San Nicolás


Cada vez que leo la marca de ese inodoro
pienso que está escrita al verre, como tantas cosas
y tanta muda, muerte accidental o caída en un sitio
por donde nunca pasa nadie.

Han caído el sol y la bolsa. Uno camina por aquí
sin ver la luz, oscuridad en la oscuridad de pleno día
en calle estrecha bajo edificios altos y un silencio
que ha sido silenciado: como cuando un regalo recibido
se hace tan tuyo que no piensas ya en quien te lo hizo.

Andando por estas calles, ¿se trata de tocarlo todo
por lo menos una vez en la vida? Y mientras, ¿dejaremos
de esconder nuestras pobrezas? Oí que habían matado
a una mujer por aquí, pero fue en otro lugar
con el mismo nombre. Me quedé en ese instante
de conquista cuando uno logra no pensar nada
y luego el resto del tiempo se queda pensando
en no pensar, en cómo sería eso.

Uno siempre imagina, al oír estas cosas, a los amigos
que han muerto por violencia y quisiera
rescatarlos, traerlos un día a casa a tomar una birra
bajo la higuera: conversaciones que nunca ocurrirán
y siempre vuelven. Fantasmas. Y quizá
los fantasmas que mejor nos acechan
sean los de conversaciones pasadas, amistades
que se han disipado con el tiempo, los cambios
de ciudad—siempre otra un poco, un mucho, más allá.

Anoche en la terraza y esta última ola de calor
hablábamos tú y yo del fin de un mundo
y comienzo de otro. Se levantó un viento leve
que venía fresco del Río y nos callamos. No recuerdo
si volvió el calor o quedó fresco el aire.
Me gusta ese silencio.