El año, un lunes


Veníamos de uno largo y vivir del aire.
Tres helicópteros sobrevolaban.
(¿Sobrevolar significa volar de más?)

Mientras, un cigarrillo de vecino
se extinguía, la solidaridad acosaba—
era domingo por la calle y toda necesidad

se envolvía en su bandera, remitida
a futuros dueños, algunos idénticos.
Por eso tocaba escribir la carta

de felicitación, regla en mano, vista
nublada, sonrisa pegada con cinta a la pared.
“Todavía no han llegado las últimas lentejas.

Ni arroz, langostinos o bizcochos
para el mate”: mañana era martes.
Habría tijeras para calendarios, dijeron;

y silencio de oro para relojes. Hacía
buen tiempo—una nube en el cielo:
podíamos salir, dar la vuelta al sol

y respirar de nuevo.