La libreta mágica


Acabo de empezar una Moleskine nueva. Las libretitas negras, de bolsillo; siempre llevo una, no siempre de la misma marca. La que terminé hace unos días era una Brugge, argentina, que resultó bastante buena en cuanto a resistencia, maltrato, llevarla en el bolsillo trasero del pantalón. Luego, metí la mano en el cajón donde guardo mi alijo de libretitas negras y saqué una al azar, la que estoy empezando ahora.
Pero ocurre que en la que acabo de terminar todavía hay un montón de notas e ideas con las que sigo trabajando, así que la llevo en la mochila, y la seguiré llevando unas semanas más hasta que esas ideas hayan sido realizadas, olvidadas o sean del tipo que puedo poner en marcha en el taller, y entonces se quedará ahí, en la hilera de las libretas llenas.
Lo ideal sería, claro, llevar una sola libreta. Una libreta sin fin, en la que uno siempre estuviera escribiendo en la penúltima página, en la que siempre quedaran una o dos páginas, de manera que conforme uno fuera escribiendo, lo que se anotó al principio de la libreta fuera pasando a una especie de memoria, a una libreta que lo abarcara todo. Una libreta mágica que siempre incluyera lo que uno necesita.
Y existe, aunque no en papel. En un teléfono inteligente podría llevar todas las notas, todas las ideas, todos los fragmentos de poemas. Sin embargo, el teléfono, aunque más ágil en algunas cosas, no lo es tanto a la hora de incluir diagramas, dibujos, objetos reales, papeles encontrados en la calle, ese tipo de cosas. Los objetos reales (planos, claro) y los papeles encontrados en la calle, fotografiados, pierden algo de su valor testimonial como objetos. Pierden su realidad material y con ella, algo de su valor documental y hasta poético. La cosa sigue siendo la cosa, y la imagen es una imagen, una representación.
Y el lenguaje pertenece a otro orden que la cosa, también. No es para nada lo mismo que yo cuente o describa algo a ponerlo sobre la mesa para que usted lo vea, lo manipule. La imagen de la cosa tampoco es manipulable en ese sentido. El tipo de evidencia de la realidad que ofrecen el lenguaje, la imagen o la cosa es muy distinto. Y esa diferencia es la que importa en las libretas: un papel encontrado en la calle, con sus manchas, sus pisadas, su mugre, no es lo mismo que una foto de ese papel. También cuando vuelvo a las notas para uno poema o una acción, me interesa ver el tipo de letra que utilicé al escribirlas porque me indica algo de mi estado de ánimo, o incluso del momento y el lugar en las que las escribí: no es lo mismo escribir en el tren, con todo el traqueteo, que a la mesa de un bar que de pie en la calle. No es lo mismo escribir rápido que despacio. No escribo con la misma letra según estoy nervioso, molesto, alegre, tranquilo.
Ojalá hubiera una libreta mágica, infinita, donde cupiera todo lo que he estado pensando, planeando, escribiendo en los últimos meses y que, por supuesto, necesito inmediatamente, ¡ya!, al alcance sin tener que volver a la libreta anterior.