Huelga de consumo


De repente me di cuenta de que estoy en una especie de huelga de consumo. Y desde hace tiempo. Mi Mac del 2005 estaba en las últimas, imposible de actualizar el software, cuando mi novia me ofreció su portátil igual de antiguo: le saqué el Windows (ese horror) y le metí Ubuntu: tengo una computadora casi nueva. Hace casi un año perdí el teléfono móvil y decidí probar la vida sin uno. Llevaba 16 años usando teléfono móvil, ahora me siento más libre, y no pienso comprar, ni usar otro, si las circunstancias no me obligan. ¿No es eso lo que pretenden vendernos con este tipo de tecnología: más libertad? También una mejor conexión con otras personas, no sólo entre máquinas; y sin embargo, no he dejado de estar conectado. He sustituido el móvil y el teléfono de línea (que tampoco uso), por los encuentros en persona y/o por correo (físico y electrónico), y un par de las redes sociales, usándolas siempre desde la computadora, en casa.
Lo que ha pasado, casi sin que me diera cuenta, es que la calidad ha sustituido la cantidad de los mensajes. Me comunico con las mismas personas, pero menos, y siempre en torno a cuestiones que nos importan. También, ahora que no me pueden enviar un SMS, ha mejorado la puntualidad de las personas con las que quedo en algún sitio, y eso, en una ciudad tan grande como Buenos Aires, resulta positivo: nos vemos un rato, y después cada uno vuelve a su lado de la ciudad, o a sus mil y una ocupaciones, aprovechamos al máximo el tiempo que nos queremos dar uno al otro.
Tampoco tengo televisor ni, por supuesto, cable, ni veo la tele nunca. Esto está resultando muy saludable. Desconozco los anuncios, los famosos, los escándalos, y todo aquello que nos echan en el plato para entretener el hambre de mundo o de realidad que podamos tener. Prefiero salir a la calle y encontrarme con una realidad limitada pero intensa y cercana, que con algo lejano y de baja intensidad. O por lo menos tener un mínimo de control sobre la cantidad de información que me atraviesa.
Del accidente ferroviario de Santiago de Compostela, una ciudad donde viví y sigo teniendo amigos muy queridos, me enteré por internet. Enseguida abrí varios periódicos, facebook, twitter y un par de radios. Mucha gente se quejaba de la falta de información en la tele. Se me encogió el corazón pensando en el dolor de otras personas, pero hasta cierto punto, igual que cuando fue el accidente de Once, o el de Valencia. A uno le preocupa el bienestar de las personas cercanas, no de los extraños. De accidentes de este tipo en otras partes del mundo prácticamente ni me preocupo; o me preocupo más de las cuestiones técnicas, que podrían tener alguna relevancia en los lugares por donde paso, o pasan personas a las que quiero.
La huelga empezó, casi sin darme cuenta, porque no tenía dinero. Quiero decir: me daba cuenta de que no tenía dinero, pero como estaba empeñado en vivir lo mejor posible con lo que tenía, olvidaba de manera activa casi todo aquello que no podía tener. Luego, me fui recuperando poco a poco en lo económico, pero no en el consumo; y es que decidí mantener el cuidado en ese aspecto. Ocurre también que, en Argentina, casi todo cuesta el doble o incluso el triple de lo que cuesta en EEUU o Europa. Es fácil comprobarlo, sólo con comparar precios en internet.
A veces pienso que para el trabajo me vendría bien una cámara de fotos, pero también me he resistido a comprar una. Me parece absurdo pagar más del doble por un aparato que puedo evitar usar. El trabajo—hacer los libros de la BiPA —parecía pedirme fotografías, y como no las podía sacar yo, las empecé a recoger en la calle, o a bajar, ya hechas y según el tema que me interesara, de internet. Fue después que empecé a tomar notas en torno a una teoría anti-producción de imágenes nuevas, que no de nuevos sentidos para las imágenes que ya existen; y esa cuasi-teoría me condujo a la producción de nuevos libros. Así que mi huelga de consumo me ha hecho más productivo en lo conceptual y lo artístico, me ha llevado a explorar otros terrenos, otras posibilidades, sin que en momento alguno haya echado de menos el artilugio que me tenía que facilitar el trabajo.
Parece que estoy en huelga de consumo de productos electrónicos. Pero la cosa va más allá. No sé cuándo fue la última vez que compré ropa. El otro día, pensé que me haría falta un pantalón. Luego recordé que en alguna caja, en algún rincón del taller, tenía que haber dos pares de pantalones que me regalaron hace años y nunca usé. No me gustaban y siguen sin gustarme, pero me los he puesto igual. También he rescatado tres camisas y un suéter. Voy peor vestido, creo, y la huelga se extiende.
El otro día, en la librería Walrus, vi la traducción al inglés de un libro de un escritor argentino que me interesó. La tenían a 70$. Se me ocurrió que sería mejor leerlo en la lengua original, pero esa versión cuesta 190$ nueva, y 90$ usada. Más tarde, encontré la versión electrónica a 24$. No sé si la compraré: también la huelga ha llegado a los libros. No sólo es por los precios increíbles y absurdos de los libros en Argentina, que pueden llegar al doble de los de España por el mismo objeto, sino que he tenido que llegar a un acuerdo conmigo mismo: si no tengo tiempo para leer algo ahora, por mucho que me llame la atención, no lo compro. Ocurre también que no tengo demasiado espacio, y los libros que uno no usa, lo ocupan, produciendo una especie de consumo de espacio que se podría utilizar para otro tipo de producción.
En cuanto a comida, gasto, claro, pero no suelo comprar nada empaquetado: latas, cajas, bolsas, nada. Todo a granel (o suelto, como dicen en Argentina) o lo normal en la verdulería, la carnicería, la pescadería. Ni pasta seca compro; cuando hay que comer pasta, mi novia la hace fresca en casa (yo hago la salsa, o el estofado, o lo que apetezca). Vino, cerveza, bebo de vez en cuando, pero siempre a propósito, no porque sea una costumbre inalterable. Con otros alcoholes, me la pienso. No me puedo pagar una botella de algo bueno, y no quiero tomar algo peor. Mi novia me regaló una botella de whisky de 12 años para mi cumple, y la estoy haciendo durar: la idea es disfrutarlo, no servirse un whisky porque hay, sino porque hay ganas de tomarse uno.
Hace 25 años que no tengo coche; no gasto en taxis, pero sí en transporte público. Hace 5 años que no voy de viaje a ningún lado. Evito los bares, carísimos sin razón en Buenos Aires, y a restaurantes voy poco: sólo a esos que me gustan de verdad, y sólo cuando me apetece mucho algo que hagan bien. Tampoco compro revistas ni prensa de ningún tipo, ni voy al cine, ni alquilo películas. Ya dije algo de la compra de libros: son pocos los que pasan por mis manos, y aún así no paro de leer: para descansar, para aprender, para explorar, para trabajar.
El otro día, mi novia me dijo que quería un perchero para la pared de la entrada de su casa. Preguntó precios y ninguno bajaba de 180$, así que se compró los ganchos, yo traje una tabla del taller, y lo armamos nosotros; gasto total 50 pesos incluyendo los tornillos. Con el añadido de que lo hicimos juntos. Si lo hubiera comprado hecho, el trabajo de colgarlo, la conversación, la cercanía, hubieran durado 10 minutos. De esta otra manera, duraron una hora, un estar juntos haciendo algo que nos gusta.
Conforme escribo esto, voy viendo que la idea no es dejar de gastar dinero—ahora gasto más que hace un año—sino gastarlo sólo en lo que hace falta o lo que se disfruta de verdad. Lo más interesante de esta suerte de experimento involuntario es que no echo nada de menos, hago más cosas, aprovecho mejor el tiempo. No me falta nada, y mis días, horas, minutos están tan llenos de actividad (física, mental y emocional): no como siempre, sino más y mejor que siempre. A lo mejor, lo que está pasando, es que, a mis 49 años, lo que estoy aprendiendo es a vivir de otra manera.