distintas disciplinas y exdplorarlos. Esto me suena a un trabajo de frontera, que se da en tierra de nadie y que muchas veces se encuentra entre dos o más demarcaciones, sean de países, de ejércitos (con sus correspondientes trincheras), de disciplinas (con sus jergas y conceptos), de idiomas.

Quizá el fracaso de los laboratorios interdisciplinares se deba a una escasez de guías y traductores: personas que sepan moverse entre una demarcación y otra, precisamente por la tierra de nadie, por el espacio difuso de la frontera, acostumbradas a sobrevivir donde apenas hay aire y espacio para hacerlo. Algo así como lo que en el norte de México llaman un coyote.

Una de las labores más importantes y difíciles en la constitución del Santa Fe Institute, el primero en el mundo en dedicarse (de hecho fue fundado para eso) al estudio de sistemas complejos, fue encontrar el punto de comunicación entre físicos y economistas. También había profesionales provenientes de la biologoía, la informática, el urbanismo, la sociología, la química y la neurología, cada una con sus conceptos y su jerga especializada. Había que traducirlo todo para que se entendieran, claro, pero también había que llevarlos a la tierra de nadie, al sitio que pudieran explorar juntos para elaborar los nuevos conceptos.

Hizo falta un equipo de dirección que tuviera paciencia y fe en que todos estos especialistas podían explorar un mismo terreno, cada uno con sus ideas y sus herramientas. Hicieron falta coyotes que llevaran a los especialistas a la tierra de nadie y les enseñaran a vivir en ella con los demás. Había que producir mapas de la tierra incógnita y cada especialista traía su manera de hacerlos: los coyotes ayudaban a traducir esas maneras para que fueran comprensibles por quienes no estaban acostumbrados a usarlas.

En otras palabras, hacía falta un espíritu nómada que, digamos, supiera hablar ya no en términos de círculos, sino en términos de redondeces. Parece perder exactitud en favor de cierta vaguedad, pero en realidad eso es lo que se necesita para poder explorar un terreno nuevo. La idea de la redondez es más abstracta que la de círculo y a la postre, más exacta… menos idealista, más realista.

Quizá el coyote deba ser un filósofo. Habrá que leer mejor a Badiou.

El bulo de la entrevista

Esta semana, por una de las listas de correo a las que estoy suscrito, me llegó lo que para mí era una novedad, y para muchos otros no lo es: la supuesta entrevista del diario O Globo, de Brasil, a Marcola, el líder mafioso del Primeiro Comando da Capital. Me impresionó tanto que enseguida escribí un mail a Marcos Taracido, de Libro de Notas, para que la enlazara allí. Al día siguiente, me entero de que lo más probable es que la entrevista sea falsa. Lo que sigue son algunas notas que he ido tomando al respecto.More…

1. La entrevista puede ser un bulo, un bulo viral. Y la razón por la cual ha seguido circulando por la red es que de alguna forma resuena en el espacio entre nuestros miedos y la realidad. Algunos comentaristas en los blogs simplemente la consideran falsa, dando a entender que no hay porqué prestar la menor atención al texto. Como si un texto de ficción, sea o no literario, fuera incapaz de transmitir la verdad. A este respecto, un comentarista en el blog de Julián Gallo anotó la siguiente cita de Borges: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.”

2. Se puede seguir por esta vía. En el teatro he aprendido que hay que mentir para decir la verdad; es lo que hacen los actores, y es lo que los directores y el resto del equipo les ayudan a hacer. Los poetas también lo hacen; como ejemplo supremo, está la Autopsicografía de Fernando Pessoa, aquí en versión de Santiago Kovadloff:

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.

3. Resulta imposible rastrear la entrevista por internet hasta llegar a su origen, dadas las características de la red: hiperdistribuida, de manera que podemos pasar de un punto a otro, pero nunca llegaremos al origen, porque si lo hay, está en el mismo nivel que cualquier otro nodo en la red, lo que lo hace indistinguible. Quizá con mucho tiempo, se podría rastrear en Google hasta llegar a la mención más antigua de dicha entrevista, pero esa es precisamente la cuestión: ¿quién tiene tiempo? Además, el enlace más antiguo que encontráramos podría ser el primero; los enlaces también mueren.

4. Foucault dijo (probablemente no como insulto, pero bien podría pensarse así) que el siglo XXI sería deleuziano, y aquí tenemos un excelente ejemplo. No importa si la entrevista tuvo lugar, lo que importa es que se trata de un flujo de ideas que se convierte en una diversidad de flujos, de ideas, conceptos, actitudes, posibilidades, predicciones, amenazas y demás, sobre lo que está ocurriendo en América Latina: líneas de fuga de su realidad, apenas aprensibles, difíciles de controlar, al parecer imposibles de detener— éste es uno de los temas principales de la entrevista.

5. El Primer Comando Capital (PCC), liderado desde la cárcel por Marcola, es claramente una máquina de guerra (una máquina deleuziana), un aparato nómada dedicado a luchar contra el sedentarismo que es la piedra angular del Estado (y del estado actual de las cosas) a partir de la cual se construye un edificio excluyente, mantenido por funcionarios, sacerdotes, comerciantes y todo aquel con un interés creado en el inmovilismo. La máquina de guerra entra en conflicto directo con esta burocracia de la exclusión, de la escasez programada, programática. Máquinas de guerra son las mafias y las redes terroristas, claro, pero también muchas empresas legales, muchos movimientos alternativos: la que no hace la guerra directamente, hace el amor, se dedica al comercio (global), al blanqueo de dinero, a la creación y diseminación de ideas sobre otros estilos de vida posibles. Tiendo a pensar que poetas como Pessoa, como Baudelaire, fueron y son máquinas de guerra, mientras que hay otros poetas y escritores que forman parte del aparato sedentario.

6. En el intercambio de correos electrónicos entre Marcos Taracido y yo sobre este asunto, venían palabras como “miedo”, “espeluznante”, “aterrador”. Lo mismo en nota que se publicó en Libro de Notas. Creo que una de las funciones de la entrevista a Marcola, falaz o veraz, es producir exactamente eso: miedo. Es un acto terrorista limpio, sin sangre. Una especie de terrorismo lírico.

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