Las soledades


Habíamos quedado solos. Toda la gente había quedado sola. No había nadie que no hubiera quedado solo. Ni sola.
La soledad era el tema de moda en todos los medios, en todas las canciones, en todas las conversaciones, incluso entre extraños. Esas canciones: yo las cantaba a solas, en la ducha, entredientes de camino al trabajo; a veces una se me quedaba grabada en la mente y me desesperaba por sacármela de ahí, pero cualquier otra canción que intentara poner en su lugar tenía el mismo tema. Era lo mismo.
Estábamos, cada uno, tan solos que sólo cruzarse por la calle con cualquier desconocido, en medio de la multitud del centro de la ciudad, ya era algo. Ese día, gracias a ese evento minúsculo, uno ya tenía motivo para sentirse afortunado. Tampoco es que esa novedad fuera tan nueva, podía pasar en cualquier momento de cualquier día, pero aún así parecía una pequeña victoria contra el destino. Cruzarse con alguien, aunque cotidiano, ya era algo, como dije. Cruzar miradas era otra cosa, que otra persona reconociera la existencia de uno parecía algo más cercano al portento. En esas raras ocasiones, uno llegaba a casa y se miraba en el espejo, uno buscaba a alguien con quien celebrar aquel minúsculo milagro callejero. Uno incluso a veces quería gritar de alegría, pegar un grito que retumbara en las paredes del baño, que hiciera vibrar el espejo. Pero uno se limitaba a dar una especie de golpe al aire con el puño cerrado, en silencio, por no hacer ruido, nada que pudiera molestar a los vecinos. Nada que pudiera interrumpir su soledad.
Había que evitar cualquier cosa que pudiera sobresaltarlos. Todo el mundo quería, y esperaba vivir tranquilo. La soledad era la base, firme y reluciente, de la tranquilidad. Y había, ante todo, que respetarla. Así que causar la menor alarma, cualquier cosa que pudiera preocupar al vecino, y preocuparlo tanto que incluso se atreviera a llamar a la puerta de uno para preguntar si todo estaba bien, si todo estaba tranquilo: aquello era impermisible. Y lo impermisible, ¿no suele ser también imperdonable?
Pero ante todo, lo que había que evitar era que ese vecino llamara a la puerta, preocupado, e interrumpiera mi soledad.