San Telmo


La costurera llegó a las tres, y no hemos comido aún.
Le diremos que se ponga a deshacer esos nudos.
Que nos cuente su aventura en el hospital hace 37 años;
los problemas de un desconocido con las tormentas:
algo así, cansino y cálido, para pasar el rato
mientras el ruido se va mojando—esa lentitud
que ahora somos, y en otro momento no.

(Siempre hay alguien que no soporta esta humedad y siempre
es “esta” humedad. ¿Cómo sería que alguien dijese, sin faltar
a la verdad, que no soporta, en este mismo instante
y desde aquí, esa humedad de allá—aquella humedad?)

La costurera insiste en no quedar mal con nadie.
Le creemos porque así hay más: todos hemos sobrevivido
esa tarde en que cualquier aventura pendiente, restos
de otras vidas, mercados por abrir, mercerías
recién descompuestas, gatos que huyen, ferias inocentes
y rifles nocturnos, llegan a destiempo, como si costara decir
que los días de lluvia, o de sol, o de viento
no tienen más opción que desfilar así por esta calle.

Parece que no habrá un más allá, pero están pasando los colectivos.
Los edificios altos, ahora nuevos, se ocultan en la niebla.