Villa Ortúzar


Tengo la impresión de que algo hay que dejar sin decir.
Por ejemplo, cómo se llenan los bolsillos de impaciencia
en la comedia muda que es llegar a estos barrios
y querer volver al centro enseguida. Por eso me llamó
la atención el otro día que un tipo explicara que nació ahí
señalándolo más de una y dos veces en el mapa.

Tú no estabas. Tampoco se podía comprar dinero
a esa hora de espejos y luces que anhelan esa clase
de sueños que abren un abismo bajo los pies a cada paso.
Quería volver, incluso del centro al centro, pero faltaba.
Así es como alguien imagina impuestos nuevos, legaciones
de rumores, silencios, rúbricas fingidas, anillos que caen
y estelas prefabricadas que se instalan en amigos inconscientes
para contagiarse por subte y colectivos en barrios de más allá.

(Media hora llevaba un camión afuera con el motor en marcha.)

Pensando en ese dengue de palabras, no sé todavía decir
lo que hacía en aquel sitio con las tijeras de adivinar lugares;
lo que se dice en cada uno, lo que hay que nombrar.
Cada vez que lo pienso, me sale un reloj de arena.