Avenida Corrientes


Empieza así: “No he viajado.
Cuando camino por esos barrios
la misma idea se me derrama siempre
de la cabeza por los hombros y brazos
hasta la punta de los dedos: aquí
brilla más y mejor el aura del fracaso;
no del mío—que ya ni veo—el de éstos
que tanto iban a triunfar, los dueños
de todo hasta las etiquetas.”

Y sigue: “Todo ese saber que nos aburre
y acomoda las horas en otros días
como a clientes que uno busca
por las avenidas. De ahí paso—
en un sueño—a la importancia
de algunas tormentas con sus calles
como ríos y autos como botes
en los que el tripulante se ahoga.”

Y sigue: “Por aquí la publicidad
es otra, no digo discreta, y el café
más caro. Las puñaladas por la espalda
también. Los unos y los ceros parecen
más elegantes, más de diseño—no
sabría decir cómo, pero es así.”

Y termina: “No he viajado, pero
conozco los silencios y las divergencias
o las intenciones y los gritos. Así me siento
a esperar el día, de madrugada en el bar
que no cierra nunca.”