El arte siempre vuelve


Acabo de leer un ensayo de Erik Campbell sobre el plagio. Antes, anoche, leí un capítulo de un libro de Graciela Speranza en el que trata del plagio en una versión más violenta e insidiosa: revolucionaria. Esta versión del plagio fue llamada por Guy Debord detournement, fue utilizada con bastante éxtio por Jean-Luc Goddard y llevada al límite por Ricardo Piglia. En el detournement no sólo se plagia sino que se desvía; las citas se cambian, se traducen mal, se atribuyen a autores distintos del propio, una práctica habitual de la Internacional Letrista y del Situacionismo, que encontraban en el sistema de copyrights más que libertad creativa, una forma de opresión basada en el dinero.

Y está claro, las restricciones sobre el uso de la creatividad de otros es más una cuestión de dinero que de creatividad. Sólo hay que preguntarle a la SGAE. Así, la curva de la creatividad se cierra en círculo cuando se convierte a dinero. Se cierra. Y siempre estamos discutiendo el mismo tema circularmente: creatividad, dinero, creatividad, dinero, creatividad…Era ese vicio redondo el que gente como Debord y Goddard intentaban romper, basados en Brecht. Piglia es más duro, pasan años hasta que se descubre su impostura: su argumento es sobre la creatividad, que la creatividad está en otra parte, no importa de donde saquemos las ideas, las palabras concretas; la originalidad es otra cosa.

Campbell habla de dinero en su discusión del plagio, claro, pero jamás se cuestiona la relación entre lo económico y el mito de la originalidad. Se lo cuestionan en nuestros días la gente que produce software libre, la gente que critica a las farmacéuticas por su abuso en los precios a precio de vidas humanas. Son las prácticas revolucionarias de los años 50, 60 y 70, en lo artístico y lo literario, que vuelven convertidas en prácticas revolucionarias en otros campos, el de la información y el del bienestar social, por ejemplo. Cuestiones que nos afectan personalmente a todos y en nuestras vidas cotidianas.

El arte siempre vuelve de esa manera. Lo que discute una elite recóndita se convierte, al cabo de los años, en cuestión de vida o muerte para la mayoría. Por eso, cuando los medios (ese sistema en el que está prohibido hablar de cosas importantes) dicen que el arte contemporáneo o la poesía no tienen nada que ver con la gente, que el público no entiende y por eso se desentiende, pienso en esto: el arte siempre vuelve, y sus prácticas, sus discusiones, siempre acaban afectándonos de una manera u otra y en lo que más nos importa.

Cuando Picasso le entregó a Gertrude Stein su retrato, quienes lo vieron en aquel momento dijeron que no se le parecía en nada a la escritora. Picasso contestó algo así como “No se le parece ahora, pero se le parecerá.”