tema: Diario de la vida diaria

Yografía


No uso teléfono móvil de ninguna clase. Las redes sociales, como Twitter y Facebook, han llegado a depender de la inmediatez que los móviles inteligentes proporcionan. Siempre llevo una libretita en el bolsillo, y cuando voy por la calle, anoto constantemente en ella cosas que se me ocurren: versos, ideas para poemas, tuits, cartas, frases que veo pintadas en las paredes. Luego, cuando llego a casa, igual que me vacío los bolsillos, miro en la libreta y saco de ahí lo que en realidad me interesa, más allá de la gracia que me haya hecho en el momento.
Un día empecé a anotar frases para una especie de historia de un Yo, un ego, algo así. Pueden ser ficticios, o mentiras directamente, o pueden ser cosas que en realidad pienso y hago. En casa, me dí cuenta de que podían ser tuits, y los empecé a colgar en la red, con el hashtag #Yografía. Aquí van algunos:

Yo alquilaba un Rolex, reloj de lujo atemporal.

Yo no estaba; pero pensaba en estar.

Yo no sabía que chicle y masticación estaban ligados etimológicamente.

Yo detestaba a los turistas. Ese era mi mejor elitismo.

Yo seguía a un montón de gente en Tw.

Yo pensaba que podría haber arte, poesía, no conceptual.

Yo pensaba que autopublicar era autopublicarse.

Yo intuía que el arte le sacaría el polvo a la vida diaria. De tales polvos, estos lodos.

Ahora al ir a #Yografía, descubrí que otro ya había tuiteado con ese hashtag, colgando frases de corte poético, sin el nivel de autoironía o autosátira que busco—y al que todavía no he llegado. Pero no quiero que se trate de un esfuerzo sostenido. Las frases son frases sueltas, sin continuidad, que surgen de muchos lugares distintos, según las mil y una cosas a las que presto (prestamos todos) atención a diario.

El libro esencial


Siempre me ha fascinado la idea de un libro favorito, un libro para siempre llevar conmigo, EL libro. Estaba leyendo “Las lecturas del Gaviero”, de Álvaro Mutis, que cuenta que el Gaviero siempre llevaba consigo un tomo de las memorias del Cardenal de Retz, de Chateaubriand o del Príncipe de Ligne. En El paciente inglés, dicho paciente llevaba la Historia de Herodoto en un sólo volumen. Hay gente que lleva la Biblia. Yo podría llevar Mil mesetas, de Deleuze y Guattari, si hubiera una edición de bolsillo.

Mi novia se ríe de mí porque siempre tengo que salir de casa con un libro en la mano. Lo llama mi “objeto transicional”.

El caso es que ahora, con un teléfono inteligente, puedo llevar un montón de libros, y me cabe perfectamente en el bolsillo del pantalón. Pero ésto sólo tiene que ver con el aspecto físico de los libros, o los textos. Aún queda ese otro, más intenso, el de tener un sólo libro al que volver siempre, con el que salir siempre, un libro que lo diga todo, o que lo ponga todo en perspectiva, una perspectiva potente, que a uno lo lance siempre por el camino por el que tiene que ir.

Muchas veces, ese camino ni siquiera existe, o está tan borrado que lo buscamos en cientos de libros, y me ocurre como hoy, que estoy a punto de salir y no sé cuál agarrar.

Huelga de consumo


De repente me di cuenta de que estoy en una especie de huelga de consumo. Y desde hace tiempo. Mi Mac del 2005 estaba en las últimas, imposible de actualizar el software, cuando mi novia me ofreció su portátil igual de antiguo: le saqué el Windows (ese horror) y le metí Ubuntu: tengo una computadora casi nueva. Hace casi un año perdí el teléfono móvil y decidí probar la vida sin uno. Llevaba 16 años usando teléfono móvil, ahora me siento más libre, y no pienso comprar, ni usar otro, si las circunstancias no me obligan. ¿No es eso lo que pretenden vendernos con este tipo de tecnología: más libertad? También una mejor conexión con otras personas, no sólo entre máquinas; y sin embargo, no he dejado de estar conectado. He sustituido el móvil y el teléfono de línea (que tampoco uso), por los encuentros en persona y/o por correo (físico y electrónico), y un par de las redes sociales, usándolas siempre desde la computadora, en casa.
Lo que ha pasado, casi sin que me diera cuenta, es que la calidad ha sustituido la cantidad de los mensajes. Me comunico con las mismas personas, pero menos, y siempre en torno a cuestiones que nos importan. También, ahora que no me pueden enviar un SMS, ha mejorado la puntualidad de las personas con las que quedo en algún sitio, y eso, en una ciudad tan grande como Buenos Aires, resulta positivo: nos vemos un rato, y después cada uno vuelve a su lado de la ciudad, o a sus mil y una ocupaciones, aprovechamos al máximo el tiempo que nos queremos dar uno al otro.
Tampoco tengo televisor ni, por supuesto, cable, ni veo la tele nunca. Esto está resultando muy saludable. Desconozco los anuncios, los famosos, los escándalos, y todo aquello que nos echan en el plato para entretener el hambre de mundo o de realidad que podamos tener. Prefiero salir a la calle y encontrarme con una realidad limitada pero intensa y cercana, que con algo lejano y de baja intensidad. O por lo menos tener un mínimo de control sobre la cantidad de información que me atraviesa.

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La libreta mágica


Acabo de empezar una Moleskine nueva. Las libretitas negras, de bolsillo; siempre llevo una, no siempre de la misma marca. La que terminé hace unos días era una Brugge, argentina, que resultó bastante buena en cuanto a resistencia, maltrato, llevarla en el bolsillo trasero del pantalón. Luego, metí la mano en el cajón donde guardo mi alijo de libretitas negras y saqué una al azar, la que estoy empezando ahora.
Pero ocurre que en la que acabo de terminar todavía hay un montón de notas e ideas con las que sigo trabajando, así que la llevo en la mochila, y la seguiré llevando unas semanas más hasta que esas ideas hayan sido realizadas, olvidadas o sean del tipo que puedo poner en marcha en el taller, y entonces se quedará ahí, en la hilera de las libretas llenas.
Lo ideal sería, claro, llevar una sola libreta. Una libreta sin fin, en la que uno siempre estuviera escribiendo en la penúltima página, en la que siempre quedaran una o dos páginas, de manera que conforme uno fuera escribiendo, lo que se anotó al principio de la libreta fuera pasando a una especie de memoria, a una libreta que lo abarcara todo. Una libreta mágica que siempre incluyera lo que uno necesita.
Y existe, aunque no en papel. En un teléfono inteligente podría llevar todas las notas, todas las ideas, todos los fragmentos de poemas. Sin embargo, el teléfono, aunque más ágil en algunas cosas, no lo es tanto a la hora de incluir diagramas, dibujos, objetos reales, papeles encontrados en la calle, ese tipo de cosas. Los objetos reales (planos, claro) y los papeles encontrados en la calle, fotografiados, pierden algo de su valor testimonial como objetos. Pierden su realidad material y con ella, algo de su valor documental y hasta poético. La cosa sigue siendo la cosa, y la imagen es una imagen, una representación.
Y el lenguaje pertenece a otro orden que la cosa, también. No es para nada lo mismo que yo cuente o describa algo a ponerlo sobre la mesa para que usted lo vea, lo manipule. La imagen de la cosa tampoco es manipulable en ese sentido. El tipo de evidencia de la realidad que ofrecen el lenguaje, la imagen o la cosa es muy distinto. Y esa diferencia es la que importa en las libretas: un papel encontrado en la calle, con sus manchas, sus pisadas, su mugre, no es lo mismo que una foto de ese papel. También cuando vuelvo a las notas para uno poema o una acción, me interesa ver el tipo de letra que utilicé al escribirlas porque me indica algo de mi estado de ánimo, o incluso del momento y el lugar en las que las escribí: no es lo mismo escribir en el tren, con todo el traqueteo, que a la mesa de un bar que de pie en la calle. No es lo mismo escribir rápido que despacio. No escribo con la misma letra según estoy nervioso, molesto, alegre, tranquilo.
Ojalá hubiera una libreta mágica, infinita, donde cupiera todo lo que he estado pensando, planeando, escribiendo en los últimos meses y que, por supuesto, necesito inmediatamente, ¡ya!, al alcance sin tener que volver a la libreta anterior.

Mi cueva/taller


Colom árbol


Silencio y vida teórica


Hoy es lunes. Ayer no dije una sola palabra en voz alta. No vi a nadie, no hablé con nadie. Sí que envié un par de mails y algunas otras notas electrónicas, pero nada más.
Por la noche, estaba leyendo tumbado en la cama, y me di cuenta de que no había hablado en todo el día. Miré a mi alrededor, a la habitación, los libros, la pared encima de una de las mesas de trabajo, a todos los papeles, poemas e imágenes que tengo ahí pegadas, y pensé: ¡qué bien se está aquí! Me acordé de un viaje que hice una vez a una ciudad de las consideradas bellas e interesantes, en el que salí poco del hotel, principalmente para comer o para ir a alguna librería. Me quedé en la habitación leyendo, escribiendo: pensando. Esa sensación de ser extranjero en todas partes a menudo me lleva a esta clase de recogimiento: el viaje, el nomadismo, va por dentro.
Esta mañana, como hago de vez en cuando, me puse a explorar los estantes para ver si encontraba algún libro olvidado que me llamara la atención. Salió uno de Pessoa: Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal (Emecé). En él encontré lo siguiente:

Entre la vida teórica y la vida práctica hay un abismo, sobre el que algunos, más individuales, no-sociales, son puente. Manda quien quiere, siervo de pensamientos dispersos, anónimos, que por tales no son pensamientos.
Dejemos la acción a aquellos que piensan por cabeza ajena, pues existen sólo para actuar. Recojámonos al juego alado, fútil incluso, de las teorías, desilusionados de cualquier posibilidad de que podamos actuar sobre los otros, de que seamos más en la vida que forasteros.
Desdeñadores de todos los ideales, sobre todo de los que buscan la felicidad en la tierra para los otros—pues la felicidad no puede ser un ideal sino para nosotros—viviremos apartados, como los otros iniciados, los del alma (más allá de la inteligencia), que nada, tampoco, quieren esperar de la vida. Así el ironista seguirá a la par del adepto, entre las ruinas del Templo de Salomón, y por aquel llano próximo donde, un tiempo, el Maestro estuvo sepultado.

17 libros para llevar a una isla desierta


Siempre he detestado la pregunta, ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta de y para gente que no lee. La persona lectora suele leer todo el tiempo, siempre que puede, y por ello, a acumular libros: en el recuerdo, en los estantes de su casa o de alguna biblioteca pública. Sin embargo, esta pregunta absurda tiene un valor: nos obliga a pensar en lo que más hemos disfrutado al leer, lo que más hemos amado al leer, aunque nos hiciera sufrir, lo que más queremos volver a leer. La pregunta es casi, ¿con quién quieres pasar el resto de tus días. Pero me pasa que no creo en la monogamia, y no creo en ella en un sentido particular: cada uno de nosotros es múltiple, si estoy con una mujer, estoy en realidad con muchas de las personas que ella es, sean de tipo más o menos masculino o femenino. Lo interesante de una relación, vista de esta manera, resulta en ir conociendo a toda esa gente que vive, y que llega a vivir, en ese cuerpo, bajo esa falsa identidad que es la que se nos impone desde fuera. Lo mismo me pasa con los libros. Cada uno cambia con cada lectura porque cada uno, aunque la letra venga fija sobre la página, cambia con cada lector que yo pueda llegar a ser. Uno siempre deviene otro lector.
Visto así, sí que podría llevar un solo libro a una isla desierta, pero me niego. He elegido 17, número primo y uno de mis favoritos, 17 libros que para mí conforman, en cierto sentido uno solo: el que llevaría a esa maldita isla.

  • Dante Alighieri, La divina comedia
  • John Ashbery, Selected Poems
  • Georges Bataille, La parte maldita
  • Charles Baudelaire, Las flores del mal
  • Walter Benjamin, El libro de los pasajes
  • Elizabeth Bishop, The Complete Poems
  • Jorge Luis Borges, Ficciones
  • Julio Casares, Diccionario ideológico de la lengua española
  • Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha
  • Charles Darwin, The Voyage of the Beagle
  • Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas
  • Jacques Derrida, Disemninación
  • Friedrich Nietzsche, Obras completas
  • Fernando Pessoa, Drama en gente
  • Rainer Maria Rilke, Las elegías de Duino
  • Raymond Roussel, Locus solus
  • Mark C. Taylor, Erring

Primer paseo de 2011


El del 2007 fue el último primero de año que pasé en España. Desde entonces incorporé a mi celebración el paseo del 1 de enero, o del 2, según se tercie la resaca.
Este año no hubo malestar el día uno por la mañana. La fiesta de la noche anterior fue en Tolosa, junto a La Plata, con mesas en la calle, amigos y desconocidos, mucha comida y luego baile. También fuimos a ver la quema de algunos de los muñecos del barri—una tradición platense sobre la que estoy escribiendo un artículo. Había alcohol, claro, pero no me apetecía una borrachera, así que bebí poco.
El primer día del año fue más de estar en casa, en la de mi chica, tranquilos. Almuerzo abundante, siesta. Por la tarde fuimos a casa de unos amigos en City Bell, y la conversación se alargó hasta las 12 de la noche.
Esta mañana, en pie temprano, eché un vistazo a los diarios (en internet, por supuesto), fui al chino a comprar comida para Miti, la gata que pone una cara de ahber sido ofendida en el alma cuando pide, exije, que le den de comer. Luego salí a dar ese paseo con el que me gusta inaugurar el año.
Saliendo de casa de Fabiana, en Meridiano Sur, La Plata, y atravesando la plaza Sarmiento, donde hay un busto muy feo del prócer, me encontré con una ofrenda pagana que me intrigó. En el suelo, en uno de los caminos de cemento que cruzan la plaza, había varias comidas, arregladas como para una mesa: arroz, papas. Habían sido puestas ahí con cuidado. No era que alguien las hubiera tirado, o que fueran los restos de una fiesta. Estaban intactas. No vi señales del alto personaje al que se le ofrecían. Hice una foto, pero luego, cuando volví a casa me di cuenta de que algo le pasa a mi teléfono, que no funciona. No sé si tendrá algo que ver.
Seguí por la calle 18 (en La Plata, las calles van numeradas), por un barrio tan tranquilo que las únicas personas que vi por la calle pertenecían al cuerpo de barrenderos de la ciudad. Eran pocos los coches que pasaban, todo estaba en silencio a las 10 de la mañana.
Pensando en mi artículo sobre los muñecos, pasando por las cenizas de unos cuantos, llegué al Centro Cultural Malvinas, en 19 y 51, que tiene una cafetería grande con wi-fi y espacio para fumadores. Conforme me acercaba al edificio, que que no había mesas afuera y temí que el café estuviera cerrado. Son importantes los cafés. Y también que estén abiertos cuando uno los necesita; son el mejor refugio para los caminantes de la ciudad. Por suerte, estaba abierto, y entré a tomar un café y unas notas para ese artículo que tengo entre manos.
Cuando volví a la calle, se había levantado un poco de viento que arrastraba nubes densas, cubriendo por momentos al sol. Me entraron ganas de que lloviera, de pasear bajo la lluvia este día de verano, pero el viento se volvió a llevar las nubes, el sol volvió a brillar.
Por 51 continué hasta Parque San Martín. El calor agobiaba, se iba mejor por la sombra. Estos son barrios de casas bajas, algunas muy bonitas. Me gusta mirarlas e imaginar la vida en ellas. Para mí lo más importante de viajar ha sido siempre saber o imaginar cómo se vive en los lugares por los que paso. Me interesa menos todo eso más vistoso que los turistas tienen la obligación de visitar. Cuando miro las casas, estas de La Plata, incluso las más modestas, siempre descubro algún detalle arquitectónico que me alegra el momento. Son esas pequeñas alegrías, o micro-alegrías, en realidad, las que me sirven de barómetro psíquico. Cuando las siento, sé que estoy bien, que tengo los ojos abiertos y soy capaz de mirar al mundo, a los pequeños detalles que todo lo cambian.
Por 23 y luego, pasando la diagonal 74, por 22, enfilé hacia casa de Fabiana. El paseo fue breve, pero me sirvió para lo que quería.

De burbujas y redes

Sobre la política cultural de España en América

No es que haya nada nuevo en la información que ha salido últimamente gracias a wikileaks. Estados Unidos presiona, amenaza, discute con amigos y enemigos: la diplomacia de siempre. Friedman, del New York Times, la pérdida del poder geopolítico de EEUU con su dependencia del petróleo del Medio Oriente y el crédito de China: una diplomacia de la escasez debida a la falta de ganas de crear una abundancia que resulta perfectamente factible. En términos energéticos, hay muchas cosas que se pueden hacer para evitar el petróleo; en cuanto a las grandes reservas de dólares que China mantiene, quizá se pueda hacer menos, pero sí que se puede invertir en investigación, en nuevas ideas que procuren otro tipo de entrada y reduzcan la deuda exterior. Se trata de cambiar fundamentalmente de una mentalidad de la escasez a otra de la abundancia. Habrá caído el muro hace más de 20 años, pero EEUU no parece haber aprendido nada.

Cambio un poco el ángulo, el punto de vista. España está metida en una crisis enorme precisamente porque no quisimos aprender: si en lugar de inflar la burbuja inmobiliaria se hubiera invertido de manera agresiva en industrias del conocimiento y en otras energías, como muchos estuvimos pidiendo durante años, esta crisis no hubiera sido tan profunda ni tan dura para tanta gente. Ahora, mucha gente joven con los conocimientos para trabajar en esas industrias emigra; el dinero invertido en educación beneficiará a otros países; España seguirá padeciendo un déficit de ideas, de empresas, de empleo.

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El viaje inminente


Éste que hago a menudo, no es un viaje, sino el comienzo de uno, o su anuncio, o la inminencia de ese viaje que siempre estoy preparado para emprender. Vivo así, preparado para emprender el viaje, siempre en guardia, siempre con la maleta hecha. La maleta hecha mentalmente, psicológicamente.
El otro día, mientras preparaba la bolsa para ir a La Plata, paré un momento, sorprendido por la rapidez con la que lo estaba haciendo, con la que tomaba decisiones—esto sí, esto no—. Justo había mirado el reloj en el momento de ponerme con la bolsa. Eran las 17:23. Miré el reloj unos instantes después de este de mi sorpresa y ponía 17:27. La bolsa contenía el ordenador, cables, libros, libretas, ropa, un neceser de baño y otro con herramientas que utilizo para escribir y para trabajar en mis cuadernos: pegamento, tijeras, navaja, regla, lápiz, bolígrafo, tinta para las plumas, un pincel. Cuatro minutos de decisiones rápidas y no faltaba nada.
Y no es que siempre lleve lo mismo, o la misma mochila. Además, con el tiempo inestable que hemos tenido últimamente, tocaba decidir qué ropa llevar, adivinando el clima de los próximos días.

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Dispersión


Mañana tengo que entregar un artículo que aún no he empezado. Y no por que no me apetezca; en realidad, le tengo ganas al tema. Iba a empezar ayer, pero tenía más ganas de leer que de escribir, así que me puse con un par de textos sobre el mismo tema que debo tratar. En uno, encontré una idea que me sirve para una conferencia que doy en unas semanas, y lo anoté. Entonces me acordé de algo similar que había leído en otra parte, también relacionado con la conferencia, y fui a revisarlo. Me pasé toda la tarde en eso, tomando notas para lo otro, no para artículo que tengo que entregar ya. Luego, con la vista algo cansada de leer en pantalla, abrí por la primera página la novela que toca—siempre, aunque leo muchas cosas a la vez, tengo una sola novela entre manos, en este caso Ellos eran muchos caballos, del brasileño Luiz Ruffato. Había leído cuatro páginas cuando llegó mi chica a buscarme para ir a la inauguración de una muestra. Después, fuimos a cenar con amigos. No escribí lo que tenía que escribir.

Esta mañana me levanté con el firme propósito de hacer ese artículo. Abrí el ordenador, abrí el correo, contesté lo urgente, eché un vistazo a los diarios, abrí facebook para contestar a un comentario que me habían puesto en el muro, el chat estaba abierto, así que mi editor en la revista aprovechó para recordarme que esta tarde tengo que hacer dos entrevistas, le contesté, una persona querida también me envió un mensaje, chateamos unos minutos. Estaba totalmente concentrado en el trabajo, se ve. Decidí meterme en la ducha (tenía frío), me afeité, me vestí, me senté de nuevo delante del ordenador y entonces vi que no me quedaba tabaco. Imposible pensar sin tabaco. Si alguien pide prueba documental de lo que acabo de decir: en la serie británica de televisión, Sherlock, basada en los personajes de Conan Doyle, pero trasladada al presente, el personaje principal se pone varios parches de nicotina para pensar mejor. Salí a comprar tabaco. En el camino de vuelta recordé que tenía que hacer copias de un par de llaves; entré en la ferretería.

Volví a casa. Me senté delante del ordenador. Me di cuenta de que tenía que cortarme las uñas; soy un desastre para esas cosas, me corto las uñas cuando me molestan al dar con los dedos en el teclado, no hace falta que estén demasiado largas. No encontraba el cortauñas. Llamé a mi chica para preguntarle si ella lo había visto, me dijo que en el baño, donde yo ya había buscado y donde estaba. ¿Cómo no lo vi? Mientras me cortaba las uñas, se me ocurrió escribir este post, así que aquí estoy.

En cuanto lo termine, me pongo con el artículo…

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