Placer de la taxidermia


La sangre
ofrece su nombre
a lo siempre anterior.

—José-Miguel Ullán

Yes, as every one knows, meditation and water are wedded forever.

—Melville, Moby Dick


El Taxidermista rompe un ala y la tira a la basura
dijo que necesitaba el ave sólo por partes.
Fue antes de la guerra
y de ahí hace cuatro años, cinco.
Sedentario ante la muerte
explorador de los cuerpos y señales
por la vida punteada con vida—
también oí no fuera intermediario en el tránsito
siempre hacia la tierra, útil para el viento
y hacia el agua, dueña de todo
incluso en ausencia.

¿Qué de su entrega al silencio?
A quién pregunto su pasión por la duda
y su norteño instinto en vericuetos y cavernas
las que en tiempos almas habitaron
que decían una y al menos hoy sabemos varias
y además en guerra contra sí.

Un cormorán le trajeron y había salido
a llenarse los bolsillos de gravilla;
volvió y estaba ahí, muerto, listo para disecar.
Fue entonces que lo abrió, lo disecó abierto de alas
con cuidado sumo y atención, como al ideólogo perplejo.
Abierto el cormorán de alas
lo disecó en su gloria
en postura de secarse tras la caza.

Me dijo el Taxidermista que como los amantes entre sí
él regala su labor al aire a ras de tierra
el que borra los pasos y las huellas del siglo inhóspito
último en alzarse hacia la luz.
Es húmeda caricia el aire
y más el de los días más tiempo entregados a la hegemonía del agua.
Pero son las horas las que cuentan, dice
despejadas ya las nieblas del misterio
cuando a la disección entrega las manos que son desde el tacto
sagradas
manos al desmoronar las lápidas de sucesiva oscuridad
que se cierran sobre el día
y el oleaje de la sangre.

Consciente dice estar del umbral que lo preocupa
y no es más que un lugar abierto a los delgados
persistentes terremotos del conocimiento
esos que deciden la duración de un segundo
de los segundos solitarios o rodeados como en olas
sangre de segundos que mancha una pequeña luz a medio mar.
Los minutos son el tacto
si roza la piel contra las indiferencias
y bate en interiores costas las rocas de lo sucedido ya
cercano y al parecer inevitable como la erosión de las montañas.

El mar devuelve un ave muerta—
Ícaro el gárrulo cae siempre del séptimo al mar y se ahoga
amarrado a la tormenta, lejos de ser visto
vistiendo menos y menos lo que fue siendo
para al fin quedar desnudo contra cada roca.
El también hurgó en otra potestad
buscando una lápida labrada con las voces
con el aire, voces que la piel liman
abriéndose, dispersándose al sinsentido
riendo heridas entre sí
hasta desangrarse en la blancura de la piedra
y permitir que el espacio de la sangre
pertenezca a la tormenta de luz
que las estraga en el temblor de la alegría más antigua.

Cerca, la mano que sujeta el escalpelo no tiembla
se ocupa del emisario
del que siempre trae silencio y qué hablar;
y nadie se decanta, mirando con ojos de huevo
la brecha abierta en el mensajero
sin abandonar tampoco el cuchillo sin filo de la lucha por los despojos.
Ese cuchillo es precursor de las migraciones
forzadas o inevitables, de los abandonos y la esperanza
que luego dejan siempre el aceite de la espera sobre el pavimento;
camino de la arena todavía
la arena ya se mete entre los dientes como una lija de ira
demoledora de paredes junto al viento
preparado hace siglos el terreno del azar.

Abierto un mirlo, el Taxidermista hurga entre hilos viejos
algo de otros años de su vida—
el mirlo, mientras, parece un embajador
con su bello cráneo recién hervido.
El cielo roto en añicos como tanta fe
como tanto logro cuando escampa el tiempo ancho
deja que las nubes caigan, casi perdonadas por las circunstancias
de los hombres de ambición—
deja que las nubes caigan a rasgarse contra simas de papel y otros cristales
como si por las montañas florecieran los abismos.

¡Y seguimos hablando de abismos!
Aquí el cielo, desequilibrando al aire, se funde;
rodeado de agua
alista en el naufragio la esperanza de las voces;
luego hecho luz en fáciles vidrios
parece entregar su densidad al viento
a las caras de los hombres
o a la crueldad entre las aves.

Busca el Taxidermista la fuerza de la muerte que a la vida nos arrastra
sin destrucción preestablecida, sin paz;
identifica el camino de la reconstrucción de cada instante;
el lugar donde cruzar el río ancho de los años
sin vado, sin barquero
y llegar a la otra orilla, exacta a ésta.
Puebla de imaginaciones las mañanas
y en las largas caminatas
las tardes
con relatos de amores que no duraron el tiempo del amor
acortando el recuento de los cuchillos afilados en olvido
único destino que sabemos nuestro.

Tampoco hay ferocidad que no se permita el Taxidermista;
ferocidad lenta, alegre muchos días
fruto del trabajo de su paso por las horas altas de la mirada.

En la armonía seca, la obra del embalsamador
cuarteada por el vendaval penúltimo
la luz del umbral sin puerta
la luz de la humedad que antes de su retorno envuelve los cuerpos
ofrece una apenas una mancha perceptible:
el halo de la tarde sumergida en el tráfico de las serenidades.
A esa hora el dolor es dulce en el asombro
y mar de lejanía;
la luz de la insistencia que va poblando con su espuma de sangre la distancia
es ira de retorno, mar
imagen reflejada en el estruendo del agua:
eternidad que a cada avance permanece igual de lejos.
En esa hora, el Taxidermista
recoge la belleza y las derrotas de los hombres
su esperanza de durar algo más
o no ser destituidos en la memoria del mundo.

Con remanentes de cielo derribado que entre sus alas encontró
rellena la gaviota reidora de las nubes y los puertos fríos;
las alas de un destino
preparadas para la noche como un esguince de nostalgia.
Luego la sutura de los rencores
siempre que sea en las horas ciegas
es más limpia.

Plumas, plumajes erguidos, aves indelebles
aves y ángeles de voces atribuidas
retroceden, avanzan, se desploman
suben otra vez, presas de sí mismas, si viven todavía;
bajan, se adelantan, apenas salvando sus plumajes ebrios
entre techos y cables hacia la caída
logrando continentes en la migración
su placer en la distancia—
tierra y agua contra el hambre de horizontes.
Anudada la respiración de las horas y los ríos
retroceden a nutrirse en las miradas que reposan sobre ellos
ángeles de mar y de tierra
cada uno único y mejor, disecados.

La ventana sucia.
Mirando a través, al fondo
las manos del Taxidermista
en tensión parecen rotas
como si de tanto despejar los otros tiempos
del aire del taller.

El Taxidermista, hombre entre los hombres
convierte lo que toca en objeto.
Los ángeles son silencios que van y vienen
vendavales para cada irisación
miradas rotas como burbujas entre niños—
pero quedan las canciones que a golpes queremos callar;
ropas de muertos queridos guardadas en armarios
lejos del tacto y la memoria;
el placer en desecar otra lección
otra única señal, otra conquista provisional del silencio
a gritos como una polvareda
como un instinto más en el insomnio.

El suyo está en el escalpelo
dedicado a las voces que le traen del infortunio.

Me uno al incendio y la marea para encontrarlas antes;
subo tierra adentro presentando la garganta y riendo
a ver si la altura regala su rito.
Cada palabra es entonces y para él, una amputación —sobresalen las amputaciones—
un permiso como un bastón contra los espejismos.
El mundo es cercano como un espejo al alcance de la mano
hecho de leyes que son montañas de brazos y piernas
y nombres asociados ya sólo a las fotografías;
dividiendo lo que queda siempre en dos
se adentra en el laberinto de las mitades infinitas.

Su placer entregado al bisturí—
su obra de sequedad es manipular azares
señas particulares
descritas en pasaportes.
Luego, delinea con aguja
toda migración, cualquier vida por ejemplo
ofreciéndole a cambio el deseo de lo cercano
el aserrín de las verdades
esparcidas por los suelos de los suelos.

Un umbral de mitades infinitas
hecho de palabras: el Taxidermista no cura ni regala
si no es la soledad que principia en el umbral.
Con el escalpelo corta el espacio del pasado
como corta el nervio que nos conecta al mundo.
Se arma de tacto en desvivir lo que en cada cuerpo queda de vida
cada abismo, cada aterradora soledad
y encontrando esa vida sin vivir
la anuda, la madura, espera escondido la entrada
en el goce de la conversación, el desgaste de placer
de los amantes frente al espejo;
luego urde los alivios en el fuego
calcina cada poro en la mudez de algunas tardes
a la vista del asedio
donde se piden las rendiciones
y la entrega incondicional de las uñas al desierto.

Hay días cuando el horizonte se acerca
y el Taxidermista cree separarse de la mano que conduce el escalpelo:
la fuerza del brazo
unida a la delicadeza de los dedos
trabaja separando piel de carne —carne y hueso—
hilando siempre un delgado hilo de conocimiento.

Lo Real (así con mayúscula)
pertenece al escalpelo.

Tampoco es típico del Taxidermista, tan europeo
preocuparse por las sobras.
Hace bien, y lo cree así, en darlas a los perros
y lo que sobra de los perros
lo disuelve en la transparencia inhóspita
—la del frasco en el estante—
recogida entre algunas transacciones comerciales.

Hay domingos, claro
cuando saca los ojos a una pareja de amantes
muertos desde lejos en la vastedad de un campo sin arar.
Alguien se los trajo
con esperanza en la preservación de la piel
de sus rostros sin horror
el nuestro de cada día
nuestro aunque pantallas de luz ya ciegas nos protejan;
sin horror y sí la entrega
hoy que se fermenta en el amarillo lento de la muerte
el viento imbatible
que en la intemperie de las almas
conduce a la especulación.
Los reemplaza, según costumbre en el oficio
con otros de cristal
y se entretiene, siendo tarde de guardar
comparando ojo con ojo
y desligando alguna broma como un nervio ya molesto
prestándose a inyectar en cada uno conservantes
de alegres y distintos colores.

No es que niegue los cuerpos a su cuidado sometidos;
lee con placer las señas, vidrio, arena
que en ellos la vida fue depositando.

También, de tarde en tarde
encuentra conchas en toda orilla: y guarda las bonitas.