El día de la música




La música no existe, dijo alguien que no había escuchado ni sido escuchado en mucho tiempo. Ninguno de los presentes recordaba su nombre. No hacía falta. En este pueblo nadie sabe cómo se llama nadie, y además, nadie dura lo suficiente como para que valga la pena recordar su nombre, al menos en términos comerciales. Eso es lo que dicen los nuevos. Yo llevo aquí bastante tiempo, días, incluso, y todavía no he sentido la necesidad de nombrar nada.

Nos comunicamos por medio de silbidos; tamborileos con diversas extremidades o partes del cuerpo y sus extensiones; cloqueos de la lengua contra el paladar; dedos que señalan a la nube que pasa y expresa exactamente lo que uno desea que sea expresado; índices que marcan lo que uno quiere; cánticos y gemidos varios que, a veces, se mezclan y combinan, creciendo hasta llegar a ese griterío imprescindible para describir la realidad en la que estamos sumergidos; y, por supuesto, dinero. El consumo, o la vida, es así: deseo, cuerpos que se agitan y hacen ruido, y dinero que circula.

Lo que nadie quiere que se sepa, sin embargo, es que las ratas llegan y se lo comen todo. Después vienen los turistas a mirarnos de reojo, como si quisieran ver cómo estamos, qué somos, sin atreverse en realidad a saberlo. Algunos dicen, o nos hacen saber por señas, que han venido a escucharnos. Una vez vi a uno que llegó con un artilugio de madera, curvo, con unos alambres todo a lo largo. Alguien comentó que no lo veía con malas intenciones. Pero lo mataron igualmente. Es el tercero el los últimos dos días, según he logrado averiguar. Parece que no aprenden.

Para evitar las muertes de los turistas y la destrucción subsiguiente de sus artilugios, se puso un cartel con el dibujo de una nube llevada por el viento a la entrada de nuestro pueblo. No sabemos si surtirá efecto, pero ¿qué más podemos hacer, aparte de matarlos?
Alguien sugirió no hace mucho, hace unas horas, que podríamos comérnoslos. Que así los turistas tendrían alguna utilidad. Otro preguntó si no sería buena idea entregarlos a las ratas, como soborno, para que no ataquen nuestras reservas de comida, tan escasas. Yo he propuesto, y creo que se ha tomado en consideración, que con sus cuerpos, los de los turistas, no los de las ratas, hagamos instrumentos musicales.