El día que murió John Ashbery


A menudo aspirando a otra cosa
uno sale en busca de un rostro
de una desnudez sin rostro
de un rostro con el cuerpo
de otra manera, los dientes
y el pelo, la lata
de cerveza en la mano.

Y todo el tiempo camina
por la ciudad como si estuviera
sentado en el auto esperando
a que el camarero traiga el café
con sabor a otra cosa, frambuesa
licor de naranja, la hierbabuena
de un instante de hace cuarenta años.

Luego alguien inventa su marca
para que todo permanezca igual
y lo envidiamos. Un ruido
acelera hacia un silencio.
Sabemos que el silencio no existe
y lo añoramos como a un error
amado por todos, tan admirado
que los años lo han ido lavando
hasta conseguir un acierto—
el mejor de nuestros orígenes—
un taxi preferido, la bici
prestada para siempre.