Extranjería en la propia lengua


Mi primera lengua fue el catalán, la segunda el español, la tercera el inglés. Hasta los 25 años escribí en las tres lenguas. Y no es que yo eligiera en qué lengua iba a escribir el poema, éste ya venía en catalán o en inglés o en español. No surgía de dentro mío, sino que llegaba de fuera, de fuera de mí, desde la lengua misma. Era la lengua la que decidía el poema, y no al revés; yo tenía poco que ver en esa decisión, mi trabajo no era otro que el de poner pasar el poema al papel. ¿El poeta como médium?, quizá; aunque sería más exacto decir: el poeta como medio. O como paso intermedio entre la lengua y el lector de poesía.
El poema llega de la lengua al poeta, no del poeta a la lengua. La lengua es exterior al poeta y el trabajo del poeta implica recorrer ese territorio exterior, con su orografía, sus climas, sus distintos parajes y paisajes, con sus distintas sociedades, incluso.
Pensando en esta exterioridad de la lengua, he llegado a entender la heteronimia de Pessoa como exterior al él. No es que los heterónimos surgiesen de la persona unitaria de Pessoa, sino que venían de fuera, de la lengua, y lo componían a el como poeta de una manera similar a como un territorio, un clima, una sociedad y una cultura nos componen a todos.
Más tarde, decidí escribir sólo en español. No decidí eliminar el catalán y el inglés que también me componen, sino dejarlos que me compusieran dentro del territorio del español, de la misma manera en que todos los países y ciudades y climas en los que he vivido me componen. Al principio, dejaba las palabras o frases en su lengua original, hasta que me di cuenta de que había que pasarlas al español, aunque no traducirlas. La traducción, en el sentido que le doy aquí, implica una desaparición de una lengua en otra; yo quería que quedara el rastro de la otra lengua en la lengua en que estaba escribiendo, en el español. Como una exterioridad del exterior en el que me aventuraba. Como una irrupción casi secreta pero detectable de los pobladores de un territorio en otro. Como un inmigrante que no termina de asimilarse en el nuevo país, aunque adopte muchas de sus costumbres. Como un acento. Y el acento siempre es marca de extranjería.
El poeta como extranjero en su lengua, en la que además deja entrar otras corrientes de otros exteriores, es hoy un lugar común. Si queremos subir un poco la apuesta, podemos hablar del poeta como traidor, como espía, como nómada, como extranjero, como minoría (minoría en el sentido negativo que en realidad tiene, más allá de las buenas intenciones de nuestra época).
El poeta, así, queda expuesto. Su labor tiene lugar desde una posición de debilidad. Esto queda claro si comparamos las fuerzas de otros tipos de discurso: la política, la publicidad, la tecnología. El poeta se expone a su propia lengua y queda expuesto por ella. Por eso es débil. Su fuerza reside en atreverse a esa debilidad.
Uno es extranjero en su lengua como lo es en cualquier territorio más allá del íntimo, el cercano. La lengua siempre implica un exterior, y por más que sea la propia, una distancia, una lejanía, otro horizonte.
Al no poner las expresiones venidas de mis otras lenguas en los poemas en español, aunque dejándolas visibles, lo que he intentado es alisar el poema, no marcarlo, no estriarlo, para usar palabras de Deleuze. Dejar que la superficie del poema quede lisa es para que el lector pueda recorrerla, explorarla, sin pasos de aduana y con un mínimo de peajes, que el lector pueda también ser nómada en su lengua, un extranjero. También extranjero en su propia lengua.