La función del poeta


Todos buscamos certeza. Que todo esté claro. Que no vaya a pasar nada. En Buenos Aires, la gente se queja de la “inseguridad”. Sí, hay crimen en las calles de la ciudad, y en el Conurbano es bastante peor, pero por la ciudad, lo normal es poder caminar sin que pase nada. Yo apuesto que esa “inseguridad” no tiene que ver sólo con el crimen, por eso la pongo entre comillas. Yo diría que es algo mucho más amplio. Que tiene que ver con la economía, con la justicia, con los alquileres, y también con los cambios sociales de las últimas décadas; tiene que ver con el cambio. Los hombres ya no nos sentimos seguros en nuestro lugar en la sociedad por ejemplo. La sociedad cambia bastante rápido, pero a muchos individuos les cuesta adaptarse. Hay poca inversión, nacional o extranjera, porque los inventores no se sienten seguros en la economía argentina. Cambia demasiado rápido, y a menudo en la dirección contraria a lo que nos gustaría.

Pues claro que hay inseguridad en todos los ámbitos. Vivimos en un mundo incierto. Según Amos Tversky, uno de los inventores de la economía conductual, “El hombre es un dispositivo determinista arrojado a un universo probabilista”. En otras palabras, nos gusta que todo esté claro, que no haya dudas, que lo que predecimos ocurra. Sobre todo si es algo bueno. Pero por cómo funcionamos cognitivamente, cometemos tantos errores al predecir algo en situaciones de incertidumbre, tomamos tantas decisiones equivocadas, que somos incapaces de predecir el futuro. No es que pueda pasar cualquier cosa (no, no habrá bicicletas voladoras), sino que somos incapaces de ver y analizar todo lo que podría pasar, y las probabilidades de cada cosa que pudiera pasar. Las computadoras y los algoritmos, la recolección masiva de datos y cómo los analizamos, son un intento de frenar esa incertidumbre. Pero ésta sigue ahí, y sigue siendo utilizada políticamente todo el tiempo. Y seguimos picando.

El poeta, en cambio, se entrega de lleno a la incertidumbre. La poesía, evidentemente, no es ningún tipo de solución al problema de la inseguridad, no tenemos la respuesta. Somos exploradores, por decirlo de alguna manera, del inconsciente social. El lenguaje está lleno de incertidumbre, de sinsentidos, de contradicciones. El lenguaje, siendo la principal herramienta del ser humano y sus sociedades, y sirve para fundar y mantener el espacio donde todo lo que es posible de pensar y hacer se piensa y se hace. Desde la procreación hasta las matemáticas, de lo más concreto a lo más abstracto, de lo probable a lo imposible, todo pasa por el lenguaje. El lenguaje es inabarcable, incontenible, infinito—aunque quizá no eterno, sobre todo si seguimos calentando el globo. No hay disciplina que lo pueda aprehender, y mucho menos, individuos.

Los poetas somos micro-exploradores del lenguaje. Y por tanto, de lo que nos hace humanos. Hace unas semanas, la Niusléter iba sobre el juego infinito del arte. Ahora estoy hablando del juego infinito de la poesía. El trabajo del poeta es mostrar de forma intensa, maneras de hablar, de ser, de estar en sociedad y de ver el mundo. Mostrar esas maneras de cierta manera para que las veamos de otra manera. Para que podamos hablarlas de otra manera.

Según Sartre, el infierno es el otro. Pero el otro es el infierno porque es incomprensible. El lenguaje se manifiesta en cada uno de nosotros de manera ligeramente distinta, o lo suficientemente distinta como para abrir de par en par las puertas al malentendido. Por eso inventamos lugares comunes, frases hechas, refranes. Los políticos los usan a mansalva precisamente para hacer ver que nos entendemos, que estamos todos en la misma, pero no es más que puro ilusionismo, magia en busca de votos. Ya no les creemos, pero les creemos, de alguna manera, y los seguimos votando.

El diseño no es otra cosa que lenguaje que se manifiesta de cierta manera. ¿O ustedes creen que Steve Jobs hubiera hecho lo que hizo sin hablar, sin aclarar una vez tras otra lo que quería? Internet, por muchas fotos y videos que contenga, no es otra cosa que lenguaje. Y sobre todo, escritura. Lo mismo los mercados, desde el mercadito de la plaza, hasta los mercados financieros de las grandes capitales, pasando por la panadería de la esquina y la asociación de productores de lo que sea, todo es lenguaje. El lenguaje los construye y los mantiene. Y mantiene nuestra fe en ellos.

Los poetas, como dije, nos dedicamos a explorar eso. La verdad es que lo hacemos de manera muy pequeña, muy humilde, muchas veces en solitario. Nadie le ve la utilidad a la poesía porque no aporta certeza. Los humanos buscamos certeza, o seguridad, en un mundo hecho de incertidumbre y, en realidad, sólo accesible por medio del lenguaje, que no lo abarca todo, que permite infinidad de errores que abre la puerta a horrores incontables. El lenguaje no da siempre la respuesta correcta, pero es nuestra principal herramienta. El que asegura que aporta certeza, miente. Lo sabe, pero también sabe que no lo puede decir: tiene otros intereses.

La función del poeta es meterse en el lenguaje y ver con qué sale. No lo sabe ni él, cuando sale con algo. Está haciendo un micro-viaje al gran infinito, algo muy pequeño en algo muy grande. Tiene que meterse en el inconsciente de su tiempo y lugar, de su sociedad, formando parte de ese inconsciente. Una tarea ilógica pero no imposible.

Las empresas de análisis de datos contratan matemáticos para esa tarea. Pero se están quedando a medias. Porque los matemáticos también forman parte del inconsciente (y lo saben, aunque se nieguen a decirlo), y sus algoritmos son lenguaje. Esas empresas deberían de contratar poetas. Y probablemente lo harían, si los poetas supieran vender certeza, y si la tarea de esas empresas no fuera tan siniestra. O así nos lo parece a muchos, porque esa tarea implica explorar algunas partes del inconsciente social y convertir sus hallazgos en dinero. O en votos. O en lo que sea. Pero rara vez en conocimiento de lo que somos—esa es la tarea de los poetas. Poca gente la entiende, poca quiere enterarse. Pero eso es lo que hacemos. Y al parecer, gratis.