La orilla


Uno se puso a contar la ficción
del mundo. Los demás
mirábamos no sin cierta alarma
cómo se deslizaba la realidad
—o lo que siempre habían sido
nuestras palabras—en capas
hacia el río.

La corriente ya no era nuestra.
Vimos como se llevaba un barco
incendiado. Los policías saludaban
desde la otra orilla, sin esperanza.
El crujir de la madera en el fuego
el susurro del agua
el silbido del viento
el estruendo lento de la tierra
al hundirse—todo aquello
había que recordarlo
como si fuera lo último que quedaba
para generaciones por venir
para distinguir un tiempo de otro
para chistes de pura supervivencia
para mirarnos unos a otros
como si fuera hoy un día nuevo
de lluvia y sol a la vez.

Se puede decir algo, incluso en contra






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