Derecho al turismo (versión 1)


El verano viene y termina.
Hemos comido más, y bebido.
Meando afuera, hemos sentido
la lejanía cada día mayor
de la civilización. El zumbido
la cesura del vaivén del viento—
arena que viaja en tiras más claras
contra el suelo más oscuro, lija la piel
preparándola para la sal y el sol.

Todo cataclismo y fin del mundo
es personal: Depende, te dicen.
Luego se enciende la tele
para mirar a otro lado.
¿Todavía existe la tele?
¿Qué se ve cuando se ve lo mismo?
¿Qué se cuenta?
¿Cómo le va, tanto tiempo?

Cada levantamiento se propone a favor
de la vida, y es una mañana.
Te matan porque es así.
La mugre es testigo de la pureza
y veceversa.

El momento clave aparece en el precipicio.
En lo que un nombre deja de nombrar.
No ha llegado aún el mail
donde cargamos las contraindicaciones.
El pueblo se agota, se oyen voces
pidiendo uno nuevo.
El viento, cambiante, marca la dirección.
Se persiste.
Bebemos agua con la esperanza
de que esté limpia.
¿Qué filtra ahora un nombre?

Saco un Sharpie y marco
el mío sobre el muro blanco.
Ahora existo un poco más.
Un poco más lejos.