Fiesta municipal


La queja vino porque el mundo iba a desaparecer.
Era un mundo pequeño
perteneciente sólo a unos cuantos
como una pompa de jabón.
Tampoco le ayudaba aquel aire de autosuficiencia
con el que las tiendas ya no abrirían jamás.

Para esperar, trajeron sillas.
Talaron el árbol que obstruyera la voz.
Compraron bolsas de plástico para los supervivientes.
Mujeres bailaban para entregar el oro;
la música venía de dentro.
Algunos autos fueron desguazados delante de todos
y sorprendió la carencia de aplauso.
Las sillas venían del espanto y numeradas.
Alguien preguntó si había algún problema
precipitando así otro problema
que manchó la sangre de las palabras.
Mañana será otro día, gritaba uno de los caídos.
(Hallaron varios cuchillos al día siguiente.)
Perros ladraban desde balcones.
Niños rompían botellas contra el pavimento
ansiosos de labrar lo que de su futuro habían oído.
Un hombre, en cuyas manos todo parecía de arena
recogía los fragmentos:
no fueran a tener algún valor.