tema: Fin de frontera

ANTES EL PAISAJE

Revisa su vida y tras la encuesta
ve que es otro.
Quiere romper ventanas
y el gálibo impuesto por su nombre, Narciso
lo obliga a reír
encendiendo la tele para ver la guerra.
Todo queda tan cerca que dice Narciso riendo:
Lejanos los espejos y la necesidad de ríos—
televidente yo
seco los aires de mi casa
con los restos de mi voz y la arena de mis manos
mi canto, mi descenso en la alegría feroz del agua.

(texto completo...)

Las Tensiones


Pour abreuver mon Sahara
— Charles Baudelaire

A little sting speaks for a crowd of voices
—Wallace Stevens


1
Se indican tres lugares.
Uno es calle o teatro, el río es otro
y el desierto que rodea la ciudad.
La calle de mujeres con prisa
camino de otras lasitudes— más lentitudes;
el río de voces camino de un mar, nuestro desconocido
para traer, subir, bajar la carga no dócil siempre
del diario azul, de nubes, halos contra el sol.
The sun city.
Junto al desierto, al atravesar las afueras
se ven desde trenes o autobuses
fábricas derruidas, la despepitadora de algodón
muros de adobe erosionados en el viento
permitidos en silencio, ruinas que permanecen
semejantes en el tiempo a un error escondido.

2
El estallido.
La sirena seca, instantánea como una muerte
sin que vuelva a fluir el tráfico
y sale gente hasta del asfalto a ver qué.
Más adentro, los bultos en el habla se avistan
se atraen, repulsan, esquivando charcos de miseria
donde el agua negra de conversaciones
retiene la sustancia de las piedras aprendidas.
Un muerto y un cine ya para nadie
incendiado, sin presión en los arbotantes.
La noticia se abre
abierta de caminos, roces, quemaduras de un tropiezo a otro
por la renovación de las verdades donde nunca llueve—
en esta ciudad, la voz se atreve como única humedad.

3
Rompen vidas contra el oído.
Inundan, alcanzan alturas
desde donde pensábamos divisar la llama
que en secreta peligrosidad rompe las puertas:
es delicadeza dividida en partes desiguales
como cañonazos en el tiempo—
el silbido, la bala, risa exterior, es su señal.
Recibo de montepío.

Yo mismo hubiera votado por el fin.
Hace pocos días yo mismo hubiera preferido
hubiera dicho sí sin acertar
a la lotería del silbido.

Multitiud. Extinción en densidad
en compraventa
y precio del poema.

En la ciudad seca
inunda el accidente cada instante, rincón, extinción y necesidad:
rotas las compuertas con la explosión
anulada la reclamación antes de serlo
borrada en griterío, la palabra cae muerta:
instinto es la guerra, sola humedad;
la transacción, única experiencia: ganada en el juego
sin pronunciar aún si es catástrofe.

4
Las mujeres irían adelante, la consigna—
estrategia surgida en época electoral contra puños
que cerrados secan ríos de golpe sobre la mesa
o de una grieta impuesta sobre el mapa.
El río de voces que nuestra vida sostiene
baja por valles desdibujados a mañanas pabilosas
donde no se marcan los lugares donde caen
ni el silencio al caer de los muertos.

5
Nadie le alza la voz, quiere salvarnos.
Escenas suyas, heroicas en pantalla
son puntitos de color para mayor gloria
que vistas a distancia apropiada proponen la mudez;
ante 6 teles del escaparate descanso
espero un autobús, sigo mi camino.

(Luego correrá, rumor como agua, como alivio
la voladura de su quijada o desaparición de su cuerpo
hallado luego afuera
sin ojos, sin lengua
pies y manos atados y agujero 22 en la cabeza.
O mal se hablará de él, como siempre peor
y las portadas añadirán otra cara
a la escolar salmodia de mesías numerados.)

6
Grabados con agujas de sal y tintas que van de miedo a luz
de aire en agua, de canción a risa
en la piel exhibo mis límites.
Mi amor por las voces.
Junto al placer del humo que permite a la luz ser otra
y los interiores sean otros cada vez;
abiertas al ambar de mediodía
las voces frotan climas ásperos para entregar
a punto de rozar nuestras pieles
el placer minuciosamente acumulable
hasta poder llamarlo felicidad.

7
Voz que duerme, ya materia de los sueños
tan real vista con ojos recién abiertos
más fuerte que esta tierra gris, amarilla en las afueras.
Parece compuesta de palabras por decir
canciones por cantar
detrás de cortinas, otra habitación
o conversación que al girarme
pierdo en la multitud, o gritos, anuncios
lo nunca visto, decía y reí;
lo dicho a mi lado, lija de la piel
y placer al responder; la voz atrás de mi en el tren
que comparé a la del bien que viene de muy lejos
y calló una estación antes.
El griterío tras la barda en juego cada vez perpetuo.
El recuento de monedas, un viejo en lentitud
averiguando si tiempo queda para otra.

8
Guerra frágil de los rostros en ciudades donde no llueve.
Contra ventanales y ventanas de marco y cruz blancos
desportillados
astilla el sol su impotencia de invierno
y las esquirlas de su luz saltan a los ojos, crispación de uñas.
Las miradas se repliegan a cada encuentro
se borra toda sombra en esa hora—
se exhibe el metal de manos contra la aridez
que aliadas a la voz brillando sol débil
comiencen a descubrir
por desvío de la deseada melodía
el tráfico, la lenta muerte hacia otro verano
más amplio que el filo de la calle.

La guerra en el lugar sin lluvia
tiene como fin el control de la humedad:
la humedad es enjambre, perplejidad
y lucha diaria por saber, vender, comprar;
la canción en la noche fina, tarareada, sin origen;
los gritos entre puñales, piel rasgada, y sea sangre.
Brota nueva, manantial entre ruido de martillo, taladro
y los motores de explosión.
Puede ser ternura que alarga días, instantes
y permite que ese instante perdure
trabajada frente al sol reflejo del asfalto.
También pudre y mata, y se pudre y muere.
Se filtra por rendijas olvidadas en los sueños
dejando su marca en la memoria primera de la mañana.
Confundida pronto con la luz, con la calle
con palabras primeras a cambio de otras;
no desaparece con detergentes nuevos y expandidos
siendo una mancha cualquiera;
ni permite al tacto anhelar su repetición.
Esa humedad, voz en la ciudad sin lluvia
se erige en causa
fin último, bien preciado a toda costa;
une y rompe amores
permite la guerra y la prohibe
y la guerra se hace por ella:
la guerra, en el lugar sin lluvia, es también humedad.

9
Otra voz de las voces interrumpe tanto ir y venir
deja sanguinolenta el agua
con un fuerte y elongado pronóstico:
para mañana lluvias, explica radiada una voz
principio de lejana sustancia horizontal
aquí medida, repetida con indiferencia taquigráfica
y que vuelve amarillenta desde el día de otra parte
para exigir de las voces la sedimentación;
la orilla, donde esperar o volver al afán de vadear
previo pago
queda cubierta de un fino manto de humus
tristeza seca en algunos ojos, brazos, ayudas.

10
Cataratas de luz endurecida, a la izquierda
vientos cortos, frío que gira de arena
tan áspero al tacto.
Vuelvo la cara hacia nuevas brisas
sequedad lacerante
y defiendo 10 cm de asfalto donde los ecos
no cargan con su origen, ahí permanezco:
en el promontorio de una escritura seca.

La voz desaparece abriendo otra cicatriz
otro lugar, marca de sol, arena sin color
movida por la luz a desenterrar
de entre los dientes de la muerte, un valle de asfalto
medalla de horror clavada en la piel
donde, señalado por pequeños rasguños
surge un rumor calcáreo.

Ruinas y calles una tarde y otra
son el itinerario al despertar
a la concentración del instante.

Entre el hastío y la aurora
corre la transacción seca desde la violencia perfecta
del ocaso, escucho aullar el día en sus resquicios
al momento en que las calles
devorando el principio de la noche
sucumben al viento.

11
Otra matanza, su noticia, me inició al día:
al tiempo.
Cerré el diario, marqué el número;
hablé largamente por larga distancia.
Julia con su móvil
sorteaba el ruido en su ciudad;
su voz llegaba emborronada
repitiendo las cosas de su voz como reliquias
al ayudarme a conjurar las horas
desde la matanza más largas
cada una instante sin fin de la sed
cuando el día se ha gastado
sus minutos, hojas de álamo flotando en viento:
la sed me llama y lleva calle adentro
me pide un acto de fuerza mental, una violencia
o sutil, una cadencia—
un ritmo que se lance, hasta roto, al espejismo
a lo lejos al final de la avenida
cercano al centro:
será el centro, sí
eso que nos empeñamos en beber y nos bebe
fuente y abismo
para mejor atravesar la oscuridad—
tenue, ahora que está en lo alto el sol.

12
Acercándose en el tiempo, responden olores de algarabía
ruido de almas hacia el río;
hombres como derrumbes esperan en cuclillas la noche.
Y del río son las voces que en el tiempo muerto
forman breves remolinos:
este río hecho canal hecho calle
teatrillo donde los entusiasmos
títeres con forma de aves conocidas
han de nutrirse con las sobras del que regresa.
Umbral donde por la mañana, siempre
se condensa el ciego aliento en la prosperidad
humedeciendo el comercio;
ahí fui aprendiendo a mirar o a ser mirado—
si la mirada es pregunta del rostro— y a escuchar:
se anuncia, pide, vence, declara, elogia, suprime
y tal vez por fin se conjuga, en cajas acumulando
sueños-para-luego
toda señal que el río deje
a su paso por las decisiones.

¿Y quién se inicia?
Al otro lado está el comienzo, igual que aquí—
y en medio, el cauce llamado cicatriz—
lugar de los asesinatos con linterna
de la adicción al fuego contra quienes huyen
oídos en la noche como nubes alejadas por el viento.
El río se desentierra por los valles asfaltados
y mi alegría es decir el arañazo de su curso.

13
“Hoy espero cruzar
dejar atrás esta amenaza de secretos llenos de voces;
dejar atrás esta esperanza del objeto menos tiempo arrodillado
fabricado en serie con síes arrugados y tan recios antes del cuchillo—
a la menor pronunciación,”— se dice el transeúnte a diario.

14
Dirección sur
esqueletos de camiones junto a la carretera nueva
anuncian que ya no importa la luz;
tienen rotos los espejos, o robados:
aviso de no mirar atrás
ni en precaria inmovilidad
buscar el momento que aquí ya no es
—como un falso indicio—
la ciudad:
la tierra de las afueras
cuando la novedad deja de ser luz de mediodía
cuando la novedad se borra y el ojo abarca el infinito;
y donde los vientos como tumulto de gente alegre
dejan la herrumbre a nuestros pies
a finales del invierno
arrancando techos o esperanzas de techo
que vuelan por el desierto
como finos sombreros del pasado en calles europeas.
Afueras donde las arenas, con su finura o en el aire
han ido robando terreno a la voz y la respiración puliendo
precipitando locuras traídas de otras estaciones
donde los hábitos, escombro aquí, tal vez duren más;
arenas que usamos a manos llenas para lavar
siempre con cuidado
y luego clavar en la memoria
momentos de la voz amada
trozos de conversación con forma de souvenir
de alivio
siendo nuestra naturaleza perderlo todo
y olvidarlo al poco entre las ruinas.

Ahí permanece el árbol, roto como un calambre en la garganta—
el árbol en que anida un ansia de alas finas:
mi religión de ir de lugar en lugar
incluso a creer
cuando con cada llama nueva, certidumbre del gesto
los aspavientos se derrumban.

15
“Esperé que una voz saliera del silencio
secando el sentido a mi alrededor;
otro silencio: húmedo y perfecto”
— nos explica alguien desde la pantalla.

16
Una actriz se desliza por los sótanos de su experiencia
en un desgarro de uñas de risa
y lentas salen sus palabras de arena caliente
casi vidrio, vuelto luego añicos de silencio. No reciclable.
Entregada a su voz como al tiempo de un amante
ella muere cada noche y ahora prepara su muerte.
Eleva su estola de sangre por encima de los huecos
oscuridades de cansancio sus ojos, para cantar tenue:
“Dios del tiempo
acepta nuestra ofrenda
dios del tiempo;
acepta el sacrificio de las horas
y las voces indistintas
dios del tiempo.
Dios del tiempo
somos nosotros
somos nosotros, aquí.”

17
En los instantes siguientes observé las transacciones.
Con cariño nos entregan a la intemperie
y sagradas también a veces, nos dejan afuera, al sol
a que nos agrietemos y sumemos años en semanas;
así, cuando el vampiro roto del tiempo
succione su marca sobre nuestra piel
y los argumentos de la sangre quemada sean suyos
quedaremos exentos, aunque con lentitud
de la autoridad de lo ya dicho.

18
“Véngase con nosotros.”
Oscurecía y repartieron velas.
Entonces vi junto al hormigón de las ciudades
cómo la sangre quemada se levanta, humo de las voces.

Amo las voces—
junto al placer del humo que permite a la luz ser otra
y ambar de mediodía.
Hora en que pedimos
llegue de la voz amada
una palabra cualquiera y transparente.
Su acento es la última dignidad posible
antes de partir
como si con cada viaje
cada uno fuera ciudad hace poco arrasada
o árbol en medio de un decorado monumental en desuso.

19
Mi cuerpo llegó así hasta el teatrillo
donde se representan los días en disminución.
La función de hoy:
romper el tiempo y el viento se lo lleve
romper el viento, río seco, y la luz se lo lleve
romper la luz y que mis pasos la arrastren por la arena
romper mis pasos y que el frío los descubra;
romper el frío y amarrar los trozos con alambre
para colgar el amasijo ventana afuera.
Romper la ventana con la mano que de un golpe apartó el futuro
y olvidarme de la mano, convertida en tiempo
y el tiempo ahora, otra vez, en deseo.
Entonces, la idea es vadear el río seco del viento
la luz dueña del mundo lo inunde.

Me entrego:
mis brazos arrastran por la arena el frío
hasta descubrir mis lentas fidelidades.
Disminuidos los días y arrastrados a los rincones
sigue siendo tiempo lo que me queda, lugar al que pertenezco;
siguen ardiendo los días como hachones a lo lejos
en un intento de alumbrar algo—
el sabor abierto de las voces
condensado en hojas de instantes afilados
contra la piedra unión de los días.

20
Amo las voces
amo su presencia pluvial
y como dejan en el ocaso de su colección
el aire al sol
listo para desmoronarse en nada
y al menor tacto;
palabras como personas conocidas
arrastradas río abajo de las voces
del río que divide el mundo:
halladas días luego en la orilla
inertes.

Voces, colección de amores y anhelos también:
vuelo y belleza
y hasta extrema fealdad
pobladoras de extrarradios;
almas clavadas en aire gris atardeciendo
reventadas por la luz final del poniente.

Amo las voces en la ciudad dinamitada
y tras la voladura del silencio
industrial el ruido.
Voces una eternidad esperando
palabras en oleada desde el aire
y al que vuelven
tras levantar para un solo instante
el mundo.

21
De madrugada en la ciudad sin lluvia
encontré eel siguiente pasquín:
“Mirar, dureza de mirada al transeunte
subir escaleras, estómago vacío
(el estómago vacío es esencial).
Espejo, revisar indumentaria
faz insulsa, desnudarse
aguantando el aire
pulmones que no resisten, toser
no resisten— última prenda al suelo
cama helada adentro, tiritar soledad
cara contra la pared.
Inicio de narración anterior al sueño;
bonita preferiblemente.
Anular dolor, detalle opcional.
Dormir.

“Frío.
Despertar en poco a menuzar tiempo.
Vigilia, conversación recordada.
Repetir cambios.”

EPÍLOGO

Un asunto que nos incumbe tan íntimamente
queda en un charco de sangre seca.
Otra felicidad, otra sedimentación de las palabras
otra erosión de las voces
ceniza del tiempo tras la circularidad del fuego.

Más canciones que el viento arrastra por las avenidas
que se atoran en colchones destripados
o en vidrios rotos por los terrenos baldíos.
Feliz el niño que los explora
y guarda las canciones para escucharlas
en el secreto de su imaginación
marcando el ritmo de la ciudad con piedras y botellas.

Y con el eco de ese ritmo
la ciudad se entrega al sol cada mañana.
Magia renovadora, cera por modelar
esas canciones que el viento agita
entran en las calles
como un ángel que viniera a dejar su mensaje
y descansa a la sombra de un sauce
volviéndose invisible a pocos pasos.

Hacer una leyenda es fácil:
los días en que ángel se retira sin respuesta
es que ha muerto una canción—
su sangre se seca sobre el pavimento.

Placer de la taxidermia


La sangre
ofrece su nombre
a lo siempre anterior.

—José-Miguel Ullán

Yes, as every one knows, meditation and water are wedded forever.

—Melville, Moby Dick


El Taxidermista rompe un ala y la tira a la basura
dijo que necesitaba el ave sólo por partes.
Fue antes de la guerra
y de ahí hace cuatro años, cinco.
Sedentario ante la muerte
explorador de los cuerpos y señales
por la vida punteada con vida—
también oí no fuera intermediario en el tránsito
siempre hacia la tierra, útil para el viento
y hacia el agua, dueña de todo
incluso en ausencia.

¿Qué de su entrega al silencio?
A quién pregunto su pasión por la duda
y su norteño instinto en vericuetos y cavernas
las que en tiempos almas habitaron
que decían una y al menos hoy sabemos varias
y además en guerra contra sí.

Un cormorán le trajeron y había salido
a llenarse los bolsillos de gravilla;
volvió y estaba ahí, muerto, listo para disecar.
Fue entonces que lo abrió, lo disecó abierto de alas
con cuidado sumo y atención, como al ideólogo perplejo.
Abierto el cormorán de alas
lo disecó en su gloria
en postura de secarse tras la caza.

Me dijo el Taxidermista que como los amantes entre sí
él regala su labor al aire a ras de tierra
el que borra los pasos y las huellas del siglo inhóspito
último en alzarse hacia la luz.
Es húmeda caricia el aire
y más el de los días más tiempo entregados a la hegemonía del agua.
Pero son las horas las que cuentan, dice
despejadas ya las nieblas del misterio
cuando a la disección entrega las manos que son desde el tacto
sagradas
manos al desmoronar las lápidas de sucesiva oscuridad
que se cierran sobre el día
y el oleaje de la sangre.

Consciente dice estar del umbral que lo preocupa
y no es más que un lugar abierto a los delgados
persistentes terremotos del conocimiento
esos que deciden la duración de un segundo
de los segundos solitarios o rodeados como en olas
sangre de segundos que mancha una pequeña luz a medio mar.
Los minutos son el tacto
si roza la piel contra las indiferencias
y bate en interiores costas las rocas de lo sucedido ya
cercano y al parecer inevitable como la erosión de las montañas.

El mar devuelve un ave muerta—
Ícaro el gárrulo cae siempre del séptimo al mar y se ahoga
amarrado a la tormenta, lejos de ser visto
vistiendo menos y menos lo que fue siendo
para al fin quedar desnudo contra cada roca.
El también hurgó en otra potestad
buscando una lápida labrada con las voces
con el aire, voces que la piel liman
abriéndose, dispersándose al sinsentido
riendo heridas entre sí
hasta desangrarse en la blancura de la piedra
y permitir que el espacio de la sangre
pertenezca a la tormenta de luz
que las estraga en el temblor de la alegría más antigua.

Cerca, la mano que sujeta el escalpelo no tiembla
se ocupa del emisario
del que siempre trae silencio y qué hablar;
y nadie se decanta, mirando con ojos de huevo
la brecha abierta en el mensajero
sin abandonar tampoco el cuchillo sin filo de la lucha por los despojos.
Ese cuchillo es precursor de las migraciones
forzadas o inevitables, de los abandonos y la esperanza
que luego dejan siempre el aceite de la espera sobre el pavimento;
camino de la arena todavía
la arena ya se mete entre los dientes como una lija de ira
demoledora de paredes junto al viento
preparado hace siglos el terreno del azar.

Abierto un mirlo, el Taxidermista hurga entre hilos viejos
algo de otros años de su vida—
el mirlo, mientras, parece un embajador
con su bello cráneo recién hervido.
El cielo roto en añicos como tanta fe
como tanto logro cuando escampa el tiempo ancho
deja que las nubes caigan, casi perdonadas por las circunstancias
de los hombres de ambición—
deja que las nubes caigan a rasgarse contra simas de papel y otros cristales
como si por las montañas florecieran los abismos.

¡Y seguimos hablando de abismos!
Aquí el cielo, desequilibrando al aire, se funde;
rodeado de agua
alista en el naufragio la esperanza de las voces;
luego hecho luz en fáciles vidrios
parece entregar su densidad al viento
a las caras de los hombres
o a la crueldad entre las aves.

Busca el Taxidermista la fuerza de la muerte que a la vida nos arrastra
sin destrucción preestablecida, sin paz;
identifica el camino de la reconstrucción de cada instante;
el lugar donde cruzar el río ancho de los años
sin vado, sin barquero
y llegar a la otra orilla, exacta a ésta.
Puebla de imaginaciones las mañanas
y en las largas caminatas
las tardes
con relatos de amores que no duraron el tiempo del amor
acortando el recuento de los cuchillos afilados en olvido
único destino que sabemos nuestro.

Tampoco hay ferocidad que no se permita el Taxidermista;
ferocidad lenta, alegre muchos días
fruto del trabajo de su paso por las horas altas de la mirada.

En la armonía seca, la obra del embalsamador
cuarteada por el vendaval penúltimo
la luz del umbral sin puerta
la luz de la humedad que antes de su retorno envuelve los cuerpos
ofrece una apenas una mancha perceptible:
el halo de la tarde sumergida en el tráfico de las serenidades.
A esa hora el dolor es dulce en el asombro
y mar de lejanía;
la luz de la insistencia que va poblando con su espuma de sangre la distancia
es ira de retorno, mar
imagen reflejada en el estruendo del agua:
eternidad que a cada avance permanece igual de lejos.
En esa hora, el Taxidermista
recoge la belleza y las derrotas de los hombres
su esperanza de durar algo más
o no ser destituidos en la memoria del mundo.

Con remanentes de cielo derribado que entre sus alas encontró
rellena la gaviota reidora de las nubes y los puertos fríos;
las alas de un destino
preparadas para la noche como un esguince de nostalgia.
Luego la sutura de los rencores
siempre que sea en las horas ciegas
es más limpia.

Plumas, plumajes erguidos, aves indelebles
aves y ángeles de voces atribuidas
retroceden, avanzan, se desploman
suben otra vez, presas de sí mismas, si viven todavía;
bajan, se adelantan, apenas salvando sus plumajes ebrios
entre techos y cables hacia la caída
logrando continentes en la migración
su placer en la distancia—
tierra y agua contra el hambre de horizontes.
Anudada la respiración de las horas y los ríos
retroceden a nutrirse en las miradas que reposan sobre ellos
ángeles de mar y de tierra
cada uno único y mejor, disecados.

La ventana sucia.
Mirando a través, al fondo
las manos del Taxidermista
en tensión parecen rotas
como si de tanto despejar los otros tiempos
del aire del taller.

El Taxidermista, hombre entre los hombres
convierte lo que toca en objeto.
Los ángeles son silencios que van y vienen
vendavales para cada irisación
miradas rotas como burbujas entre niños—
pero quedan las canciones que a golpes queremos callar;
ropas de muertos queridos guardadas en armarios
lejos del tacto y la memoria;
el placer en desecar otra lección
otra única señal, otra conquista provisional del silencio
a gritos como una polvareda
como un instinto más en el insomnio.

El suyo está en el escalpelo
dedicado a las voces que le traen del infortunio.

Me uno al incendio y la marea para encontrarlas antes;
subo tierra adentro presentando la garganta y riendo
a ver si la altura regala su rito.
Cada palabra es entonces y para él, una amputación —sobresalen las amputaciones—
un permiso como un bastón contra los espejismos.
El mundo es cercano como un espejo al alcance de la mano
hecho de leyes que son montañas de brazos y piernas
y nombres asociados ya sólo a las fotografías;
dividiendo lo que queda siempre en dos
se adentra en el laberinto de las mitades infinitas.

Su placer entregado al bisturí—
su obra de sequedad es manipular azares
señas particulares
descritas en pasaportes.
Luego, delinea con aguja
toda migración, cualquier vida por ejemplo
ofreciéndole a cambio el deseo de lo cercano
el aserrín de las verdades
esparcidas por los suelos de los suelos.

Un umbral de mitades infinitas
hecho de palabras: el Taxidermista no cura ni regala
si no es la soledad que principia en el umbral.
Con el escalpelo corta el espacio del pasado
como corta el nervio que nos conecta al mundo.
Se arma de tacto en desvivir lo que en cada cuerpo queda de vida
cada abismo, cada aterradora soledad
y encontrando esa vida sin vivir
la anuda, la madura, espera escondido la entrada
en el goce de la conversación, el desgaste de placer
de los amantes frente al espejo;
luego urde los alivios en el fuego
calcina cada poro en la mudez de algunas tardes
a la vista del asedio
donde se piden las rendiciones
y la entrega incondicional de las uñas al desierto.

Hay días cuando el horizonte se acerca
y el Taxidermista cree separarse de la mano que conduce el escalpelo:
la fuerza del brazo
unida a la delicadeza de los dedos
trabaja separando piel de carne —carne y hueso—
hilando siempre un delgado hilo de conocimiento.

Lo Real (así con mayúscula)
pertenece al escalpelo.

Tampoco es típico del Taxidermista, tan europeo
preocuparse por las sobras.
Hace bien, y lo cree así, en darlas a los perros
y lo que sobra de los perros
lo disuelve en la transparencia inhóspita
—la del frasco en el estante—
recogida entre algunas transacciones comerciales.

Hay domingos, claro
cuando saca los ojos a una pareja de amantes
muertos desde lejos en la vastedad de un campo sin arar.
Alguien se los trajo
con esperanza en la preservación de la piel
de sus rostros sin horror
el nuestro de cada día
nuestro aunque pantallas de luz ya ciegas nos protejan;
sin horror y sí la entrega
hoy que se fermenta en el amarillo lento de la muerte
el viento imbatible
que en la intemperie de las almas
conduce a la especulación.
Los reemplaza, según costumbre en el oficio
con otros de cristal
y se entretiene, siendo tarde de guardar
comparando ojo con ojo
y desligando alguna broma como un nervio ya molesto
prestándose a inyectar en cada uno conservantes
de alegres y distintos colores.

No es que niegue los cuerpos a su cuidado sometidos;
lee con placer las señas, vidrio, arena
que en ellos la vida fue depositando.

También, de tarde en tarde
encuentra conchas en toda orilla: y guarda las bonitas.

LA ARENA PROMETIDA

Vinimos del invierno y los paisajes cortos
contaba el Avi.
Lugares donde se reconcentran las voces a que vibre el agua
y el agua anida en el aire palabras lentas
que han de entrar por la rendija bajo la puerta
o quedan colgadas en el viento como trapos mojados
amaneciendo a veces congeladas.
Lugares donde el salitre y el desaliento cubren las paredes.
Y estos días la luna se queda, invisible
si aún sabemos sigue ahí.

(texto completo...)