Los premios


Caballeros—dijo la película doblada—
ésta es nuestra oportunidad: cambié de canal.
Llegó el cerrajero totalitario;
su ayudante era lector de Machado, los dos.
Tú estabas alquilando algo y yo
igual de listo
argumentaba que hay que practicar;
hay que regar las plantas y vacilar ante la duda.
Si no, el alma no cumple con su obligación
y entonces, ¿para qué le pagamos?

Hablando de lo que hay que evitar
creo que se aproxima una tregua.
Pero digamos algo de la película.
Es como un canal de irrigación pero con agua.
La sequía nos ha estropeado la excursión al desierto.
Los automóviles, como un puzzle incoloro
enfadan a sus conductores y cuando pueden
los matan.
O mira ese parque—
lo llenan de ambulancias, cuando llega la gente
y el verano puntúa por cada intoxicación.
Los espectadores queremos que alguien
lo recuerde todo con un xilófono en cada mano:
con otra manera de ver el eclipse y ver para contarlo:
con otro alud que no sea el nuestro diario.

Y todo porque la luz encendida no puede quedar.
Las noches vienen más cortas, incluso de miras
y mientras yo te entretengo este galardón
¿por qué no dices unas pocas palabras?
“Se nos enfriará un poquito la piel, qué duda cabe.”
Perfecto, luego repetiremos la ceremonia.