tema: Ideas sueltas

Tentación


Un poema que no puedo colgar aquí porque lo prometí para una revista que aún no ha salido. Pero no puedo resistir la tentación. No puedo colgar las palabras en el orden en que las escribí, pero puedo colgarlas en orden alfabético. Las palabras son de todos, ¿no? Si alguno de ustedes quiere hacer algo con éstas, adelante.

a acoge adentro Adónde agua agua aire al algo andamio Antes anunciando aquel aquí avanza azul
bailar bala Bernstein blanco borró burbuja but
calle cambiaremos cartografía celos cerrar Charles chorro cielo como con congoja correspondiente
de de De de de de de de de de dead dead débil DeKooning del del desánimo desierto día dificultad Disculpe dónde dorsal delito dorso droga
El el el el el El El el en en en en en es es es Esa Esa ese espejo espina esquina exigente existencia
fantasía felicidades foto fuego futuro
hace Hasta helada hombría hora hotel hoy
in infierno instala instante instante interior is
la la La la la la la la La la La las limpia listening lo Lo los los luego
mano Mañana más más memoria momento
nos not Nuestra nuestra número nutre
obligatorias Ocupemos ojos Otro
página pedigüeño permiso pidió poco poco poetry por presente profundo
que que que Qué que que que que quinquenio
Rauschenberg religión respiración ruido
sagrada sangre se sentí Siempre silencio sin sobra speaking su
The the the tiene to to
vacío vamos venimos ventana viene
Un un un Una uretra
y y y

Yografía


No uso teléfono móvil de ninguna clase. Las redes sociales, como Twitter y Facebook, han llegado a depender de la inmediatez que los móviles inteligentes proporcionan. Siempre llevo una libretita en el bolsillo, y cuando voy por la calle, anoto constantemente en ella cosas que se me ocurren: versos, ideas para poemas, tuits, cartas, frases que veo pintadas en las paredes. Luego, cuando llego a casa, igual que me vacío los bolsillos, miro en la libreta y saco de ahí lo que en realidad me interesa, más allá de la gracia que me haya hecho en el momento.
Un día empecé a anotar frases para una especie de historia de un Yo, un ego, algo así. Pueden ser ficticios, o mentiras directamente, o pueden ser cosas que en realidad pienso y hago. En casa, me dí cuenta de que podían ser tuits, y los empecé a colgar en la red, con el hashtag #Yografía. Aquí van algunos:

Yo alquilaba un Rolex, reloj de lujo atemporal.

Yo no estaba; pero pensaba en estar.

Yo no sabía que chicle y masticación estaban ligados etimológicamente.

Yo detestaba a los turistas. Ese era mi mejor elitismo.

Yo seguía a un montón de gente en Tw.

Yo pensaba que podría haber arte, poesía, no conceptual.

Yo pensaba que autopublicar era autopublicarse.

Yo intuía que el arte le sacaría el polvo a la vida diaria. De tales polvos, estos lodos.

Ahora al ir a #Yografía, descubrí que otro ya había tuiteado con ese hashtag, colgando frases de corte poético, sin el nivel de autoironía o autosátira que busco—y al que todavía no he llegado. Pero no quiero que se trate de un esfuerzo sostenido. Las frases son frases sueltas, sin continuidad, que surgen de muchos lugares distintos, según las mil y una cosas a las que presto (prestamos todos) atención a diario.

Se vende


Todos los poemas de Buenos Aires publicados en este blog, ahora en una edición especial en papel.

Se trata de una edición de la Biblioteca Popular Ambulante, de 50 ejemplares numerados y firmados, con las tapas hechas a mano.

Sale 150p. Pedidos por inbox.

El precio de los libros


No gasto en nada, salvo en alquiler, comida, salir a cenar muy de vez en cuando… y en libros. Pero en Argentina los precios de los libros se han duplicado en los últimos 2 años, más o menos. Así que también compro menos libros. Lo que no logro explicarme es el porqué de esta subida tan drástica.

En marzo, un librero del Parque Rivadavia, en Buenos Aires, me dijo que los libros habían subido un 40% el mes anterior, y no sólo los que recién salían al mercado, sino los que ya estaban. Y esto a mi pregunta de por qué un libro que yo había comprado a 80 pesos un año antes, ahora que lo quería volver a comprar para regalar, estaba a 110.

Esto tiene mucho que ver con las importaciones desde España. En las librerías de Buenos Aires (y hay muchas) se ven tantos libros españoles como argentinos, además de algunos mexicanos. No se encuentra casi nada del resto del mundo que habla, lee y escribe en castellano. Sospecho que los editores argentinos ven cómo se dispara el precio de los libros españoles y marcan los suyos al alza de acuerdo con esas subidas. Si un libro español cuesta entre 150 y 200 pesos, el editor argentino pondrá el suyo entre 100 y 170, dejándolo más barato que el importado, pero más caro que un año antes. Y esto sin contar los libros cuyo precio ya es alto en España; aquí me refiero a libros que no tienen nada de particular en cuanto su producción: los que sólo incluyen texto.

El peso argentino está ligado al dólar. Así que si el dólar baja con relación al euro, el peso también baja con relación al euro de manera automática. Si el peso fuera una moneda que se pudiera cambiar en los mercados internacionales de divisas, quizá la situación sería otra, los importadores podrían pagar en pesos y no tendrían que volverse locos pagando por divisas un precio todavía más alto.

El gobierno argentino ha puesto muchas restricciones, desde los últimos meses del 2011, a las importaciones; más recientemente, al cambio de divisas. El dólar está a 4,50 pesos, y el euro a 5,68. Ese es el cambio oficial. Pero no se puede comprar dólares porque el mercado está restringido. Quien quiera hacerlo, tendrá que ir al mercado negro, o paralelo, como lo están llamando. Y ahí, lo último que supe es que el dólar estaba llegando al los 6 pesos: una especie de devaluación encubierta. Esto quiere decir que el euro debe rondar los 7,57. Esto márca una diferencia del 33%. Y hay que añadirla al precio de los libros.

No cabe duda de que la inflación, calculada alrededor del 25% en el último año, se ha estado comiendo los ingresos de los argentinos. Pero la inflación en el precio de los libros nos ha hecho mucho daño a los leemos.

Doy clases de filosofía y estética en varios centros culturales de Buenos Aires y La Plata. Mis alumnos a menudo no pueden gastarse lo que cuestan los libros que leemos. Esta gente motivada que viene a mi clase porque le interesa el tema, no porque busquen algún título, que no doy. Mucha gente termina leyendo fotocopias. A menudo no me queda otra opción que armar un paquete de lecturas con materiales fotocopiados de varios libros.

Se me ocurre un par de soluciones. Una es que los libros españoles se impriman en Argentina. El gobierno ya apuntó a esto a finales del año pasado, cuando varios contenedores llenos de libros quedaron varados en el puerto. Otra es que juntemos equipos de traductores y correctores, y hagamos nuestras propias traducciones—la mayoría de los libros de filosofía y estética que se encuentran en castellano han sido traducidos de otra lengua—y los vendamos en PDF a 10 pesos, que no sería un precio de venta exactamente, sino una contribución al esfuerzo de saltarnos un sistema de producción intelectual que no funciona. O que, más que propagar el conocimiento, lo limita.

17 libros para llevar a una isla desierta


Siempre he detestado la pregunta, ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta de y para gente que no lee. La persona lectora suele leer todo el tiempo, siempre que puede, y por ello, a acumular libros: en el recuerdo, en los estantes de su casa o de alguna biblioteca pública. Sin embargo, esta pregunta absurda tiene un valor: nos obliga a pensar en lo que más hemos disfrutado al leer, lo que más hemos amado al leer, aunque nos hiciera sufrir, lo que más queremos volver a leer. La pregunta es casi, ¿con quién quieres pasar el resto de tus días. Pero me pasa que no creo en la monogamia, y no creo en ella en un sentido particular: cada uno de nosotros es múltiple, si estoy con una mujer, estoy en realidad con muchas de las personas que ella es, sean de tipo más o menos masculino o femenino. Lo interesante de una relación, vista de esta manera, resulta en ir conociendo a toda esa gente que vive, y que llega a vivir, en ese cuerpo, bajo esa falsa identidad que es la que se nos impone desde fuera. Lo mismo me pasa con los libros. Cada uno cambia con cada lectura porque cada uno, aunque la letra venga fija sobre la página, cambia con cada lector que yo pueda llegar a ser. Uno siempre deviene otro lector.
Visto así, sí que podría llevar un solo libro a una isla desierta, pero me niego. He elegido 17, número primo y uno de mis favoritos, 17 libros que para mí conforman, en cierto sentido uno solo: el que llevaría a esa maldita isla.

  • Dante Alighieri, La divina comedia
  • John Ashbery, Selected Poems
  • Georges Bataille, La parte maldita
  • Charles Baudelaire, Las flores del mal
  • Walter Benjamin, El libro de los pasajes
  • Elizabeth Bishop, The Complete Poems
  • Jorge Luis Borges, Ficciones
  • Julio Casares, Diccionario ideológico de la lengua española
  • Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha
  • Charles Darwin, The Voyage of the Beagle
  • Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas
  • Jacques Derrida, Disemninación
  • Friedrich Nietzsche, Obras completas
  • Fernando Pessoa, Drama en gente
  • Rainer Maria Rilke, Las elegías de Duino
  • Raymond Roussel, Locus solus
  • Mark C. Taylor, Erring

Hartimáñez y el atasco

Hace unos 3 años, Carlos Ortin y yo nos pusimos a jugar con un personaje que nos venía al dedo para reírnos de todo, con alguna que otra sutileza. Luego me vine a Buenos Aires, Carlos siguió en Valencia y no continuamos. Esta movida venía de nuestras conversaciones, de las risas en el bar, de la tensión creativa que siempre hubo entre nosotros. Aquí va un ejemplo:

No se trata de desconectar


Imposible desconectar es el título de un artículo que apareció recientemente en El País acerca del uso de los teléfonos móviles en el trabajo y para trabajar en los momentos que se suponen de ocio o privados. Dice que los trabajadores se ven esclavizados, o atados al móvil cuando no deberían de estar trabajando.
Pero creo que el problema no viene de ahí, sino de las horas que tienen que pasar en la oficina, en gran parte innecesarias. ¿Para qué ir a la oficina si ya estamos híperconectados? ¿Para que nos vean trabajar?
Gran parte del trabajo que se hace en una oficina, si no hay que estar de cara al público, se puede hacer en la playa, en el bar o en casa. Se puede organizar de tal manera que el trabajador pueda combinar sus ratos de ocio o privados con los de trabajo. A lo mejor alguien prefiere trabajar por las noches, o por las tardes o de 5 de la mañana a las 12 del mediodía. Si esa persona está conectada y tiene toda la información que necesita para trabajar, ¿por qué tiene que acudir a un espacio anclado a tierra?
Es posible que hagan falta reuniones de vez en cuando, pero dudo que sea así todos los días.
Ocurre algo parecido con el periodismo. ¿Para qué ir a la redacción? ¿Por qué no moverse por la ciudad, o por donde sea, y escribir desde donde se esté? ¿No tienen la mayoría de los periódicos y revistas sus archivos on-line? Esta es una profesión que pide movilidad a gritos, pero no, hay que seguir yendo a las redacciones como buen ganado.
A menos de que sea más importante la política oficinista que el trabajo, claro.
La idea de desconectar tiene que ver con el tipo de trabajo alienado que se sigue practicando y que las empresas del siglo XX no han sabido superar, entrando así al siglo XXI. Uno hace un trabajo y luego tiene una vida, la desconexión entre esas dos facetas es lo que produce tanto malestar en los trabajadores… tanta depresión. De lo que se trata es de encontrar un ritmo que permita hacer todo lo que uno quiere y tiene que hacer. La misma idea de vacaciones forma parte de este mundo de alienación. Si cada persona pudiera trabajar a su ritmo y ocuparse de todo lo demás, la casa, los hijos, los abuelos, los viajes de placer y los de trabajo, y su vida fuera algo más cercano a un todo, este tipo de artículos no tendrían el menor sentido.

El intelectual de pueblo


Mi gran amigo Pep Izquierdo lleva unas semanas quedándose en casa y como somos tempraneros, nos ha dado por mantener una buena conversación durante el desayuno. Mejor eso que leer el correo electrónico o la prensa. El otro día estuvimos hablando de Álvaro Cunqueiro, y eso me movió a volver a pensar en Mondoñedo, una pequeña ciudad perdida entre bosques en los montes de la provincia de Lugo, una ciudad adormilada, que hace unos años visité, precisamente, en compañía de Pep.
Buenos Aires es una ciudad intensa, enorme, todo lo contrario de Mondoñedo; estas últimas noches, después de la conversación sobre Cunqueiro, me daba por pensar en la posibilidad de instalarme en esa otra ciudad a llevar una vida pacífica y centrada en mis libros. No tengo la menor intención de irme de Buenos Aires, pero este tipo de ensoñaciones van bien para descansar el cuerpo y el espíritu después de un día largo sin parar.
Esta mañana le conté eso a Pep, y nos pusimos a hablar de la figura del intelectual de pueblo, principalmente del historiador de pueblo, tan denostada en España desde el gran auge del cosmopolitismo cutre que se dió en los 80.
Pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de los intelectuales de ciudad son, en realidad, intelectuales de pueblo. Lo que distingue a uno y otro es el grado de teoricidad. Digamos que el verdadero intelectual urbano se inclina más hacia la teoría y el de pueblo más hacia la colección de datos, de objetos o de lo que sea. En otras palabras, es un coleccionista. Y en las ciudades hay millones de coleccionistas: de comics, de discos de jazz, de libros sobre la historia de la región, etc.; o incluso de ideas, teorías y sistemas filosóficos.
Y se nota en los cafés. ¿Cuántas veces no me he juntado en uno con gente a charlar de cualquier cosita intelectual y resulta que se dedican a desplegar la colección de datos o ideas que tienen en la cabeza?
Yo, por si a alguien le interesa, soy un híbrido: coleccionista empedernido, pero también aficionado a la explicación y el análisis de las cosas, inclinado hacia la teoría, aspecto que abarca buena parte de mis conversaciones mañaneras con Pep. En Buenos Aires, he conocido a más coleccionistas que a teóricos. En la mayoría de los sitios en los que he vivido también. Supongo que el tipo de intelectual que predomina es el de pueblo.
Pero que no se me malinterprete. El prestigio de los teóricos por encima de los coleccionistas suele ser sólo social, un juego de espejos. El de los coleccionistas a menudo está más relacionado con lo económico, mucho más estable y, quizá, verdadero.

El vendedor de alfombras


Cuentan los viajeros que cuando uno va a un bazar en los países levantinos y se interesa, por ejemplo, por una alfombra, o cualquier objeto relativamente caro, el comerciante le invita a pasar a su tienda, le ofrece té y conversación, y lo mantiene ahí durante un buen rato antes de comenzar el regateo. Un viejo vendedor, sobreviviente de mil batallas comerciales, me comentó una vez, hace muchos años, que sin conversación no hay venta. O sin cordialidad: la cordialidad como base del comercio, sobre eso va este post.
Estamos acostumbrados al autoservicio. Nos molesta que venga un vendedor a darnos la lata cuando estamos mirando algo en una tienda. Luego nos molesta cuando la tienda no tiene vendedores que nos ayuden cuando lo necesitamos, cuando tenemos alguna pregunta. Tampoco se regatea, ya, en la mayoría de los lugares. En otras palabras, lo que ocurre es que no queremos hablar. Preferimos mantenernos en la burbuja que se ha vuelto costumbre en las grandes ciudades.
Pero hay rubros en los que la conversación sigue siendo el centro, la herramienta básica de toda venta. Uno de ellos es el de la galería de arte, sobre cuyo negocio vengo escribiendo desde hace días. En la galería, el que no tiene recursos sociales no vende: así de claro.

El otro día se me ocurrió una fórmula para describir esto. Es la siguiente:

capital cultural x capital social = capital financiero

Y la podríamos resumir de la siguiente manera: CS=F.

En la galería, el artista pone el capital cultural y el galerista pone el capital social. Combinándolos, se puede ganar dinero con el arte. El capital social del galerista se compone de sus amigos y conocidos, toda esa gente con la que mantiene una conversación, más o menos prolongada en el tiempo, y que tiene dinero para gastar en arte. El trabajo del galerista, entonces, es conversar: hacer conexiones y mantenerlas.

Este tipo de venta especializada, que todavía tiene mucho que ver con los sistemas de los antiguos bazares implica sociabilidad, conversación, cordialidad. La venta surge de la charla y de la hospitalidad hacia el posible comprador. Por eso he sacado al principio la idea del vendedor de alfombras: creo que da una idea clara de lo que implica la venta de arte. Y claro, una vez llegados a un punto de cordialidad, una vez ablandado el cliente, empieza lo bueno: el regateo.

Más cronistas, por favor


Hace unos días publique este artículo en Libro de Notas, donde sigo manteniendo una columna esporádica. Ahora lo cuelgo aquí, por si alguno de ustedes se lo perdió allá.

“Sólo las minucias de la vida son importantes.” Eso escribió Joseph Roth en un artículo titulado “Lo que he visto”, y publicado el 24 de mayo de 1921 en el Berliner Börsen-Courier. Roth fue uno de los más grandes cronistas urbanos que encontraron un sitio en los diarios de finales del siglo XIX y principios del XX. Roberto Arlt fue otro. No sé si Arlt leía alemán; no sé si se iba por el puerto en busca de periódicos atrasados traídos por los buques procedentes de Hamburgo, o si se daba una vuelta por algún club alemán o judío de Buenos Aires en donde se pudieran encontrar esos diarios ya en desuso. No sé si era lector de Roth.

Lo que sí sé es que igual que Roth fue uno de los grandes cronistas de Berlín, Arlt fue el mejor de Buenos Aires. Sus aguafuertes, no es que sigan llamando la atención, es que conquistan nuevos lectores cada día.

Esta es una carta de Roth enviada a su editor en 1926:

No es posible escribir crónicas con la mano izquierda, y uno no se debería permitir el escribirlas como algo secundario. Eso es un insulto al género en sí. La crónica es tan importante para un diario como la política, y para un lector resulta mucho más importante. El periódico moderno se compone de todo menos de política. El periódico moderno necesita reporteros más que editorialistas. Yo no soy una guarnición, ni un postre, soy el plato principal…. La razón por la que la gente coge un diario soy yo. No el artículo sobre el parlamento. No el titular. No la sección internacional. Y sin embargo en la redacción piensan que Roth es una especie de cotilla excéntrico al que pueden pagar porque el suyo es un periódico tan importante. Están muy equivocados. Yo no escribo “columnas divertidas”. Pinto el retrato de la época. Para eso están los grandes periódicos. Yo no soy un reportero, soy un periodista; no escribo editoriales, soy un poeta.

(texto completo...)

Sobre el futuro del libro


Crecí en una casa con una biblioteca importante. Siempre he vivido entre libros, nada fácil tomando en cuenta mis múltiples mudanzas, cambios de ciudad, de país. Por eso hace unos meses argumentaba sobre la necesidad de una gran biblioteca electrónica, o la posibilidad de llevar muchos libros conmigo, en mi ordenador o algún otro aparato de lectura: en ese caso la portabilidad de la biblioteca, la movilidad del lector, era lo que más me preocupaba.
Esto no quiere decir que haya perdido la pasión por los libros físicos, de papel; a mí me sueltan con dinero en una buena librería y salgo bien cargado y sin poder siquiera pagarme ya un café. Poco a poco el contenido de los libros se va pasando a medios electrónicos, pero ¿qué pasara con el contenedor, con los libros en sí? A esa pregunta van dirigidas estas notas.
Uno de los principales caminos que seguirá el libro, creo, es el de las ediciones limitadas, caras y muy bien hechas. Serán para coleccionistas o especialistas, para fanáticos del libro muy logrado. En una época, no demasiado distante, en la que cualquiera podrá acceder a contenidos gratuitos o muy baratos, los libros de lujo seguirán existiendo y, probablemente aumentará el número de libros producidos y el número de compradores de este tipo de objetos.
Un buen ejemplo de lo que digo es Teatro Proletario de Cámara, del poeta argentino Osvaldo Lamborghini, editado en España por Anxo Rabuñal. La edición, preciosa, cuidadísima, se sostiene entre las manos y ante los ojos durante horas. Se trata de una edición casi facsímil de los carpetas en las que Osvaldo fue guardando y creando uno de sus últimos proyectos. Son páginas con poemas, borradores de poemas, collages, dibujos, pinturas: un libro total que no quedó olvidado tras la muerte del autor en 1985, porque no lo estaba, pero al no tener quien lo editara, permaneció como un mito entre la secta de los osvaldistas durante años. Rabuñal hizo un trabajo excelente para llevar este libro al público, pero en una edición limitada de 300 ejemplares. Y me parece muy bien que sea así; los editores comerciales tuvieron su oportunidad y no se interesaron, no les cuadraban los números. Rabuñal sacó un libro para amantes de los libros, para los interesados en Osvaldo Lamborghini, para nuevos y viejos bibliófilos, pero no para el público en general… ese público es el que los grandes editores dijeron que no necesitaba este libro. Quienes sólo se interesen por los textos de Osvaldo, pueden acudir a las recientes ediciones de Sudamericana. Quienes aman los libros, tanto por su forma como por su contenido, tienen una obra de gran belleza. Anxo Rabuñal no es un pionero en esto, y sí un editor consciente del tipo de libros que traerá el futuro.
Este no es un “libro de artista”, pero casi. Los libros de artista serán otro camino a seguir. Baratos o caros, casi siempre en ediciones limitadas, esos libros llegarán a los interesados en el arte o en ciertos artistas por caminos distintos que el libro habitual. Y serán precisamente artistas y poetas, junto con editores muy particulares, los que hagan este tipo de libros, fuera de lo que habitualmente conocemos como “mercado del libro”. Tendrán pocos lectores, sí, pero eso de los números de ventas pertenece ya a otro mundo, al de ese “mercado” del cual no forman parte. Esto lleva ocurriendo desde hace bastante tiempo, no es nada nuevo, y sin embargo, sí que es un camino de futuro. Ahora mismo hay una gran exposición de libros de artista en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles que explica bastante bien la trayectoria de este medio en los últimos 40 años. Ayer el fotógrafo Bruno Dubner me hablaba incluso de hacer tiradas de 50 ejemplares, muy cuidados, muy trabajados y bellos. Por ahí creo que irá la cosa.
Después estarán los libros editados “bajo demanda”. Uno llegará a ellos por catálogos electrónicos, los pedirá y se los fabricarán en el momento, sin tener que invertir en papel y tinta hasta que no haya comprador. Este camino ya está abierto también y sirve tanto para manuales técnicos muy especializados, como para personas que quieren ver el objeto de sus desvelos y ratos de ocio entre tapas. No dudo de que el mercado masivo termine siguiendo este método. Que muchos autores decidan suprimir al editor (ya que las casas editoriales ya no ejercen en realidad su función como filtros) y llegar al público directamente.
Los que sólo son lectores y sólo se interesan por el contenido lo tendrán por medios electrónicos. Esto cambiará, tarde o temprano, los contenidos y la forma de leerlos, igual que lo hizo la imprenta a partir del siglo XV, y eso traerá cambios sociales como ocurrió entonces también. Cuáles serán esos cambios, eso sí que no lo sé. Si fuera adivino trabajaría para un banco.

Perdedores de oportunidades


Ahora que el paro galopante nos ha bajado esos humos con los que andábamos por el mundo, quizá se pueda empezar a hablar en serio de proyectos conjuntos entre España y Latinoamérica. Como español y latinoamericano llevo 25 años mirando con rabia como España se hacía la guapa y le daba la espalda a América, en lo económico, en lo cultural, en todo.
Las empresas españolas llegan con soberbia sembrando pesos para cosechar euros. Luego se quejan cuando recogen lo que han sembrado, dejan de invertir, no cumplen sus contratos y las echan: a eso lo llaman inseguridad jurídica. En lugar de asentarse e insertarse en los países que les han abierto las puertas—por la razón que sea—se han comportado todavía con esa mala leche colonial que consiste en venir a extraer la riqueza para volver a la metrópoli lo antes posible.
En Argentina, así es como Aguas de Barcelona tuvo que salir por piernas hace algunos años, y el pasado, Marsans, que de la flota de 80 y pico aviones de Aerolíneas dejó sólo 26 en funcionamiento.
Yo que soy rata de librería, lo veo también ahí, donde los libros españoles cuestan por lo menos el doble de los argentinos. Y eso que aquí hay cierto poder adquisitivo; ya me gustaría ver cómo están las cosas en Bolivia o en El Salvador.
Pero, ahora que todo se está yendo al garete en España, y quizá sea demasiado tarde, las editoriales españolas podrían pensar en entrar de verdad en este mercado enorme que es América Latina. Y deberían hacerlo con lo mejor de sus catálogos, pero impreso aquí en ediciones baratas, aunque sea en papel de mala calidad.
Al mismo tiempo venir a explorar la enorme reserva cultural que es el continente, tampoco sería mala idea. Hay poco intercambio libresco entre los países de América, por razones políticas en algunos casos, o económicas en la mayoría. ¿No sería una gran aventura comercial y cultural construir un sistema de distribución continental de libros a buen precio?
En todo el mundo de habla española hace una falta increíble saber qué se está escribiendo en otras partes de ese mundo. Y si España abordara esa necesidad como un igual, sin colonialismos, sin esa actitud extractiva que tan mala fama le ha ganado a las empresas españolas, quizá otra relación sería posible: una de mutuo beneficio real entre todos los países donde se habla español.
En España vuelve a repetirse por enésima vez lo de las oportunidades perdidas. Siempre lo mismo. Una crisis siempre presenta posibilidades de cambiar de rumbo. ¿Las exploraremos, por lo menos?

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