Vecino


Las pestañas rubias, tiempo hace
que se encerró en una cárcel de alegría
donde anuda, milimétricamente, sus días y sus horas.

De repente una mañana
se quedó calvo frente al espejo.
Afuera llovía.
Dentro, las nubes orinaban en los rincones
llenaban el sofá de pelos
cantaban acompañando al barítono de al lado.
Y llamaban a la policía.

Que ya no viene porque está aprendiendo a leer y escribir.
Y a reanimarle el calzado
a las viejas que piden carajillos cortos de café
y se dejan caer en las butacas junto al sofá
mientras por la boca falsa
se les escapa una rialla gris
y piden que las nubes canten otra
otra: sólo una más.