El libro esencial


Siempre me ha fascinado la idea de un libro favorito, un libro para siempre llevar conmigo, EL libro. Estaba leyendo “Las lecturas del Gaviero”, de Álvaro Mutis, que cuenta que el Gaviero siempre llevaba consigo un tomo de las memorias del Cardenal de Retz, de Chateaubriand o del Príncipe de Ligne. En El paciente inglés, dicho paciente llevaba la Historia de Herodoto en un sólo volumen. Hay gente que lleva la Biblia. Yo podría llevar Mil mesetas, de Deleuze y Guattari, si hubiera una edición de bolsillo.

Mi novia se ríe de mí porque siempre tengo que salir de casa con un libro en la mano. Lo llama mi “objeto transicional”.

El caso es que ahora, con un teléfono inteligente, puedo llevar un montón de libros, y me cabe perfectamente en el bolsillo del pantalón. Pero ésto sólo tiene que ver con el aspecto físico de los libros, o los textos. Aún queda ese otro, más intenso, el de tener un sólo libro al que volver siempre, con el que salir siempre, un libro que lo diga todo, o que lo ponga todo en perspectiva, una perspectiva potente, que a uno lo lance siempre por el camino por el que tiene que ir.

Muchas veces, ese camino ni siquiera existe, o está tan borrado que lo buscamos en cientos de libros, y me ocurre como hoy, que estoy a punto de salir y no sé cuál agarrar.