Siglo XIX


A Pep Izquierdo

De vez en cuando, nos quedamos en casa.
La gente que lee novelas entra en crisis, la invención
de la grapadora fija el margen izquierdo
que anhelaban algunos de sus productores.
Se dice que antes las cosían, un arte ahora perdido
similar al de hablar de perfil cuando nadie está mirando.
La noche cae sobre la ciudad como una turba de luciérnagas.
(Baja la mano, ¿quieres?)
Los lectores de novelas se quejan de la falta que hacen
sobretodo las estufas; en invierno terminar un capítulo
es un don digno de las mejores cafeterías.
A caballo entre dos páginas, el lector de novelas
anuncia su retirada, retira su estandarte, paga la cuenta.
Finalmente, cabalga hasta la esquina donde lo recoge
un coche anónimo, fiel hasta la muerte.
Nunca más sabremos de él hasta mañana, cuando vuelva
y encienda su novela con el mechero que distingue bien de mal
rojo de negro, pedigrí de naturaleza, enfermedad de verano.
Particularmente interesante es la dureza
con la que algunos lectores desequilibran la balanza en su contra.
Muchos comen algo al mismo tiempo, lo desmenuzan
un poco a ciegas y se lo llevan a la boca con un mismo tenedor.
Al que distingue una cerveza en la distancia lo premian.
A cambio recibe un silencio merecido, pinzado entre dos ruidos
cada uno amigo de otro.
Al lector de novelas que no vive en un castillo
le vemos la mueca enseguida:
se la pedimos, y nos la presta.